miércoles, 30 de mayo de 2007

Teoría literaria. Una opinión sobre ella

"Aquellas cosas útiles y necesarias para la vida que se encuentran en los poetas [...] son expresadas por ellos claramente y no requieren ciencia de la literatura, y aquellas que requieren ciencia de la literatura [...] son inútiles"

Sexto Empírico

martes, 29 de mayo de 2007

La sociedad medieval y la literatura


Para la comprensión del fenómeno literario en la Edad Media es conveniente destacar algunos aspectos que ofrece la sociedad en aquella época. Tras las invasiones germánicas que dieron fin al Imperio romano y en momentos en que Europa se ve amenazada por los mahometanos, por los normandos y por los pueblos nómadas de las estepas asíáticas, la cristiandad se estructura de un modo nuevo en comparación con las antiguas instituciones romanas. Se organiza como defensa y se jerarquiza como sociedad, con lentitud y paulatinamente, hasta quedar más o menos establecida a finales del siglo XI, época de gran interés para nosotros por darse en ella las primeras manifestaciones literarias romances conscientes y conocidas. Un mundo totalmente distinto al que poblaba el imperio romano se ofrece entonces a nuestra consideración; mundo cuyo concepto de la vida, cuyos ideales y cuyas costumbres no tan solo se reflejan en la obra literaria sino que la provocan y la explican.
La sociedad nos aparece dividida en tres estamentos: el de los que trabajan, el de los que rezan y el de los que guerrean, todos ellos conformes y compenetrados con su misión y conscientes de que lo único que les iguala es la muerte y la vida futura. En el estamento de los que guerrean surge una institución capital: la caballería. La Iglesia y la autoridad real consiguieron unir en un ideal y encauzar el vigor físico y la técnica guerrera de quienes habían escogido la violencia como medio de vida y habían constituido una especie de casta, formada principalmente por segundones "sin tierra". Una vez disciplinada y jerarquizada esta casta, y puesta al servicio de un ideal de justicia y de defensa de la cristiandad, la caballería se convierte en una poderosa organización con sus principios, sus deberes y obligaciones y su rito. Este último aspecto tiene un sentido religioso y simbólico, patente no tan solo en aquella especie de noviciado al que es sometido quien aspira a ingresar en la cabellería (palafrenero, paje, escudero), sino en las ceremonias de vela y bendición de las armas y de investidura de la orden, calcadas de los sacramentos de la Iglesia. La creación de las órdenes militares, de carácter mixto religioso y guerrero, pone la caballería al servicio de las grandes empresas de la fe, como son las cruzadas y la reconquista española. Se convierte así el caballero en el prototipo de hombre perfecto: vigoroso y diestro en las armas por un lado, justo y piadoso por el otro. Ello produce un nuevo modo de vivir y de sentir y un concepto heroico de la vida y de los valores espirituales e individuales, que en su aspecto exterior se traduce en la cortesía, otra adquisición de los tiempos medios y de la sociedad feudal.
En la clase de los que rezan destaca la figura del clérigo, el que atesora el saber intelectual. La pugna entre el clérigo y el caballero, que dio pie al más significativo de los debates medievales (pugna en el Renacimiento se intitulará "de las armas y de las letras"), llegará un momento que producirá un tipo humano híbrido, el gentilhombre cultivado que se idealiza en los héroes del roman courtois y que históricamente podemos representarnos en la figura de Ghilhem de Aquitania, el primer trovador conocido. Cuando ello ocurre la lengua vulgar ha triunfado plenamente sobre la latina en la expresión literaria culta y elaborada con conciencia de arte.
La jerarquización del mundo feudal, por otro lado, sufre una curiosa adaptación al plano sentimental y literario cuando los trovadores trasladan el espíritu y los conceptos de aquel a la poesía. Tal fenómeno es, junto con la caballería, la manifestación de un espíritu y de una actitud frente a la vida que no se conocía ni se podía sospechar en la Antigüedad y que caducaron en los tiempos modernos; por ello, precisamente, constituye una de las notas más distintivas de la Edad Media.

Martí de Riquer

domingo, 27 de mayo de 2007

Lucrecia. Algunas de sus representaciones en el arte

Lucrecia era una noble romana casada con Colatino de la que se prendó el hijo del rey Tarquino; ante el rechazo de la joven a las solicitudes amorosas, el hijo del rey violó a Lucrecia. La patricia reunió a su padre, Lucrecio, a su esposo y a sus familiares para contarles lo que había ocurrido, acabando inmediatamente con su vida para lavar la afrenta. Bruto, presente en el suicidio, arrancó el puñal que Lucrecia había clavado en su corazón y juró venganza, en lo que sería el fin de la monarquía en Roma y la proclamación de la república en el año 510 a.C.

"Bruto, dejando al padre y al marido de Lucrecia inmersos en el dolor, extrajo el cuchillo de la herida de ésta, y manteniéndolo ante sí, aún lleno de sangre dijo: “ Por esta sangre tan pura antes de la ofensa real, juro, poniéndoos a vosotros dioses por testigos, que he de expulsar de Roma... a L. Tarquinio el Soberbio...” Llevaron entonces al foro el cuerpo de Lucrecia y excitaron los ánimos de las gentes.... Todos se lamentaban de la violencia criminal del rey... Los más ardientes de entre los jóvenes se presentaron armados como voluntarios. A estos les siguieron todos los demás. El rey recibió en el campamento estas noticias y se dirigió a Roma bajo el temor de esta revolución, para reprimir el movimiento... Este encontró las puertas cerradas, con lo que se le indicaba el camino del exilio....
En los comicios centuriados, convocados por el prefecto de la ciudad de acuerdo con las disposiciones de S. Tulio, fueron designados dos cónsules: L. Junio Bruto y L. Tarquinio Contatino." (TITO LIVIO, 59, 155)

Los tres chiflados

sábado, 26 de mayo de 2007

Nina Simone. Sinnerman

Marcianos


Invaders from Mars (1953)

El misterio de los platos voladores ha sido, ante todo, totalmente terrestre: se suponía que el plato venía de lo desconocido soviético, de ese mundo con intenciones tan poco claras como otro planeta. Y ya esta forma del mito contenía en germen su desarrollo planetario; si el plato, de artefacto soviético se volvió tan fácilmente artefacto marciano, es porque, en realidad, la mitología occidental atribuye al mundo comunista la alteridad de un planeta: la URSS es un mundo intermedio entre la Tierra y Marte.
Sólo que, en su devenir, lo maravilloso ha cambiado de sentido, se ha pasado del mito del combate al del juicio. Efectivamente, Marte, hasta nueva orden, es imparcial: Marte se aposenta en Tierra para juzgar a la Tierra, pero antes de condenar, Marte quiere observar, entender. La gran disputa URSS-USA se siente, en adelante, como una culpa; el peligro, no es proporcionado a la razón. Entonces se recurre, míticamente, a una mirada celeste, lo bastante poderosa como para intimidar a ambas partes. Los analistas del porvenir podrán explicar los elementos figurativos de esta potencia, los temas oníricos que la componen: la redondez del artefacto, la tersura de su metal, ese estado superlativo del mundo representado por una materia sin costura; a contrario, comprendemos mejor todo lo que dentro de nuestro campo perceptivo participa del tema del Mal: los ángulos, los planos irregulares, el ruido, la discontinuidad de las superficies. Todo esto ya ha sido minuciosamente planteado en las novelas de ciencia-ficción, cuyas descripciones han sido retomadas literalmente por la psicosis marciana.
Lo más significativo es que, implícitamente, Marte aparece dotado de un determinismo histórico calcado sobre el de la Tierra. Si los platos son los vehículos de geógrafos marcianos llegados para observar la configuración de la Tierra —como lo ha dicho de viva voz no sé qué sabio norteamericano y como, sin duda, muchos lo piensan en voz baja— es porque la historia de Marte ha madurado al mismo ritmo que la de nuestro mundo y producido geógrafos en el mismo siglo en que hemos descubierto la geografía y la fotografía aérea. El único avance lo constituye el vehículo. Marte aparece como una Tierra soñada, dotado de alas perfectas, como en cualquier sueño en que se idealiza. Es probable que si desembarcásemos en Marte, tal cual lo hemos construido, allí encontraríamos a la Tierra; y entre esos dos productos de una misma Historia, no sabríamos distinguir cuál es el nuestro. Pues para que Marte se dedique al conocimiento geográfico, hace falta, por cierto, que también haya tenido su Estrabón, su Michelet, su Vidal de la Blache y, progresivamente, las mismas naciones, las mismas guerras, los mismos sabios y los mismos hombres que nosotros.
La lógica obliga a que tenga también las mismas religiones y en especial la nuestra, por supuesto, la de los franceses. Los marcianos, ha dicho Le Progres de Lyon, tuvieron necesariamente un Cristo; por lo tanto, tienen un Papa (y además el cisma abierto); de no ser así, no habrían podido civilizarse hasta el punto de inventar el plato interplanetario. Para ese diario, la religión y el progreso técnico, bienes igualmente preciosos de la civilización, no pueden marchar separados. "Es inconcebible, escribe, que seres que alcanzaron tal grado de civilización como para poder llegar hasta nosotros por sus propios medios, sean 'paganos'. Deben ser deístas, reconocer la existencia de un dios y tener su propia religión. "
Como se ve, esta psicosis está fundada sobre el mito de lo idéntico, es decir del doble. Pero aquí, como siempre, el doble está adelantado, el doble es juez. El enfrentamiento del Este y del Oeste ya no es más el puro combate del bien y del mal, sino una suerte de conflicto maniqueo, lanzado bajo los ojos de una tercera mirada; postula la existencia de una supernaturaleza a nivel del cielo, porque en el cielo está el Terror. En adelante, el cielo es, sin metáfora, el campo donde aparece la muerte atómica. El juez nace en el mismo lugar donde el verdugo amenaza.
Pero ese juez —o más bien ese supervisor— lo acabamos de ver cuidadosamente reinvestido por la espiritualidad común y, en consecuencia, diferir muy poco de una pura proyección terrestre. Porque uno de los rasgos constantes de toda mitología pequeñoburguesa es esa impotencia para imaginar al otro. La alteridad es el concepto más antipático para el "sentido común". Todo mito, fatalmente, tiende a un antropomorfismo estrecho y, lo que es peor, a lo que podría llamarse un antropomorfismo de clase. Marte no es solamente la Tierra, es la Tierra pequeñoburguesa, el cantoncito de pensamiento cultivado (o expresado) por la gran prensa ilustrada. Apenas formado en el cielo, Marte queda, de esta manera, alienado por la identidad, la más fuerte de las apropiaciones.


ROLAND BARTHES, Mitologías

Denis Diderot. Algunas de sus opiniones sobre el arte y la crítica

"Así pues, llamo bello fuera de mí a todo lo que contiene en sí algo con que despertar en mi entendimiento la idea de relación, y bello con relación a mí a todo lo que despierta esta idea.(...) La perfección es una cualidad que puede convenir a todos, pero no ocurre lo mismo con la belleza; sólo está en un pequeño número de objetos." (Investigaciones filosóficas sobre el origen y la naturaleza de lo bello)

"El dibujo es el que da la forma a los seres; el color es el que les da la vida, el soplo divino que los anima. Sólo los grandes maestros del arte son buenos jueces del dibujo, pero todo el mundo puede juzgar el color. Excelentes dibujantes no faltan, pero hay pocos grandes coloristas. Ocurre lo mismo en literatura: cien fríos lógicos por un gran orador; diez grandes oradores por un poeta sublime..." ("Mis ideas sobre el color", Ensayos sobre la pintura)

"Me gustaría saber dónde está la escuela en la que se aprende a sentir. (...) Sea cual sea su éxito, espere a la crítica. Si es usted un poco delicado, le afectará menos el ataque de sus enemigos que la defensa de sus amigos." (De la crítica)

"Cada edad tiene sus gustos. Unos labios rojos bien dibujados, una boca entreabierta y sonriente, unos bonitos dientes blancos, un libre modo de andar, la mirada resuelta, el pecho descubierto, unas bellas y anchas mejillas, una nariz respingona, me hacían galopar a los dieciocho años. Ahora que el vicio ya no es bueno para mí, y que yo no soy bueno para el vicio, la que me paraliza y me encanta es la muchacha de aspecto decente y modesto, que va muy bien arreglada, tiene la mirada tímida y camina en silencio al lado de su madre.
¿Quién tiene buen gusto? Yo, a los dieciocho años? ¿Yo, a los cincuenta? (...) Cada estado de la vida tiene su propio carácter y su expresión." ("Lo que todo el mundo sabe sobre la expresión, y algo que todo el mundo no sabe", (Ensayos sobre la pintura)

"Encontramos a los poetas en los pintores y a los pintores en los poetas. La visión de los cuadros de los grandes maestros es tan útil para un autor como la lectura de las grandes obras para un artista." ("Pensamientos sueltos sobre la pintura, la escultura y la poesía, para servir de continuación a los Salones. Del Gusto")


DIDEROT, Denis. Escritos sobre Arte. Madrid, Ediciones Siruela, 1994.

jueves, 24 de mayo de 2007

EL CANTAR DEL MÍO CID DRAMATIZADO

EL CANTAR DEL MÍO CID DRAMATIZADO

Mio Cid

Con motivo del VIII centenario de este cantar de gesta anónimo que relata las hazañas del caballero Rodrigo Díaz de Vivar, SER Guadalajara ha producido una adaptación libre sonora de esta obra en 20 capítulos. Una producción en la que han participado más de 40 actores, ilustrada con dos centenares de efectos sonoros y cien ilustraciones musicales.

Enlace aquí



domingo, 20 de mayo de 2007

Batalla naval. Historia de la Copa América


El País. Cayetano Ros 11/05/2007

La historia de la 'Jarra de las 100 guineas' está plagada de traiciones, armadores arruinados y reglamentos violados por los patrones más astutos. Todo ha valido a lo largo de más de 150 años con tal de acariciar su plata.

Cualquier aficionado a la vela recordará siempre dónde estaba y qué hacía ese día: 26 de septiembre de 1983. La BBC interrumpe sus emisiones para contar lo que está pasando en el puerto de Newport (Estados Unidos), a pesar de que no hay en liza ningún equipo inglés. Un revolucionario barco, el Australia II, se bate con el campeón más antiguo, Estados Unidos, que ha preservado la corona durante 132 años. Hay que deshacer el empate a tres. El defensor juega en casa y lo dirige Dennis Conner, conocido años después como Mr. America's Cup. El Liberty de Conner toma una ventaja que parece definitiva: 55 segundos a falta de la última vuelta. En un campo de regatas lleno de roles y una ligera brisa, muchos periodistas vuelven al puerto para anunciar los primeros la victoria estadounidense. Grave error. Tras la última izada del spinaker, el Australia II, capitaneado por John Bertrand, recorta tiempo y se pone en cabeza. Es una lucha feroz. La batalla más igualada. La más épica. Vence Australia por 41 segundos. Vence la tecnología. Escondida bajo las lonas que cubren el casco del Australia II, los aussies guardan un arma secreta: una quilla con alas, un diseño radical que da a la embarcación de 12 metros una velocidad superior en cualquier rumbo. Vence la psicología. Mientras iba avanzando en la Louis Vuitton (la selección del mejor desafiante), los australianos escondían cada día su nave. Ganaba y no lo veían. El defensor se asusta. Vence el deporte.

Abrumado por la victoria, casi avergonzado, el australiano John Bertrand murmura cuando ve llegar a Conner para felicitarle: "Dennis, no sé qué decir. Vaya regata, ¿no crees?". Secándose las lágrimas con un gran pañuelo rojo, Conner replica: "Lo hice lo mejor que pude, no puedo hacerlo mejor". Australia se lanza a la calle y su primer ministro, Robert James Lee Hawke, advierte: "Un jefe que despida a alguien por no trabajar hoy es un estúpido". Ha sido un shock comparable al día en que Maradona le marcó el gol del siglo a Inglaterra, el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México. O a cuando Mohamed Alí recuperó el título mundial de los pesos pesados ante George Foreman en Kinshasa (Zaire) el 30 de octubre de 1974.

Lo advirtió en su día el barón Bich: "Si quieres ganar a los americanos, tienes que actuar como un gánster atracando un banco". Su discípulo Bruno Troublé, fundador de la Copa Louis Vuitton, presenció en directo el atraco. "Me divertí mucho. Yo era capitán del equipo francés y, cuando lo eliminaron, pasé a trabajar para los australianos en su segundo barco", recuerda. "Ellos empezaron 3 a 1, sólo necesitaban una victoria, y Conner conocía perfectamente las aguas. Había ganado en 1977 y en 1980. Pero decidió jugársela. Arriesgó y perdió". Para Troublé, el genio del Australia II no fue su capitán, sino el diseñador, Ben Lexcen, inventor de la quilla alada. En realidad, Lexcen se llamaba Bob Miller, pero, tras un enfrentamiento con un socio en la empresa Miller and Whiworth, decidió cambiarse el nombre: Ben era el mote de su perro, y Lexcen, el primer apellido que encontró al azar en un listín telefónico.

"Britain rules the sea". Así fue durante siglos. El Imperio Británico gobernó en el mar hasta una tarde del 22 de agosto de 1851. Entre las brumas de la isla de Wight y la costa del sur de Inglaterra, una goleta adelanta la proa de un navío de la Armada británica. La reina Victoria otea el horizonte. La goleta que acaba de derrotar a lo más selecto de la marina real se llama América. La reina, que no ve al perseguidor, pregunta por el segundo, y la respuesta pasa a la posteridad: "Majestad, no hay segundo". Lo único que vale es ganar. El yate América, en representación del Club de Yates de Nueva York, ha desafiado al viejo mundo y se ha llevado las 100 guineas del Royal Yacht Squadron, el club de Cowes que dio la salida a esta primera regata. El trofeo pone rumbo a la joven democracia. Es el triunfo del Nuevo Mundo sobre el Imperio Británico. Así nace la Copa del América, que lleva el nombre de la goleta victoriosa, y no el del país vencedor. Los armadores del vencedor son jóvenes banqueros de Nueva York que venden su nave a un irlandés y regresan a casa convertidos en héroes.

O al menos así consta en la versión oficial. Luis Sáenz Mariscal, experto de la Copa y abogado español del Luna Rossa, entiende que los desafiantes estadounidenses regresaron a casa fracasados. ¿Por qué? Porque más que la gloria, lo que perseguían eran bolsas de dinero. Pretendían apostar grandes sumas con los ingleses, que se negaron tras haber visto cómo volaba el América. Y no habrían competido de no ser porque los estadounidenses se valieron de la prensa para llamar "gallinas" a los británicos y obligarles así a aceptar el reto.

En todo caso, la verdadera Copa del América no comenzó hasta 1887. Hasta entonces había sido "una regata de tres al cuarto", según Mariscal. Pero el 24 de octubre de ese año, el único armador superviviente del América, George L. Schuyler, decidió desempolvarla. "La Copa estaba muerta de risa en un armario, sus amigos se habían muerto todos, y a Schuyler se le ocurrió la genial idea de donarla con la condición de preservarla como desafío perpetuo para la competición amistosa entre naciones extranjeras", apunta Mariscal. Se trataba de una donación fideicomisaria: cedía la posesión, pero no la propiedad. Schuyler redactaba la versión definitiva del Deed of Gift, un documento de apenas dos páginas que establece las reglas del torneo. Y que incluye una frase convertida en infalible señuelo: cualquier club de yates del mundo podría retar al defensor. Éste se encargaría de organizar las regatas, por lo que arrebatársela sería una proeza. La única condición que ha perdurado hasta hoy es que el barco desafiante ha de ser construido en su país de origen. Schuyler donó la Copa al Club de Yates de Nueva York, del que era miembro, y designó a la Corte Suprema de Nueva York como árbitro en caso de disputas con el Deed of Gift.

Pasaron 100 años antes de que la Corte fuera requerida para mediar. Fue en 1988, y el aspirante neozelandés Michael Fay trató sin éxito de evitar que su monocasco aspirante, de 133 pies, se tuviera que enfrentar al ligero catamarán de Dennis Conner, del Club de San Diego. Una encerrona.

La brevedad del Deed of Gift ha sido una fuente interminable de interpretaciones. El primer desafiante, el inglés James Ashbury, fue obligado en 1870 a correr contra 14 yates de Nueva York. Toda la flota a por Ashbury, que luchó durante años hasta que logró, en 1871, que la pelea fuera barco contra barco (match race). Casi un siglo después, el 10 de agosto de 1964, se produjo la primera selección de los aspirantes de diferentes clubes en un formato parecido al que se mantiene hoy. Un paso fundamental que culminó el Australia II en 1983.

La Copa nació con un espíritu universal: el América ganó en 1851 con seis regatistas ingleses a bordo. Las restricciones nacionales son recientes. En 1958, el Club de Nueva York estableció que los diseñadores fueran del país de origen del barco. Y en 1980 se ordenó que los regatistas también fueran nacionales. No obstante, como la nacionalidad podía ser adquirida con apenas un caballo o un apartamento disponible, la regla tenía poca eficacia. Así que, cuando el Alinghi ganó la Copa, en Auckland 2003, retiró estas costosas limitaciones para diseñadores y tripulación. Y eso abrió el abanico a los participantes. Alemania, China y Suráfrica se han estrenado en Valencia.

Tras la derrota de 1983, la cabeza de Dennis Conner debería estar "cortada y puesta en el pedestal correspondiente al trofeo ausente", bromea Marcus Hutchinson, otro especialista entusiasta del trofeo. Lejos de eso, Conner volvió a competir en Perth en 1987 para recuperar la Jarra con el Star & Stripes de San Diego. Fue la gran revancha. Ronald Reagan recibió en la Casa Blanca a los tripulantes, aclamados por las calles de Nueva York. Conner se convertiría así, con cuatro triunfos, en el Señor de la Copa del América. Pero en el imaginario romántico de los aficionados está por detrás de Charly Barr, vencedor en 1899, 1901 y 1903. Hamish Ross, el historiador del Alinghi, retrata a Barr como un capitán escocés que se marchó a Estados Unidos, se nacionalizó y se enfrentó al establishment de los patrones norteamericanos. "Era bajito, pero muy agresivo. Corría muchos riesgos y murió joven, a los 46 años".

En la vela contemporánea, el mito más potente es Peter Blake, asesinado por unos piratas en el Amazonas el 5 de diciembre de 2001, mientras desempeñaba, con 53 años, exploraciones medioambientales en las aguas de Brasil. Blake fue un carismático aventurero ?ganó una Vuelta al Mundo y un Trofeo Julio Verne? antes de conquistar la Copa del América gracias a sus dotes organizativas. Lo demostró en 1995, cuando ganó la Jarra para un país de tres millones de habitantes, Nueva Zelanda, con un cuarto del presupuesto de su rival: el estadounidense de Conner. El Black Magic venció por goleada: 5-0. "A la caña, el trabajo de equipo de Russell Coutts fue brillante", evoca Bob Fisher, periodista presente en 13 ediciones. "Los regatistas contribuyeron al diseño y consiguieron dos barcos muy rápidos. Iban mejorando uno y otro, sucesivamente", añade. No sólo eso: Blake defendió la Copa en 2000, batiendo al Prada también por 5-0. También con Coutts en el timón. Fue la primera vez que un país distinto a Estados Unidos retenía el trofeo. Se disparó la celebridad de Blake y él prefirió marcharse a vivir con su mujer, Pippa, al país de ésta, Inglaterra, donde fue nombrado caballero del Imperio Británico. Blake se quedó con la gloria mientras el joven Coutts (Wellington, 1962) eligió el dinero. El que le ofreció Ernesto Bertarelli, magnate farmacéutico suizo, que desmanteló al campeón neozelandés, fichó a los mejores y asió el trofeo en Auckland 2003. La primera vez que lo lograba un club europeo. Vencedor de tres Copas consecutivas (1995, 2000 y 2003), Coutts pasó a ser el gran traidor de Nueva Zelanda. Fue antes de pelearse con Bertarelli y de que éste le cerrara las puertas para participar en Valencia 2007.

La Copa ha sido una vieja dama que ha atraído a los magnates y a la tecnología. Entre 1934 y 1937, el aviador y fabricante de aviones inglés Thomas Sopwith (1888-1989) lideró tres desafíos con sus yates Endeavour I y II, introduciendo avances científicos. Su contemporáneo Harold Vanderbilt (1884-1970), rey del ferrocarril en Estados Unidos, que capitaneó con sus propios barcos tres victorias en los años treinta. Antes, el físico italiano Guglielmo Marconi (1874-1927) fue el primero en retransmitir una crónica a través de ondas electromagnéticas para el New York Herald. El dueño del periódico, James Gordon, le ofreció 5.000 dólares para que emitiera por radio la Copa. Marconi desarrolló un sistema de antenas en dos barcos de vapor y, el 16 de octubre de 1899, los datos de la victoria del Columbia, patrocinado por J. P. Morgan, sobre el Shamrock de sir Thomas Lipton viajaron a través del espacio. En 1907, Marconi obtuvo el Premio Nobel de Física por su invento. Otro avanzado de las ondas, Ted Turner, fundador de la CNN, timoneó al ganador de 1977, el Courageous, y se presentó borracho en una conferencia de prensa.

La Copa sedujo a gentes del ferrocarril, los aviones, la televisión y, por supuesto, la informática. Larry Ellison, la segunda mayor compañía de software y novena fortuna mayor del planeta, sigue obsesionado con la Jarra. A tal fin destina el presupuesto más alto de la presente edición: 120 millones. Desde la goleta América, en 1851, hasta la botadura del Sui 100, del equipo Alinghi, han pasado 156 años y cientos de cambios tecnológicos. Los sextantes dejaron paso a la telemetría, y la madera, al carbono. Sólo una condición no ha variado en todo este tiempo: el caprichoso gobierno del viento.

El perdedor simpático

Thomas Lipton (1848-1931) fue el mejor de los perdedores, el más persistente de los aspirantes. Un escocés de origen norirlandés hecho a sí mismo que aprovechó su popularidad en Estados Unidos para expandir sus negocios del té. Después de más de 20 años intentándolo, Lipton consiguió un acuerdo con el Club de Nueva York por el que los barcos se construirían bajo las mismas reglas de diseño. El acuerdo supuso la aparición de la ostentosa clase J, que reflejaba la riqueza de los armadores. La II Guerra Mundial frenó la opulencia. Competir con la gigantesca clase J (1930-1937) era prohibitivo. Algunos miembros del club pensaban que la Copa era una reliquia. Afortunadamente, hubo líderes más progresistas que optaron por recuperar las pequeñas embarcaciones de 12 metros, que compitieron entre 1958 y 1983. Ya no era necesario que los veleros navegaran desde su lugar de origen, abriendo la participación a los más remotos países. Un desafío de Australia fue botado el 28 de abril de 1960 y la Copa dejó de ser solamente angloamericana. Desde entonces, las embarcaciones han tenido una base de diseño común, con excepción de la controvertida edición 27ª, en la que un clase J compitió contra un catamarán.

Bolígrafos, carreras y puñetazos

Marcel Bich (1914-1994), inventor e industrial francés, hizo fortuna con los bolígrafos que llevan su nombre. Y entre 1967 y 1980 lanzó cuatro desafíos franceses con escaso éxito. Invirtió 10 millones de dólares. En su afán por participar, promovió la aparición de la selección de desafiantes. Fue un millonario excéntrico recordado con cariño por quienes navegaron a sus órdenes. Paolo Martinoni, del Luna Rossa, estuvo entrenándose con él en octubre de 1979 en Newport. El barón Bich viajaba en un Rolls-Royce rosa acompañado de una secretaria rubia. Organizaba una gran fiesta por semana en su casa con candelabros de plata. Entonces, el barón cogía el micrófono y contaba historias divertidas. Una de ellas la vivió en persona Martinoni. En el entrenamiento del día anterior había habido una pelea furibunda entre el capitán Bruno Troublé y el táctico Marc Bonduel, después de un choque entre sus barcos.

A la mañana siguiente, Bich mandó construir un ring en el muelle y ordenó que Troublé y Bonduel se vistieran de púgiles y se golpearan hasta que vio derramarse la primera gota de sangre.

Pasiones de ?Il Avvocato?

Gianni Agnelli también se sintió cautivado por la Copa en 1983. Il Avvocato (1921-2003), fundador de Fiat, patrocinó el primer desafío italiano (el barco Azzurra) junto a Karim agá Jan, el príncipe heredero de una rama del islam, filántropo e hijastro de la actriz estadounidense Rita Hayworth. Entre Agnelli y el agá Jan atrajeron a un enjambre de empresarios. También se interesó John Fitzgerald Kennedy, amigo de Il Avvocato. El resultado fue la popularización de la Copa en Italia, enamorada de sus regatistas y de sus barcos. Sobre todo desde que Il Moro di Venezia, patroneado por el carismático francoamericano Paul Cayard, ganó la Copa Louis Vuitton en San Diego en 1992. Italia vivió las noches de las regatas pegada al televisor. Un éxito multiplicado ocho años después, en Nueva Zelanda. El Luna Rossa de Francesco di Angelis venció al América I de Paul Cayard, esta vez frente a los italianos, en lo que fue definido por Bruno Troublé como ?una pelea callejera? que acabó 4-3 para los latinos. La cultura velística había prendido definitivamente en Italia, el país, junto a Nueva Zelanda, más apasionado por la Copa.

sábado, 19 de mayo de 2007

Esparta. 5


A la cabeza de la estructura gubernamental había dos reyes hereditarios, institución anómala difícil de definir (y la coexistencia de dos casas reales escapa a cualquier explicación). Eran los jefes del ejército en el campo de batalla. Pero en la patria no solo carecían de poder real autoritario sino que etaban sujetos a supervisión por parte de los éforos. Por otra parte, conservaban algunas funciones sacerdotales tradicionales; recibían por derecho diversos emolumentos; y a su muerte eran llorados de una modo que Heródoto (VI, 58) encontraba tan extraño que consideraba los ritos funerarios reales "semejante a los de los bárbaros de Asia". Eran ex officio miembros de la gerusia, consejo de treinta ancianos, de los cuales los demás eran hombres de por lo menos sesenta años de edad elegidos de por vida. Parece que los reyes nunca presidieron la gerusia ni tuvieron prerrogativas en sus deliberaciones por encima de los demás miembros. Tampoco presidían las reuniones de la asamblea, que aparentemente no tenía capacidad para iniciar acciones o incluso presentar o incluso presentar enmiendas a las propuestas que se le hacían, pero que, sin embargo, tenía el voto final en cuestiones básicas de política que se le presentaban. Y luego estaban los cinco éforos, elegidos anualmente de entre el cuerpo entero de ciudadanos y cuya función estaba limitada a un solo año durante el cual tenían poderes de gran alcance en la jurisdicción criminal y la administración en general.
La propia existencia de dos familias reales indica que el ideal de una comunidad de Iguales era incompleto en la realidad. La constitución es posible qe haya mantenido atados a los reyes, pero la aureola que los envolvía estimulaba y ayudaba al más capaz y ambicioso de los dos a extender su autoridad de un modo que a veces ponía en peligro el equilibrio de poder de la sociedad. Heródoto está casi obsesionado con los relatos acerca de la susceptibilidad de los reyes espartanos para con el soborno. Cuando Aritágoras, tirano de Mileto, buscando la ayuda espartana para la revuelta jónica contra Persia, había aumentado su oferta a Clómenes I de diez a cincuenta talentos, el rey se libró de la tentación solo porque su hija Gorgo de ocho o nueve años gritó: "Padre, el extranjero te corromperá si no te alejas" (V, 51). Algunos éforos también consideraron la enorme autoridad que se les concedía como un vino muy embriagador que intentaban apurar en el único año de función que les estaba permitido. Y ocurrió a menudo, de acuerdo con Aristóteles (Politica, 1270b, 7-15) "que alcanzaban la magistratura hombres sumamente pobres que por su indigencia eran venales"; y tal era su autoridad que incluso los reyes "se veían obligados a cortejarlos".
Todo esto quizá es enormemente exagerado (o en el caso de Aristóteles se refiere a la Esparta decadente del siglo IV), pero con todo indica que la austeridad espartana nunca fue tan total en la realidad como sobre el papel. Además, había desigualdad entre los Iguales. Algunos eran incluso bastante ricos para presentar equipos en las carreras olímpicas de carros, signo supremo de riqueza excepcional entre los aristócratas griegos; se han conservado listas con los nombres de nueve vencedores espartanos (con doce victorias entre ellos) entre 550 y 400 c.C., de los cuales uno es un rey, Demarato; otro, Arquesilao, dos veces victorioso, fue seguido por su hijo veinte años más tarde. ¿Acaso estos hombres tan ricos no usaron nunca su riqueza para su propio beneficio en las elecciones, o para sus hijos, en algún momento? Sería difícil de creer, así como también es difícil de apreciar el tono de una reunión de la asamblea espartana que no era heterogénea como la ateniense, sino más bien, con otra capacidad, una reunión del cuerpo del ejército altamente disciplinado para el cual la obediencia se presentaba como la principal vitud de toda su vida. ¿Podían escuchar los debates con una mente abierta, olvidándose de la categoría de los oradores en la jerarquía militar o sus hazañas individuales en el campo de batalla?

FINLEY, M. I., La Grecia primitiva: Edal del Bronce y Era Aracaica, Grijalbo, 1987

domingo, 13 de mayo de 2007

El 2% restante.

No hace falta haber estudidado antropología para saber que todas las sociedades, en sus inicios, se han caracterizado por creer en fuerzas superiores que dirigían sus destinos. La hostilidad de la naturaleza, el dolor, la lejanía de las estrellas, hacen comprensible que buscaran una causa por la cual la subsistencia se les hacía tan difícil y finalmente, imposible, al menos a título individual. Estamos en los inicios del siglo XXI y las cosas no han cambiado tanto. Seguimos teniendo los mismos miedos a pesar de los avances tecnológicos, así que no es tan difícil de entender que el 98% de la población mundial siga creyendo en una fuerza superior y que el 50% la llame Dios.

Incluirme en el 2% restante se puede tomar como el deseo de formar parte de una minoría, y las minorías siempre se han relacionado con el concepto de élite. Mi caso no es este, ni tampoco un furibundo positivismo, ni siquiera se debe un rechazo a la espiritualidad. Tampoco me caracterizo por el escepticismo exacerbado. Mis conocimientos de ciencia y de teología son casi nulos, pero a pesar de mi ignorancia en esos temas me he formado una opinión con respecto a la existencia de Dios, dioses o el panteísmo.

Creo que la única fuerza que determina nuestra existencia, y la existencia de cualquier elemento, ya sea orgánico o no, es el azar. Una de las razones que me han dado más a menudo sobre la creencia de algo superior es el mecanismo de la propia naturaleza: la naturaleza es sabia y tiene que existir un plan superior que la dirige o una mano divina que está dentro y fuera de ella de manera omnipresente y omnipotente. Pero yo a esto me pregunto ¿en base a qué se dice que la naturaleza es sabia? ¿simplemente porque tenemos cabida en ella? No creo que los dinosaurios estuvieran de acuerdo con esta afirmación: la naturaleza no tenía cabida para ellos, sencillamente desaparecieron del planeta y no les debió parece una sabia decisión natural (en el caso de que a un dinosaurio le pudiera "parecer" algo). Creo que han exisistido más formas de vida que se extinguieron de las que existen en la actualidad. Y a mí eso me hace pensar que muchas formas de vida no eran perfectas puesto que no se pudieron adaptar al medio. Esto me recuerda más a las prácticas de un científico que no ha aprobado con buenas notas la carrera que a la inteligencia de la naturaleza. Churchill decía algo así como que los norteamericanos siempre aciertan pero después de haber agotado todas las soluciones equivocadas. Esta afirmación (que creo se puede aplicar a todas las naciones, no solo a los EEUU) se ajusta, más o menos, la opinión que yo tengo de la naturaleza.

Quizá nuestra existencia se deba sencillamente a que se dio la circunstancia de que dos o más elementos (células, átomos o lo que sea) se cruzaron en el momento oportuno, por lo visto en el océano, y surgió la vida de la que nosotros derivamos. ¿Por qué ese encuentro tiene que formar parte de un plan? Yo opino que existe un alto porcentaje de probabilidades a que ese nacimiento de la vida como nosotros la entendemos podría no haberse dado. A lo mejor existen planetas con las mismas características que la Tierra y sin embargo, no existe la vida. O planetas con características muy distintas, que harían imposible nuestra existencia en ellos, y sin embargo está habitado por seres muy distintos a nosotros. Todo esto me suena más a fruto del azar: un encuentro, una forma de vida; un desencuentro, una vida en potencia que no existe.

Otra de las razones que me han dado para la existencia de un ser trascendental es que nuestra vida no tendría sentido si estamos en este valle de lágrimas por casualidad y nos vamos de él sin saber por qué ni a dónde. Y no me explico por qué no puede ser así. A lo mejor no hay ningún sentido. Claro que esto es bastante angustioso y parecería un chiste absurdo (si no fuera porque cuesta un poco reírnos de nuestra propia muerte) sufrir tanto por algunas cosas sin importancia (casi todas) si al fin y al cabo, irremediablemente, pasaremos a ser nada, al menos nada "pensante". Creo que los existencialistas, abrumados por esta angustia, fue cuando empezaron a hablar de "la nada" y de "la náusea". Quevedo tampoco convivía cómodamente con el asunto de dejar de ser ("polvo sin sosiego"; "Fué sueño ayer, mañana será tierra;/poco antes nada, y poco después humo"). Debe ser un gran consuelo creer que nuestros actos terrenos tendrán una u otra consecuencia en un más allá, a ser posible, paradisíaco. Creo que también debe ser bastante tranquilizador (no tanto como lo del paraíso) creer que formamos parte de una plan trascendente que da un sentido a nuestra efímera existencia. Yo opino que no existimos por necesidad, sino por casualidad, y que lo único que tenemos es a nosotros mismos y a nuestras circunstancias (perdón por el tópico) y que por eso, a pesar de que el ser humano es un ser político, estamos abocados a la soledad y a la perplejidad que nos produce estar dentro de un universo infinito que se expande ciego, sordo e indiferente.

Siglo XXI: el 98% de la población mundial cree en una fuerza superior y el 50% la llama Dios

¿Está Dios en los genes?

El País. Ángela Boto 11/05/2007

El auge de la ciencia, que ha hallado una explicación racional a casi todo lo que sucede, no ha desanimado al 98% de la población mundial, que dice creer en una fuerza superior. Ante esa evidencia, algunos científicos se han puesto a buscar a Dios dentro del ser humano.

En los pucheros, en los que sufren, en los laberintos virtuales de la Red? Omnipresente, se busca a Dios por todas partes. El florecimiento del pensamiento científico parecía esbozar el final de la fe, el desvanecimiento de la espiritualidad trascendente. Dios dejaría de ser la justificación de los hechos inexplicables de la naturaleza porque la ciencia encontraría las respuestas, las razones. Han pasado dos siglos y el 98% de la población mundial afirma creer en una fuerza superior; el 50% la denomina Dios. Ante la evidencia, parece que la ciencia no ha tenido más remedio que plegarse a la búsqueda. Se busca a Dios entre las moléculas. Algunos investigadores escudriñan en el entramado celular del complejo cerebro Sapiens sapiens y otros rastrean la elegante doble hélice del ADN. ¿En qué lugar de la bioquímica se encuentra el templo del Altísimo? ¿Por qué tenemos fe?

Andrew Newberg, investigador de la Universidad de Pensilvania cuyo último libro se titula Por qué creemos lo que creemos, asegura que nuestro cerebro "es esencialmente una máquina creyente porque no tiene otra opción". Por su parte, Dean Hammer, genetista de los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU, afirma en El gen de Dios que "la espiritualidad es una de nuestras herencias básicas. Es, de hecho, un instinto. (?) Tenemos una predisposición genética para la creencia espiritual". El fundamento de tal afirmación no sólo lo sitúa en sus investigaciones, sino en una encuesta realizada por la institución a la que pertenece. Más de un tercio de los participantes aseguraba haber tenido algún tipo de contacto con una poderosa fuerza espiritual. Conviene apuntar que al mismo tiempo que se ha constatado un aumento de la fe, han disminuido las prácticas religiosas, subrayando de nuevo que, aunque a menudo se identifican, no es lo mismo religión que espiritualidad.

El área de la ciencia que más pistas ha recabado sobre la posible morada de Dios es la neurología; de hecho, hace años que se habla de una subdisciplina cuyo nombre lo dice todo: neuroteología. Claro que la realidad depende de los ojos que la miren porque los resultados de los experimentos sirven a unos para demostrar la existencia de Dios, y a otros, para afirmar que son la constatación de que el Supremo es sólo un producto mental más. Los más prudentes dicen: "Estamos biológicamente determinados para encontrar sentido a nuestras vidas. Sin embargo, si Dios es una mera creación de nuestro cerebro o no, todavía no está probado científicamente". Así contestaba Newberg por correo electrónico.

Newberg tiene experiencia en la exploración de lo divino en lo humano. Ha tomado numerosas imágenes de los cerebros de monjes de distintas confesiones y de otros voluntarios en estado de meditación u oración profunda. De este modo, ha visto que en los momentos álgidos se producen varios fenómenos neuronales simultáneamente. Aumenta la actividad en las áreas frontales encargadas de focalizar la atención, lo cual corresponde con la concentración propia de los estados de recogimiento profundo; también se observa una sobreactivación del sistema límbico, un grupo de estructuras asociadas a las emociones y a la memoria. Pero el hallazgo más sorprendente fue que al mismo tiempo se desactivan los lóbulos parietales, las regiones situadas aproximadamente debajo de la coronilla en los dos hemisferios. Se podría decir que esta área es la residencia del sentido del yo, es donde radica el concepto de individualidad. La reducción de la actividad durante la meditación o la oración tiene como consecuencia la disolución de las fronteras entre el yo y el entorno y conduce a la sensación de comunión con el universo, de pertenencia a la totalidad. Exactamente lo que describen los que alcanzan un estado profundo de trascendencia espiritual, de misticismo.

Uno de los pioneros de la búsqueda de Dios en el laberinto neuronal es Michael Persinger, neurocientífico de la Laurentian University (Canadá), que hace 20 años escribió un libro titulado La base neurofisiológica de la creencia en Dios. Persinger estaba interesado en descubrir por qué personas de distintas confesiones, culturas y estatus sociocultural podían experimentar estados de iluminación tan similares. Para ello comenzó a aplicar campos electromagnéticos débiles, pero muy precisos, al cerebro de quienes se prestasen. El objetivo era encontrar el área cerebral y la configuración electromagnética que permite a algunas personas experimentar la presencia de seres sobrenaturales. El 80% de las personas que se pusieron el famoso casco de Dios describieron cómo se habían encontrado con la divinidad. Aquellos que ya tenían experiencias previas aseguraron que las sensaciones generadas por el casco eran las mismas que las espontáneas. El propio Persinger, no siendo creyente, experimentó un contacto con Dios mientras aplicaba los campos magnéticos a otro. Para este neurocientífico, la morada de Dios se encuentra en los lóbulos temporales, las regiones del cerebro situadas sobre las orejas. Las conclusiones de Persinger estuvieron en entredicho cuando un grupo de investigación sueco no pudo reproducir sus resultados. La polémica se cerró sin un acuerdo claro.

Los más evolucionistas se preguntarán qué interés evolutivo puede tener para el ser humano la capacidad para tener experiencias místicas. "El cerebro nos da dos funciones básicas: automantenimiento y autotrascendencia. Nos ayuda a adaptarnos y cambiar a lo largo de la vida. La religión y la espiritualidad también nos proporcionan estas funciones básicas, así que ofrecen beneficios sustanciales al individuo", dice Newberg. Dean Hammer comparte su opinión: "Sostengo que uno de los papeles más importantes de los genes de Dios en la selección natural es proporcionar a los humanos un innato sentido del optimismo". Y el optimismo, opina, "mejora la salud humana y prolonga la vida". De hecho, la mayoría de las personas que han vivido una experiencia mística dicen que su vida mejoró y su percepción del mundo cambió. Según Hammer, ese efecto se debe a que esas personas están obligadas a plantearse "la cuestión más importante de la vida: la consciencia. (?) Sin ella no sabríamos quiénes somos ni adónde vamos. Sin embargo, nunca pensamos en ella". Cabe añadir aquí los estudios que indican que la meditación y las creencias religiosas tienen un impacto positivo en la salud y en la longevidad.

Los trabajos de Hammer para buscar los genes de Dios parten de estudios con gemelos. Éstos indican que los gemelos coinciden en sus creencias espirituales más que los hermanos no gemelos. Tras rastrear fragmentos de ADN, el investigador identificó un gen conocido como VMAT2. Como todos, presenta unas cuantas variantes que se diferencian entre sí por algunas de las letras que lo componen. Hammer postula que las personas que tienen en su genoma una de ellas tienen mayor tendencia espiritual, más disposición a lo que describe como autotrascendencia. Curiosamente, el supuesto gen de Dios nos remite de nuevo al cerebro porque el VMAT2 controla el uso de un grupo de neurotransmisores muy interesantes. Entre ellos, la dopamina y la serotonina, dos moléculas asociadas con el placer y la felicidad y también con sus reversos: la adicción y la depresión.

Hammer no es el único experto que relaciona la doble hélice con la divinidad. Un científico del prestigio de Francis Collins, responsable del consorcio público que secuenció el genoma humano, afirma que estudiando el código genético ha encontrado a Dios porque una complejidad semejante sólo puede ser obra de un Creador. Eso sí, aclara que no cuestiona la evidencia de la evolución, pero en su opinión la teoría de Darwin no está reñida con la existencia de una inteligencia superior. Gregg Braden, un ingeniero que ha trabajado en el desarrollo aeroespacial e Internet, es otro buscador de lo divino que ha unido elegantemente ciencia y tradiciones espirituales y que también ha encontrado la huella del Creador en la doble hélice. En El código de Dios expone sus investigaciones sobre la Cábala, la lengua hebrea y su paralelismo con los elementos químicos que componen el código genético. Braden propone que el nombre de Dios está escrito en el ADN de cada una de nuestras células, Dios está en nuestro interior.

Buena parte de la comunidad científica no quiere ni oír hablar de Dios; unos, porque consideran que son campos radicalmente diferentes, y otros, porque los consideran incompatibles. Entre los últimos se encuentra el ferviente ateo y apasionado discípulo de Darwin Richard Dawkins. Este biólogo británico despliega su armamento para fulminar a Dios y defender la teoría de evolución, que, según él, explica la vida ?su último libro se titula El espejismo de Dios?. Dawkins habla sobre todo de religión, no de espiritualidad, y la considera una amenaza para la ciencia y para los espíritus racionales. Hammer, que lo menciona en varios capítulos de su libro, escribe que "irónicamente, al final ha resultado que Dawkins cree en una religión ?la ciencia? que sigue más por fe que por lógica". Por su lado, Newberg afirma que, "puesto que siempre estaremos atrapados en nuestro cerebro, todos nosotros, desde el más devoto hasta el ateo más recalcitrante, tenemos creencias. Simplemente son diferentes".

Y en el repaso de la búsqueda científica de la divinidad, es obligado mencionar la física. Michael Faraday, el descubridor de la inducción electromagnética, decía que "toda la materia se mantiene en su lugar gracias a una fuerza. Tenemos que asumir que detrás de esa fuerza existe una mente consciente e inteligente". Casi dos siglos después, la física persigue la llamada partícula de Dios, es decir, el bosón de Higgs. El apodo viene de que esta escurridiza partícula parece haber existido sólo durante una decena de segundos después del Big Bang, pero en su corta existencia podría haber originado toda la materia. A pesar de que los físicos la buscan desde los años sesenta, aún no ha sido detectada. Dios se hace de rogar.

Algunos metafísicos proponen que Dios ha caído del cielo y que se está despertando en cada individuo para crearse a sí mismo a través de su propia criatura. De modo que tal vez haya que buscar a Dios en las acciones.




miércoles, 9 de mayo de 2007

MARIN MARAIS. La Revêuse. Interpretado por Jordi Savall

La música está en la clave de sol


lunes, 7 de mayo de 2007

The Doors








Paul Klee



[...]Los cubistas prosiguieron el camino allí donde Cézanne lo había dejado. En adelante, un número creciente de artistas dio por supuesto que lo que importa en el arte es hallar nuevas soluciones a lo que se llama el problema de la forma. Para estos artistas, tpues, la forma siempre se presenta primero, y el tema después.
La mejor describpición de este procedimiento la dio el pintor suizo (gran aficionado a la música a la vez) Paul Klee (1879-1940), que fue amigo de Kandinsky, pero que también quedó profundamente impresionado por los experimentos de los cubistas, que pudo presenciar en París, en 1912. Para Klee, estos experimentos no se encaminaban tanto a nuevos métodos de representar la realidad como a nuevas posibilidades de jugar con las formas. En una conferencia pronunciada en la Bauhaus, Klee explicó cómo empezó por relacionar líneas, formas y colores entre sí, agregando un acento aquí, quitándoselo allí, hasta lobrar ese sentimiento de equilibrio o adecuación tras el cual todo artista se afana. Describió cómo las formas, surgiendo bajo sus manos gradualmente, sugerían algún tema fantástico o real a su imaginación, y cómo prosiguió esta sugestión en caso de percibir que podía incrementar, y no ocultar, sus armonías si completaba la imagen que había "encontrado". Estaba convencido de que este modo de crear imágenes era mucho más fiel a la naturaleza que cualquier copia servil que pudiera hacerse. Pues la naturaleza misma, explicaba, crea a través del artista; es el mismo poder misterioso que creó las formas mágicas de los animales prehistóricos y el fantástico ámbito encantado de la fauna abisal el que se halla todavía activo en la mente del artista y desarrolla sus creaciones. Al igual que Picasso, Klee se recreó en la diversidad de imágenes que de este modo cabía producir. En realidad, es difícil apreciar el valor de sus fantasías en un solo cuadro. Pero la ilustración (la imagen que aparece en la 19ª posición del vídeo) nos da, al menos, una idea de su refinamiento y de su ingenio. La tituló El cuento de un enanito; en ella podemos observar la mágica transformación de un gnomo, pues la cabeza del hombrecillo puede verse también como la parte inferior de la cabeza de mayor tamaño situada más arriba.
No es probable que Klee hubiese premeditado este efecto antes de empezar a pintar el cuadro. Pero la libertad con que jugaba con las formas, casi como en un sueño, le llevó a la visión que entonces pudo completar. Podemos estar seguros, por supuesto, de que incluso los artistas del pasado se fiaron en ocasiones de la inspiración y de la suerte del momento. Pero aunque aceptaron tan afortunados accidentes, siempre procuraron dominarlos. Muchos artistas modernos, que comparten la confianza de Klee en la libertad creadora, consideran un error incluso la idea de proponer una finalidad deliberada. Creen que la obra debe crecer de acuerdo con sus propias leyes. Este sistema nos recuerda, una vez más, nuestros garabatos infantiles en el papel secante, cuando quedábamos sorprendidos ante el resultado de aquellos juegos al albur de la pluma, solo que para el artista puede llegar a tratarse de un planteamiento serio.

E.H. GOMBRICH, La historia del arte

La civilización. Historia del concepto. 2


La definición de civilización como conjunto de características


Otra perspectiva para una devinición de la civiliación prestnea una combinación de elementos de delimitación con la información sobre la naturaleza de estas sociedades a partir de la compilación de listas de características de los diferentes niveles de organización social. Gorden Childe (1950) confeccionó una lista de diez características de las ciudades, seleccionadas para ser indentificadas a partir del registro arqueológico. Su concurrencia en un yacimiento antiguo suponía la existencia de una comunidad urbana que formaba parte de una civilización. Childe empleó estas características para definir y reconocer las formas tempranas de urbanismo e intentó demostrar cómo funcionaban y cómo se interrelacionaban. No resulta difícil distinguir en los diez índices de Childe distintas características primarias y secundarias de las civilizaciones antiguas. Las cinco características primarias se refieren a los testimonios de cambios fundamentales en la organización de la sociedad, mientras que las cinco secundarias están en relación con las diversas formas de evidencia que señalan la presencia de las cinco características primarias.


Características primarias



  1. Tamaño y densidad demográfica de las ciudades: el crecimiento de una población organizada implica un nivel más amplio de integración social.


  2. Especialización del trabajo a tiempo completo: la institunalización de la especialización productiva de los trabajadores, al igual que de los sistemas de distribución de intercambio.


  3. Concentración de excedente: existencia de medios para recaudar y gestionar el excedente productivo de campesinos y artesanos.


  4. Estructuración social de clases: organización y dirección de la sociedad por una clase dirigente privilegiada, compuesta por funcionarios religiosos, políticos y militares.


  5. Organización estatal: existencia de una organización política bien estructurada basada en la adscripción residencial, que reemplazaría a la identificación política basada en el parentesco.

Características secundarias




  1. Obras públicas momumentales: existencia de empresas colectivas en forma de templos, palacios, almacenes, y sistemas de irrigación.


  2. Comercio a larga distancia: expansión de la especialización y el intercambio más allá de la ciudad en un marco de desarrollo comercial.


  3. Obras de arte normalizadas y monumentales: formas artísticas altamente desarrolladas que expresan identificación simbólica y gusto estético.


  4. Escritura: la técnica de la escritura como instrumento en los procesos de organización y gestión.


  5. Aritmética, geometría y astronomía: inicio de las ciencias exactas y predictivas y de la ingeniería

Si se separan y reordenan estos diez puntos, se puede apreciar la profundidad de la comprensión y la perspicacia que caracterizan gran parte de los escritos de Childe. Las características primarias se relacionan con los cambios demográficos, económicos y organizativos que constituyen aspectos esenciales de los inicios de la civilización. Las características secundarias documentan la existencia de ciertas características primarias. Por ejemplo, una comunidad capaz de construir obras públicas monumentales ha de contar con artesanos especializados con el excedente suficiente para financiar esos trabajos. El comercio a larga distancia y a gran escala también resulta indicativo de la existencia de las características primarias. La especialización artesanal para crear bienes de consumo, la habilidad para concentrar excedentes y una organización política capaz de organizar el comercio se imbricarían en una red de comercio a gran escala. Dos de las características de Childe han sido objeto de fuertes críticas; la escritura y las obras de arte normalizadas. A primera vista, estos rasgos parecen tener una importancia muy secundaria, pero son indicadores de cambios fundamentales en la organización social. La escritura era utilizada, especialmente en las civilizaciones antiguas de Mesopotamia para llevar la contabilidad. La escritura, o algún sustituto que sirviera para el registro de transacciones complejas, resultaba necesaria para el tipo de sistema económico a gran escala que requería la civilización del Próximo Oriente. La utilidad de las convenciones artísticas no es tan aparente como la de la escritura, pero los temas del primer arte normalizado parecen reafirmar la estructura y los códigos sociales de la civilización antigua. La escritura, el arte normalizado y las civilizaciones antiguas, cuya aparición se produjo simultáneamente, estaban claramente relacionados y formaban parte de un mismo proceso.


Elman Service ha propuesto otro sistema de características para diferenciar las civilizaciones y los estados de otras formas de organización. A partir de información etnográfica procedente de todo el mundo, Service (1962) ha formulado una serie de niveles teóricos de organización. Service utiliza el término "estado" para evitar muchas de las connotaciones del término "civilización". Considera al estado como la forma más elevada de organización sociopolítica, caracterizada por un gobierno centralizado muy fuerte y una clase dirigente profesional divorciada, en gran medida, de los lazos de parentesco. El estado estaba muy estratificado y diversificado internamente, con patrones residenciales frecuentemente basados en la especialización de las actividades más que en las relaciones de consanguineidad o afinidad. El estado trataba de mantener el monopolio de la fuerza y se caracterizaba por la aparición de la ley. Su estructura económica se fundamentaba en el intercambio recíproco y en la redistribución, y estaba controlada por una élite con acceso preferencial a los bienes y servicios estratégicos.


CHARLES L. REDMAN, Los orígenes de la civilización. Desde los primeros agricultores hasta la sociedad urbana en el Próximo Oriente, Ed. Crítica, 1990

domingo, 6 de mayo de 2007

La guerra.

Foto ganadora del Wordl Press Photo del 2006

Jóvenes libaneses conducen un coche deportivo por una calle de Heret Hreik, un barrio bombardeado en el sur de Beirut, Líbano, el 15 de agosto de 2006. Durante aproximadamente cinco semanas, Israel había tenido como blanco esa parte de la ciudad y otras poblaciones del sur del Líbano en una campaña contra los militantes de Hezbollah. Como se inició de manera gradual el alto el fuego el 14 de agosto, cientos de libaneses comenzaron la vuelta a sus hogares. Según el gobierno libanés unas 15.000 viviendas y 900 comercios fueron destruidos por la ofensiva israelí.
Word Press Photo

6 de mayo de 1937. Incendio del "Hindenburg"


El eterno sueño de la humanidad ha sido siempre volar.; la obsesión de los hermanos Montgolfier. Los inventores del globo esférico de aire caliente (1783) dieron las primeras pistas para que a principios del siglo XX naciera el globo dirigible. Popularizado simplemente como "dirigible", en sus inicios este aerostato tenía un vuelo muy errático, un defecto que con el tiempo se fue corrigiendo. Gracias a la invención de una estructura más rígida para contrarrestar la resistencia del aire y la incorporación de un motor, el dirigible se convirtió en el primer artefacto volador capaz de ser controlado en un vuelo de larga distancia. Autopropulsado y gobernado libremente como cualquier aeronave, el dirigible era, hace cien años, un icono del progreso técnico que se paseaba por el cielo de todo el mundo.
La época dorada del dirigible se tiene que situar entre el 1900 y la década de los treinta, no solo por sus usos militares (sobre todo durante la Primera Guerra Mundial) sinó también como medio de transporte de pasajeros. De vuelo silencioso, con una gran autonomía y poco contaminante, el dirigible podía transportar grandes cargas y aterrizar en cualquier lugar, sin necesidad de una gran infraestructura. Pero, por contra, estos enormes aparatos eran muy vulnerables a las inclemencias del tiempo y dependían para ascender, de un gas que fuera más ligero que el aire, y la mayoría de estos gases son tóxicos e inflamables. Dos inconvenientes que fueron causantes de más de una catástrofe.
El primer dirigible totalmente operativo a cielo abierto fue construido por Renard y Krebs en 1884 para el ejército francés. Le France, tal como fue bautizado, tenía 51,8 mts de lontigud y consiguió un vuelo de 8 kms en 23 minutos gracias a un motor eléctrico de 8,5 CV. Cerca ya del siglo XX, el brasileño Alberto Santos-Dumont también empezó a hacer carrera en este campo. En 1898 diseñó su primer dirigible, inflado con hidrógeno, que llamó Número 1. Al cabo de un año lo probó con suerte el 2 y el 3 respectivamente y a partir de entonces su trayectoria no se detuvo hasta llegar secuencialmente al Número 22 y al avión 14-bis, al principio acoplado a un dirigible.
Otro nombre propio que se ha de tener presente es el del conde Ferdinand von Zeppelin, propietario de la compañía de dirigibles que llevaba su nombre. Fue el encargado de iniciar una época de esplendor cuando el julio de 1900 bautizó su Luftschiff Zeppelin (LZ1), uno de los aparatos más famosos de la historia. De hecho, sin tener nada que ver con la fábrica Zeppelin, los dirigibles que posteriormente utilizaron su tecnología (algunos de los cuales, construidos en el Reino Unido y en EEUU entre 1920 y 1930) se pasaron a llamar zepelines. De estos dirigibles alemanes se usaron más de cien en la Gran Guerra como arma ideal para combatir la superioridad naval británica. Pero, a la hora de la verdad, resultaron ineficaces y, además, los ingleses también fabricaron los suyos: más de 225 no rígidos, algunos de los cuales vendieron a Rusia, Francia y EEUU. Mientras tanto, en España, Leonardo Torres Quevedo, que había trabajado en los dirigibles desde 1902, en 1928 diseñaba el dirigible trasatlántico Hispania, un proyecto que fracasó por la falta de financiación.
Durante el período de entre guerras, diversos países aprovecharon para perfeccionar sus dirigibles. En Norteamérica, construyeron el primer dirigible rígido, el USS Shenandoah (ZR-1). Se estrenó en 1923 y era el primero que volaba inflado con helio, muy raro en aquel tiempo. De hecho, el dirigible alemán que se estaba construyendo entonces, el Graft Zeppelin (LZ127), funcionaba con gas azul, similar al propano. Pensado para el transporte de pasajeros, este último voló más de dos millones de kilómetros, incluyendo la primera circunnavegación del planeta, sin tener ningún accidente. Pero esta no fue la tendencia general de aquel período. El USS Shenandoah se estrelló en 1925 en una tormenta y hubieron 14 víctimas mortales. Ocho años después, una fuerte ráfaga de viento provocó que el USS Akron cayera al mar y murieran 73 personas. Y de este hecho solo habían pasado dos años cuando el USS Macon también se accidentó y perdieron la vida dos personas. Ninguno de estos accidentes superó la espectacularidad del incendio del dirigible alemán Hindenburg (LZ 129), en 1937.
Como consecuencia de esta último incidente, la confianza en los dirigibles quedó gravemente afectada. No solo como transporte comercial sino también para usos militares. Aunque los norteamericanos, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, continuaron con su programa de construcción de dirigibles. En 1941, Los EEUU tenían operativos diez dirigibles no rígidos.
Pero acabada esta guerra, gradualmente los dirigibles fueron desapareciendo del paisaje aéreo. No fue hasta hace poco que compañías como la Zeppelin, que en 1997 hizo el vuelo inaugural del Zeppelin NT para transporte de pasajeros, recuperaron el negocio de los dirigibles. La posibilidad de transportar carga o utilizarlos como satélites, además de usos publicitarios y fotográficos, son puertas que se vuelven a abrir para estas máquinas.


Hingenburg 248 mts
Boeing 747 70,7 mts
Titanic 267 mts






Extraído del Suplemento Presència del 13 de abril de 2007

miércoles, 2 de mayo de 2007

Gabriel Ferrater. Suicidio para no oler a viejo

Trozos de una vida

La categoría intelectual de Gabriel Ferrater (Reus, 1922-Sant Cugat del Vallès, 1972) se agranda a medida que pasa el tiempo. En los años más negros del franquismo fue una figura conocida casi exclusivamente en los medios editoriales (y policiales) de Barcelona, y sólo a finales de los años sesenta, cuando la Universidad de Barcelona, con Fabián Estapé como rector, le cedió un sillón profesoral -decir una cátedra sería una exageración-, Ferrater empezó a gozar de prestigio entre la clase intelectual de la ciudad, un prestigio en cierto modo mixtificado, enturbiado por la memoria omnipotente de Carles Riba y estorbado por el altavoz, omnipresente desde su supuesto aislamiento en el paseo de Gracia, de Salvador Espriu. El genio de Gabriel Ferrater resultaba indiscutible pero, como suele suceder con esas producciones de la inteligencia que desbordan la confortable, también sufrida medianía de una cultura que entonces sobrevivía a duras penas, resultaba igualmente incómodo para amplios sectores de la sociedad letrada catalana. Ferrater bebía como un cosaco tolstoiano, algo que hoy no ignora ninguno de sus lectores sin que ello perturbe los juicios acerca de su obra; tenía un currículo universitario desconcertante -estudioso de las ciencias exactas, apóstata de la gramática de Badía i Margarit, conocedor de lenguas demasiado raras (altoalemán, checo o polaco), mujeriego sin descanso y, para la época, demasiado proclive a entablar conversación con los estudiantes teenager-; y, como su hermano Juan, se decantaba por unos modelos de crítica literaria que no sólo carecían de tradición en nuestro país, sino que chocaban frontalmente con los hábitos histórico-positivistas más frecuentados por los escolásticos. Por ser díscolo, lo fue incluso con el bueno de Roland Barthes cuando, en una conferencia de éste en el Instituto Francés de Barcelona, en 1968, se atrevió a discrepar públicamente de sus ideas. Como ha sucedido también con su hermano Juan Ferraté -a cuya muerte, hace unas semanas, le ha seguido uno de los silencios más ominosos que se recuerdan por parte de lo que queda de la clase intelectual, académica o no, de Barcelona-, la muerte de Gabriel Ferrater quedó envuelta por el aura de su suicidio, por una muerte prevista desde 1957 cuando, paseando por su ciudad natal, le aseguró a Jaime Salinas que no alcanzaría la cincuentena, para no llegar a oler nunca como un anciano. Esta muerte heroica -pues hay suicidios cobardes como los hay con altura de héroe- sirvió para venerar de un modo no precisamente justo, ni ecuánime, el valor de su obra poética y de su labor como crítico de arte y literario. Sus obras fueron reeditadas sin tregua, eso es cierto, y creció el número y la calidad de sus lectores y de sus comentaristas; pero toda su figura quedó sumergida en una mezcla de admiración fanática y exaltación hagiográfica que, en realidad, le ha hecho un flaco favor a su legado: todavía las más recientes biografías de Ferrater y los análisis de su obra adolecen de esa falta de distancia, habitual en estos casos, y pecan de una extremosidad forjada en la santificación del bebedor legendario y en la alabanza de corte angélico de su obra y su persona. Por esto resulta enormemente gratificante que Justo Navarro se haya atrevido a tratar la figura de Gabriel Ferrater con un sesgo absolutamente novedoso, voluntariamente parcial, alejado de iglesias y devociones. Pues dibujar el perfil de este enorme hombre de letras -tan enorme, insisto, como su hermano Juan- requería una estrategia narrativa original, distinta y, como sucede en este caso, inédita. La vida caleidoscópica de Ferrater, en cierto modo como la de Walter Benjamin, obligaba precisamente a este tipo de aproximación que nos brinda Navarro: sólo la atenta consideración de los aspectos ruinosos, de los ingredientes más deslabazados de esta vida, dan una idea exacta -y válida por extensión en la medida que dichos aspectos son considerados en el libro como muestras particulares de lo general- de una figura tan compleja. Así, Justo Navarro abandona voluntaria y explícitamente un recorrido biográfico exhaustivo, y teje su pequeña obra narrativa en torno a tan sólo tres o cuatro circunstancias de la vida del poeta catalán: en la primera parte del libro, sus antecedentes familiares, ligeramente esbozados, y su relación matrimonial con Jill Jarrell; en la segunda, su relación anecdótica con Valeria Berni, esposa de un famoso arquitecto milanés, durante la breve estancia de aquélla en el hotel Colón, de Barcelona -una relación que adquiere rasgos de relato policiaco, a lo Dashiel Hammett (citado profusamente), en la medida en que pasó inadvertida al resto de los invitados a una histórica reunión de editores en la Ciudad Condal; en la tercera parte, el episodio de su estadía en Gammhart, en Túnez, para participar en el foro del Prix International des Éditeurs, reunión en la que Ferrater convenció a la asamblea para que el premio de aquella edición recayera en Witold Gombrowicz (¿quién en España sabía algo de este escritor medio polaco, medio bonaerense, en 1967?) y no en el candidato de la mayoría de los editores reunidos, el también suicida y heroico Yukio Mishima. Hay que añadir, a este programa que bien podría haber andado por muchos otros derroteros, el procedimiento sumamente ingenioso de Navarro -pues no estamos ante alguien que se pretenda biógrafo, sino narrador- que consiste en tejer sus 125 páginas en torno a una serie igualmente limitada y azarosa de motivos conductores, que, como la imperceptible trama argumental, podrían haber sido distintos también: la fatal perseverancia con la que a Ferrater se le rompían sus invariables gafas oscuras (sólo Valeria, su amante de la habitación 205 del Colón, llegó a ver la perturbadora expresión de su rostro, dominada por los apreciados ojos azules que no exhibía); la famosa predicción de su muerte, ya citada; el característico rechinar de sus mandíbulas al comer (algo que no pasó inadvertido, de nuevo con desconcierto, por la esposa de uno de los editores que conoció), y la irreprimible desesperación de Amalia, su madre, al leer la factura del teléfono que utilizaba su hijo, sin reservas, para conversar con amantes y compañeros de fatigas. Éstos, los amigos, tampoco faltan en esta visión particularizada de la vida de este hombre: Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma los primeros, los más solicitados, siempre también los más solícitos. Como Benjamin, Ferrater ha- bía "tomado la decisión de ser mejor que sus colegas", y lo fue; como aquél, poseyó una curiosidad ilimitada; también tenía pasión por los "conocimientos descoyuntados", inconexión que sólo disimulaban una voz magnífica y una elocuencia políglota sin fisuras; como el otro, Ferrater dijo ser "de las personas que viven de cara al pasado, y no al futuro". Se separó de su mujer a los pocos años de casarse en Gibraltar (de hecho, la perdió literalmente); arruinó sus gafas en múltiples ocasiones; no llegó a ocupar ningún lugar en el concierto desafinado de las letras catalanas de su tiempo; se le acabó el tabaco y el alcohol, o el dinero para abastecerse, y sólo recogió cuidadosamente el vasto conjunto de sus ruinas en la excesiva soledad del suicidio. Solamente en medio de este panorama desolador, baldío en apariencia, sólo de esta descomunal maraña de percances inconexos podía haber extraído Justo Navarro, a modo de narración, unas visiones fugaces, trozos de una vida, que valen por su desdibujado conjunto. Estos fogonazos, bien contados, acaban siendo la más eficaz de las noticias acerca de esa vida.

Jordi Llovet

Artículo publicado en El País el 22 de febrero de 2003

martes, 1 de mayo de 2007

ALFRED HITCHCOCK, La soga

IMBD

Esparta. 4


Finalmente, Esparta no tuvo más elección que tomar un camino radicalmente distinto al de cualquier otro estado. El momento decisivo llegó en la llamada segunda guerra mesenia, que, dice la tración, duró diecisiete años y que hay que fechar probablemente en el tercer cuarto del siglo VII. Mesenia se rebeló y los espartanos se vieron muy apurados para sofocar el alzamiento, principalmente, a lo que parece por Tirteo, a causa del descontento, desorden y casi rebelión en sus propias filas.
Durante este conflicto Tirteo abogó por la eunomía, "obediencia a las leyes", que iba a ser, según la opinión de algunos griegos, la mayor virtud espartana en época clásica. (Vale la pena señalar que en todas sus exhortaciones al patriotismo y eunomía, Tirteo nunca mencionó al legislador Licurgo.) Y una vez que los mesenios fueron sometidos de nuevo, los espartanos se dedicaron a elaborar una solución común a sus problemas más apremiantes, la eliminación de stasis en casa y el mantenimiento de un dominio seguro sobre los hilotas que sobrepasaban grandemente en número a los hombres libres. No podemos seguir con precisión los pasos por los que la solución (un comproniso entre diversos grupos y peticiones contradictorios) fue lograda. No hay acuerdo entre los estudiosos, por ejemplo, respecto a la fecha o el significado exacto de un documento clave, la llamada Gran Retra, conservada por Plutarco ene un texto corrupto dentro de un contexto confuso. Según alguna interpretación, este breve texto, que distribuye el poder decisorio entre los reyes, el consejo de ancianos y la asamblea de todos los iguales, señala la primera vez en la historia griega en que la asamblea popular recibe fomalmente poderes, aunque restringidos, en una fecha probablemente anterior a la segunda guerra mesenia. La Retra no hace referencia a los éforos que ya existían y que más tarde, a mediados del siglo VI, se convirtieron en el poder ejecutivo más importante del gobierno espartano. Tanto la medida de nuestra ignorancia como el valor de la evolución en las instituciones espartanas, que hemos de tener en cuenta, están suficientemente ejemplificadas en este texto único.
La eunomía fue terminada, según Heródoto en el reinado de León y Agasides, esto es, a principios del siglo sexto. "Mucho antes -escribe- se gobernaban con las peores leyes de toda Grecia, tanto en lo interno como con los extranjeros, con quienes no tenían comercio." Si esto tiene algún fundamento, significa que dos generaciones después de la segunda guerra mesenia se vio el resultado de la harto compleja estructura de la sociedad espartana en época histórica. Los Espartiatas varones, los Iguales, se convirtieron en un cuerpo militar en régimen de jornada completa. Sus vidas, en principio, estaban enteramente moldeadas por el estado y enteramente dedicdas a él. Incluso para decidir si se permitía sobrevivir o no a un niño se dejaba a un lado a los padres y se encargaban de ello los oficiales públicos. Este era uno de los sistemas que servían, simbólicamente y también en la práctica, para minimizar los lazos de parentesco y reducir, por tanto, una importante fuente de lealtades contradictorias. A los siete años un niño era entregado al estado para su educación, que se concentraba en la audacia física, la habilidad militar y las virtudes de la obediencia. En la niñez y adolescencia se desarrollaba a través de agrupaciones íntimas con gente de su edad; cuando era adulto su principal asociación era con su regimiento militar y su comida en común. Diversos ritos reforzaban el sistema en las etapas fijadas de crecimiento del hombre.
La concentración en un solo objetivo de la vida de los Espartiatas se veía fortalecida por su abandono de todas las preocupaciones y actividades económicas. Esto incumbía a los hilotas y periecos que, de distintas maneras, producían la comida y las armas y se ocupaban del comercio. Los hilotas trabajaban por pura coacción, pero los periecos eran los beneficiarios de una situación de monopolio, libre de competencia tanto por parte de los mismos espartanos como de los extranjeros. A los Espartiatas incluso se les prohibía el uso de la moneda acuñada, y los de fuera no tenían permiso para accedera la economía salvo por mediación de los periecos o del estado. Esta situación probablemente ayuda a explicar por qué oímos hablar poco de desórdenes por parte de los periecos, pese a su carencia de autonomía y su contribución militar obligatoria. También explica el fracaso de Esparta en desarrollarse dentro de una comunidad urbana.
Desde la niñez, también, a los espartanos se les fomentaba la competición recíproca, no en realizaciones intelectuales o para el provecho económico, sino en proezas y resistencias físicas. Los premios eran honoríficos más que materiales en cierto sentido, pero entre ellos había puestos de autoridad y liderazgo. A los dieciocho años ya se podía ver uno recompensado por la admisión por la admisión en un cuerpo juvenil de élite llamado hippeis, cuyas funciones eran servir de escolta personal a los reyes y llevar a cabo misiones gubernamentales secretas. Luego venía la posibilidad de conseguir una jefatura en el ejército y finalmente un puesto en el gobierno.

FINLEY, M.I., La Grecia primitiva: Edad del Bronce y Era Arcaica, Crítica-Grijalbo, 1987

CONSTANTINO KAVAFIS. Murallas

Sin consideración, sin piedad, sin recato
grandes y altas murallas en torno mío construyeron.
Y ahora estoy aquí y me desespero.
Otra cosa no pienso: mi espíritu devora este destino;
porque afuera muchas cosas tenia yo que hacer.
Ah cuando los muros construían cómo no estuve atento.
Pero nunca escuché ruido ni rumor de constructores.
Imperceptiblemente fuera del mundo me encerraron.


Elementos para la definición del lenguaje. 1


El lenguaje y la organización del entorno
Con una lengua organizamos nuestro entorno, el mundo en que vivimos y sometemos nuestras percepciones a diversos grados de abastracción: este espécimen del reino vegetal y aquel otro son pinos (pese a sus diferencias de tamaño, forma y situación); este pino y aquel roble son árboles; estos árboles, aquella yegua y una caja son cosas o entidades. Y unos objetos son grandes, mientras que otros son pequeños. POr otra parte, los infinitos eslabones de la cadena cromática son divididos en siete (o menos, o más) segmentos a los que asignamos el nombre de un color. De este modo, la ilimitada variedad de las percepciones se ve reducida a un número limitado de tipos de objetos y de tipos de fenómenos. Esta reducción es la que permite el entendimiento entre los seres humanos, porque si nuestras irrepetibles impresiones recibiesen expresiones lingüísticas igualmene irrepetibles, la comunicación sería imposible y solo seríamos capaces de expresar nuestro más radical aislamiento. Así pues, la comunicación es posible gracias a la organización y reducción que del mundo hacemos por medio del lenguaje. Vale la pena notar aquí que la capacidad de abstracción no es un privilegio de los lógicos y los filósofos; cualquier ser humano, por el mero hecho de poseer una lengua, es un consumado maestro de la abstracción. Tenemos un nuevo dato, pues, para la definición del lenguaje: con él reducimos y ordenamos las percepciones del entorno

JESÚS TUSÓN, Lingüística