miércoles, 29 de agosto de 2007

Fryderyk Chopin


Nació en Zelazowa-Wola (cerca de Varsovia) en 1810 y murió en París en 1849. Los polacos lo consideran su compositor nacional, junto con Szymanowski. Fue un niño imaginativo, que a los seis años compuso versos y a los site escribió su primera polonesa. Se presentó ante el público a los nueve años. Había estudiado piano él solo. En el Conservatorio de Varsovia estudió armonía y composición con el profesor Elsner. En 1829 se presentó en Viena con gran éxito. Sus primeras composiciones para piano le dieron una gran popularidad. Schumann le trató de genio. En 1830 inició un "viaje de estudios" que le llevó a Breslau, Dresde, Praga, viena, Munich, Stúttgart -donde se enteró con gran emoción de la toma de Varsovia por los rusos-, llegando finalmente a París, donde decidió establecerse para no regresar a un país ocupado. Su concierto de presentación no tuvo mucho éxito, pero la alta sociedad le arropó, pagándole espléndidamente sus lecciones de piano. Esto le resultó muy agradable, pues nunca le había gustado la vida de concertista. Se calcula que en toda su vida no dio más de una treintena de conciertos. Invitado a todos los salones, en el de la princesa Marie d'Agoult, Franz Liszt le presentó a Georg Sand. Esta despertó en él una gran curiosidad, que pronto se transformó en gran pasión. Empezaron a manifestarse los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con su vida. Los médicos le aconsejaron un clima más cálido, y ambos, Chopin y George Sand, pasaron el invierno de 1838 en la cartuja de Valldemosa, en Mallorca, donde llegaron después de una corta estancia en Barcelona. Las lluvias y la fuerte humedad no fueron muy piadosas con Chopin, y su estancia en la isla no contribuyó a mejorar su salud. Allí compuso, entre otras obras, sus famosos veinticuatro Preludios. De vuelta a París, continuaron juntos y pasaron los veranos en Nohant, cerca de Châteauroux, en casa de George Sand, donde ella recibiía a los mayores artistas del momento (Liszt, Balzac, Delacroix, Arago...). Ella quería sustraer al músico enfermizo de la atmósfera poco sana de los salones parisinos, pero los excesivos cuidados maternales que le prodigó resultaron más perjudiciales que beneficiosos, pues le restaron posibilidades de defensas naturales y psicológicas, y contribuyeron a crear la abusurda y morbosa leyenda del "poeta moribundo". De odas maneras, la paz que se disfrutaba en Nohant fue muy buena para su labor compositiva, pues fue allí donde escribió sus mejores obras. En 1847 se rompió su relación por razones muy complejas, principalmente de orden familiar. Se instaló en París, ciudad que sólo abandonó para unos pocos viajes. Viajó a Alemania para visitar a Mendelssohn y Schumann, y a Londres. En 1848, tras dar su último concierto en París, realizó una gira de cuatro conciertos por Inglaterra, organizados por una alumna que estaba enamorada de él. En 1849, agotado por su enfermedad, murió en su apartamento de la Place Vendôme. Conforme a sus deseos, en su funeral se interpretó el Réquiem de Mozart. Fue enterrado en el cementerio del padre Lachaise, excepto su corazón que fue mandado a Varsovia, donde se conserva como una gran reliquia en la iglesia de la Santa Cruz. El médico que le había tratado su enfermedad y que firmó su defunción indicando tuberculosis en los pulmones y en la laringe como la causa, quedó desconcertado tras practicarle la autopsia, pues no halló ningún rastro de tuberculosis, y declaró que desconocía la enfermedad que le había causado la muerte. Actualmente, y estudiando los síntomas que se sabe que padeció en vida, los expertos parecen inclinarse por una fibrosis quística. Aunque fue un hombre muy culto, no dejó que su cultura influyera en su música. La pureza de esta le acerca más a Mozart o Schubert. La principal baza de su música son sus bellísimas melodías, enriquecidas por unas ornamentaciones que en ningún caso son superfluas. Sus armonias son originales y osadas. Su modelo era Mozart, de quien interpretaba una pieza en todos sus conciertos, y admiraba, por encima de todos, a Bach. Tenía una pasión por la contención y detestaba la exageración; no soportaba la música de Meyerbeer o de Berlioz. Prácticamente toda su obra estuvo dedicada al piano. Únicas excepciones: un trío, una sonata para violoncelo y piano, unas variaciones para flauta y diecisiete canciones polonesas. Para piano y orquesta escribió dos conciertos y unas juveniles Variaciones sobre un aria de Mozart. Para piano solo, veintiseis preludios, veintisiete estudios, diecinueve valses, cuatro baladas, cuatro impromptus, cuatro scherzi, catorce polonesas, cincuenta y una mazurcas, veinte nocturnos, cuatro rondós, cuatro series de variaciones, una fantasía, una fantasía-Impromptu, una barcarola, una berceuse y tres sonatas.

Polonesa completa

Wolfgang von Goethe y el conocimiento

"A quien el mundo no le revela inmediatamente qué relación tiene con él, a quien su corazón no le dice qué se debe a sí mismo y qué a los demás, le será muy difícil aprenderlo en los libros, que en realidad sólo sirven para dar nombre a nuestros errores"
WILHELM MEISTER


"Aquí encontramos su grandeza... No aprendemos nada cuando lo leemos, pero nos transformamos en alguna otra cosa" [refiriéndose a un libro de Winckelmann sobre la imitación de las obras de arte griegas]
Conversación del 16 de febrero de 1827 con Johann Peter Eckermann

"Sí, justamente es eso. La coincidencia nos deja en reposo, pero es la contradicción lo que nos hace productivos" [esta es la contestación a Eckermann quien comenta que encuentra contradicciones en el ensayo del profesor Hinrichs La esencia de la tragedia griega]
Conversación del 28 de marzo de 1827 con J. P. E.


"Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología , todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de los hombres y cambie su rumbo."
Fragmento del primero monólogo (Nacht) de la primera parte de Fausto.

Textos extraídos de:
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE, Fausto, Ed. Cátedra
JOHANN PETER ECKERMANN, Conversaciones con Goethe: en los últimos años de su vida, Ed. El Acantilado
JORDI JANÉ I CARBÓ, Literatura alemanya moderna, Universitat Rovira i Virgili, Servei Lingüístic




martes, 28 de agosto de 2007

La frontera entre semántica y pragmática

"La idea de que las tres áreas principales de estudio en lingüística corresponden a tres disciplinas –la sintaxis, la semántica y la pragmática– está tan bien arraigada hoy en día que parece una obviedad. Sin embargo, esta división disciplinaria es relativamente joven: aparece en los años treinta del siglo XX y es corriente pensar que su primera formulación es la del filósofo pragmatista Charles Morris, que las considera como dimensiones distintas del fenómeno de la semiosis. Rudolf Carnap adoptó la triple distinción enseguida y la presentó en la forma de tres partes de la semiótica o ciencia del lenguaje. La gran difusión de los estudios de Carnap la popularizó definitivamente. Sin embargo, si bien muchos teóricos actuales estarían dispuestos a aceptarla, sería difícil conseguir un acuerdo general sobre las fronteras precisas que separan a las subdisciplinas de la lingüística. En esta charla me voy a ocupar de la frontera entre semántica y pragmática. La otra frontera, la que separa la sintaxis de la semántica, dista mucho de estar pacificada, pero no voy a decir nada sobre las disputas a que ha dado origen. Tal vez mi colega Manuel García-Carpintero lo haga en su conferencia. Yo me conformaré con describir algunos de los movimientos más importantes que esa demarcación sufrió durante la segunda mitad del siglo pasado, no mucho más tarde de que se plantease la existencia de las dos áreas. Puede decirse así que se trata de una frontera que ha estado en disputa durante casi toda su existencia.
Parece muy intuitivo distinguir por un lado el significado de las palabras, lo que decimos con ellas o la información sobre el mundo que transmiten o pueden transmitir, y por el otro lo que hacemos o podemos hacer con esas palabras, a menudo gracias a que significan lo que significan. Imaginemos un atraco a un banco, con unos cuantos rehenes muy atemorizados. De repente se oye una sirena a lo lejos. Un rehén le dice a otro: “Ya viene la policía”. Un atracador le dice al otro: “Ya viene la policía”. El rehén dice lo que dice para animar a su compañero. El ladrón dice lo mismo para avisar a su compinche. Las dos proferencias no difieren en significado, no difieren en semántica (ni en sintaxis), pero si en su uso: la diferencia es de tipo pragmático.
Aunque los teóricos reconocieran la dimensión pragmática del lenguaje y la posibilidad de una disciplina que se ocupara de ella, lo cierto es que se dejó de lado durante años. La pragmática parecía anárquica y poco susceptible de teorización. Aquellos pensadores filósofos sobre todo, que se ocupaban de semántica, eran teóricos de orientación lógico-matemática, poco dispuestos a penetrar en un terreno tan pantanoso.
La situación cambió tras la segunda guerra mundial. Un grupo de filósofos, en su mayoría profesores de la Universidad de Oxford, inspirados por las ideas del Wittgenstein maduro, alumbraron un pensamiento filosófico atento sobre todo a los usos del lenguaje. Gilbert Ryle, P.F. Strawson, J.L. Austin formaron la llamada ‘filosofía del lenguaje corriente’ (no ‘ordinario’, como se dice a veces) y publicaron libros con títulos tan explícitos como Cómo hacer cosas con palabras. Estos filósofos sostenían a la vez un punto de vista radicalmente pragmático sobre el significado. Siguiendo el dictum wittgensteiniano que decía que el significado es el uso, pensaron que todo lo que se podía decir del significado de una expresión es que esta es usada de tal y tal manera o es usable de tal y tal manera en tales y tales circunstancias. Conviene tener claro lo que defiende esta postura: todos estamos de acuerdo hoy en día en que el significado tiene que ver con el uso. Es el uso que los hablantes dan a las palabras lo que fija su significado. Si los hablantes del español dejasen de usar la palabra ‘conejo’ para referirse a los conejos y la usaran para referirse a los periquitos, ‘conejo’ entonces significaría lo mismo que ahora significa ‘periquito’. La postura pragmática va más allá. Según ella, hablar de significado es hablar de uso, no simplemente hablar de algo que viene fijado por el uso. Para ciertas expresiones este punto de vista parece perfectamente oportuno. ¿Cuál es el significado de ‘Adiós’? La única respuesta que parece adecuada se refiere a su uso: usamos ‘Adiós’ cuando queremos despedirnos. No hay nada más en el significado de ‘Adiós’. Se dice que Wittgenstein llegó a ese punto de vista cuando tras contarle al economista italiano Piero Sraffa su teoría de la proposición y su idea de que los enunciados de todo lenguaje posible compartían su forma lógica con la realidad representada, este le mostró un gesto napolitano (cualquier gesto expresivo que nos sea familiar sirve para ilustrar el ejemplo) y le preguntó: “¿Cuál es la forma lógica de esto?”. Es del todo claro que en estos casos no tiene sentido buscar la situación representada y que la única respuesta posible a una petición de significado de un gesto es una explicación de su uso adecuado. No obstante, no todas las expresiones son como ‘Adiós’ o como un gesto (napolitano o no). Para muchas expresiones parece adecuado considerar que el uso ha determinado una dimensión semántica y que esta ha posibilitado diversos otros usos. La palabra castellana ‘caracoles’ tiene un significado que viene dado por el uso que históricamente ha recibido y que tiene que ver con ciertos animales cefalópodos. Su uso ulterior habitual como exclamación de sorpresa no forma parte de su significado, creo. Estoy seguro de que ustedes mismos pueden encontrar algún otro ejemplo aún más convincente. Lo que debemos concluir es que, al menos en principio, no todo uso tiene pertinencia semántica. No está claro que Wittgenstein, pese a ser el autor del dictum, igualara significado y uso, sino que más bien lo que hizo fue sostener que el uso es una guía valiosa para llegar al significado. Pero los filósofos del lenguaje corriente sí lo hicieron. Esa posición extrema los hacía extraordinariamente sensibles a los matices y variaciones del uso de las expresiones, y los dejaba predispuestos a detectar en la falta de atención al uso real del lenguaje el origen de los problemas filosóficos. El filósofo era la mosca que se metía en la botella del mal uso del lenguaje. No hacía falta solucionar los problemas filosóficos, porque no eran reales. Había que disolverlos, enseñar a la mosca a salir de la botella, mostrar al filósofo de qué modo se había complicado las cosas y cómo desaparecían los problemas filosóficos si se atendía al uso real. Así Gilbert Ryle, en su The Concept of Mind, disolvía el antiguo y agudo problema del libre albedrío. Se puede plantear este problema como el de si hay acciones voluntarias. Dado que somos parte de un mundo natural sujeto a influencia causal, nuestros movimientos son tan voluntarios como los de cualquier otro cuerpo físico. Pero donde no hay voluntariedad no hay libertad ni responsabilidad moral. En consecuencia, nuestras ideas morales son inaplicables. Esto nos parece intolerable y ahí se genera el problema filosófico. No obstante, según Ryle, en su uso corriente, ‘voluntario’ e ‘involuntario’ sólo se aplican a acciones que no deben realizarse. Discutimos sobre la voluntariedad o involuntariedad de una acción cuando nos preocupamos de si algo ha sido culpa de alguien y tenemos un modo de responder a la pregunta en estos casos que no pone en cuestión ninguna convicción moral. Lo que crea un problema que parece insoluble es tan sólo el hábito de algunos filósofos de generalizar la cuestión a la totalidad de nuestros actos, y por lo tanto de aplicar la palabra ‘voluntario’ fuera de su uso legítimo. Una adecuada atención al uso disuelve el problema.
Otro filósofo de esta escuela, Strawson, consideró la lógica que Frege, Russell y el Wittgenstein joven habían discutido y su aplicación al lenguaje corriente, que estos autores daban por descontada. Strawson consideró una conectiva corriente como ‘o’, cuyo significado damos por resuelto muchos filósofos de tendencia lógica con su tabla de verdad (la que ustedes pueden ver en su hoja). ‘A o B’ es verdad cuando A, B o ambos lo son y falso en caso contrario. Ese es todo el significado de ‘A o B’. Sin embargo Strawson nos hace pensar en cómo usamos tal expresión. Si se nos pregunta, “¿A dónde ha ido María?” y respondemos, “al cine o a pasear”, nuestra respuesta sólo es adecuada si no sabemos a cuál de los dos sitios ha ido María y por lo tanto eso es lo que entenderá la audiencia. Esto muestra que la idea que muchos tenemos de que nuestra respuesta es verdadera si María ha ido a pasear aunque nosotros sepamos perfectamente que es ahí adonde ha ido no concuerda con el uso corriente y es por lo tanto errónea, para un filósofo del lenguaje corriente. Otro tanto detecta Strawson en los cuantificadores universal y existencial. Un lógico dirá que ‘Todos mis amigos tienen un Ferrari’ es verdadera si y sólo si no hay nadie que sea amigo mío y que no tenga un Ferrari, en particular en el caso de que yo no tenga amigos. Para Strawson, en ese caso no es adecuado proferir tal enunciado que por lo tanto no es verdadero. ‘Todos mis amigos tienen un Ferrari’ sólo es verdadera en caso de que tenga amigos (más de uno) y cada uno de ellos posea un Ferrari. Asimismo, de acuerdo con su elucidación lógica, “algunos alumnos han suspendido” es verdadera aunque hayan suspendido todos, mientras que Strawson no cree adecuado ese uso. Si un profesor dice “algunos alumnos han suspendido”, está diciendo también que algunos han aprobado. Strawson obtiene conclusiones fuertes sobre la pretensión de que la lógica vale para el lenguaje corriente: “el lenguaje corriente no posee una lógica precisa”, nos advierte. Los filósofos de tendencia lógica deforman el lenguaje al pretender que la lógica se le aplica. Un chiste puede ilustrar esta idea. Se dice que un lógico, o un filósofo de tendencia lógica, es una persona a la que se le pregunta: “¿Quiere usted café o te?” Y te responde: “Sí.”
En manos de los filósofos del lenguaje corriente la frontera entre semántica y pragmática se disuelve. Se podría decir que la pragmática ocupa el territorio completo. Es por ello notable que fuese un discípulo de esta escuela, Paul Grice, un practicante de este estilo de filosofía, quien devolviese a la demarcación su vigencia. Grice estaba de acuerdo en la importancia de estar atentos al uso lingüístico y en la posibilidad de equivocarnos grandemente si no le prestamos bastante atención. Pero también nos equivocaremos, opinaba, si nos centramos demasiado en el uso y confundimos los aspectos semánticos con los pragmáticos. Cómo esto sucede y cómo evitar caer en ese error es lo que vamos a ver a continuación.
Una observación obvia es que hay que distinguir entre la proposición (el contenido informativo, si se quiere) que una proferencia expresa y las muchas proposiciones que esa proferencia puede conducir y que un oyente de la proferencia puede obtener. Si tras de una noche rica en Valdepeñas mañana por la mañana me dirijo a la cafetería de mi hotel y le digo al camarero “Por favor, desearía un café y un Alka-Seltzer”, este pasará a creer, además de que yo quiero un café y un Alka-Seltzer, que soy catalán y que padezco resaca, pero es intuitivamente bien claro que eso no es lo que yo le he dicho, ni siquiera lo que he querido comunicarle. Esta abundancia de información, que sobrepasa lo que nuestras palabras dicen, puede ser usada en ocasiones con propósitos comunicativos para transmitir proposiciones diferentes a la expresada. Una anécdota famosa cuenta que Bernard Shaw, en la época en que era la conciencia literaria de Inglaterra, recibió la visita de un escritor en ciernes, que le entregó el manuscrito de una obra de teatro con el ruego de que le manifestara su opinión, tan valiosa. Al cabo de unos días volvieron a verse y Shaw devolvió el manuscrito al joven con el comentario: “La ortografía, magnífica.” A nadie le extraña que el joven autor quedara decepcionado, pues la proposición transmitida fue que la obra era mediocre. Pero notemos que esa no era la proposición expresada ni se seguía lógicamente de la proposición expresada. Así, que la obra era mediocre no lo decían las palabras de Shaw, pero parece natural pensar que eso es lo que querían decir o parte de lo que querían decir.
Parece pues que somos capaces de transmitir más de lo que nuestros enunciados dicen en un contexto determinado. Y somos capaces de entender eso de más que nos transmiten. Se trata de una capacidad curiosa, pero perfectamente común. Grice fue el primero en explicarla y abrió un camino proseguido por muchísimos estudiosos del lenguaje. Las ideas de Grice, sin embargo, continúan siendo las básicas.
Empecemos por lo que una proferencia dice (says). Esto está estrechamente ligado al significado convencional del enunciado emitido, pero en general va más allá de ese significado, porque algunos componentes de los enunciados tienen lo que llamamos un valor indéxico, es decir, refieren al contexto. El significado de ‘yo’ es perfectamente fijo y se refiere siempre al hablante, pero cuando yo digo ‘(yo) tengo hambre’ estoy diciendo que Ramon Cirera tiene hambre, mientras que si Pedro pronuncia las mismas palabras dice que Pedro Rojas tiene hambre. Un enunciado dice lo que dice en un contexto, gracias a su significado convencional y a cómo el contexto da valor a lo que los indéxicos buscan (el hablante, en nuestro ejemplo).
Más allá de lo que decimos (say) hemos visto que existe la manera de transmitir más cosas. Grice define así lo que queremos decir (mean): Un hablante H, al proferir el enunciado E quiere decir que p sólo si hay una audiencia A tal que H profiere E con la intención de que 1) A llegue a pensar que p, y 2) A se dé cuenta de que H tiene la intención de que se dé 1). Según esta definición Bernard Shaw quería decir que la obra del joven autor era mediocre, pues se cumplen 1) y 2). Por otro lado, el punto 1) excluye casos como el de mi petición de café y Alka-Seltzer, en el que yo no quería decir que tenía resaca. El punto 2) excluye casos de manipulación en los que se lleva a la audiencia a pensar algo, pero sin que se dé cuenta de ello. Como el ejemplo de Shaw muestra, muchas veces se quieren decir cosas que no se dicen, en los sentidos de decir y querer decir que acabamos de definir. Lo que se quiere decir, pero no se dice se implica conversacionalmente, según Grice. Así Shaw no dijo que la obra era mediocre: lo implicó conversacionalmente.
La implicatura conversacional es del todo distinta de la implicación lógica o en general de la implicación semántica. Nada semántico interviene en ella. Las convenciones del lenguaje no tienen nada que ver aquí. Se trata de una implicación meramente pragmática que tiene su raíz en la naturaleza de la situación en que se da: la conversación. Para Grice, la conversación es una empresa que se lleva a cabo mediante esfuerzos cooperativos y con un propósito común, que fijado o definido tácitamente de entrada y que puede ir evolucionando según el curso del intercambio a lo largo del tiempo. En general, la conversación viene regida por lo que Grice llama ‘el principio cooperativo’: “Haz tu contribución a la conversación de modo que cumpla con lo que exige, en el punto en que se encuentra, el propósito o la dirección aceptados del intercambio verbal en el cual estás involucrado.” En toda conversación se sigue implícitamente este principio. Bajo él, Grice distingue cuatro categorías de máximas más específicas: máximas de cantidad, de cualidad, de relación y de manera. Las de cantidad tienen que ver con la información suministrada. No se debe contribuir a una conversación con aportaciones mucho menos informativas ni mucho más informativas de lo que se espera. Si yo pregunto a alguno de ustedes a qué distancia queda Calatrava, no será una contribución adecuada a la conversación que me responda que a menos de cinco mil kilómetros, pero tampoco aportará una buena contribución alguien que me facilite la distancia exacta en milímetros. La categoría de cualidad exige no decir lo que creemos que es falso ni aquello que no tenemos razones para creer verdadero. Quien no tenga ni idea de donde queda Calatrava no debe soltar una cifra de kilómetros al azar como respuesta a mi pregunta. A su vez, la máxima de relación exige que seamos pertinentes en nuestra aportación, esto es, que no digamos algo que no tiene que ver con aquello de lo que hablamos. Decir “No hay vino como el de Valdepeñas” no parece una respuesta adecuada a mi pregunta anterior, aunque pueda ser cierto. Finalmente, las máximas de manera nos piden no ser obscuros, ni ambiguos, ni innecesariamente prolijos ni desordenados.
Dos observaciones son de rigor. En primer lugar, las máximas exigen cosas distintas en cada situación. La oscuridad, la ambigüedad y las razones para creer algo se verán de distinta manera en una conversación entre astrólogos que en una conversación entre jardineros. En segundo lugar, no se pretende que estas máximas sean todas las que estén en juego. Puede haber otras. Del mismo modo, no es necesario pensar que todas son igual de importantes. En ocasiones pueden entrar en conflicto y no se puede decir en general cómo este va a resolverse. Sin embargo, lo importante es que estas máximas, y quizás otras, se siguen en las conversaciones, porque este hecho da la clave para entender las implicaturas.
La idea básica es que se da una correspondencia sistemática entre lo que un hablante quiere decir y las suposiciones necesarias para preservar la idea de que observa el principio cooperativo y las máximas conversacionales. Tomemos de nuevo el caso de Bernard Shaw. Su afirmación presenta una clara violación de la máxima de relación: lo que dice no es en absoluto pertinente. Tal vez también de la de cantidad: Shaw da menos información de la necesaria. Un ejemplo más claro de vulneración de la máxima de cantidad sería el caso en que Shaw hubiese dicho en respuesta a la misma pregunta: “El primer párrafo, muy bien escrito.” En ambos casos, la audiencia se ve llevada a la conclusión de que Shaw quiere transmitir otra cosa que sí es pertinente y adecuadamente informativa. En la situación en que se da la conversación, si Shaw hubiese pensado que la obra era buena, lo habría dicho y por lo tanto se concluye que piensa que no lo es, pero no quiere decirlo (tal vez porque le resulta violento o desagradable o poco elegante). Así que no lo dice, pero lo implica conversacionalmente.
En general, un hablante implica conversacionalmente aquello que hay que suponer que quiere decir si se desea preservar la idea de que está respetando el principio cooperativo, si bien no al nivel de lo que dice, sí al de lo que se implica o quiere decir. Una violación en un nivel se compensa con un cumplimiento en el otro.
Notemos que nada de esto tiene por qué suceder. La suposición de que el hablante observa el principio cooperativo puede fallar por distintas razones: el hablante puede ser un mentecato que dice lo primero que le pasa por la cabeza sin ninguna intención. Una conversación así sería sólo un diálogo para besugos. No obstante, nunca llegamos ni a considerar tal posibilidad. Suponemos (si no hay motivos de peso para lo contrario) que el hablante es un individuo racional y metido en la conversación. Podemos suponer de más y llegar a implicaturas inexistentes a partir de un mero despiste. Inversamente, a veces las implicaturas no llegan a sus supuestos receptores: el hablante y el oyente pueden ver el contexto de modos distintos o pueden asignar peso distinto a las máximas conversacionales o simplemente el oyente es demasiado vago o inepto para calcular, esto es, para elaborar el razonamiento que le lleve a la implicatura. Muchas cosas pueden ir mal, pero con todo es impresionante la cantidad de veces en que todo va bien. Sucede tanto que hacemos moralmente responsables a nuestros semejantes no sólo de lo que dicen sino también de lo que implican conversacionalmente. En otros países con una tradición jurídica más arraigada, como Estados Unidos, las implicaturas generan también responsabilidad legal, lo que en muchos casos, como por ejemplo en publicidad, parece del todo adecuado.
He mencionado que el oyente debe calcular la implicatura. Esto es esencial. No se puede decir que hay una implicatura si no es verdad que un oyente podría llegar a ella razonando a partir de lo que el hablante dice y del contexto en que lo dice. Debería poder razonar de un modo como el siguiente: el hablante ha dicho que p; no hay motivo para pensar que no observa el principio cooperativo y no podría decir que p y observar el principio si no desease comunicar que q, esto es si no pensase que q, quisiese que yo pensase que q y que yo me diera cuenta de su intención de que yo pensase que q; no ha hecho nada para impedir que piense esto; así pues, está implicando conversacionalmente que q.
Hay todavía otra condición que debe darse para que haya una implicatura conversacional. Las implicaturas han de ser cancelables, esto es ha de ser posible hacer de modo explícito o implícito que no se den y ello sin caer en contradicción ni manifiesta irracionalidad. Esto las hace completamente distintas de las implicaciones lógicas o semánticas.
Consideremos estas últimas. Si un hablante dice que p y esto implica lógica o semánticamente que q, no puede negar q sin contradecirse. Por ejemplo, si yo les digo “Pasqual Maragall es un hombre soltero”, mi afirmación implica lógica y semánticamente que Maragall no está casado. Si ahora añado “Maragall está casado”, me estoy contradiciendo. En cambio, Bernard Shaw podía cancelar su implicatura añadiendo a su frase “La ortografía es magnífica” la coletilla “y además la obra es espléndida”. Ninguna contradicción se derivaría de las afirmaciones de Shaw.
La implicatura conversacional es un fenómeno ubicuo en nuestros intercambios lingüísticos. Siempre debemos calcularlas (y han de ser así calculables) y siempre ha de ser posible cancelarlas sin contradicción. Es muy importante darse cuenta de que no reposan en nada estrictamente lingüístico, sino en el hecho de que el uso del lenguaje en la conversación es una actividad racional y los principios que lo gobiernan son los que gobiernan la acción racional. Nada semántico más allá de lo que se necesita para entender lo que literalmente se dice nos ayuda en general a entender una implicatura.
El ejemplo de Shaw y muchos otros que ustedes pueden imaginarse constituyen casos de implicatura conversacional particularizada. Grice considera también implicaturas conversacionales generalizadas. La diferencia estriba tan sólo en el grado de dependencia del contexto. Las particularizadas dependen mucho del contexto, en el sentido de que sólo se dan en ciertos contextos muy determinados. En el caso de Shaw, si su comentario fuera sobre la redacción escolar de un niño, no podríamos inferir ninguna implicatura. Las implicaturas generalizadas en cambio valen en muchos contextos, porque las creencias sobre el contexto necesarias para llevar a cabo el cálculo son muy pocas, muy básicas y muy generales. Por otro lado, parecen más directas, porque muchas veces el hablante no desea trazar un contraste entre lo que dice y lo que quiere decir, pero no dice. Esto hace que parezcan implicaciones semánticas y no pragmáticas. Según Grice esta impresión es errónea: la distinción entre unas y otras es de grado, no de naturaleza.
Ejemplos de implicaturas generalizadas nos los ofrecen casi todos los dispositivos lógicos del lenguaje natural, aquellos que según los filósofos del lenguaje corriente anteriores a Grice no tenían nada que ver con los que la lógica definía. Consideremos los mismos que vimos al inicio, esto es el disyuntor ‘o’ y los cuantificadores. Hay problemas parecidos, que tal vez ustedes puedan plantearse, con las otras conectivas y cuantificadores. La idea era que el uso de la partícula ‘o’ en el lenguaje natural servía para decir algo más que lo que dice la tabla de verdad que la elucidación lógica le asigna: expresaba también una posición epistémica del hablante: este manifestaba ignorancia sobre cuál de los dos enunciados de la disyunción era verdadero. La respuesta de Grice es que esto no es así. La partícula ‘o’ no dice nada más que lo que la tabla de verdad le atribuye. No tiene otra función semántica que representar esa tabla de verdad: un enunciado disyunción de dos enunciados será verdad siempre que uno de los dos lo sea y falso en caso contrario. Pero, y ese es un pero importante, hay un buen motivo para no usar una disyunción cuando sé cuál de los dos enunciados disyuntos es verdadero. Hacerlo conlleva vulnerar el principio cooperativo a través de algunas de sus máximas. La de cantidad, por lo menos, y probablemente también la de pertinencia. Si me preguntan dónde está María y sé que está en un lugar determinado, digamos en el cine, una respuesta verdadera es que está en el cine o cultivando albaricoques en Sebastopol, ya que si es verdad que está en el cine, lo es que está ahí o en otra parte. Pero mi respuesta no es conversacionalmente adecuada, porque es menos informativa de lo necesario (para el objetivo conversacional). A la vez, podemos pensar que ofrecer esa otra posibilidad disyuntiva no es pertinente en muchos casos. El único modo de hacer que la respuesta sea adecuada y que cumpla con las máximas es pensar que la disyunción corresponde a la información que tengo y que, por lo tanto, por lo que yo sé María podría estar en cualquiera de los dos sitios. Eso es pues lo que se implica conversacionalmente. Notemos que la implicatura no se da en las ocasiones en que queda implícita o explícitamente cancelada. Imaginemos que la televisión entrevista al entrenador del F.C. Barcelona minutos antes del partido contra el Real Madrid. Tanto Saviola como Ronaldinho están en la lista, pero no es público quien va a jugar de salida y los periodistas se lo preguntan. “Jugará Saviola o Ronaldinho”, responde. Está claro que el sabe quien va a jugar. Lo que se implica conversacionalmente aquí es otra cosa, a saber, que no quiere decirlo
Veamos qué sucede con los cuantificadores. El cuantificador universal es más complicado, así que veremos el existencial. Supongamos que vemos al profesor de camino a colgar las notas de un examen y le preguntamos cómo ha ido. “Algunos alumnos han suspendido”, nos aclara. ¿Está diciendo que alguno ha aprobado? Según Grice no. Solamente dice que los hay que han suspendido y eso es compatible con que todos lo hayan hecho. Sin embargo, la proferencia del profesor implica conversacionalmente que también hay alumnos que han aprobado. La implicatura se calcula así: la proposición de que todo estudiante ha suspendido es informativa en ese contexto. Si el profesor piensa que es verdadera (notemos que el profesor tiene todos los exámenes corregidos, o sea que sabe si lo es), debe expresarla. De otro modo vulnera la máxima de cantidad (da menos información que la requerida) y de cualidad (es oscuro y ambiguo). Como que no la ha expresado, se puede inferir que no la cree o que no dispone de datos para afirmarla. Dado que esto último no se da, sólo queda concluir que no cree que todos hayan suspendido y que esto es lo que quiere decir, aunque no lo diga. Así, se implica conversacionalmente que alguno ha aprobado. Debe notarse que la implicatura no se da si el profesor no dispone de información suficiente, por ejemplo si sólo ha corregido unos cuantos exámenes.
Es importante notar asimismo que estas implicaturas son cancelables. No es contradictorio decir “María está en el cine o paseando. De hecho está en el cine”. Tampoco lo es decir “Algunos alumnos han suspendido. En realidad, todos.” La implicatura puede cancelarse también implícitamente. El profesor puede escenificar su mirada más cínica, dando a entender que no se compromete con nada más que con lo que literalmente dice, desarmando así la implicatura.
Resumamos lo que ha llevado a cabo Grice. Ha trazado con nitidez la frontera entre semántica y pragmática. El significado viene fijado por el uso en el sentido en que este depende de convenciones lingüísticas y estas se crean a partir de la conducta lingüística de los hablantes de una lengua. Pero el significado no es el uso en sentido laxo. Una vez las expresiones significan lo que significan, ese significado va a hacer posible que sean usadas de diversos modos. Esos usos no afectan al significado. Su estudio corresponde a la pragmática. Esta toma al lenguaje, con su significado, como una herramienta más de las que los seres humanos disponen para interactuar entre ellos y con el medio que les rodea, previsiblemente, o por lo menos principalmente, de modo racional.
Podemos agradecer al filósofo inglés Paul Grice que nos haya ayudado a trazar con firmeza una frontera conflictiva. Los resultados de Grice han sido y son discutidos, como todo resultado científico y todavía más como todo resultado de una ciencia sobre el lenguaje, tema resbaladizo como pocos. Pero en su esencia han sido generalmente aceptados. ¿Podemos quedarnos tranquilos y abandonar los puestos de vigilancia fronterizos?
Pues no. Las mismas ideas de Grice dan pie a una nueva incursión de la pragmática en tierra presumiblemente semántica. Recordemos que, según nuestra consideración anterior, lo que una proferencia dice tiene que ver con el significado convencional del enunciado proferido. Esto es verdad hasta cierto punto. Ya hemos advertido que el significado convencional no determina completamente lo que el enunciado dice más que en enunciados muy particulares, como ‘todo hombre es mortal’, enunciados que los filósofos denominan ‘eternos’. Los enunciados normales, cotidianos, necesitan atender al contexto para fijar lo que dicen. ‘Ayer llovió’ dicho hoy dice que el día 3 de diciembre de 2003 llovió. Dicho por el médico que atendía a Franco en el momento de su muerte dice que el 19 de noviembre de 1975 llovió. Esto es así porque ese enunciado contiene una palabra indéxica, ‘ayer’, que siempre remite al día anterior al de su proferencia. Luego hace falta acudir al contexto para saber lo que este enunciado dice, pero el modo de acudir a ese contexto viene convencionalmente (semánticamente) especificado. Forma parte del significado de ‘ayer’ que se refiera al día anterior al de su emisión.
Las cosas no son siempre tan sencillas, por desgracia. No siempre está tan claro que una palabra tiene un significado y que es este el que se usa para llegar a lo que se dice. Consideren el enunciado: Traje el libro de Pedro.Supongamos (lo que ya es mucho suponer) que ‘traje’, ‘el libro’ y ‘Pedro’ sean expresiones con un significado perfectamente claro y no ambiguo. ¿Qué sucede entonces con ‘de’? ¿Qué relación expresa? Puede que esté hablando del libro que Pedro escribió, del que es propiedad de Pedro, del que Pedro recomienda; las posibilidades son innumerables. Esto sólo nos dice que la preposición ‘de’ es ambigua, que tiene muchas posibilidades convencionales de significado. Pero cuál es concretamente el significado adecuado aquí sólo puede decirlo el contexto.
Se da un fenómeno más extremo con los cuantificadores. Imaginemos que Pedro, en un arrebato de amabilidad y para tenerme contento como conferenciante, me dice: Hoy han venido todos los estudiantes.Yo podría responderle: “Pedro, me estás mintiendo. Mi hija es estudiante y no ha venido. Acabo de hablar con ella y está en casa, en Barcelona.”
Mi réplica parecería absurda. Pedro no me estaba diciendo que todos los estudiantes del mundo han venido hoy aquí, sino que una cierta restricción de ellos ha venido. Los estudiantes del curso o de la asignatura. El contexto identifica la restricción, pero muy notablemente lo hace de un modo no guiado por los significados convencionales de las palabras. Este caso es mucho más drástico que el anterior, porque no puede explicarse a partir de distintos significados convencionales que hagan la expresión ambigua.
Notemos en qué situación estamos. Habíamos supuesto que era el significado de las expresiones el que determinaba lo que se decía (o lo que se podía decir, si la expresión era ambigua). El contexto era necesario a veces, pero el significado nos decía que había que tomar en consideración el contexto. A partir de ahí, de lo que se decía, encontrábamos lo que el hablante quería decir, determinado pragmáticamente por el contexto y las máximas de Grice. Pero ahora vemos que un mismo significado puede ser usado para decir cosas muy distintas (para expresar distintas proposiciones, podemos decir) de un modo que el significado no puede explicar (a diferencia de lo que pasaba con ‘ayer’, por ejemplo). Parece que nuestro modelo tiene huecos y que hacen falta más explicaciones de las que tenemos en este momento a mano.
Algunos autores han sugerido que el mismo aparato pragmático que Grice confeccionó para explicar las implicaturas conversacionales puede ser usado para explicar también lo que se dice, para salvar el vacío entre lo que el significado restringe sólo en parte y la proposición expresada. En el ejemplo anterior, el ámbito del cuantificador en ‘todos los estudiantes’ se interpreta de un modo que haga que la proposición expresada encaje con la suposición de que el hablante está diciendo algo verdadero, pertinente, etc.
Si eso es así, los procesos pragmáticos intervienen en dos puntos: en la constitución de lo que se dice y en la determinación de lo que se quiere decir aunque no se diga. Se ha llamado a estos dos procesos ‘procesos pragmáticos primarios’ y ‘procesos pragmáticos secundarios’.
Hay muchos posibles ejemplos de procesos pragmáticos primarios: cuando esta tarde llegué a Ciudad Real, Pedro me preguntó amablemente si deseaba comer algo. “Muchas gracias, ya he comido”, le respondí. Está claro que lo que le estaba diciendo era que ya había comido hoy, y así lo entendió Pedro. Imaginemos que un día quedo con un amigo para pasear por el parque. Media hora antes le telefoneo y le digo: “Dejémoslo estar. Está lloviendo.” Le estoy diciendo que llueve en nuestra ciudad, no en algún lugar del mundo.
En todos estos casos parece intuitivo que lo que se determina a partir del contexto de forma no reglada es lo que digo y no lo que implico conversacionalmente. Si fuese lo segundo, no habría que alterar para nada la teoría de Grice y la frontera semántica-pragmática quedaría en su sitio. Pero ¿puede ser que cuando digo “Ya he comido” esté diciendo literalmente que he comido alguna vez en la vida y sólo implicando conversacionalmente que eso ha sucedido hoy? Hay por lo menos dos motivos para pensar que no es así. En primer lugar, lo que se dice y no lo que se implica conversacionalmente es lo que tiene pertinencia a la hora de considerar la verdad de la proferencia. Cuando Shaw decía “La ortografía magnífica”, estaba diciendo la verdad si el autor joven no había escrito mal ninguna palabra ni pasado por alto ninguna concordancia, con independencia de que la obra fuese buena o mala. Comparemos esto con mi “Ya he comido”. ¿Estaría diciendo la verdad si estuviera en ayunas desde ayer? Mi intuición es que no.
En segundo lugar, está la conciencia que tenemos de lo que se dice. Lo habitual es que el hablante y el oyente sean conscientes de lo que se dice como distinto de lo que se implica conversacionalmente. Eso sucede claramente en el caso de Bernard Shaw. No obstante, no está en absoluto claro que eso suceda en todos los casos de implicatura conversacional y, si lo exigimos, algunas implicaturas dejan de serlo. No voy a profundizar más en este problema. Es un tema vivo de discusión y sería difícil de encajar en esta charla. Pero la conclusión a la que quería llegar ya está a la vista: Grice nos dio un modo mejor de entender las relaciones entre semántica y pragmática. Ese es un resultado cuasi-permanente, por lo menos en la medida en que los resultados filosóficos lo son. No obstante, la frontera entre las dos disciplinas continúa siendo disputada y no hay perspectiva inmediata de que deje de serlo. La aportación de Grice ha sido muy importante en la medida en que después de él no podemos mirar las cosas como antes: nuestra perspectiva es ahora más sabia. Por otro lado, es fácil que, como hemos visto, usemos las técnicas de Grice para enmendarle la plana a Grice. Esto viene a ser un homenaje paradójico.
El lenguaje es probablemente la capacidad más compleja que poseemos. Necesitamos abordar toda su dimensión con todas las herramientas. Que las fronteras entre las distintas disciplinas que estudian el lenguaje sean porosas no debe ser motivo de sorpresa ni de preocupación. Debemos estar abiertos a la comprensión de los fenómenos aunque eso nos lleve a reformular a veces nuestras nociones. Cualquier otro proceder no sería científico."

Ramon CireraDepartament de Lògica, Història i Filosofia de la CienciaUniversitat de Barcelona
Textos sobre pragmática lingüística

lunes, 27 de agosto de 2007

INGMAR BERGMAN, Secretos de un matrimonio

"MARIANNE: ¿Recuerdas lo que tuvimos que aprender de niños? Toda esa cantinela sobre que el amor corporal es lo más bonito que existe. Que el cuerpo era un templo y que una no podía perderse en pequeñeces. O algo igual de estúpido. Acostarse con alguien era casi un acto sacramental. Todo era tan bonito, sensible y especial que nos entraban grandes temblores cuando teníamos que ponernos manos a la obra y llevarlo a la práctica. Por otro lado estaba la pornografía, con enormes coitos, colosales aparatos y orgasmos ininterrumpidos. Eso también era bastante desconsolador. (Pausa) ¿En qué piensas, Joahn? Pareces muy pensativo."

****

"MARIANNE: A veces siento pena por no haber amado nunca a nadie. Tampoco creo que haya sido amada. Eso me entristece.
JOHAN: Ahora creo que estás exagerando.
MARIANNE (sonríe): ¿Te parece?
JOHAN: Sólo puedo responder de mí mismo. Y pienso que te quiero a mi manera incompleta y bastante egoísta. Y a veces creo que tú me quieres a tu manera peleona y emocionalmente transtornada. Creo que tú y yo nos queremos. De una manera terrenal e imperfecta.
MARIANNE: ¿Crees que eso es verdad?
JOHAN: Tienes demasiadas pretensiones.
MARIANNE: Sí, las tengo.
JOHAN: Pero aquí, con toda sencillez, en mitad de la noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo, estoy sentado y te abrazo. Y tú me abrazas. No puedo asegurar que sienta alguna empatía o humanitarismo.
MARIANNE: No puedes, no.
JOHAN: Mi amor es como es. No puedo describirlo y no suelo sentirlo.
MARIANNE: ¿Y tú crees que yo también te quiero?
JOHAN: Sí, quizá. Pero si nos sermoneamos mucho sobre el particular, el amor se desvanecerá."

INGMAR BERGMAN, Secretos de un matrimonio y Saraband, 1973 y 2003

domingo, 12 de agosto de 2007

Alfonso X y la Escuela de Traductores de Toledo. Y 3


Por ello, no servía [para convertir el romance en vehículo de comunicación] la experiencia de los textos literarios de transmisión oral (piénsese, por ejemplo, en el Cantar del Mio Cid, trasladado posteriormente a la modalidad escrita, cuando ésta había ya alcanzado suficiente maduración), aunque sin ellos difícilmente se habrían dado las condiciones necesarias para la creación de la nueva norma literaria. Como tampoco bastaba el ejemplo del latín, sometido a unas normas muy distintas de las que actuaban en el romance. Se hizo, pues, imprescindible inventar una lengua literaria. Porque, precisamente por la inexistencia de un cultivo literario, el romance se hallaba, por una parte, profundamente diversificado en una infinidad de variantes locales, próximas pero distintas, que ofrecían múltiples soluciones. Por ello, entre las diversas modalidades regionales y sociales del castellano, había que elegir una que funcionara como lengua común. Había que decidir cuál sería el castellano drecho. El escritorio alfonsí optó por una norma niveladora, construida a partir del castellano viejo, del castellano burgalés, pero eliminando de él todos aquellos rasgos considerados excesivamente localistas, e incorporando algunos rasgos cultos conservados en zona leonesa. Y, todo ello, lo pasó por el tamiz del castellano toledano, propio del nuevo centro político y cultural de Castilla, con claras tendencias conservadoras de origen mozárabe, pero con el empuje nivelador propio de las zonas de repoblación, con convivencia de elementos humanos heterogéneos. Pero, además, había que crear la norma literaria, porque ninguna de las variantes, por muy niveladora que fuera, era capaz de dar cuenta de todos los matices exigidos por el cultivo literario de la lengua. Fue así como, a partir de la norma toledana, se forjó la norma lingüística castellana, base de la lengua escrita, que permitiría la redacción de todo un corpus jurídico, institucional y literario. Se estructuró el castellano drecho que, en una constante relación dialéctica, modificaría y sería modificado por las variantes prestigiosas de la lengua hablada.
Esa norma, incipiente en los textos de principios del siglo XIII, iría consolidándose progresivamente, decidiéndose claramente por unas opciones, y, sobre todo, generalizándose entre los niveles cultos de la población castellana. A mediados del siglo XIV la lengua literaria estaba ya claramente configurada y las posteriores modificaciones consistirían en simples retoques o, sobre todo, en un reflejo de esa constante adaptación, depuración y asunción, por parte de la norma culta literaria, de las evoluciones que se dan en la lengua hablada.

COLOMA LLEAL, La formación de las lenguas romances peninsulares, 1990

El giro copernicano con el que Immanuel Kant revolucionó la filosofía

Ahora bien: ¿a qué obedece que no se haya podido aún encontrar aquí [la Metafísica] un camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes asuntos? Y aún más: ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón si, en una de las partes más imortantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si sólo es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más felices que lo han sido otros antes?
Me parece que los ejemplos de la matemática y de la ciencia natural, las cuales se han convertido en lo que son ahora gracias a una revolución repentinamente producida, son lo suficientemente notables como para hacer reflexionar sobre el aspecto esencial de un cambio de método que tan buenos resultados ha proporcionado en ambas ciencias, así como también para imitarlas, al menos a título de ensayo, dentro de lo que permite su analogía, en cuanto conocimientos de razón, con la metafísica. Se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocer debe regirse por los objetos. Sin embargo, todos los intentos realizados bajo tal supuesto con vistas a establecer a priori, mediante conceptos, algo sobre dichos objetos -algo que ampliara nuestro conocimiento- desembocaban en el fracaso.
Ensáyese, pues, una vez si no adelantaremos más en los prolemas de la metafísica admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posiblidad de un conocimiento a priori de dichos objetos que establezca algo sobre ellos antes que nos sean dados. Ocurre aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico. Este, viendo que no conseguía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores resultados haciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo .
En la metafísica se puede hacer el mismo ensayo, en lo que atañe a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la naturaleza de los objetos, no veo cómo podría conocerse algo a priori sobre esa naturaleza. Si, en cambio, es el objeto (en cuanto objeto de los sentidos) el que se rige por la naturaleza de nuestra facultad de intuición, puedo representarme fácilmente tal posibilidad. Ahora bien, como no puedo pararme en estas intuiciones, si se las quiere convertir en conocimientos, sino que debo referirlas a algo como objeto suyo y determinar éste mediante las mismas, puedo suponer una de estas dos cosas: o bien los conceptos por medio de los cuales efectúo esta determinación se rigen también por el objeto, y entonces me encuentro, una vez más, con el mismo embarazo sobre la manera de saber de él algo a priori; o bien supongo que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia, única fuente de su conocimiento (en cuanto objetos dados), se rige por tales conceptos.
En este segundo caso veo en seguida una explicación más fácil, dado que la misma experiencia constituye un tipo de conocimiento que requiere entendimiento y éste posee unas reglas que yo debo suponer en mí ya antes de que los objetos me sean dados, es decir, reglas a priori. Estas reglas se expresan en conceptos a priori a los que, por tanto, se conforman necesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que deben concordar. Por lo que se refiere a los objetos que son meramente pensados por la razón -y, además, como necesarios-, pero que no pueden ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experiencia, digamos que las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene que ser posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de toque de lo que consideramos el nuevo método del pensamiento, a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas.
(...)

IMMANUEL KANT, Crítica de la razón pura, 1781, prólogo a la segunda edición (1787)

sábado, 11 de agosto de 2007

Forges

11 de agosto de 1956. Muere Jason Pollock en un accidente automovilístico

Jackson Pollock. Uno (número 31, 1950), 1950
"[A menudo, cuando hablamos de arte] cada vez que algo está tan superlativamente bien hecho que olvidamos preguntar qué es, de tanto como admiramos el modo en que ha sido realizado. He sugerido que, cada vez más, ha sido esto lo que ha sucedido en pintura. Los acontecimientos posteriores a la segunda guerra mundial me han dado la razón. Si por pintura queremos decir simplemente la aplicación de pigmentos sobre lienzo, hay aficionados que admiran el modo en que se ha hecho esto sin tener nada más en cuenta. Incluso en el pasado, la manera en que un artista manejaba la pintura, la energía con que aplicaba las pinceladas o la sutileza de su toque eran aspectos apreciados, pero siempre dentro del contexto general logrado. [...] En China, concretamente, era donde se discutía y admiraba más la maestría de la pincelada. La ambición de los maestros chinos era adquirir tanta facilidad en el manejo del pincel y la tinta que pudieran escribir su visión mientras la inspiración estaba todavía presente, de un modo parecido a como el poeta anota su verso. Ciertamente, para los chinos escribir y pintar tienen mucho en común. Acabo de mencionar el arte chino de la caligrafía, pero lo que los chinos admiran en realidad no es tanto la belleza formal de los caracteres como la maestría y la inspiración que deben informar cada trazo.
Aquí, por tanto, habia un aspecto de la pintura que parecía estar por explorarse: la pura manipulación de la pintura, independientemente de cualquier motivo o propósito posterior. En Francia se llamó tachismo, de tache (mancha) a esta concentración sobre la marca o mancha del pincel. Fue sobre todo el artista estadounidense Jackson Pollock (1912-1956) quien suscitó interés por su modo de aplicar la pintura. Pollock se había sentido cautivado por el surrealismo, pero pronto abandonó las extrañas imágenes que poblaban sus lienzos, sustituyéndolas por ejercicios de arte abstracto. Impacientándose con los métodos convencionales, puso su lienzo en el suelo y vertió, goteó o lanzó su pintura formando configuraciones soprendentes. Seguramente recordaría las historias de los maestros chinos que habían utilizado estos métodos tan poco ortodoxos, así como cierta práctica de los indios americanos, que hacen pinturas en la arena con fines mágicos. El enredo de líneas resultante satisface dos exigencias opuestas en el siglo XX: el anhelo de la simplicidad y la espontaneidad de la infancia, que evocan la memoria de los garabatos en una etapa del crecimiento anterior incluso a la formación de imágenes; y, en el extremo opuesto, el sofisticado interés por la problemática de la pintura pura. Por todo esto, Pollock fue aclamado como uno de los iniciadores de un nuevo estilo llamado action painting (pintura en acción) o expresionismo abstracto. No todos sus seguidores usaron métodos tan extremos como Pollock, pero todos ellos creían en la necesidad de rendirse al impulso espontáneo. Al igual que la caligrafía china, estos cuadros deben ser realizados deprisa. No deben ser premeditados, sino proceder de un arranque de espontaneidad. Poca duda cabe de que, al inclinarse por este enfoque, artistas y críticos estaban influidos no sólo por el arte chino, sino también por el misticismo del Lejano Oriente, particularmente en la forma que se ha puesto de moda en Occidente que lleva el nombre de budismo zen."

E.H.GOMBRICH, La historia del arte

jueves, 9 de agosto de 2007

Lírica medieval profana: los goliardos.


Paralaleo al desarrollo de la lírica en lengua vulgar, y ya antes de las fechas en que se colocan las primeras manifestaciones conocidas a ésta, en buena parte de Europa florece un curioso e interesante género de poesía profana en latín que recibe el nombre de "goliárdica". El cultivo de la poesía latina, tanto la sagrada como la profana, había persistido a lo largo de los siglos si bien su interés decrece cuando la costumbre de escribir en verso en la lengua nativa se impone como una necesidad práctica y artística en los escritores. Pero aparte de esta corriente, que sólo en contados momentos, por lo que se refiere a la lírica, produce muestras de interés, existe el citado movimiento goliárdico, cuya originalidad, estilo y actitud frente al mundo y los goces de la vida hacen que tenga un auténtico valor literario y un especial significado cultural y social.
Se trata de un movimiento poético que se desarrolla en Alemania, Inglaterra, Francia y España desde el siglo XI hasta el XIII, calculando con amplitud, y que surge en el ambiente más culto o literario, pues sus autores son altos dignatarios de la Iglesia, clérigos y estudiantes, empapados de retórica latina y de lecturas escolares de clásicos que, en un momento dado, zafándose de serias preocupaciones o lanzándose decididamente a la vida alegre e irregular, encauzan su preparación literaria y su agudo ingenio hacia la creación de poesías en las que satirizan el ambiente que les rodea, parodian la seriedad y la majestad de los himnos eclesiásticos, cantan jocundamente el vino y el amor y dan rienda suelta a la malicia y picardía estudiantil. Ello constituye una novedad en la poesía docta, cuanto ésta desciende de la severa cátedra y del templo a la taberna o al lupanar, no para divertir al pueblo, que dificilmente podría entender su engolado latín y su chiste intelectual, sino para cantar en regocijado grupo de gente cultivada. Los momentos alegres de la vida estudiantil de todos los tiempos es lo que puede darnos una idea más apropiada de lo que fue la poesía de los goliardos.

Origen del término "goliardo" y temas de su poesía

Martín de Riquer
Imagen de un manuscrito de los Carmina Burana

Giner de los Ríos. Los fines de la Institución Libre de Enseñanza


"La Institución no pretende limitarse a instruir, sino cooperar a que se formen hombre útiles al servicio de la humanidad y de la patria... Sólo en esta suerte, dirigiendo el desenvolvimiento del alumno, en todas direcciones, puede aspirarse a una acción verdaderamente educadora en aquellas esferas donde más apremia la necesidad de redimir nuestro espíritu: desde la génesis del carácter moral, tan flaco y enervado en una nación indiferente a la ruina; la severa obediencia a la ley contra el imperio del arbitrio; el amor al trabajo, cuya ausencia hace de todo español un mendigo del estado... En fin, el espíritu y la equidad y tolerancia contra el frenesí de exterminio que ciega entre nosotros a todos los partidos, confesiones y escuelas."


FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS, Ensayos
Noticia relacionada publicada en El País el 9 de agosto de 2007

Imagen: Residencia de Estudiantes
Institución libre de enseñanza
Krausismo

miércoles, 8 de agosto de 2007

La guerra

La batalla se ha perdido...
Westfront 1918

Nebrija, la importancia de la gramática


"Esta [la lengua castellana], hasta nuestra edad, anduvo suelta e fuera de regla, y a esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças, porque si la queremos cotejar con la de oi a quinientos años, hallaremos tanta diferencia y diversidad cuanta puede ser maior entre dos lenguas. Y por que mi pensamiento y gana siempre fue engrandecer las cosas de nuestra nacion [...] acorde ante todas las otras cosas reduzir en artificio este nuestro lenguaje castellano, para lo que agora y de aqui adelante en el se escriviere pueda quedar en un tenor y estenderse en toda la duracion de los tiempos que estan por venir."

ANTONIO DE NEBRIJA, Grammatica castellana, 1492

martes, 7 de agosto de 2007

La mujer sumisa. Dr. Talmey, O. Wilde, F.Khnopff y von Keller

"Un moderado grado de sumisión a los deseos y la voluntad del hombre que ama es [...] característico de la naturaleza femenina, y en absoluto anormal. Ni siquiera la total esclavitud sexual puede considerarse patológica, si es el medio de obtener o retener al hombre que manda. No es una perversión el que el temor a perderle y el deseo de tenerle siempre amigable, contento e inclinado al amor sean los motivos de la sumisión"
BERNARD TALMEY, Woman, 1908

"Me temo que las mujeres gustan de la crueldad, de la verdadera crueldad, más que de cualquier otra cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos. Nosotros las hemos liberado pero continúan siendo esclavas que buscan a sus amos, como si nada hubieran aprendido. Aman ser dominadas. Estoy convencido de que estuviste espléndido."
[Lord Wotton consuela de esta manera a Dorian de su sentimiento de culpa por el suicidio de la actriz Sibyl Vane]
OSCAR WILDE, El retrato de Dorian Gray, 1891

Fernand Khnopff (1858-1921). Un masque. 1899












































Albert von Keller (1844-1920). Die Tänzerin Madeleine. 1904

LUIS ROSALES, Porque todo es igual y tú lo sabes

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada del calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

LUIS ROSALES, La casa encendida, 1949

lunes, 6 de agosto de 2007

El verso, según Karl Vossler

"El verso es un Proteo: tal como Proteo surge tan pronto como el agua, tan pronto como fuego, tan pronto como culebra, tan pronto como buey, pero sin identificarse en ningún momento con el agua, el fuego, la culebra o el buey, así también puede surgir el verso ora con determinado número de sílabas, ora libre, ora con ritmo regular, ora con ritmo alterado, a veces ceñido en su sintaxis, otras con sintaxis entrecortada... y ninguna de estas propiedades señala su esencia más propia."

KARL VOSSLER, Formas poéticas de los pueblos románicos, 1960

Alfonso X y la Escuela de Traductores de Toledo. 2

Para ello [convertir el romance en vehículo de comunicación], mientras en sus primero tiempos la Escuela de Traductores utilizaba el castellano, lengua común de clérigos, conocedores del latín, y de judíos, que dominaban las lenguas semíticas, como vehículo de transición entre el árabe o el hebreo y el latín, a partir del siglo XIII el castellano pasó a adquirir un papel preponderante y a ser el fin de la labor traductora.
Pero eso no podía lograrse sin una simultánea labor de normalización de los usos lingüísticos. Y la escuela alfonsí llevó a cabo la difícil tarea de fijación de un norma, de selección de unos usos y de unas formas, de creación de un vocabulario específico y de unos recursos sintácticos ágiles y complejos que permitieran trasladar a un romance, hasta entonces relegado a los límites del ámbito familiar, toda la riqueza y variedad de unos textos redactados en lenguas con amplia tradición literaria.
Es evidente que, en esa tarea normativa, el ejemplo del latín tuvo un papel decisivo. Pero no se trataba tanto de copiar directamente unos usos latinos, como de crear en romance unos usos equivalentes.
La labor traductora supuso, en efecto la incesante creación de un vocabulario acorde con las nuevas necesidades expresivas, un vocabulario técnico, científico, filosófico, literario, que trascienda los precarios límites de la comunicación interpersonal de uso cotidiano. Porque se trataban temas que nunca habían presidido las conversaciones familiares y, por consiguiente, no había palabras romances para referirlos. Pero no se trataba solo de un problema léxico, sino que había que inventar unas estructuras sintácticas capaces de expresar de forma suficientemente compleja la variedad de matices proposicionales que reflejaban los textos clásicos, tan alejados de la linealidad y de la simplicidad del lenguaje común, regido, además, por las reglas de la oralidad. Frente a la lengua hablada, en la que la presencia simultánea de los interlocutores y, por consiguiente, el conocimiento de un contexto situacional y sociocultural común permite obviar numerosos elementos, o aludir a ellos mediante procesos paralingüísticos (el gesto, la modulación, la intensidad, el tono, el timbre...), la lengua escrita solo dispone de medios lingüísticos con los que matizar, valorar, deshacer ambigüedades. Y para ello, hay que disponer de un amplio inventario de elementos de relación que permitan reflejar la variedad y complejidad de las relaciones oracionales.

COLOMA LLEAL, La formación de las lenguas romances peninsulares, 1990

Charla



- ¿Sabes cómo me gustaría que fuera el mundo?
- ¿Cómo?
- Me gustaría que todo fuera invisible, incorpóreo.Y que nosotros tuviéramos la consciencia de que existimos sólo porque somos capaces de emitir palabras.
- "Hablo, luego existo" -le contestó sonriendo- Y eso, ¿qué ventaja tendría según tú?
- Pues... que entonces, las palabras serían la realidad. Si dijera árbol, el árbol sería la misma palabra. No sería el de la izquierda o el de la derecha, ni el más alto ni el más bajo, sería sólo eso, lo que he nombrado.
- Pero así, no habría diversidad, un árbol siempre sería igual a otro.
- No, porque para eso estarían los adjetivos. Si digo que hay un árbol de un verde maravilloso, sería maravilloso de verdad, para mí y para ti, si fueras el que me oyera nombrarlo.
- Ya hay cosas maravillosas en el mundo, no hace falta que seamos invisibles para que existan.
- Pero no todos tenemos acceso a ellas. Además, eso no es lo importante de la cuestión.
- ¿Que es....?
- Que si todo fueran palabras no habría dudas, ni mentiras. Si te digo que estoy caminando no podría engañarte porque el verbo sería el hecho. Me creerías.
- No sé si me gustaría un mundo en el que no existiera la duda, el misterio de lo que no conocemos o de lo que no queremos dar a conocer.
- Ya. Pero en un mundo así las cosas serían lo que son, no serían ambiguas ni falsas. No habría lugar para la mentira, las palabras no podrían usarse para la manipulación por muy bien engarzadas que estuvieran las unas con las otras, porque las cosas se harían reales a medida que las fuéramos nombrando.
- No sé cómo se te ocurren cosas tan..., tan...
- ¿Tontas? Porque me gustaría que todo fuera más simple.

sábado, 4 de agosto de 2007

El libro griego más antiguo que se ha conservado


El libro griego más antiguo conocido por nosotros es una copia del nòmos de Timoteo, Los persas, que, como la mayor parte de los textos literarios de cierta extensión conservados en papiro, fue encontrado en una tumba, precisamente en Abusir, no lejos de Menfis. Los objetos que lo acompañaban dentro del sarcófago, una bolsa de cuero y un bastón, ni siquiera son datables fácilmente de por sí, pero las sepulturas circundantes se remontan al siglo IV a.C., antes de la época de Alejandro, y la hipótesis de que este rollo fuese la valiosa propiedad de un músico itinerante, quizá de Jonia, que habría sido capaz de atraer a un público dispuesto a escuchar incluso música griega contemporánea en un país extranjero, resulta sugerente. El rollo está redactado sobre columnas de escritura muy alargadas: en las fotografías se puede ver una sola cada vez porque los restauradores, por necesidades técnicas, cortaron el libro columna por columna. Son versos; pero no nos debe sorprender el hecho de que no haya división tras las cláusulas métricas, desde el momento en que ni siquiera las letras están divididas en grupos correspondientes a palabras. La impresión de antigüedad viene dada también por el carácter general de la escritura y en particular por la forma "epigráfica" de algunas letras: la sigma angular en tres o cuatro rasgos; la pi con su segunda asta vertical que no desciende hasta la línea inferior, la epsilon de forma cuadrada. Ninguna letra en concreto se extiende más que las otras, sea por arriba o por debajo de la línea, sea en sentido horizontal, y cada una, se se la traza con cuidado, puede ser inscrita en un cuadrado: quizá es este hecho, más que la forma de las letras, el que confiere a la escritura un aspecto de inscripción en piedra y parece apoyar la idea de que los mejores libros atenienses pudieron haberse escrito stocheidòn [en vertical], como las inscripciones.

Texto extraído de:
GUGLIELMO CAVALLO, Libros, editores y público en el Mundo Antiguo
El papiro se conserva en Berlín, Staatliche Museen, P. Berol, Inv. 9875

Descifrar lenguas desaparecidas


Los pueblos de la antigüedad hablaban lenguas diferentes de las actuales. Los sistemas para representarlas gráficamente, mediante la escritura, era muy variados y no siempre intuitivos. Podían consistir en sistemas fonéticos, como nuestro alfabeto, donde cada símbolo representa un sonido (un fonema); sistemas silábicos, en el que cada símbolo representa una sílaba; sistemas logográficos, es decir, donde cada símbolo se corresponde con una palabra o con un concepto; sistemas semasiográficos, formados por dibujos que representan el concepto cifrado... Incluso podía ser que los signos no se correspondieran con la manera de hablar.
Algunas de estas lenguas han evolucionado dando paso a las lenguas actuales, que conservan algunas características de las ancestrales. Eso nos pude dar algunas pistas sobre como interpretarlas. Pero la mayoría de ellas se extinguieron y llegaron a nosotros únicamente en forma de documentos escritos, que ya nadie sabía leer. Frente a un mensaje escrito en una lengua extinguida, ¿cómo se ha de abordar su interpretación? ¿Cómo se puede conseguir descifrarla?
En primer lugar, es necesario distinguir entre descifrar la escritura y descifrar la lengua. Cuando se descifra la escritura se trata de averiguar cómo se leían los mensajes escritos, es decir, a qué sonidos hablados correspondían los símbolos escritos, etc. Eso permite leer la lengua en voz alta, pero no significa que entendamos lo que se dice. Descifrar la lengua, entonces, corresponde al trabajo de entender el significado de los símbolos y la gramática que siguen, con el objetivo de comprender los mensajes que encierran. Existen lenguas, como el ibérico, cuya escritura se ha podido descifrar, pero poco se sabe del significado que ocultan sus textos.
Cuando se está delante de un documento escrito en una lengua desconocida y lo queremos descifrar, lo primero que se hará será aventurarse a suponer cuál deberá ser el sistema de representación gráfica que seguirá: ¿fonético, como el nuestro?, ¿logográfico?, ¿una combinación de ambos? Si se da una equivocación en la predicción del investigador, no podrá llegar a ningún sitio. Eso es lo que pasó durante muchos tiempo con los jeroglíficos egipcios. Los investigadores estaban convencidos de que se tenía que tratar de un sistema semasiográfico, donde los dibujos deberían representar precisamente eso que la imagen mostraba. Asimismo, Champollion, en el siglo XIX, apostó por un sistema mixto fonético y logográfico y acertó.
¿Hay alguna cosa que pueda hacer que el investigador se decante por un sistema u otro? Se pueden contar cuántos símbolos diferentes se utilizan. Si hay pocos, entre 20 y 40, probablemente se trate de un sistema fonético o silábico. Si hay muchísimos más, probablemente se trate de un sistema logográfico, como el chino.
Una buena estrategia para comenzar a descifrar es partir de los nombres propios. Los nombres propios (de reyes, faraones, de lugares) suelen pronunciarse de formas muy parecidas en las diferentes lenguas. Si podemos contar con documentos bilingües que contengan nombres propios podremos comenzar a descifrar los primeros símbolos. O bien, los podemos encontrar en monedas, inscripciones funerarias, etc. Una vez obtenidos los primeros símbolos descifrados, el resto del proceso suele seguir una "reacción en cadena", puesto que unos signos llevan a otros, y así sucesivamente.
Finalmente, es necesario interpretar la lengua, entender aquello que dice. Los textos bilingües resultan de gran ayuda en esta labor. Por otro lado, si resulta que al descifrar la escritura descubrimos que la lengua está emparentada con alguna otra, podemos partir de sus similitudes. Si no se cuenta con ninguna de estas opciones, podemos acudir a otras estrategias más originales. Así y todo, todavía quedan lenguas, como la maya o la minoica, que se resisten a desvelar los secretos que esconden.

Extraido de diferentes notas
Imagen: El disco de Festos

viernes, 3 de agosto de 2007

Francisco de Goya entrega las planchas a Carlos IV

"Excmo. Sr. : La obra de mis Caprichos consta de 80 láminas grabadas a Agua Fuerte por mi mano. No se vendieron al público más que dos días a onza de oro cada libro; se despacharon veinte e siete libros. Los extranjeros son las que más las desean y por temor a que recaigan en sus manos después de mi muerte quiero regalárselas al Rey mi Señor para su calcografía."

Francisco de Goya, Madrid, 7 de julio de 1803
Imagen: Dibujo preparatorio del Capricho 43


ENRIQUE VILA-MATAS, Extraña forma de vida

"Contaré verdades fingidas, que es lo que he podido ver que hacen todos los novelistas, pues sus aventuras escritas -nunca falla- siempre son inventadas. Así que narraré la historia de mi vida, pero bien desfigurada... Lo falsearé todo, hasta fingiré sentimientos, no como en este cuaderno, en el que sólo cuento la verdad [...]. Les voy a contar mi vida. Les haré que viajen como locos. Pasaré los odiosos días que me quedan escribiendo la novela de mi vida inventada [...]. Pasaré aquí el invierno, alma en pena con dos estufas, viajando alrededor de mi cuarto. Se van a enterar. Les voy a engañar a todos.

ENRIQUE VILA-MATAS, Extraña forma de vida, 1997

La maestría en la narración según Mario Vargas LLosa

[el triunfo de la técnica novelesca es] "alcanzar la invisibilidad, ser tan eficaz en la construcción de la historia a la que ha dotado de color, dramatismo, sutileza, belleza, sugestión, que ya ningún lector se percate ni siquiera de su existencia, pues, ganado por el hechizo de aquella artesanía, no tiene la sensación de estar leyendo, sino viviendo una ficción que, por un rato al menos, en lo que al lector concierne, suplantar la vida."

MARIO VARGAS LLOSA, Cartas a un novelista, 1997