miércoles, 28 de marzo de 2007

Mutaciones, las Metamorfosis del siglo XXI

El argumento de la mutación, tal como lo recrea la ficción contemporánea, tiene su origen en La metamorfosis de Kafka. Este relato casi centenario nos sigue pareciendo de vigencia absoluta, porque no remite a ningún cambio mitológico espectacular como el que las metamorfosis literarias convocaron incansablemente desde la imaginación greco-latina. La mutación como proceso irreversible se desarrolla, en su relato, en el silencio hermético de un hogar familiar que cimenta un universo anti-heroico y pesimista, fundamental para la actual formulación del argumento.
En sus versiones tradicionales, canonizadas en la lírica majestuosa de Ovidio, las metamorfosis literarias se interesan sobre todo por el proceso metafórico del cambio, por la belleza de la transformación física. Muy a menudo, el relato se desinteresa por la vida que pudiera existir tras el prodigio del cambio. Y es que este cambio supone a menudo una petrificación, como cuando Dafne es convertida en laurel, o cuando la figura de Narciso se disuelve en la flor acuática que lleva su nombre. No hay en estas historias fabulosas el menor deseo de explorar los efectos cotidianos de los días posteriores a la mutación. El relato de Kafka busca, en cambio, la recreación de un acontecimiento que discurre en una tonalidad neutra, emmarcando más bien lo que podría ser la crónica de una metamorfosis de estar por casa, como algunos autores han definido su visión.
En las antiguas leyendas de aventuras y los cuentos de hadas, las metamorfosis son siempre reversibles. Un encantamiento, una maldición, un determinado acto de magia, pueden provocar sugestivas mutaciones zoomórficas en navegantes y en princesas, eventualmente convertidos en cerdos, asnos, etc., siempre con la clara seguridad de que, al final del relato, la humillante maldición quedará rota, y el orden natural será restituido.
De este modelo reversible, basado en la necesidad carnavalesca de subvertir los hábitos de la belleza y el decoro, hará su propio canon, muchos siglos después, la literatura victoriana. Donde hay un Jekyll transformado en Hyde, siempre hay la esperanza de que Hyde vuelva a ser Jekyll. Aunque el famoso relato de Robert Louis Stevenson acaba con la muerte de su protagonista dual, no se produce todavía esa conciencia de mutación unidireccional que nace con la transformación de Gregorio Samsa en un insecto.
El relato kafkiano, sustento visionario de las mutaciones literarias y audiovisuales del siglo XXI, propone, pues, un nuevo modelo de transformaciones que podría ser resumido de esta forma: A se convierte en B, sin dejar de ser A pero con atributos de B. Aunque el protagonista conserva la memoria de una existencia anterior, la conciencia de que nada volverá a ser igual lo empuja a acomodarse, como puede, en la piel nueva que ha sido impuesta.
Las nuevas metamorfosis combinan elementos subjetivos y objetivos. En el relato de Kafka, la percepción del cambio se inicia en su protagonista. Él es el primero que se despierta un día descubriendo la extraña mutación; pero su inmediato confinamiento a la habitación es obra de su familia, aterrorizada ante el nuevo ser. Por supuesto, la sagacidad de los lectores atenderá en seguida a la confrontación simbólica entre alguien que se descubre de otro mundo y un marco social tradicional, a punto de ser pulverizado por la Historia. De este extrañamiento radical que hace imposible la vivencia armónica con el entorno, surge el miedo del héroe kafkiano a ser percibido en toda su dimensión monstruosa. Ello comporta, a menudo, un deseo de invisibilidad que se traduce en esa subyugante poética de la desaparación de tantos émulos de Bartleby.
Este extrañamiento antropológico hacia el entorno tiene su más efectivo correlato en el imaginario de la adolescencia. Desde Spiderman hasta los múltiples héroes que pueblan el universo poliédrico del manga, todo tipo de mutantes juveniles que se sienten extraños al mundo que los rodea han ido cobrando protagonismo en un nuevo marco mitológico que explora lúdicamente la iconografía del bicho raro para encerrarlo en un mundo de imaginación incompartible con el del entorno.

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Si en la imaginación del siglo XIX triunfaban las apariciones (sobrenaturales, por ejemplo), y en el siglo XX las desapariciones (de la invisibilidad al exterminio), el XXI parece ser el siglo de las transformaciones. Los estadios intermedios, los desplazamientos y los espacios de tránsito son protagonistas. Nos hemos adaptado a este escenario de ambigüedad , desinformación y relativizaciones, tomando la iniciativa en lo más inmediato, aceptando la indefinición o luchando contra ella. La modificación es una muestra más de nuestra voluntad para acercar la realidad a nuestros ideales. La mutación, entendida como un lento proceso biológico, o como un proceso involuntario, simbólico o infeccioso, da paso a otro en el que somos parte activa. Esculpirse a uno mismo, vía quirúrgica, se entiende casi como un derecho universal. El polémico Michael Jackson será reconocido algún día como un torpe pionero de este derecho, que hará de la realidad también la física, solo un punto de partida mejorable.



Los ojos sin rostro (1960) En la película de Georges Franju, el implante de rostros se ensaya infructuosamente varias veces, aunque bastó mostrarlo una sola vez para que la gente se desmayase ante la pantalla. Hoy son una realidad incipiente, mientras que ficciones ('Face off') y "realitys" nos preparan para un futuro en elque sean una opción más.






El hombre que ríe (1869) En la novela de Víctor Hugo se citan a los 'comprachicos' españoles, gente adiestrada para deformar niños y proveer a las cortes europeas de gente monstruosa con la que divertirse. Al protagonista de la novela, Gwynplaine, le cortaron los labios, dejando un mueca parecida a la risa en su rostro. Conrad Veidt lo interpretó en 1928.






Lo que la verdad esconde. La artista japonesa Fumie Sasabuchi dibuja, o tatúa, sobre la piel de modelos fotografiadas los esqueletos de sus delgados cuerpos. 'Estar guapa' y 'estar a la moda' pasan a ser adicciones en las que, como en el consumo de cualquier droga, la autodestrucción se acepta como precio y parte del placer.







Cirujanos del píxel. La paleta digital ofrece infinitas posibilidades para recrearse en la perfección (Lara Croft) o en la monstruosidad (Davy Jones en la segunda entrega de Piratas del Caribe. El retoque digital es habitual en todo tipo de retratos, desde Playboy a los inquietantes niños de Loretta Lux o las creaciones fantásticas de Murray McKeich (foto)


Extraído del suplemento Culturas del diario La Vanguardia del día 28 de marzo de 2007