sábado, 10 de marzo de 2007

YASUNARI KAWATA, Primera nieve en el monte Fuji



JOSÉ MARÍA GUELBENZU 10/03/2007

Se traduce del japonés Primera nieve en el monte Fuji, de Kawabata. El Nobel reúne aquí una serie de relatos de gran sensibilidad, inteligencia y belleza sobre temas en torno a la realidad, el deseo, la vejez y la muerte.

Primera nieve en el monte Fuji es una antología de relatos de Yasunari Kawabata (1899-1972) realizada por él mismo en el año 1958, diez antes de recibir el Premio Nobel de Literatura. Kawabata es uno de esos autores para los que parece especialmente creado el calificativo de maestro. Su fascinante escritura, perfectamente ajustada a su visión del mundo, se despliega con toda coherencia de la primera a la última de sus narraciones. Este libro que comentamos, además, viene traducido directamente del japonés, es decir, obviando el paso intermedio por el inglés que ha caracterizado a la mayoría de sus traducciones; pero hay que decir que, a pesar de pasar por otra lengua antes de llegar al español, la magia de su literatura se mantuvo. Quizá sea un privilegio de los narradores verdaderamente grandes.

El lector de estos relatos percibirá enseguida que no parecen tener principio ni fin definidos según los cánones clásicos de la literatura occidental; por el contrario, la sensación al leerlos es la de haber entrado por una escena en marcha y salir por otra que bien pudo continuar sin límite. Esto puede hacer pensar que Kawabata es un autor de viñetas, de pinceladas (qué japonés suena eso), de escenas y personajes tomados al vuelo. Nada más incierto: los relatos de Kawabata y sus narraciones en general no tienen principio ni fin porque ni interesa ni hace falta ya que lo que tienen es centro. Un centro perfecto que se manifiesta bajo una aguada o una acuarela en la que todos los elementos remiten a su eje y donde el juego de veladuras es, hagamos una trasposición literaria, el juego de sugerencias que logra mostrar a la vez tanto el asunto de fondo como el misterio que lo sostiene.
El primero de los relatos (por

abrir por el inicio) plantea un juego de sentimientos cruzados de cuatro personajes en torno a las ensoñaciones de una mujer casada; ésta ha leído una noticia sobre un intercambio de parejas y se permite fantasear y actuar a la vez en un terreno personal por donde pasan amores, celos, encuentros y desencuentros, todo ello en un abrazo entre realidad y deseo donde la línea entre lo que sucede y lo que puede suceder queda trazada con una impecable sutileza y un delicado equilibrio entre las diversas actitudes de los personajes y, en fin, acaba por ofrecer una lección de cómo implicar a un lector en un texto. En varios de estos relatos aparecen temas de su época final, sobre todo la muerte, la vejez y la pérdida de las facultades. En el pensamiento de Kawabata la pérdida no se aplica como concepto existencial, a lo occidental, sino como pérdida de capacidad para apreciar o producir belleza. Por esa senda camina su idea de la vejez y la extinción. El vacío en la memoria del protagonista de Un pueblo llamado Yumiura le crea una duda casi fantasmagórica que le hace pensar que la mujer que habla con él y él mismo "estaban tan separados como están los vivos de los muertos". La relación entre los fantasmas de mujeres de El crisantemo y la roca y de Sin palabras con, respectivamente, el narrador del primero y el silencio del viejo escritor paralizado por un derrame del segundo, nos muestra una percepción singular del lado incógnito de las cosas y las vidas y de su apariencia real.
Su escritura es tan sencilla y

tan intensa y profunda a la vez, tan poliédrica también, que no teme a las repeticiones, las cuales a menudo utiliza con leves alteraciones de contenido como modo expresivo (por ejemplo: las constantes referencias a la nieve y una fotografía en el cuento que da título al libro). A la vez, sus personajes se toman siempre el tiempo necesario para contemplar algún momento, gesto o espacio de belleza; la naturaleza es una presencia constante y sutil, selectiva, vital. Un personaje puede incluso desviarse de su camino simplemente porque "mi amigo me había hablado de la belleza de las dunas y de los atardeceres de ese lugar".

En fin: inteligencia, serenidad, hondura, gusto... La literatura de Kawabata lo tiene todo. Sin duda su vida solitaria (a los catorce años había perdido padres, abuelo y hermana, toda la familia desaparecida en forma de desgracias escalonadas desde los tres años) contribuyó a exacerbar su sensibilidad y a afinar su maravillosa escritura. Llegada la hora en que consideró que no merecía la pena seguir en el mundo, lo abandonó con la misma elegancia con que lo había vivido.

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