domingo, 29 de abril de 2007

Civilización. Historia del concepto. 1


La obra de los evolucionistas de finales del siglo XIX, como Edward B. Tyler y Lewis Herny Morgan, encasillaba el desarrollo de las formas culturales en una serie de etapas por las que habrían de pasar todas las sociedades. La primera era el "salvajismo", caracterizado por una escasa organización social y una bse subsitencial basada en la caza y la recolección. La siguiente etapa era la "barbarie", más o menos equivalente a una organización tribal con una subsistencia basada en una agricultura primitiva. El tercer y superor "período ético" concebido por Morgan era la "civilización", cuyo rasgo característico era la escritura.
Este esquema clasificatorio tripartito constituia un intento de categorizar todos los elementos de las culturas conocidas por la etnografía y de explicar la aparición de la civilización en términos evolucionistas. Al igual que otros muchos "sistemas mundiales" que intentaron explicar el desarrollo humano de manera simplificada, este esquema fracasó en muchos aspectos. Además de presentar problemas con los datos y sus interpretaciones, existen dos deficiencias básicas en el sistema de Tyler y Morgan. En primer lugar, cualquier esquema clasificatorio que asume la existencia de relaciones diacrónicas (a través del tiempo) sobre la base de ejemplos sincrónicos (en un momento determinado en el tiempo) cae por su propio peso. El estudio de diferentes formas sociales contemporáneas no permitiría la proyección de una o más de ellas hacia el pasado como formas ancestrales de las sociedades actuales. Es cierto que el registro etnográfico proporciona modelos que pueden ser contrastados con datos arqueológicos reales, pero no es posible utilizarlo simultáneamente como moedelo y como comprobación. La segunda deficiencia radica en el uso de términos peyorativos para clasificar las formas sociales. En los términos "salvajismo", "barbarie" y "civilización" se halla implícito un juicio de valor, ya que la barbarie se considera mejor que el salvajismo, y la civilización mejor que la barbarie. También puede dar lugar a la falsa idea, asociada a cualquier sistema de evolución unilineal, de que existen fuerzas inherentes guiando el desarrollo de las culturas que conducen necesariamente de una etapa a la otra. Muchos pueblos en diversos puntos han seguido esta trayectoria general de desarrollo, pero no es el único camino posible y, en ciertas circunstancias, el salvajismo puede resultar más eficaz para la supervivencia que la barbarie e, incluso, que la civilización.
Algunos historiadores del siglo XX, como Oswald Spengler y Arnold Toynbee, también intentaron construir historias mundiales. Estos intentos resultaron inadecuados por su carácter de síntesis universales basadas en datos muy escasos, procedentes exclusivamente del modelo de la civilización occidental. A pesar de ello, Spengler y Toynbee desarrollaron conceptos importantes para las investigaciones posteriores sobre la emergencia de la civilización. Spengler trataba de oponerse al etnocentrismo del mundo occidental de su época, al teimpo que sus ideas reflejaban un pesimismo generalizado y sugerían que progreso e historia no son equivalentes. Utilizó un modelo biológico de desarrollo en un intento de reducir el sesgo humanístico de sus interpretaciones. Spengler creía que existían similitudes entre la estructura y la forma de animales y plantas y las de las civilizaciones, y afirmaba que las civilizaciones experimentan un ciclo vital con las mismas fases de desarrollo, juventud, madurez y senectud. Spengler era un determinista ambiental y suponía que las características de una civilización estaban estrechamente relacionadas con las de su territorio. En su opinión, si una civilización llega a completar su potencial demográfico, artístico y científico, pasa rápidamente a la fase de senectud y muere. Las ideas de Spengler sobre la estrecha conexión entre la civilización y su entorno, y su preocupación por las etapas de cambio en el crecimiento de las sociedades, influyeron de manera notable en teóricos posteriores.
La obra de Arnold Toynbee Estudio de la Historia es otro intento monumental de explicar el curso de la historia mundial (1934). El concepto de progreso y la creencia en el "movimiento ascendente" de la historia impregnan toda la obra. Toynbee veía una elación directa entre la forma de la civilización y su entorno físico. El mecanismo primario de crecimiento y "progreso" social sería la aceptación por parte de la sociedad del reto procedente del medio físico con una respuesta a ese reto específico que provocaba la aparición de un nuevo desafío. Toynbee llegó a esta conclusión por medio de la comparación, un tanto superficial, de pares de sociedades eu se desarrollaron en ambientes diferentes. En cada caso el estímulo civilizador aumentaba en relación directa a las dificultades del medio. Toynbee citaba la superioridad de los pobladores de Nueva Inglaterra sobre los de regiones de características más acogedoras como un ejemplo de su hipótesis de "estímulo y respuesta". Abogaba por la idea de que una combinación de factores físicos tiene influencia en la aparición de la civilización en determinadas regiones. Los mecanismos que iniciaban la civilización eran en gran medida psicológicos y no fueron definidos con rigor. Actualmente tienen poca vigencia los detalles de sus hipótesis, pero del determinismo ambiental propugnado por Toynbee surgieron hipótesis de gran importancia, como la tesis hidráulica de Wittfogel, que se tratará posteriormente.
Varios antropólogos han intentado definir la civilización con finalidad clasificatoria y explicativa. Alfred L. Kroeber usó el concepto de "civilización" para dividir la historia humana en unidades analíticas (1953), definidas primordialmente por los valores y las cualidades conocidas como estilos. Este método de acotar civilizaciones es particularmente útil en las propuestas de investigación que utilizan restos materiales, como las obras de arte o el vestido, pero aporta muy poco a la explicación de las diferencias y similitudes entre civilizaciones y su desarrollo. En todo caso, se trata de un sistema clasificatorio a partir de un grupo seleccionado de atributos.
Otro método para definir las civilizaciones consiste en señalar sus diferencias respecto a su entorno. Robert Redfield caracterizaba las sociedades a partir de la oposición de constructos ideales, como lo rural y lo urbano, o las pequeñas y las grandes tradiciones. A diferencia del enfoque de Kroeber, concebido primordialmente para distinguir diferentes civilizaciones, la perspectiva de Redfield ayuda a entender el funcionamiento de las civilizaciones y estimula al investigador a buscar las pautas de interacción de los diferentes sectores sociales que constituyen la globalidad de la civilización. La contribución más importante de Redfield es la idea de que las características esenciales de la civilización, personificadas en la élite urbana, no pueden ser totalmente comprendidas sin hacer referencia a las pequeñas tradiciones del campesinado rural. Estas pequeñas tradiciones de la civilización se encuentran frecuentemente arraigadas en las comunidades tribales anteriores a la civilización. Aunque los tipos ideales de Redfield son demasiado generales para un análisis detallado, el énfasis en los aspectos de relación entre los componentes de un complejo civilizacional fue de importancia crucial en estudios posteriores.

CHARLES L. REDMAN, Los orígenes de la civilización. Desde los primeros agricultores hasta la sociedad urbana en el Próximo Oriente, Ed. Crítica, 1990