sábado, 30 de junio de 2007

El Barroco. Bernini, columnata de la Basílica de San Pedro, 1657-1666



La arquitectura del siglo SVII pretendía impresionar. Los encargos principales eran para palacios e iglesias. Los reyes, príncipes y otros poderosos querían impresionarse los unos a los otros y someter a los demás a este poder. La Iglesia Católica -a la que se debe la edificación de casi todas las iglesias nuevas- quería proclamar el triunfo de la fe católica. Consideraba también que el edificio de la iglesia era la Casa de Dios, mientras que gobernantes, como Luis XIV de Francia, creían que gobernaban por derecho divino.Se pensaba que tanto palacios como iglesias debían ostentar el mismo esplendor. Todas las artes podían contribuir a ello y así lo hicieron. La escultura y la pintura solían jugar un papel importante. Deberíamos imaginarnos también los interiores de las iglesias y las salas de reuniones de los palacios como lugares apropiados para espléndidas ceremonias religiosas o cortesanas celebradas con trajes de ricos colores y con el acompañamiento de la música de compositores como Corelli, Scarlatti, Vivaldi y Purcell. Pero el primer impacto, siempre lo producía el marco arquitectónico, y ante este hecho se acabó dando la misma importancia al exterior de un edificio y a sus entornos inmediatos que a su interior. En las épocas clásicas se les había concedido una importancia similar, pero en la Edad Media, y hasta cierto punto incluso en el Renacimiento, los edificios tendían a dar la espalda al mundo exterior.
En ningún otro sitio puede observarse mejor este cambio de actitud que en la basílica de San Pedro de Roma. Michelangelo había pensado dar a la iglesia una bóveda simétrica cruciforme. La simetría perfecta de esta forma sólo variaría por la adición a un lado de un enorme pórtico de frontón como el del Panteón. Michelangelo probablemente pensaba que todos los edificios más viejos de los alrededores serían derribados cuando este proyecto estuviera terminado, para dejar la iglesia aislada, como algunas iglesias del siglo XVI parecidas, pero más pequeñas. Suponiendo que así fuera, el plan nunca se llevó a cabo. La nave construida por Maderna, más larga, sustituyó al pórtico proyectado. Se dotó a esta nave de una fachada amplia y ueva, no demasiado distinguida pero lo bastante alta como para tapar la bóveda principal que queda ahora detrás suyo a una considerable distancia. Frente a ella se extendía un espacio abierto de límites irregulares, con un antiguo obelisco erigido casi en el centro. Este espacio servía no sólo como acceso a la iglesia, sino también pra que se pudieran reunir grandes multitudes a recibir la bendición papal.
Bernini, con su acostumbrada brillantez, lo transformó en el más grandioso acceso imaginable, y al mismo tiempo compensó bastante los defectos de la fachada de Maderna. Alrededor del obelisco construyó dos grandes columnatas cubiertas. Cada columnata consta de cuatro filas de columnas gigantes que forman una curva continua a derecha y a la izquierda encerrando un gran óvalo: son dos brazos acogedores que abrazan el espacio, como dijo el propio Bernini. Estas columnatas se enlazaron luego mediante dos brazos rectos con los dos extremos de la fachada de la iglesia. Estos brazos son considerablemente más bajos que la fachada y están achaflanados en el plano hacia ella, y exageran su altura por simple contraste y parece que nos la aproximen. Para poder apreciar su escala y su carácter hay que pasear entre las columnas de las columnatas y por el vasto espacio central. Para quienes se dirigen a la iglesia, este espacio no es másq ue el preludio del deslumbrante interior, al cual tanto contribuye el baldaquino de Bernini y el marco de la Cátedra de San Pedro.

Extraído de:
MADELEINE Y ROWLAND MAINSTONE, El siglo XVII, Ed. Gustavo Gili, 1985