jueves, 6 de septiembre de 2007

Edgard Allan Poe


Pocas figuras de la literatura han sido tan susceptibles de las más variadas interpretaciones e hipótesis, como lo ha sido Poe. Pocas figuras como la suya han fascinado a tantas generaciones de lectores y de mitómanos. Su persona misma, y diría que casi con independencia de su obra, no ha dejado de despertar en el público una gran fascinación.
Nadie queda indiferente después de la lectura de "Los asesinatos de la calle Morgue" o "La carta robada"; y esto es así porque la imaginación del lector se ve asaltada por un cierto malestar no exento de placer, difícil de definir. Sus narraciones afectan a la sensibilidad en lo que ésta tiene de más instintivo e inconsciente; y afecta de una manera negativa, es decir, que no induce a la acción ni a la afirmación de nada, ni a los placeres más inmediatos de nuestra imaginación, sino precisamente a todo lo contrario: a una especie de momentánea suspensión de la vitalidad y a una reflexión sobre el poder que ejerce sobre nosotros lo desconocido o lo que rebasa los límites de lo cognoscible.
A primera vista, los cuentos de terror de Poe son idénticos a los cuentos de terror clásicos: el héroe se encuentra aislado en un viejo castillo, encerrado en una celda o perdido en medio de un bosque. Sin embargo, Poe nunca describe estos lugares: describe la angustia y la incomodidad que supone encontrarse en ellos. Se trata menos de un lugar que de un ser, menos de un objeto que de una sensación.
Así empieza "La caída de la casa Usher", en la traducción de Julio Cortázar:

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé
cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. [...] Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble.


La descripción es voluntariamente vaga; ningún detalle posee un perfil definido y concreto. No se trata de una escenografía, como en los cuentos clásicos de terror, sino que su propósito consiste en sugerir un estado de ánimo. El lector queda absorto paulatinamente en la lectura, que siempre empieza de forma lenta y persuasiva, a fin de permitir que el lector se adentre en la dimensión psicológica; porque el universo de Poe no se sitúa ni en el mundo real ni en el mundo sobrenatural, sino que se trata de un mundo mental constuido a expensas de la realidad objetiva. El autor no pretende convencernos de la realidad de este universo, sino hacernos partícipes del estado de ánimo de una persona cuya conciencia se halla profundamente alterada.

Antoni Marí