domingo, 2 de septiembre de 2007

Fernández de Oviedo, uno de los primeros cronistas de las Indias

El primero entre los cronistas en intentar una visión de conjunto, una recopilación enciclopédica de todo lo visto y conocido entonces en América, es Gonzalo Fernández de Oviedo y Valés (1478-1557). Este hidalgo madrileño, letrado y humanista con formación italiana, llegó a América con la expedición de Pedrarias Dávila en 1514, como funcionario del Rey. Aunque, desde entonces, viajará continuamente entre España y América, su experiencia indiana es el aspecto fundamental de su vida. Esa experiencia gira alrededor de sus diversos cargos y responsabilidades en el Darién, el Caribe y Nicaragua, y de sus constantes pugnas con el implacable Pedrarias Dávila; su contacto con la cultura y la naturaleza de esa área geográfica, es visible en una obra que, en realidad, desborda tales límites. Hombre ambicioso y dado a buscar reconocimientos, dividió su tiempo entre las actividades administrativas y la preparación de sus crónicas, que le permitirían asegurarse los favores a los que creía tener derecho. Prueba de eso es que, cuando en 1532, Carlos V le otorga el cargo puramente honorífico de cronista de Indias, él lo toma como un nombramiento de cronista oficial, designación que sigue atribuyéndosele.
La obra escrita del autor es muy vasta y variada, pues va desde la traducción de una novela de caballerías (Claribalte, 1519) hasta obras moralizantes y genealógicas; sólo parte de su obra histórica tiene relación con América. Las dos piezas fundamentales de esa porción son el Sumario de la natural historia de las Indias, publicado en Toledo en 1526, y la vastísima Historia general de las Indias. El autor siguió escribiendo la obra en Santo Domingo. Sin duda, por influencia de Las Casas, la publicación del resto (Libros del XXI al L) no fue permitida; la primera edición completa de la obra sólo apareció entre 1851 y 1855. En realidad, el Sumario... es el anuncio o adelanto de la Historia general, escrito para satisfacer la curiosidad de Carlos V. Si ésta es una especie de enciclopedia o miscelánea sobre la realidad americana, el Sumario es su catálogo o índice.
Ambas obras prueban que, más que en la historia misma, el interés del autor estaba en la descripción naturalista de América; son valiosas sobre todo por la información etnográfica que brindan. Fernández de Oviedo estaba dotado para ello porque era un observador minucioso y curioso, apasionado por la nueva realidad que encontraba en América. El suyo es el primer esfuerzo orgánico de catalogación de la fauna y la flora americanas, según los lineamientos de Plinio, cuya Naturalis historia está evocada en ambas obras del historiador indiano.
Pero, aun queriendo ser rigurosas, las descripciones del autor no son siempre frías ni tediosas: reflejan su fascinación por objetos nunca antes vistos y ni siquiera soñados. Lo más simple podía ser descrito como algo maravilloso. Por ejemplo, hablando en el Sumario... del colorido de los papagayos dice que es "cosa más apropiada al pincel para darlo a entender que a la lencua" (Cap. XXIX); y afirma que los murciélagos (en verdad, los vampiros) tienen una singular propiedad: "...si entre cien personas pican a un hombre, después [a] la siguiente u otra no pica el murciélago sino al mismo que ya hubo picado" (Cap. XXXV). El juego de comparaciones y contrastes con lo conocido por el lector español, no hace sino subrayar el novedoso interés del objeto; como en el caso de Colón, la capacidad para imaginar con los ojos abiertos suele ser más cautivante que su registro de la realidad como tal. Y en la Historia general... incorpora a veces detalles de su propia vida al relato y los envuelve en la misma aura fantasiosa de su observación americanista; así, recordando lo que leyó en Pero Mexía y Plinio, nos cuenta que su esposa Margarita de Vergara nunca escupió mientras vivió y que, tras un mal parto, encaneció por completo en una noche. Gracias a su esfuerzo descriptivo y nominativo, América empieza a existir como un mundo que, siendo real, no deja de ser fabuloso; esa visión de grandeza se convertirá en un gran motivo literario que recogerán, mucho después, autores como Bello y Neruda.
Esta magna obra confirma lo que hizo ver el Sumario: el interés del autor por el mundo natural no es pura coriosidad científica o intelectual, sino un modo de hacer alabanza de Dios como creador y así inscribir el descubrimiento de América a un designio providencialista; el mundo natural y sobrenatural, la observación científica y la especulación filosófica son dos órdenes de un mismo proyecto. La visión de un catolicismo universal y de un grandioso imperio español encargado de realizarla, encendían su entusiasmo, lo cual puede ayudar a explicar sus rencillas con Las Casas. El pueblo español le parecía el nuevo pueblo elegido y estaba orgulloso de ser uno de ellos. Ese finalismo lo convence de que los mismos abusos y males de la conquista que critica, son meros accidentes, lunaers en el rostro del gran proyecto. Para él las conquistas de México y Perú, siendo notables hazañas, son sólo episodios o escalones en un plan ecuménico que abre una nueva era en los tiempos modernos. Esa fe ciega en un orden político y espiritual regido por Castilla, es el impulso que orienta la visión histórica del autor, el origen de sus errores y sus aciertos. Con Oviedo, América empieza a cumplir un papel esencial en el curso de la historia universal.

Extraído de:
JOSÉ MIGUEL OVIEDO, Historia de la literatura hispanoamericana. 1. De los orígenes a la Emancipación, Alianza