viernes, 12 de octubre de 2007

Las relaciones entre el texto y el lector

Una diferencia evidente y significativa entre la lectura y todas las formas de interacción social es el hecho de que con la lectura no hay una situación cara a cara: un texto no puede adaptarse a cada lector con el que entra en contacto. En una interacción diádica, los participantes, pueden hacerse preguntas para averiguar hasta qué punto sus imágenes han llenado los vacíos creados por la no participación en las experiencias de uno y otro. El lector, no obstante, nunca puede saber cuán exactas o inexactas son las representaciones del texto que se ha hecho. Además, la interacción diádica sirve a propósitos específicos, de manera que la interacción siempre tiene un contexto regulador que funciona, frecuentemente, como un tertium comparationis, No existe tal marco de referencia que gobierne la relación texto-lector; por el contrario, los códigos que podrían regular esta interacción se encuentran fragmentados en el texto y se deben reunir o, en la mayoría de los casos, reestructurar antes de que pueda establecerse cualquier marco de referencia. Aquí, pues, en las condiciones y en la intención, encontramos dos diferencias básicas entre la relación texto-lector y la interacción social a dos. [...]
Por lo tanto, si la comunicación entre el texto y el lector va a tener éxito, está claro que la actividad del lector tiene que ser controlada de alguna manera por el texto. El control no puede ser tan específico como en una situación cara a cara y, del mismo modo, no puede ser tan determinado como un código social, que regula la interacción social. Sin embargo, los mecanismos de control qeu operan en el proceso de lectura tienen que iniciar la comunicación y controlarla. Dicho control no puede ser entendido como una entidad tangible que funciona con independencia del proceso de comunicación. Aunque utilizado por el texto, no está en el texto. [...] Lo que está ausente de las escenas aparentemente triviales, los vacíos emergiendo del diálogo, es lo que estimula al lector a llenar los blancos con proyecciones. Los sucesos lo atraen y le reclaman que supla lo denotado por lo que no está dicho. Lo dicho sólo parece tomarse en consideración en tanto que referencia a lo que no se dice; son las implicaciones y no las afirmaciones las que dan forma y amplitud al significado. Pero así como lo no dicho cobra vida en la imaginación del lector, así lo dicho se "expande" hasta adquirir más significación de lo que se pudiera suponer: incluso las escenas triviales pueden parecer sorprendentemente profundas.

Wolfang Iser