domingo, 11 de marzo de 2007

ANÓNIMO, Romance de la gentil dama y el rústico pastor

Estáse la gentil dama paseando en su vergel,
los pies tenía descalzos, que era maravilla de ver;
desde lejos me llamara, no le quise responder.
Respondíle con gran saña: - ¿Qué mandáis, gentil mujer?
con una voz amorosa comenzó de responder:
- Ven acá pastorcico, si quieres tomar placer;
siesta es del mediodía, que ya es hora de comer;
si querrás tomar posada todo es a tu placer.
- Que no era tiempo, señora, que me haya de detener,
que tengo mujer y hijos, y casa de mantener,
y mi ganado en la sierra, que me iba a perder,
y aquellos que me lo guardan no tenían qué comer.
- Vete con Dios, pastorcillo, no te sabes entender,
hermosuras de mi cuerpo yo te las hiciera ver:
delgadica en la cintura, blanca soy como el papel,
la color tengo mezclada como rosa en el rosel,
el cuello tengo de garza, los ojos de un esparver,
las teticas agudicas, que el brial quieren romper,
pues lo que tengo encubierto maravilla es de lo ver.
- Ni aunque más tengáis, señora, no me puedo detener.