sábado, 10 de marzo de 2007

GOYA, El akelarre (1819-1823)


Entre 1819 y 1823 Goya vuelve a caer enfermo y su aislamiento se acentúa al recluirse en la Quinta del Sordo. El pintor, ya en plena vejez se siente herido por la edad y desengañado por los sucesos políticos. Allí pinta al óleo las paredes de los dos pisos de que constaba el edificio.
Goya se rodea de seres monstruosos y deja en libertad los fantasmas de su mundo interior y de su fantasía. Plasma representaciones patéticas y penetra en un mundo visionario y alucinante. Son pinturas de difícil significado que permiten múltiples interpretaciones.
En El akelarre, situado en una de las paredes más grandes del comedor, Goya incorpora al arte el género de la brujería. ¿Se burla de las supersticiones populares convocando en su casa una multitud de brujas alrededor del legendario diablo? ¿Se cree él todo eso? Seguramente, no, pero es posible que se sienta atraído de una manera sentimental, fantástica, por todo eso que es ancestral y que no acaba de negarse del todo.
El los horripilantes rostros se refleja la malicia, la estupidez, la pasión diabólica de un grupo de brujas atentas a la perorata que les dirige el diablo, enfundado en un hábito de fraile. A la derecha, una figura femenina, con mantilla y manguito, contempla la escena y nos plantea otro interrogante sobre el significado. ¿Deja Goya entreabierta una posibilidad de liberación en medio de esta terrorífica atmósfera?
En esta reunión infernal, presidida por el diablo, utiliza una composición abigarrada, con predominio de tonos negros y ocres. La enajenación producida por el fanatismo queda plasmada con feroz expresividad en las miradas y en los rostros deformes. Parece como si Goya hubiera transformado la persona en animal y al individuo en masa. Lo hace sin concesiones con una técnica audaz, sin precedentes.
Estas pinturas se denominan "negras" por el predominio de este color, matizado tan solo por ocres y terrosos, y porque representan la crónica negra de España y la oscuridad del subconsciente colectivo y personal.
Con estas pinturas Goya inventa un nuevo lenguaje plástico que rompe la tradición. Es romántico al mostrar pasión, desorden febril, culto a aquello que es tremebundo y fúnebre. Precede al expresionismo por el tratamiento del dibujo y de las masas porque pruduce una distorsión de las formas para conseguir una comunicación más intensa. Abre las puertas al surrealismo con la plasmación del mundo onírico. Después de Goya los pintores se sentirán libres para pintar sus visiones sobre la tela, de la misma manera como solo los poetas lo habían hecho hasta aquel momento sobre el papel.