viernes, 27 de abril de 2007

Esparta. 2

Estatuilla de bronce. Chica espartana corriendo. 560 a.C.

La característica más insólita de Esparta era la peculiar relación entre polis y territorio: la polis de Esparta estaba integrada, por lo menos en teoría, por una sola clase social, los "Iguales" o "Pares" (homoi), que residía en el centro y gobernaba a una población sometida, bastante extensa. Estaba situada Esparta en la orilla derecha del río Eurotas, en una llanura accidentada de unos 1.120 km2, centro de la región de Laconia. Después de conquistar Mesenia, su territorio total alcanzó los 5.120 km2, más de tres veces mayor que el Ática. Dada la naturaleza del terreno griego este tamaño no es muy significativo. Lo que es decisivo es que Mesenia y, en menor medida, Laconia eran más fértiles que la mayoría de las comarcas griegas, por lo que sus habitantes podían alimentarse sin importar nada, excepto quizá cuando las guerras eran intensas y prolongadas. Laconia también poseía minas de hierro, muy poco frecuentes en Grecia, aunque hay que admitir que no sabemos cuándo empezaron a trabajar en ellas. Su mayor desventaja era su mala salida al mar. La propia Esparta estaba en rigor rodeada de tierras: el puerto disponible más cercano era Gitio a unos 40 km al sur, empleado para la marina mercante y como pequeña base naval.
Los espartanos no eran un grupo muy numeroso. El contingente militar mayor que juntaron nunca con sus propios hombres fue el de la batalla de Platea contra los persas en 479 a.C. (cinco mil hoplitas). Con ellos y sirviendo en el ejército en esa ocasión había cinco mil periecos, hombres del resto de Laconia (y quizá unos pocos de Mesenia), que eran hombres libres que vivían en sus propias pequeñas comunidades (como Gitio) pero que diferían del modelo griego normal en el sentido de que carecían de autonomía en la esfera militar y en los asuntos exteriores por lo general. En estos aspectos estaban sujetos a los espartanos, obligados a aceptar la política espartana y a luchar en el ejército de Esparta bajo las órdenes de los espartanos cuando los llamaban. Aunque sometidos y sin ser confundidos con auténticos aliados, como los corintios, los periecos eran a la vez ciudadanos de sus propias comunidades, dorios por su dialecto y con el mismo derecho que los espartanos a ser llamados Lacedemonios, según su antepasado epónimo, Lacedemón, hijo de Zeus y Taigeta (ninfa del cercano monte Taigeto). Estaban, pues, profundamente diferenciados del resto de la población sometida, muy numerosa: los hilotas.
El origen del sistema de hilotas ha sido el tema de inacabables especulaciones poco convincentes ya desde la antigüedad. Había paralelos en otras partes, en Creta, Tesalia y regiones colonizadas tanto del este como del oeste, pero son menos conocidos todavía, por tanto no nos ayudan a resolver el misterio de los hilotas. La práctica usual, a lo largo de casi toda la antigüedad, cuando una comarca o ciudad era sojuzgada, consistía en vender a todos los habitantes y dispersarlos. Pero en Laconia los espartanos adoptaron el peligroso sistema de mantener a toda la población sometida en casa, en lo que equivalía a su territorio nativo, y más tarde (probablemente en el siglo VIII) repitieron el modelo al conquistar Mesenia.
En cuanto que carecían de libertad personal, los hilotas eran esclavos, pero han de ser diferenciados de los auténticos esclavos, que eran bienes muebles, propiedad personal de sus amos. Los hilotas estaban sometidos al estado espartano, asignados a individuos, no tenían libertad para moverse o controlar sus vidas, pero poseían ciertos derechos que normalmente eran respetados. Su obligación básica consistía en cultivar la tierra y ocuparse de los pastos de los espartanos a quienes estaban atados, y pagar más de la mitad de los productos. Conservaban sus relaciones familiares y en gran parte vivían en sus propios grupos ("comunidades" sería una palabra demasiado fuerte). Por tanto tenían su propia descendencia: nunca oímos decir que Esparta importara nuevos hilotas de fuera, y este solo hecho los distingue perfectamente de los esclavos bienes de otras partes.

FINLEY, M.I., La Grecia primitiva: Edad del Bronce y Era arcaica, Ed. Crítica-Grijalbo, 1987