miércoles, 18 de abril de 2007

Giotto





Las obras más famosas de Giotto son sus pinturas murales o frescos. Entre 1302 y 1305 cubrió los muros de una pequeña iglesia de Padua con temas extraídos de las vidas de la Virgen y de Cristo. Debajo, pintó personificaciones de las virtudes y los vicios, semejantes a las que ya habían sido colocadas en los pórticos de las catedrales nórdicas.
La fe (abajo) muestra la representación de la fe con Giotto como una matrona con una cruz en una mano y un pergamino en la otra. Es fácil observar la similitud de esta noble figura con las obras de los escultores góticos. Pero no es una estatua; es una pintura que da la sensación de estatua. Vemos el escorzo de los brazos, el modelado del rostro y del cuello, las profundas sombras en los flotantes pliegues del ropaje. No se había hecho nada semejante desde hacía mil años. Giotto redescubrió el arte de crear la ilusión de la profundidad sobre una superficie plana.
Para Giotto, este descubrimiento no fue solamente un recurso valedero por sí mismo. Le permitía cambiar todo el concepto de la pintura. En lugar de emplear los procedimientos de la pintura-escritura, podía crear la ilusión de que el tema religioso pareciese estar acaeciendo delante de nuestros mismos ojos. Para ello ya no bastó con mirar representaciones más antiguas de la misma escena y adaptar esos modelos venerados al nuevo empleo. Siguió más bien la opinión de los frailes que exhortaban al pueblo en sus sermones a que representaran en sus mentes lo que leían en la Biblia o en las leyendas de los santos como si lo estuvieran viendo, tal, por ejemplo, la Sagrada Familia del carpintero al huir a Egipto, o al Cristo clavado en la cruz. Giotto no descansó hasta haber desarrollado todo esto en sus frescos: ¿cómo aparecería un hombre, cómo se movería, cómo actuaría si tomara parte en un suceso de tal índole? Además, ¿cómo se mostraría tal ademán o movimiento a nuestros ojos?
El artista medieval no estaba interesado en representar la escena tal como pudo haber ocurrido. Se alteraba el tamaño de las figuras para que encajaran bien en la superficie delimitada y tampoco se preocupaba por el espacio: podían aparecer figuras amontonadas. Esta indiferencia respecto al espacio real en donde acaece la escena les llevaba, en ocasiones, a representar episodios diferentes dentro del mismo cuadro. El método de Giotto es por completo diferente. La pintura es, para él, algo más que un sustituto de la palabra escrita. Nosotros parecemos atestiguar el hecho real como si participásemos en la escena misma. En El entierro de Cristo (abajo) se pude observar el apasionado movimiento de san Juan, inclinándose hacia adelante, con los brazos extendidos. Si aquí tratamos de imaginar la distancia entre las figuras agachadas en el primer término y san Juan, inmediatamente nos damos cuenta de que hay aire y espacio entre ellas y que pueden moverse con holgura. Estas figuras del primer término revelan cuán enteramente nuevo era el arte de Giotto en cualquier aspecto. Recordemos que el arte cristiano primitivo volvió a la vieja idea oriental de que, para plasmar claramente un tema, era preciso que cada figura fuera mostrada íntegramente, casi como en el arte egipcio. Giotto abandonó este criterio, pues no necesitaba de semejantes artificios, mostrándonos tan convincentemente cómo se reflejaba en cada figura la aflicción por la trágica escena que hasta la advertimos en aquellas cuyos rostros se nos ocultan.
La fama de Giotto se difundió por todas partes. Los florentinos estaban orgullosos de él, se interesaban por su vida y referían anécdotas relativas a su ingenio y habilidad. Esto constituyó también una gran novedad, pues antes no ocurría nada parecido. Naturalmente que existieron maestros que gozaron de general estimación y que fueron recomendados de unos monasterios a otros, o de un obispo a otro. Pero, en conjunto, nadie pensaba que fuera necesario conservar los nombres de estos maestros para la posteridad. Eran para las gentes de entonces lo que para nosotros el ebanista o el sastre. Incluso los propios artistas no se hallaban muy interesados en adquirir fama o notoriedad. Por lo general, ni siquiera firmaban sus obras. Ignoramos los nombres de los maestros que realizaron las eculturas de Chartres, Estrasburgo o Naumburgo. Sin duda, fueron apreciados en su época, pero su gloria se la confirieron a la catedral para la que trabajaron. En este aspecto, también, el pintor Giotto inició un nuevo capítulo en la historia del arte. A partir de entonces, ésta, primero en Italia, y después en los demás países, es la historia de los grandes artistas.





















Giotto di Bondone, El entierro de Cristo, h. 1305
Fresco; capilla Dell'Arena, Padua

Giotto di Bondone, La fe, h. 1305
Detalle de un fresco;
Capilla Dell'Arena, Padua

Extraído de:
E.H. GOMBRICH, La historia del arte contada por Gombrich