domingo, 20 de mayo de 2007

Batalla naval. Historia de la Copa América


El País. Cayetano Ros 11/05/2007

La historia de la 'Jarra de las 100 guineas' está plagada de traiciones, armadores arruinados y reglamentos violados por los patrones más astutos. Todo ha valido a lo largo de más de 150 años con tal de acariciar su plata.

Cualquier aficionado a la vela recordará siempre dónde estaba y qué hacía ese día: 26 de septiembre de 1983. La BBC interrumpe sus emisiones para contar lo que está pasando en el puerto de Newport (Estados Unidos), a pesar de que no hay en liza ningún equipo inglés. Un revolucionario barco, el Australia II, se bate con el campeón más antiguo, Estados Unidos, que ha preservado la corona durante 132 años. Hay que deshacer el empate a tres. El defensor juega en casa y lo dirige Dennis Conner, conocido años después como Mr. America's Cup. El Liberty de Conner toma una ventaja que parece definitiva: 55 segundos a falta de la última vuelta. En un campo de regatas lleno de roles y una ligera brisa, muchos periodistas vuelven al puerto para anunciar los primeros la victoria estadounidense. Grave error. Tras la última izada del spinaker, el Australia II, capitaneado por John Bertrand, recorta tiempo y se pone en cabeza. Es una lucha feroz. La batalla más igualada. La más épica. Vence Australia por 41 segundos. Vence la tecnología. Escondida bajo las lonas que cubren el casco del Australia II, los aussies guardan un arma secreta: una quilla con alas, un diseño radical que da a la embarcación de 12 metros una velocidad superior en cualquier rumbo. Vence la psicología. Mientras iba avanzando en la Louis Vuitton (la selección del mejor desafiante), los australianos escondían cada día su nave. Ganaba y no lo veían. El defensor se asusta. Vence el deporte.

Abrumado por la victoria, casi avergonzado, el australiano John Bertrand murmura cuando ve llegar a Conner para felicitarle: "Dennis, no sé qué decir. Vaya regata, ¿no crees?". Secándose las lágrimas con un gran pañuelo rojo, Conner replica: "Lo hice lo mejor que pude, no puedo hacerlo mejor". Australia se lanza a la calle y su primer ministro, Robert James Lee Hawke, advierte: "Un jefe que despida a alguien por no trabajar hoy es un estúpido". Ha sido un shock comparable al día en que Maradona le marcó el gol del siglo a Inglaterra, el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México. O a cuando Mohamed Alí recuperó el título mundial de los pesos pesados ante George Foreman en Kinshasa (Zaire) el 30 de octubre de 1974.

Lo advirtió en su día el barón Bich: "Si quieres ganar a los americanos, tienes que actuar como un gánster atracando un banco". Su discípulo Bruno Troublé, fundador de la Copa Louis Vuitton, presenció en directo el atraco. "Me divertí mucho. Yo era capitán del equipo francés y, cuando lo eliminaron, pasé a trabajar para los australianos en su segundo barco", recuerda. "Ellos empezaron 3 a 1, sólo necesitaban una victoria, y Conner conocía perfectamente las aguas. Había ganado en 1977 y en 1980. Pero decidió jugársela. Arriesgó y perdió". Para Troublé, el genio del Australia II no fue su capitán, sino el diseñador, Ben Lexcen, inventor de la quilla alada. En realidad, Lexcen se llamaba Bob Miller, pero, tras un enfrentamiento con un socio en la empresa Miller and Whiworth, decidió cambiarse el nombre: Ben era el mote de su perro, y Lexcen, el primer apellido que encontró al azar en un listín telefónico.

"Britain rules the sea". Así fue durante siglos. El Imperio Británico gobernó en el mar hasta una tarde del 22 de agosto de 1851. Entre las brumas de la isla de Wight y la costa del sur de Inglaterra, una goleta adelanta la proa de un navío de la Armada británica. La reina Victoria otea el horizonte. La goleta que acaba de derrotar a lo más selecto de la marina real se llama América. La reina, que no ve al perseguidor, pregunta por el segundo, y la respuesta pasa a la posteridad: "Majestad, no hay segundo". Lo único que vale es ganar. El yate América, en representación del Club de Yates de Nueva York, ha desafiado al viejo mundo y se ha llevado las 100 guineas del Royal Yacht Squadron, el club de Cowes que dio la salida a esta primera regata. El trofeo pone rumbo a la joven democracia. Es el triunfo del Nuevo Mundo sobre el Imperio Británico. Así nace la Copa del América, que lleva el nombre de la goleta victoriosa, y no el del país vencedor. Los armadores del vencedor son jóvenes banqueros de Nueva York que venden su nave a un irlandés y regresan a casa convertidos en héroes.

O al menos así consta en la versión oficial. Luis Sáenz Mariscal, experto de la Copa y abogado español del Luna Rossa, entiende que los desafiantes estadounidenses regresaron a casa fracasados. ¿Por qué? Porque más que la gloria, lo que perseguían eran bolsas de dinero. Pretendían apostar grandes sumas con los ingleses, que se negaron tras haber visto cómo volaba el América. Y no habrían competido de no ser porque los estadounidenses se valieron de la prensa para llamar "gallinas" a los británicos y obligarles así a aceptar el reto.

En todo caso, la verdadera Copa del América no comenzó hasta 1887. Hasta entonces había sido "una regata de tres al cuarto", según Mariscal. Pero el 24 de octubre de ese año, el único armador superviviente del América, George L. Schuyler, decidió desempolvarla. "La Copa estaba muerta de risa en un armario, sus amigos se habían muerto todos, y a Schuyler se le ocurrió la genial idea de donarla con la condición de preservarla como desafío perpetuo para la competición amistosa entre naciones extranjeras", apunta Mariscal. Se trataba de una donación fideicomisaria: cedía la posesión, pero no la propiedad. Schuyler redactaba la versión definitiva del Deed of Gift, un documento de apenas dos páginas que establece las reglas del torneo. Y que incluye una frase convertida en infalible señuelo: cualquier club de yates del mundo podría retar al defensor. Éste se encargaría de organizar las regatas, por lo que arrebatársela sería una proeza. La única condición que ha perdurado hasta hoy es que el barco desafiante ha de ser construido en su país de origen. Schuyler donó la Copa al Club de Yates de Nueva York, del que era miembro, y designó a la Corte Suprema de Nueva York como árbitro en caso de disputas con el Deed of Gift.

Pasaron 100 años antes de que la Corte fuera requerida para mediar. Fue en 1988, y el aspirante neozelandés Michael Fay trató sin éxito de evitar que su monocasco aspirante, de 133 pies, se tuviera que enfrentar al ligero catamarán de Dennis Conner, del Club de San Diego. Una encerrona.

La brevedad del Deed of Gift ha sido una fuente interminable de interpretaciones. El primer desafiante, el inglés James Ashbury, fue obligado en 1870 a correr contra 14 yates de Nueva York. Toda la flota a por Ashbury, que luchó durante años hasta que logró, en 1871, que la pelea fuera barco contra barco (match race). Casi un siglo después, el 10 de agosto de 1964, se produjo la primera selección de los aspirantes de diferentes clubes en un formato parecido al que se mantiene hoy. Un paso fundamental que culminó el Australia II en 1983.

La Copa nació con un espíritu universal: el América ganó en 1851 con seis regatistas ingleses a bordo. Las restricciones nacionales son recientes. En 1958, el Club de Nueva York estableció que los diseñadores fueran del país de origen del barco. Y en 1980 se ordenó que los regatistas también fueran nacionales. No obstante, como la nacionalidad podía ser adquirida con apenas un caballo o un apartamento disponible, la regla tenía poca eficacia. Así que, cuando el Alinghi ganó la Copa, en Auckland 2003, retiró estas costosas limitaciones para diseñadores y tripulación. Y eso abrió el abanico a los participantes. Alemania, China y Suráfrica se han estrenado en Valencia.

Tras la derrota de 1983, la cabeza de Dennis Conner debería estar "cortada y puesta en el pedestal correspondiente al trofeo ausente", bromea Marcus Hutchinson, otro especialista entusiasta del trofeo. Lejos de eso, Conner volvió a competir en Perth en 1987 para recuperar la Jarra con el Star & Stripes de San Diego. Fue la gran revancha. Ronald Reagan recibió en la Casa Blanca a los tripulantes, aclamados por las calles de Nueva York. Conner se convertiría así, con cuatro triunfos, en el Señor de la Copa del América. Pero en el imaginario romántico de los aficionados está por detrás de Charly Barr, vencedor en 1899, 1901 y 1903. Hamish Ross, el historiador del Alinghi, retrata a Barr como un capitán escocés que se marchó a Estados Unidos, se nacionalizó y se enfrentó al establishment de los patrones norteamericanos. "Era bajito, pero muy agresivo. Corría muchos riesgos y murió joven, a los 46 años".

En la vela contemporánea, el mito más potente es Peter Blake, asesinado por unos piratas en el Amazonas el 5 de diciembre de 2001, mientras desempeñaba, con 53 años, exploraciones medioambientales en las aguas de Brasil. Blake fue un carismático aventurero ?ganó una Vuelta al Mundo y un Trofeo Julio Verne? antes de conquistar la Copa del América gracias a sus dotes organizativas. Lo demostró en 1995, cuando ganó la Jarra para un país de tres millones de habitantes, Nueva Zelanda, con un cuarto del presupuesto de su rival: el estadounidense de Conner. El Black Magic venció por goleada: 5-0. "A la caña, el trabajo de equipo de Russell Coutts fue brillante", evoca Bob Fisher, periodista presente en 13 ediciones. "Los regatistas contribuyeron al diseño y consiguieron dos barcos muy rápidos. Iban mejorando uno y otro, sucesivamente", añade. No sólo eso: Blake defendió la Copa en 2000, batiendo al Prada también por 5-0. También con Coutts en el timón. Fue la primera vez que un país distinto a Estados Unidos retenía el trofeo. Se disparó la celebridad de Blake y él prefirió marcharse a vivir con su mujer, Pippa, al país de ésta, Inglaterra, donde fue nombrado caballero del Imperio Británico. Blake se quedó con la gloria mientras el joven Coutts (Wellington, 1962) eligió el dinero. El que le ofreció Ernesto Bertarelli, magnate farmacéutico suizo, que desmanteló al campeón neozelandés, fichó a los mejores y asió el trofeo en Auckland 2003. La primera vez que lo lograba un club europeo. Vencedor de tres Copas consecutivas (1995, 2000 y 2003), Coutts pasó a ser el gran traidor de Nueva Zelanda. Fue antes de pelearse con Bertarelli y de que éste le cerrara las puertas para participar en Valencia 2007.

La Copa ha sido una vieja dama que ha atraído a los magnates y a la tecnología. Entre 1934 y 1937, el aviador y fabricante de aviones inglés Thomas Sopwith (1888-1989) lideró tres desafíos con sus yates Endeavour I y II, introduciendo avances científicos. Su contemporáneo Harold Vanderbilt (1884-1970), rey del ferrocarril en Estados Unidos, que capitaneó con sus propios barcos tres victorias en los años treinta. Antes, el físico italiano Guglielmo Marconi (1874-1927) fue el primero en retransmitir una crónica a través de ondas electromagnéticas para el New York Herald. El dueño del periódico, James Gordon, le ofreció 5.000 dólares para que emitiera por radio la Copa. Marconi desarrolló un sistema de antenas en dos barcos de vapor y, el 16 de octubre de 1899, los datos de la victoria del Columbia, patrocinado por J. P. Morgan, sobre el Shamrock de sir Thomas Lipton viajaron a través del espacio. En 1907, Marconi obtuvo el Premio Nobel de Física por su invento. Otro avanzado de las ondas, Ted Turner, fundador de la CNN, timoneó al ganador de 1977, el Courageous, y se presentó borracho en una conferencia de prensa.

La Copa sedujo a gentes del ferrocarril, los aviones, la televisión y, por supuesto, la informática. Larry Ellison, la segunda mayor compañía de software y novena fortuna mayor del planeta, sigue obsesionado con la Jarra. A tal fin destina el presupuesto más alto de la presente edición: 120 millones. Desde la goleta América, en 1851, hasta la botadura del Sui 100, del equipo Alinghi, han pasado 156 años y cientos de cambios tecnológicos. Los sextantes dejaron paso a la telemetría, y la madera, al carbono. Sólo una condición no ha variado en todo este tiempo: el caprichoso gobierno del viento.

El perdedor simpático

Thomas Lipton (1848-1931) fue el mejor de los perdedores, el más persistente de los aspirantes. Un escocés de origen norirlandés hecho a sí mismo que aprovechó su popularidad en Estados Unidos para expandir sus negocios del té. Después de más de 20 años intentándolo, Lipton consiguió un acuerdo con el Club de Nueva York por el que los barcos se construirían bajo las mismas reglas de diseño. El acuerdo supuso la aparición de la ostentosa clase J, que reflejaba la riqueza de los armadores. La II Guerra Mundial frenó la opulencia. Competir con la gigantesca clase J (1930-1937) era prohibitivo. Algunos miembros del club pensaban que la Copa era una reliquia. Afortunadamente, hubo líderes más progresistas que optaron por recuperar las pequeñas embarcaciones de 12 metros, que compitieron entre 1958 y 1983. Ya no era necesario que los veleros navegaran desde su lugar de origen, abriendo la participación a los más remotos países. Un desafío de Australia fue botado el 28 de abril de 1960 y la Copa dejó de ser solamente angloamericana. Desde entonces, las embarcaciones han tenido una base de diseño común, con excepción de la controvertida edición 27ª, en la que un clase J compitió contra un catamarán.

Bolígrafos, carreras y puñetazos

Marcel Bich (1914-1994), inventor e industrial francés, hizo fortuna con los bolígrafos que llevan su nombre. Y entre 1967 y 1980 lanzó cuatro desafíos franceses con escaso éxito. Invirtió 10 millones de dólares. En su afán por participar, promovió la aparición de la selección de desafiantes. Fue un millonario excéntrico recordado con cariño por quienes navegaron a sus órdenes. Paolo Martinoni, del Luna Rossa, estuvo entrenándose con él en octubre de 1979 en Newport. El barón Bich viajaba en un Rolls-Royce rosa acompañado de una secretaria rubia. Organizaba una gran fiesta por semana en su casa con candelabros de plata. Entonces, el barón cogía el micrófono y contaba historias divertidas. Una de ellas la vivió en persona Martinoni. En el entrenamiento del día anterior había habido una pelea furibunda entre el capitán Bruno Troublé y el táctico Marc Bonduel, después de un choque entre sus barcos.

A la mañana siguiente, Bich mandó construir un ring en el muelle y ordenó que Troublé y Bonduel se vistieran de púgiles y se golpearan hasta que vio derramarse la primera gota de sangre.

Pasiones de ?Il Avvocato?

Gianni Agnelli también se sintió cautivado por la Copa en 1983. Il Avvocato (1921-2003), fundador de Fiat, patrocinó el primer desafío italiano (el barco Azzurra) junto a Karim agá Jan, el príncipe heredero de una rama del islam, filántropo e hijastro de la actriz estadounidense Rita Hayworth. Entre Agnelli y el agá Jan atrajeron a un enjambre de empresarios. También se interesó John Fitzgerald Kennedy, amigo de Il Avvocato. El resultado fue la popularización de la Copa en Italia, enamorada de sus regatistas y de sus barcos. Sobre todo desde que Il Moro di Venezia, patroneado por el carismático francoamericano Paul Cayard, ganó la Copa Louis Vuitton en San Diego en 1992. Italia vivió las noches de las regatas pegada al televisor. Un éxito multiplicado ocho años después, en Nueva Zelanda. El Luna Rossa de Francesco di Angelis venció al América I de Paul Cayard, esta vez frente a los italianos, en lo que fue definido por Bruno Troublé como ?una pelea callejera? que acabó 4-3 para los latinos. La cultura velística había prendido definitivamente en Italia, el país, junto a Nueva Zelanda, más apasionado por la Copa.