sábado, 19 de mayo de 2007

Esparta. 5


A la cabeza de la estructura gubernamental había dos reyes hereditarios, institución anómala difícil de definir (y la coexistencia de dos casas reales escapa a cualquier explicación). Eran los jefes del ejército en el campo de batalla. Pero en la patria no solo carecían de poder real autoritario sino que etaban sujetos a supervisión por parte de los éforos. Por otra parte, conservaban algunas funciones sacerdotales tradicionales; recibían por derecho diversos emolumentos; y a su muerte eran llorados de una modo que Heródoto (VI, 58) encontraba tan extraño que consideraba los ritos funerarios reales "semejante a los de los bárbaros de Asia". Eran ex officio miembros de la gerusia, consejo de treinta ancianos, de los cuales los demás eran hombres de por lo menos sesenta años de edad elegidos de por vida. Parece que los reyes nunca presidieron la gerusia ni tuvieron prerrogativas en sus deliberaciones por encima de los demás miembros. Tampoco presidían las reuniones de la asamblea, que aparentemente no tenía capacidad para iniciar acciones o incluso presentar o incluso presentar enmiendas a las propuestas que se le hacían, pero que, sin embargo, tenía el voto final en cuestiones básicas de política que se le presentaban. Y luego estaban los cinco éforos, elegidos anualmente de entre el cuerpo entero de ciudadanos y cuya función estaba limitada a un solo año durante el cual tenían poderes de gran alcance en la jurisdicción criminal y la administración en general.
La propia existencia de dos familias reales indica que el ideal de una comunidad de Iguales era incompleto en la realidad. La constitución es posible qe haya mantenido atados a los reyes, pero la aureola que los envolvía estimulaba y ayudaba al más capaz y ambicioso de los dos a extender su autoridad de un modo que a veces ponía en peligro el equilibrio de poder de la sociedad. Heródoto está casi obsesionado con los relatos acerca de la susceptibilidad de los reyes espartanos para con el soborno. Cuando Aritágoras, tirano de Mileto, buscando la ayuda espartana para la revuelta jónica contra Persia, había aumentado su oferta a Clómenes I de diez a cincuenta talentos, el rey se libró de la tentación solo porque su hija Gorgo de ocho o nueve años gritó: "Padre, el extranjero te corromperá si no te alejas" (V, 51). Algunos éforos también consideraron la enorme autoridad que se les concedía como un vino muy embriagador que intentaban apurar en el único año de función que les estaba permitido. Y ocurrió a menudo, de acuerdo con Aristóteles (Politica, 1270b, 7-15) "que alcanzaban la magistratura hombres sumamente pobres que por su indigencia eran venales"; y tal era su autoridad que incluso los reyes "se veían obligados a cortejarlos".
Todo esto quizá es enormemente exagerado (o en el caso de Aristóteles se refiere a la Esparta decadente del siglo IV), pero con todo indica que la austeridad espartana nunca fue tan total en la realidad como sobre el papel. Además, había desigualdad entre los Iguales. Algunos eran incluso bastante ricos para presentar equipos en las carreras olímpicas de carros, signo supremo de riqueza excepcional entre los aristócratas griegos; se han conservado listas con los nombres de nueve vencedores espartanos (con doce victorias entre ellos) entre 550 y 400 c.C., de los cuales uno es un rey, Demarato; otro, Arquesilao, dos veces victorioso, fue seguido por su hijo veinte años más tarde. ¿Acaso estos hombres tan ricos no usaron nunca su riqueza para su propio beneficio en las elecciones, o para sus hijos, en algún momento? Sería difícil de creer, así como también es difícil de apreciar el tono de una reunión de la asamblea espartana que no era heterogénea como la ateniense, sino más bien, con otra capacidad, una reunión del cuerpo del ejército altamente disciplinado para el cual la obediencia se presentaba como la principal vitud de toda su vida. ¿Podían escuchar los debates con una mente abierta, olvidándose de la categoría de los oradores en la jerarquía militar o sus hazañas individuales en el campo de batalla?

FINLEY, M. I., La Grecia primitiva: Edal del Bronce y Era Aracaica, Grijalbo, 1987