miércoles, 2 de mayo de 2007

Gabriel Ferrater. Suicidio para no oler a viejo

Trozos de una vida

La categoría intelectual de Gabriel Ferrater (Reus, 1922-Sant Cugat del Vallès, 1972) se agranda a medida que pasa el tiempo. En los años más negros del franquismo fue una figura conocida casi exclusivamente en los medios editoriales (y policiales) de Barcelona, y sólo a finales de los años sesenta, cuando la Universidad de Barcelona, con Fabián Estapé como rector, le cedió un sillón profesoral -decir una cátedra sería una exageración-, Ferrater empezó a gozar de prestigio entre la clase intelectual de la ciudad, un prestigio en cierto modo mixtificado, enturbiado por la memoria omnipotente de Carles Riba y estorbado por el altavoz, omnipresente desde su supuesto aislamiento en el paseo de Gracia, de Salvador Espriu. El genio de Gabriel Ferrater resultaba indiscutible pero, como suele suceder con esas producciones de la inteligencia que desbordan la confortable, también sufrida medianía de una cultura que entonces sobrevivía a duras penas, resultaba igualmente incómodo para amplios sectores de la sociedad letrada catalana. Ferrater bebía como un cosaco tolstoiano, algo que hoy no ignora ninguno de sus lectores sin que ello perturbe los juicios acerca de su obra; tenía un currículo universitario desconcertante -estudioso de las ciencias exactas, apóstata de la gramática de Badía i Margarit, conocedor de lenguas demasiado raras (altoalemán, checo o polaco), mujeriego sin descanso y, para la época, demasiado proclive a entablar conversación con los estudiantes teenager-; y, como su hermano Juan, se decantaba por unos modelos de crítica literaria que no sólo carecían de tradición en nuestro país, sino que chocaban frontalmente con los hábitos histórico-positivistas más frecuentados por los escolásticos. Por ser díscolo, lo fue incluso con el bueno de Roland Barthes cuando, en una conferencia de éste en el Instituto Francés de Barcelona, en 1968, se atrevió a discrepar públicamente de sus ideas. Como ha sucedido también con su hermano Juan Ferraté -a cuya muerte, hace unas semanas, le ha seguido uno de los silencios más ominosos que se recuerdan por parte de lo que queda de la clase intelectual, académica o no, de Barcelona-, la muerte de Gabriel Ferrater quedó envuelta por el aura de su suicidio, por una muerte prevista desde 1957 cuando, paseando por su ciudad natal, le aseguró a Jaime Salinas que no alcanzaría la cincuentena, para no llegar a oler nunca como un anciano. Esta muerte heroica -pues hay suicidios cobardes como los hay con altura de héroe- sirvió para venerar de un modo no precisamente justo, ni ecuánime, el valor de su obra poética y de su labor como crítico de arte y literario. Sus obras fueron reeditadas sin tregua, eso es cierto, y creció el número y la calidad de sus lectores y de sus comentaristas; pero toda su figura quedó sumergida en una mezcla de admiración fanática y exaltación hagiográfica que, en realidad, le ha hecho un flaco favor a su legado: todavía las más recientes biografías de Ferrater y los análisis de su obra adolecen de esa falta de distancia, habitual en estos casos, y pecan de una extremosidad forjada en la santificación del bebedor legendario y en la alabanza de corte angélico de su obra y su persona. Por esto resulta enormemente gratificante que Justo Navarro se haya atrevido a tratar la figura de Gabriel Ferrater con un sesgo absolutamente novedoso, voluntariamente parcial, alejado de iglesias y devociones. Pues dibujar el perfil de este enorme hombre de letras -tan enorme, insisto, como su hermano Juan- requería una estrategia narrativa original, distinta y, como sucede en este caso, inédita. La vida caleidoscópica de Ferrater, en cierto modo como la de Walter Benjamin, obligaba precisamente a este tipo de aproximación que nos brinda Navarro: sólo la atenta consideración de los aspectos ruinosos, de los ingredientes más deslabazados de esta vida, dan una idea exacta -y válida por extensión en la medida que dichos aspectos son considerados en el libro como muestras particulares de lo general- de una figura tan compleja. Así, Justo Navarro abandona voluntaria y explícitamente un recorrido biográfico exhaustivo, y teje su pequeña obra narrativa en torno a tan sólo tres o cuatro circunstancias de la vida del poeta catalán: en la primera parte del libro, sus antecedentes familiares, ligeramente esbozados, y su relación matrimonial con Jill Jarrell; en la segunda, su relación anecdótica con Valeria Berni, esposa de un famoso arquitecto milanés, durante la breve estancia de aquélla en el hotel Colón, de Barcelona -una relación que adquiere rasgos de relato policiaco, a lo Dashiel Hammett (citado profusamente), en la medida en que pasó inadvertida al resto de los invitados a una histórica reunión de editores en la Ciudad Condal; en la tercera parte, el episodio de su estadía en Gammhart, en Túnez, para participar en el foro del Prix International des Éditeurs, reunión en la que Ferrater convenció a la asamblea para que el premio de aquella edición recayera en Witold Gombrowicz (¿quién en España sabía algo de este escritor medio polaco, medio bonaerense, en 1967?) y no en el candidato de la mayoría de los editores reunidos, el también suicida y heroico Yukio Mishima. Hay que añadir, a este programa que bien podría haber andado por muchos otros derroteros, el procedimiento sumamente ingenioso de Navarro -pues no estamos ante alguien que se pretenda biógrafo, sino narrador- que consiste en tejer sus 125 páginas en torno a una serie igualmente limitada y azarosa de motivos conductores, que, como la imperceptible trama argumental, podrían haber sido distintos también: la fatal perseverancia con la que a Ferrater se le rompían sus invariables gafas oscuras (sólo Valeria, su amante de la habitación 205 del Colón, llegó a ver la perturbadora expresión de su rostro, dominada por los apreciados ojos azules que no exhibía); la famosa predicción de su muerte, ya citada; el característico rechinar de sus mandíbulas al comer (algo que no pasó inadvertido, de nuevo con desconcierto, por la esposa de uno de los editores que conoció), y la irreprimible desesperación de Amalia, su madre, al leer la factura del teléfono que utilizaba su hijo, sin reservas, para conversar con amantes y compañeros de fatigas. Éstos, los amigos, tampoco faltan en esta visión particularizada de la vida de este hombre: Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma los primeros, los más solicitados, siempre también los más solícitos. Como Benjamin, Ferrater ha- bía "tomado la decisión de ser mejor que sus colegas", y lo fue; como aquél, poseyó una curiosidad ilimitada; también tenía pasión por los "conocimientos descoyuntados", inconexión que sólo disimulaban una voz magnífica y una elocuencia políglota sin fisuras; como el otro, Ferrater dijo ser "de las personas que viven de cara al pasado, y no al futuro". Se separó de su mujer a los pocos años de casarse en Gibraltar (de hecho, la perdió literalmente); arruinó sus gafas en múltiples ocasiones; no llegó a ocupar ningún lugar en el concierto desafinado de las letras catalanas de su tiempo; se le acabó el tabaco y el alcohol, o el dinero para abastecerse, y sólo recogió cuidadosamente el vasto conjunto de sus ruinas en la excesiva soledad del suicidio. Solamente en medio de este panorama desolador, baldío en apariencia, sólo de esta descomunal maraña de percances inconexos podía haber extraído Justo Navarro, a modo de narración, unas visiones fugaces, trozos de una vida, que valen por su desdibujado conjunto. Estos fogonazos, bien contados, acaban siendo la más eficaz de las noticias acerca de esa vida.

Jordi Llovet

Artículo publicado en El País el 22 de febrero de 2003