jueves, 28 de junio de 2007

Carlos García Gual. Apuntes sobre la tradición de la literatura clásica


Toda tradición supone una previa valoración, una selección y una reinterpretación de lo que se transmite. En el anhelo de hacer perdurable un legado cultural, de salvar del olvido algunos textos, de transferir de una época histórica a otra ciertos conocimientos y ciertas obras como las creaciones más valiosas y los monumentos más representativos, entran en juego siempre retóricas y estéticas puntuales que definen lo que merece salvarse del naufragio del tiempo voraz. Y la tradición se constituye así en ese largo y variado empeño por transmitir lo más valioso, con un paralelo desprecio y descuido del resto, destinado al olvido, en un proceso valorativo de caracteres muy complejos. Esos criterios de valor varían, según ha destacado la estética de la recepción, a lo largo de los tiempos, como cambian las modas y los modos de sentir y pensar a lo largo del decurso histórico, es decir, según los textos se van inscribiendo en nuevos contextos y leídos en renovados horizontes y expectativas.
Así nos ocurre que podemos lamentar que la tradición haya dejado perderse obras que hoy nos encantaría poder leer, como sucede con los textos de poetas líricos griegos, mientras que nos ha conservado con todo cuidado otros que ahora nos interesan mucho menos, como, por ejemplo,tantas prosas y glosas retóricas de oradores y eruditos tardíos. Esa selección es muy peculiar, pues en ella han intervenido factores culturales muy diversos, ideológicos, pedagógicos, etc., como es notorio. La transmisión del antiguo legado ha decidido, con razones ligadas a sus varias épocas, entre alternativas según los contextos históricos y no por una consideración estética abstracta. Así textos de muy mediocre estilo literario, como las Crónicas troyanas de Dares y Dictis o la fabulosa Vida de Alejandro del popular Pseudocalístenes, han tenido una enorme repercusión e influencia en la Europa medieval, mientras que obras de mucho más valor literario, desde una perspectiva estética y crítica más universal, quedaban largo tiempo relegadas y marginadas.
Las obras y autores que la tradición ha estimado como dignos de perduran son, esencialmente, los calificados de "clásicos". Esas obras de "primera clase" son las que parecen ofrecer una lección perdurable, las que, por así decir, se definen como paradigmáticas e inagotables y, diríamos, parecen poder releerse infinitamente. El conjunto de esos textos clásicos es lo que forma el "canon" de la literatura. No vamos a extendernos mucho sobre un tema tantas veces tratado, pero sí recordar que la formación y la permanencia del canon tiene unas razones claras en la economía cultural. Se trata de presentar un programa de textos esencialmente memorables; pero, claro está, también esta nómina de afán perdurable depende de factores históricos. El canon de los clásicos del siglo XIII es muy distinto de los del siglo XVI, por ejemplo, y éste del de los clásicos del siglo XX, suponiendo que aún pueda fijarse tal lista canónica. Y, a la vez, algunos textos y autores persisten al margen del canon.
Conviene distinguir, entre los clásicos, a aquellos que podemos llamar "universales" de los que calificaremos de "clásicos nacionales". Entre los primeros, merecen estar, por ejemplo, Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes; entre los segundos, Milton, Lope de Vega y Corneille. Los clásicos nacionales tienen especial prestigio en su lengua y nación; los universales traspasan esas barreras. (Se trata de una distinción útil, funcional, y no vale la pena pararse a discutir ahora si tal o cual autor debe entrar en una lista u otra). En todo caso, los grandes clásicos griegos y latinos estarían en los del primer grupo. Homero, el primer autor de la literatura occidental, sigue encabezando nuestro canon. Los griegos y los latinos son los clásicos por excelencia de toda Europa (a menos de eliminar a los antiguos y reducir esa lista canónica a los autores modernos, como hace por ejemplo, Harold Bloom). Si la tradición de los clásicos arranca de los griegos, la idea misma del canon es también una idea helenística. Es en la época de la Segunda Sofística, en el siglo II d.C., cuando surge esa perspectiva diacrónica de una literatura griega clásica, modélica e inolvidable, en el marco de lo que podemos ver como un primer Renacimiento.
El valor ejemplar de los clásicos se ha discutido muchas veces, y de modo resonante en la famosa Querelle des Anciens et des Modernes, apasionada disputa de larga sombra. Al desdibujarse la visión de la literatura como mimesis, y al poner en un primer plano el valor de originalidad, la famosa ejemplaridad de los antiguos debe ser sustituida, en la óptica más moderna, por la de su atractivo y hondura. Recopiar la poesía de Homero o Virgilio es empresa desatinada, pero su vivaz belleza literaria nos sigue admirando y emocionando. Densidad y distancia son rasgos de la gran escritura clásica, y su actualidad o inactualidad son, a la vez, factores de su jovial pervivencia. Y la tradición atestigua cómo esos clásicos han seguido dando fuego a las antorchas de muchos otros. Porque, como escribió Ernst Rober Curtius: "El presente intemporal, rasgo constitutivo de la literatura, implica que la literatura del pasado puede actuar siempre en la literatura de cualquier presente... Para la literatura todo pasado es presente o puede hacerse presente".
Por otra parte, cada época ha de leer e interpretar a los autores del pasado desde su propio nivel histórico. Eso es un hecho obvio, subrayado por el historicismo. Y esa renovación incesante de las relecturas de los clásicos da a la tradición un especial interés. Por poner un ejemplo, leemos la Ilíada, tras las excavaciones de Troya y las investigaciones sobre su "composición oral", de modo muy distinto a como la leyeron los neoclásicos del siglo XVIII y los eruditos del XIX, que dudaban de la personalidad de Homero. Y, además, leemos esos textos antiguos en relación a otros modernos, en el juego de reflejos que se suscita en nuestra memoria de lectores. Así El asno de oro de Apuleyo invita a su contraste con las novelas picarescas o con La metamorfosis de Kafka, y no solo El asno de Luciano. No podemos evitar leer la literatura antigua desde nuestros actuales hábitos y conocimientos, lo que imprime un sello nuevo a las relecturas, reflejos e incluso pastiches.
Y un aspecto más que, desde luego, no deberíamos olvidar. Habitualmente, leemos esos textos griegos y latinos en traducciones actuales, renovadas versiones a la nuestra u otra lengua moderna, que revisten a los prestigiosos textos de un acento actual y a veces personal. "La Odisea, gracias a mi oportuno descubrimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorised Version de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la irónica novela de Samuel Butler", escribió Jorge Luis Borges. Borges leía a Homero en inglés y francés, notando los diversos tonos y matices de sus traductores, bastante famosos y de varias épocas. Es posible repetir la experiencia leyendo las varias versiones de la Ilíada (unas veinte) y la Odisea (unas doce) en castellano. Los traductores son los intermediarios en nuestro conocimiento de los clásicos. Cuando leemos sus versiones debemos contentarnos con sus palabras y sus estilos (a excepción de los filólogos, esos happy few, que pueden degustar los frescos textos originales). Una historia completa de la tradición clásica debería dar cabida ahora a esos traductores, modestos pero imprescindibles obreros en la reconstrucción de la gran tradición clásica, y a una perspectiva crítica de sus logros dentro del marco de la literatura.

Extraído de:
VVAA, Antiquae Lectiones. El legado clásico desde la Antigüedad hasta la revolución francesa, Cátedra, 2005