lunes, 25 de junio de 2007

El artista de minoría o entre la espada y la pared

Pedro Salinas, "Defensa de la minoría literaria", en El defensor. Intr. de J. Marichal. Madrid, Alianza Editorial, 1967, págs. 219-21

"Mucha gente hay, ingenuos y superficiales, que, embrollado el juicio por esas denuncias contra el artista de minorías, creen a pie juntillas que cualquier escritor por su libérrimo albedrío puede opatr entre ser un artista para todos o serlo para pocos. Se supone que el mozo enfrentado con su porvenir de creador se detiene cogitativamente ante las dos formaciones, literatura primaria y literatura de minoría, hasta que de pronto, alcanzado por el soplo divino, se alista en el ejército de los escritores universales, o encantado por el murmullo seductor de las sirenas de minoría se embarca con rumbo a la isla fatal. (Lo cual me recuerda una función de teatro de allá de mis mocedades en que dos caballeros, felices habitantes de dos armaduras de guardarropía y en una decoración de sala de homenaje, se decían: "Nosotros los hombres de la Edad Media...".)
El argumento es malicioso porque propende a arrojar sobre el capricho o la voluntad del escritor difícil la explicación de su modo de ser artista, presentándole como voluntario reo de minoritarismo y dejando de lado otros factores esenciales. La verdad es que el temperamento de cada quien, las circustancias en que vive, el vaivén de las fuerzas literarias de su momento, un mandato superior a la simple decisión particular son los que deciden por qué camino va a echar el artista. No, el escritor minoritario no es un jovenzuelo que una mañana se levanta y empujado por el ardor de su nueva vocación exclama jubiloso: "¡Voy a ser artista de minoría, voy a ser artista de minoría!".
Todas esas extraviadas presunciones se fundan en la ignorancia del fenómeno de la creación artística. El escritor honrado (queda aparte, claro, el buscón literario que se despepita picarescamente para darle por el gusto al público más sencillo y busca a las gentes las cosquillas donde quiera que las tenga con tal de sacarse unas pesetas más) al poner la pluma en el papel no está calculando cantidades de público, no piensa en sus lectores aritméticamente. Sin duda, detrás del acto de escribir tiene que sentirse como indispensable la presencia invisible del prójimo, de otras almas presentes y futuras; porque sólo cuando lo escrito se reaviva en ellas, alcanzará la evidencia de lo que ya es, de lo que existe por sí.
La faena del poeta es hacer comunicable a otros la experiencia de vida que constituye el poema. Ni piensa en docenas, ni se imagina millones. El poema es una soledad; abierta sí a todos en cuanto que es comunicable y convivible, pero cerrada en su origen, la intuición inicial del poema, donde un hombre solo, y en su resultado, las palabras inalterables, la forma única, distinta de todo lo demás, que toma para vivir. Su peculiaridad consiste en su hallarse en esa zona fronteriza entre insobornable soledad e inmensa compañía, entre el individuo que sintió a solas en el seno de su alma la voz de ángel, y el poeta que la convierte en una realidad participable a un número indefinido de gentes."

Extraído de:
JUAN MANUEL ROZAS, La generación del 27 desde dentro. Ed. Istmo, 1986