domingo, 10 de junio de 2007

Esparta. Y 6


Las respuestas a tales preguntas han de ser simples conjeturas porque nuestras autoridades antiguas no se ocuparon de ello. Los conflictos internos aparecen en los documentos históricos que tenemos, al menos para el siglo VI, solo en los relatos de las carreras más espectaculares de unos pocos individuos, y entonces casi enteramente en el contexto de los asuntos exteriores. Heródoto se detendrá pra contar (V, 39-40) cómo los éforos primero y los ancianos depués presionaron al rey Anaxándridas, que no tenía hijos, a fin de que tomara otra esposa para preservar su linaje real, amenazándolo con alguna acción sin especificar de los espartanos en su totalidad contra él si persistía en negarse a ello con obstinación. Pero los conflictos sobre cuestiones más amplias o sobre el control de los negocios y algo de la mecánica real de la política no salen a la luz verdaderamente hasta que un hombre como Cleómenes I, rey desde 520 a 490 aproximadamente, empleó sus éxitos militares y sus maniobras diplomáticas para dirigir la política espartana hacia aventuras agresivas y peligrosas en el exterior.
Los escritores antiguos aceptaban la idea de que la clave de la política exterior espartana era la presencia de los hilotas. Para mantenerlos a raya, Esparta no solo tenía que mantener la paz en el Peloponeso -pues un estado enemigo podía soliviantar a los hilotas, si no intencionadamente sí por el mero hecho de comprometer demasiado las energías militares y de mano de obra espartanas-, sino que también tenía que ir con mucho cuidado antes de enviar un ejército fuera del Peloponeso. La política espartana no había sido siempre defensiva y no expansionista. Pero una derrota en Tegea y la incapacidad de conquistar Argos parece que acabaron por fomentar la nueva política a mediados del siglo VI. Guerras y conquistas fueron sustituidas por alianzas y pactos de no agresión, aunque naturalmente usaron la fuerza para imponer alianzas cuando fue preciso y también para mantenerlas frente a defecciones. hacia el final del siglo prácticamente todo el Peloponeso estaba dentro de la red, excepto Argos que era demasiado fuerte y Acaya demasiado lejana e insignificante. Además, para reforzar las alianzas, Esparta ayudaba amistosamente a las facciones dentro de los estados, normalmente oligarquías, y en el proceso se ganó la fama inmerecida de ser, por principio, el peor enemigo de los tieranos. De hecho, el comportamiento espartano para con los trianos fue oportunista, determinado por juiciios de egoísmo más que por la moral y los principios. Nunca se movió contra las tiranías de Corinto o Mégara, por ejemplo, mientras que intervino decisivamente para lograr la exupulsión de Hipias de Atenas en 510.
La aventura ateniense aparece en nuestras fuentes como parte de la historia de Cleómenes I, con el acento puesto en el rey. Quizá fue el principal promotor o incluso el iniciador de la política, pero es casi seguro que atacó Atenas en calidad de rey y con sanción oficial. Luego se produjeron complicaciones cuando dos bandos en Atenas se enzarzaron en una guerra civil por la sucesión de la tiranía. Cleómenes volvió para ayudar a un bando, dirigido por Iságoras, contra el de Clístenes. Sufrió una derrota, se marchó de Atenas y regresó una vez más con un ejército engrosado con tropas aliadas. Cuando estas se enteraron del motivo de su alistamiento, se rebelaron capitaneadas por Corinto, asegurando que la intervención en los asuntos internos atenienses era injusta y en cualquier caso no era asunto suyo. El otro rey espartano, Demarato, los apoyó y la empresa entera acabó en un fracaso para Cleómenes, con importantes consecuencias.
En lo sucesivo se consultaba a los aliados, en reuniones más o menos formales convocadas a tal fin, siempre que se pedía su ayuda militar, o al menos cuando se proyectaba una operación conjunta de importancia. Una red suelta de alianzas entre Esparta por una parte y cada uno de sus aliados individualmente por la otra se convirtió en algo parecido a una auténtica liga. Los historiadores modernos realmente la llaman Liga del Peloponeso, aunque los griegos siempre prefirieron "los espartanos y sus aliados", y sus miembros en diversos momentos comprendían estados situados fuera del Peloponeso como Mégara, Egina y Atenas. El nombre moderno va demasiado lejos en un sentido: la "liga" nunca tuvo un mecanismo administrativo, ni siquiera un tesoro, y su cohesión y efectividad varió de década en década, y de situación en situación. Sin embargo, tuvo bastante realidad como para dar a Esparta la mano de obra extra que necesitaba y la paz en casa, para convertirse en la fuerza militar mayo de Grecia y el líder reconocido de los griegos contra los persas.

FINLEY, M.I., La Grecia primitiva: Edad de Bronce y Era Arcaica