domingo, 10 de junio de 2007

Aleksándr Radíschev. Viaje de Petersburgo a Moscú

En el siglo SVIII se fraguaron muchas de las ideas que son fundamentales en la sociedad moderna y por las que todavía se sigue luchando, tanto para conservarlas como para conquistarlas: libertad de expresión y de pensamiento, igualdad entre todos los hombres (con los siglos, este punto se extendería también a las mujeres), defensa de la educación como base esencial para conseguir lo que Kant denominó la "mayoría de edad" en su artículo (que podría ser tomado como un manifiesto de la Ilustración) "¿Qué es la Ilustración?", Rosseau planteó la doctrina de la soberanía nacional, Montesquieu postuló la separación de poderes...
La Ilustración fue una corriente ideológica que traspasó toda Europa y llegó a Estados Unidos. De una u otra manera, cambió la mentalidad de Occidente: fue el golpe de gracia definitivo para formas de administración que sobrevivían desde la Edad Media. Pero esta crítica de las antiguas instituciones y formas de organización política y social no se vivió con la misma intensidad en todos los países. Algunas monarquías, ante el peligroso avance de estas nuevas ideas, cerraron lo mejor que pudieron sus fronteras para evitar que sus súbditos recibieran tal influencia. Sin embargo, algunos ciudadanos de estos países que se protegieron de las ideas ilustradas, dada su privilegiada situación dentro del status social de su época tuvieron acceso a lo que se escribía fuera de sus fronteras. Muchos de ellos pagaron con su libertad, y algunos con su vida, esa adhesión a la modernidad. En España, Jovellanos es un ejemplo paradigmático de la opresión que sufrieron algunos miembros de esta avanzadilla intelectual. Creo que la indiferencia o el desconocimiento que existe en la actualidad sobre una figura tan excepcional como la de Jovellanos es injusta. Pero no solo España puso un fuerte candado en sus puertas ante las ideas ilustradas; también Rusia lo hizo. Hace poco he descubierto a un intelectual ruso, cuyos conocimientos comprendían un amplio abanico que abarcaba desde las ciencias naturales hasta la literatura, pero cuya gran pasión fue la filosofía: Alexander Radíschev. Su denuncia de las condiciones en las que vivían sus conciudadanos y el deseo de mejorar su situación siguiendo el programa que postulaban los ilustrados, le deparó un trágico destino.
Contexto histórico
En el verano de 1762, la mujer de Pedro III dio un golpe de Estado. El prusianófilo en el trono ruso fue forzado a dimitir. Poco después el antiguo emperador fue asesinado por uno de los conspiradores: Alkséj Orlóv a instigación de su esposa. La nueva zarina -Ekaterína Alekéevna (1762-1796)- fue la soberana más imponente, polifacética y exitosa de Rusia. A nivel militar y en asuntos exteriores, emprendió una política de expansión y de prestigio; su reino fue una victoria plena: la división de Polonia en tres partes (entra Austria, Prusia y Rusia) y la conquista de Crimea a los turcos. Realizó el sueño de Pedro I: dominar la zona entre el mar Bático y el mar Negro. En el campo social y económico, restituyó en 1785 con el Fuero para la Nobleza los derechos de los terratenientes sobre el campesinado. De esta forma, el zar gobernaría en el centro del país y la nobleza en el campo.
Los rusos despreciaban el carácter liberal de su gobierno. En 1767, la zarina constituyó una comisión de representantes del pueblo y mandó redactar un código. Como "ejemplo" ofreció su Nakáz (Instrucciones), en las que tomaba las ideas de la Ilustración como pautas para la reforma de Rusia. Las ideas progresistas de la zarina fueron moderadas por los representantes del pueblo noble. En 1768 se suspendieron los preparativos con el pretexto de la guerra con Turquía, y nunca más fueron retomados. La revuelta de Pugacëv, que transtornó gran parte de Rusia entre los años 1773 y 1775, fue un duro golpe para Catalina II.
En cuanto a la religión, la política fue más suave y tolerante; en el campo de la enseñanza su labor también fue importante. Durante su gobierno, el arte y la vida intelectual florecieron como nunca. Por tanto, la segunda mitad del siglo XVIII fue sin duda el período más rico y más interesante de la Ilustración rusa. Las obras más importantes de los grandes ilustrados (Voltaire, Rousseau, Diderot, Helvetius, Montesquieu) fueron traducidas y pertenecieron al discurso intelectual del ruso culto dieciochesco. La Ilustración penetró también en el campo (la "provincia"). Hubo por doquier fundaciones de asociaciones literarias y científicas. La Asociación Libre Económica propagó nuevas teorías sobre la agricultura. En la segunda mitad del siglo, la producción de libros fue tres veces mayor que en la primera mitad.
Además de adquirir fama por su liberalismo y tolerancia, Catalina II también fue célebre por su ostentación e inmoralidad. Era, según los contemporáneos, la "Semíramis del norte", reina legendaria de Asiria y Babilonia, a quien la tradición le atribuye la construcción de palacios maravillosos y jardines colgantes. Pero también tenía el sobrenombre de "Messalina del norte", esposa del emperador Claudio, temida por sus arrebatos y modelo de lujuria e insaciabilidad sexual. El ambiente en la corte era sensual y sus gabinetes de amor estaban llenos de imágenes plásticas eróticas.
Los últimos años de su reinado fueron eclipsados por los acontecimientos de Francia. Frente a la "tasca llena de borrachos" (Francia, según ella), la zarina llamábase a sí misma: "L'impératrice la plus aristocratique de l'Europe". Le decepcionó que los principios de los pensadores franceses actuasen como tapadera para los crímenes cometidos por los revolucionarios. Los últimos años de su vida fueron regidos por la opresión del "club de los jacobinos" (Radíschev) y la temida masonería, que era sospechosa de conspiración. Catalina II fue reconocida como liberal y bienhechora para con sus súbditos durante el primer período, y en Occidente supo ganarse las simpatías como "filósofa real". Pero con la llegada de la Revolución francesa, el papel filosófico de Rusia en Europa pronto terminó.

Biografía de Alexander Radíschev
Aleksándr Nikoláevic Radíschev nació en Moscú en 1749. En 1762 tuvo la suerte de ser paje en la corte de Catalina II y, dos años más tarde, se trasladó con la zarina a San Petersburgo. Fue a estudiar Derecho, junto con unos diez muchachos, a Leipzig en 1766: Catalina II necesitaba juristas competentes para realizar una legislación rusa. A pesar de que su contemporáneo, Johann Wolfgang von Goethe, que por entonces también estudiaba en Leipzig, hablara del pedantismo mortan que reinaba en esa universidad, había varios profesores ilustres impartiendo clases. Radíschev no solo estudió Derecho (Derecho natural, Derecho común y civil), sino también Lenguas, Literatura, Ciencias Naturales, Medicina, algunos cursos de Solfeo, Historia, Metafísica y Psicología. Su pasión fue la Filosofía. Radíschev volvió a San Petersburgo en 1771, pero los estudiantes no obtuvieron los puestos altos en los órganos del Estado para los que habían sido preparados en Leipzig. Radíschev fue nombrado para trabajar en el protocolo del Senado. Durante catorce meses pudo leer los informes sobre la situacion en los distritos de la cosecha, el comercio, la deserción del campesinado, las revueltas, las enfermedades, el índice de mortalidad, la corrpcion, los abusos, etc. Dejó es Senado en 1773 y consiguió el puesto de Oberauditor en la división de Finlandia del ejército ruso. Radíschev se vio confrontado con la posición de los campesinos siervos sin derechos: había muchos reclutas fugitivos y desertores. Al final del año 1773 estalló la rebelión de Pugacëv. Un ejército de miles de siervos campesinos, cosacos, obreros y pueblos esteparios de procedencia extranjera transtornó a Rusia. El 10 de enero de 1775, Pugacëv fue procesado. Se estima que Radíschev fue testigo de la ejecución. Inmediatamente después el autor renunció a su cargo en el ejército: la razón se desconoce. En 1778, Radíschev se incorporó al llamado Kommerzkollegium, y en 1780, a las oficinas de la aduana, donde fue nombrado director en 1790. Catalina II decretó una ley en 1783 según la cual todo ciudadano tenía el derecho de imprimir libros. Radíschev aprovechó esta libertad de expresión, e instaló en su casa una pequeña imprenta. En mayo de 1790 terminó su Puteséstvie iz Peterbúrga v Moskvú (Viaje de Petersburgo a Moscú) e imprimió seiscientos cincuenta ejemplares. Un coetáneo escribió al respecto: "Corre el rumor de que ha salido alguno que otro Viaje en el que se amenaza a la zarina con el cadalso". El secretario de la zarina anotó en su diario "Se ha hablado mucho del Viaje de Petersburgo a Moscú. Está diseminando la peste francesa. Hay libertinaje. El autor es martinista". Los martinistas, seguidores de la doctrina del Marqués de Saint-Martin (1743-1803), eran una rama de la masonería, movimiento repudiado por Catalina II. Es sabido que CAtalina temía una conspiración masónica. Célebre es su frase: "Radíschev es más rebelde que Pugacëv". Unos amigos avisaron con antelación a Radíschev de su detención inminente. El autor destruyó a tiempo sus papeles, quemó los restantes ejemplares (probablemente habían salido solamente unos cincuenta a la calle) y esperó tranquilamente a la policía. Después de un largo interrogatorio en la Fortaleza de Pedro y Pablo, cayó rendido y confesó el destino trágico de su Viaje. Radíschev fue condenado a muerte. Sin embargo, , le impusieron a modo de indulto, una pena de diez años de destierro en Siberia. Radíschev se negaría a confesar por carta su arrepentimiento a la zarina. En Siberia se ocupó de la educación de sus hijos y de la población local. Su mujer había muerto antesdel destierro. La hermana del autor le siguió con sus hijos a Siberia. Radíschev fue uno de los primeros médicos del pueblo de Siberia; se interesó por las costumbres, la moral, la lengua y la religión de los lugareños.
Catalina II falleció a finales de 1796 y sucedió su hijo Pablo I. Este odiaba tanto a su madre que quiso anular todas sus decisiones. Radíschev pudo volver de Siberia y pasar los años 1797-1801 en su finca en el distrito de Kalúga. La policía local y los funcionarios de correos vigilaban sus pasos y su correspondencia. Aprovechó el tiempo para escribir Relato de mi finca, en el que aborda de nuevo el problema de la abolición del derecho a la propiedad de siervos. Es decir, Radíschev no se había dejado desmoralizar en Siberia.
El once de marzo de 1801, Pablo I murió asesinado. El nuevo zar Alejandro I concedió a Radíschev la libertad el 15 de marzo del mismo año. El Senado fundó una comisión para que se ocupara de la legislación. Radíschev fue incorporado al Comité secreto, órgano responsable de preparar las reformas. Un compañero del autor escribió sobre él quien miraba todo con ojos críticos y que siempre decía lo que pensaba, basándose "únicamente en el pensamiento librepensador filosófico". "Para él no todo merecía la pena, todos los rituales, costumbres, derechos, decretos, todo le parecía pesado y tonto para el pueblo". A través de varias conversaciones con Radíschev, el colega concluyó que el autor fue fiel hasta el final de sus días a sus "principios radicales, librepensadores expuestos en aquel libro fatídico". Alexándr Voroncóv, quien antes había sido mecenas de Radíschev, alcanzó el puestode canciller en Asuntos Exteriores, y no fue capaz de soportar su radicalismo. Sus superiores le hicieron saber que dejara el idealismo. Confuso y decepcionado, Radíschev se suicidó.

Viaje de San Petersburgo a Moscú
Más de un siglo después de la muerte de Avvakum, la vida política rusa ha experimentado un cambio radical. En la corte de San Petersburgo, más parecida a Versalles que a cualquier otra ciudad rusa, reina una zarina de ascendencia extranjera que coquetea con los enciclopedistas y firma decretos para la creación de universidades que no se fundarán. Las victorias, cantadas en Odas triunfales por los poetas, se suceden, las fronteras del imperio se pierden cada vez más lejos por el Sur y el Este. Potiomkin, el delicado y atento favorito de la Emperatriz, construye, al paso de su Augusta persona en sus viajes, poblados de cartón que cubren la mugre y la miseria del campo ruso. De modo que hasta cuesta creer que Catalina II, que mantiene amables carteos con irreverentes ilustrados, sea la misma persona que manda a Siberia a un pobre escritor que osó poner a prueba en la ficción literaria el talante ilustrado de Su Majestad...
Lo cierto es que la cultura, que, como los poblados de Potiomkin[1], florece en sus manifestaciones más aparentes, se ve sin embargo perseguida y censurada en sus dimensiones más peligrosas. Los acon-tecimientos que se producen en Francia no prometen nada bueno y las ideas francesas, al principio motivo de "boutades" o ocurrentes juegos de palabras, se convierten en un peligro, una epidemia que en algunas enfebrecidas mentes puede soliviantar los ánimos de los pacíficos y sumisos súbditos e inocular en ellos la peste de la revolución.
En lo que se refiere a la actitud hacia lo foráneo, durante el reinado de Catalina la Grande hay un antes de las sublevaciones internas y de las revoluciones europeas y un después. Hay un período en que la emperatriz pretende adornar su magnífica corte con pensamientos y obras literarias de oropel que iluminarán la versallesca corte cual fuegos de artificio, y luego, otro, de involución, en que la hábil gobernante descubre en las barbas de sus vecinos los peligros que entraña jugar con las palabras bellas y los pensamientos osados.
En los primeros años de su reinado aún se mantienen frescos los aires a los que abrió Rusia Pedro I. Se hace perceptible la influencia de pensadores de la Ilustración como Jean Jacques Rousseau, Mabli, Reynal o Diderot, de iluministas como Holbach, Helvetius o Herder. Además, siguiendo los pasos de Lomonósov y de otros jóvenes despiertos, prosiguen los viajes al extranjero en los que nuevas generaciones de nobles ávidos de saber se instruyen y entran en contacto con el pensamiento y las letras occidentales. Así, en las alforjas de los retornados, penetran en Rusia las ideas y las logias masónicas. Perdura, a pesar de todo, una imagen idealizada del monarca ilustrado, que en el caso de Catalina II se adorna además con alguna que otra creación propia.
Pero la dura realidad rusa se impone a los jóvenes idealistas formados en Heidelberg, Marburg o Leipzig. De vuelta a casa, llenos de nuevas poesías, de historias entre divertidas e ingeniosamente satíricas narradas en el género popular de la prosa, traen imágenes e ideas también nuevas, que harán cambiar, así lo creen, la detenida y silvestre realidad de su país, de su pueblo ignorante, esclavizado y embrutecido.
Brotan las rebeliones populares, como la de Pugachov. En la lejanas colonias inglesas de América del Norte surge una nueva nación que proclama los ideales de la libertad y la democracia. Y finalmente en el ombligo de la admirada cultura europea, en Francia estalla la Revolución.
Poco antes de soliviantarse los ánimos en la lejana Europa retorna a su país Aleksandr Radíschev, uno de estos jóvenes educados en el extranjero para mejorar la cosa pública de Rusia. Radíschev, gracias a su conocimiento de las lenguas, entra a trabajar en la Comisión que controla las publicaciones llegadas de otras tierras. Afortunado por no habérsele cortado el alimento espiritual, el joven desea hacer algo semejante a lo que realizan sus mae­stros.
Tras el desencanto en el monarca prudente e ilustrado, quedan de todos modos algunas esperanzas. Y Radíschev, a semejanza de sus predecesores, se pone a escribir. A expresar en el nuevo estilo, como hará en 1783 en su oda Libertad [Vol'nost'], su amor a la nueva diosa. Pero su obra más querida es aquella en la que, a imitación de los cáusticos y sensibles autores que en la trama lineal de un viaje vierten sus consideraciones filosóficas, mo­rales y sociales, da rienda suelta a su espíritu conmovido ante las injusticias que padece su pueblo.
En 1790, en la imprenta de un amigo, tras sortear la censura gracias a sus contactos, publica su Viaje de Petersburgo a Moscú. Pero an­tes de comentar este nuevo ensayo de prosa rusa, ya a caballo entre los rigores del clasicismo y los desafueros anímicos de los sentimentalistas, detengámonos en la vicisitudes de la obra y del autor.
Hemos dicho que Catalina era amante de la lectura; en sus primeros años de reinado leía y escribía por el placer que las bellas letras le deparaban, pero en los tiempos en que los libros empezaron a adquirir cualidades explosivas, se interesaba por ellos más que por gusto, por prudencia política, con el ánimo de conocer lo que pensaban sus súbditos ilustrados.
Aunque lo más prob­able es que fuera un diligente servidor de la patria quien atrajera la atención de la ilustrada emperatriz sobre la inusitada obra de Radíschev, lo cierto es que la reina leyó el Viaje..., e incluso se dignó escribir en los márgenes del libro algunos comentarios poco halagüeños para su autor. La emperatriz se sintió profundamente dolida por las opiniones que se vertían en el infausto "Viaje", expresiones injustas, maliciosas y torcidas que sólo se podían explicar por la ruindad y los celos de aquella depravada criatura que, al no conseguir el favor que creía merecer de sus superiores y so capa de practicar el noble arte de las bellas letras, se había arrojado en brazos de la calumnia y la mentira... Un desagradecido más que "posee dema-siada imaginación y es harto insolente en sus palabras..." -escribirá la emperatriz en los márgenes de la obra-. Y el desdichado escritor fue a dar con sus huesos a Siberia, donde Radíschev pasó largos años, hasta la natural muerte de la au­gusta lectora y dueña del país.
El libro fue prohibido y durante lar­gos tiempo sólo circuló en copias manuscritas o en ediciones publicadas en el extranjero. En cuanto a su autor, tras pasar una temporada en Siberia, fue perdonado por el zar siguiente, Alejandro I. Incluso se le invitó a formar parte de una comisión que debía articular el marco legal de las ideas liberales que profesaba el joven zar. Radíschev, que se entregó con renovado fervor a hacer realidad sus sueños, se excedió en su celo lib­eral y democrático. De modo que se le tuvo que llamar al orden recordándole que las puertas de Siberia seguían abiertas. Sea por desesperación o por el horror que ex­perimentó al imaginarse de nuevo en tierras de hielos y penales, el hombre se envenenó y murió.
Y pasemos a la obra de Radíschev, sobre la que nos detenemos más como fenómeno social que dibuja de modo claro la evolución del pensamiento ruso a través de la literatura, que propiamente como obra destacable en el panorama literario ruso.

El Viaje... -esta "llamada satírica a la indignación" como la llamó Pushkin- es la plasmación de un conjunto de temas que preocupaban a la intelectualidad liberal de su tiempo. Aspectos de la vida rusa, heridas sangrantes en la conciencia del escritor, lacras morales y sociales que se despliegan en una sucesión de capítulos, jalonan de posta en posta el viaje de nuestro reflexivo, sensible y locuaz viajero. Y empecemos por el primero y tal vez el más importante tema: el régimen de servidumbre, la condición prácticamente esclava en la que vivía el campesino ruso. Aunque antes de entrar en el meollo, acerquemos al lec­tor español al verbo florido de este ilustrado, que empieza dedicando su obra a un amigo en los términos siguientes, vertidos a un castellano que pretende remedar el ruso de Radíschev:
"Quiéranlo o no el sano juicio y el corazón, a ti, mi afecto amigo, dedico esta obra. Aunque mis opiniones se alejan mucho de las tuyas, tu corazón, no obstante, late al compás del mío y eres mi amigo.
"He contemplado mi derredor y el sufrimiento me ha herido el alma. He dirigido la vista a mi interior y he observado que las penas del hombre vienen del hombre, y ello sucede a menudo tan sólo porque éste no mira rectamente a los objetos de su entorno. ¿Será posible, me decía yo, que la Naturaleza hay sido tan cicatera con sus hijos que al extraviado inocente ha hurtado por los siglos la verdad? ¿O tal vez esta terrible madrastra nos haya creado sólo para padecer mas no experimentar dicha alguna? Mi entendimiento se azoró ante semejante idea y el corazón la arrojó lejos de mi. He hallado en el hombre su propio consuelo. "Si aparto el velo a los ojos de la percepción natural, seré bienaventurado". Esta llamada de la naturaleza resonaba con fuerza en mi fuero interno. Me alcé de mi estado de postración al que me había sumido mi sensibilidad y compadecimiento, vime con fuerzas suficientes para enfrentarme al extravío y -¡oh, alegría inenarrable!- sentí que a todo hombre le es dado contribuir a la prosperidad de sus semejantes. Ésta es la idea que me ha empujado a escribir lo que has de leer acto seguido..."

Con este talante sensible y azorado empieza el autor su obra y el narrador su viaje. De posta en posta, que es la medida de sus relatos, el espectáculo que se ofrece al viajero, sazonado de sueños, visiones y pesadillas ejemplares, lo llevan a compartir amablemente con el lector sus profusas reflexiones. Resumamos algunas de ellas:
-La condición esclava del siervo envilece el alma del sojuzgado y el espíritu de quien lo oprime.
– La ignorancia es la fuente de la injusticia de los gobernantes y de la sumisión del pueblo hundido en la oscuridad de la superstición.
– La contemplación de Nóvgorod llevará al viajero a una reflexión histórica sobre las libertades pisoteadas de los antiguos rusos por gobernantes despóticos y crueles.
– Se da una recurrente mirada a las pasiones que impiden el flujo sereno de nuestros buenos sentimientos y oscurecen nuestra razón.
Radíschev se detiene en diversas claves sobre la inclinación natural a los placeres de la carne, a la que al parecer no era ajeno el propio autor. Nos narra, por ejemplo, en un estilo volteriano, la leyenda de un monje que por las noches cruzaba a nado las aguas de un lago para reunirse con su amada, hasta que se ahogó; o, nos ofrece, en el estilo en boga a la sazón del sentimentalismo, los desgarradores lamentos de un padre que transmite a su hijo difunto una horrorosa enfermedad venérea, etc.
-la herencia rousseauniana, que tanto predicamento tendrá en Rusia, es la constante idealización del pueblo que, o bien se nos muestra humillado, provocando nuestro "compadecimiento", o bien luce "lozano y sano", en contraposición de la macilenta e lujuriosa existencia urbana.

En fin, nos encontramos ante un recorrido por los vicios e injusticias de la sociedad de su tiempo. Malparados quedan soberanos, jueces, amos, terratenientes lúbricos, padres licenciosos y hasta monjes de débiles carnes. Encumbrados en su casi santo martirio, mujics, siervos y lozanas mozas. He aquí un alegato en favor de la libertad natural de los hombres, personas que, en el contrato mutuo que habría de ser el Estado, deberían ser tratados con justicia y como iguales.
Aleksandr Pushkin, poco amigo de la lisonja, escribía sobre el autor:
“En Radíschev se ha reflejado toda la filosofía francesa de su siglo: el escepticismo de Voltaire, la filantropía de Rousseau, el cinismo político de Diderot y Reynal, pero todo ello en forma torpe y deformada, como se reflejan los objetos en un espejo torcido... [Radíschev] es el representante de la semi-ilustración. El ignorante desprecio hacia todo lo pasado, el necio asombro ante su propio siglo, la ciega afición hacia lo nuevo, los conocimientos fragmentarios, superficiales, acomodados sin ton ni son, todo eso es lo que vemos en Radíschev."
Aunque años más tarde, en un borrador de El monumento (1836), Pushkin escribirá: "y tras Radíschev... he exaltado la libertad", y en una carta a Bestúzhev : "En lo que se refiere a la letras rusas, ¿cómo es posible olvidar a Radíschev? ¿A quién vamos a recordar?".

Tras los pasos de El viaje sentimental de Sterne, el escritor ruso "contagiado del mal francés" –en expresión de la emperatriz–, expresándose en una prosa aún deudora de la elocuencia clasicista, pero ya heterodoxa -ora satírica, coloquial y popular, ora pomposa y monumen­tal-, plasma las preocupaciones de su tiempo: la esclavitud de la sociedad rusa, la ceguera de los poderosos, la corrupción de la justicia, las malas costumbres, el pernicioso orden social y organización de la vida política, la ciencia, la administración; la apatía trocada de maldad en que se hallan sumidos los venales funcionarios y servidores del Estado, y la miseria, la humillación que soportan los siervos.
Todo ello se plasma en el papel, paso a paso, posta a posta, por el ora perplejo, ora indignado narrador. La obra es un ejemplo más de cómo la realidad rusa puede convertir un "viaje senti­mental" europeo, en un itinerario moral, en un alegato so­cial contra la injusticia, la opresión y la ignorancia.
Es, pues, fruto de esta constante influencia de Occidente sobre la intelectua-lidad rusa, el traslado al mundo ruso de las ideas de la Ilustración; pero junto a este hecho, aparece otro no menos importante, es el traslado a las letras rusas de un nuevo género literario. En lo que se refiere al lenguaje, como se ha apuntado antes, la obra constituye una de las primeras pruebas de la prosa rusa. Una prosa marcada por la impronta de las obras originales. Pero mientras otras lenguas europeas ya han encontrado su tono, han ido integrando en la lengua culta los elementos populares y vulgares del habla, no ocurre igual con Radíschev, sobre el que pesa la tradición ornamental y noble del estilo clasicista y el obligado uso de lo que ya a Pushkin se le antojaba pesados y torpes arcaísmos. Con Radíschev, como tampoco con Karamzín -otro paso de la prosa rusa- la prosa no encuentra aún su lengua literaria; la reflexión no halla su soporte escrito; sólo el lenguaje popular o la digresión satírica colgada del ruso vulgar halla acomodo en el texto.
Otro de los aspectos que convierte esta obra en texto episódico en la formación de la prosa literaria, es el híbrido que representa la poco afortunada combianción de dos estilos: el clasicista, del que sólo queda en la prosa su hinchada monumentalidad, y el sentimentalista, nacido para socavar la pesada imponencia del anterior.
El sentimentalismo, reflejo de una nueva manera de pensar y de sentir, de entender al hombre más allá de su privilegiada razón, llegará a Rusia de la mano de otro viajero, Nikolái Karamzín.