sábado, 9 de junio de 2007

La palabra edificante (Luis Cernuda), por Octavio Paz

Quizá este no sea uno de los poemas más representativos de Luis Cernuda. La realidad y el deseo tiene otros poemas que son los que han hecho de ese autor uno de los grandes nombres de la poesía española. He de reconocer que no solo su poesía es la que me atrae de él, sino también su trayectoria vital. Nunca disfrazó su difícil personalidad para que la vida le fuera más fácil, lo que hace de él alguien admirable por la coherencia de sus actos. Esta honestidad consigo mismo fue premiada con la precariedad económica y la soledad.
Me gusta la sencillez, por eso he escogido estos versos en los cuales expone sus sentimientos de manera llana y directa. No hay recovecos ni ambigüedades. Creo que él era así, no veía motivos por los que no mostrarse tal como era.
A continuación del poema, hay unas palabras escritas por Octavio Paz escritas poco después de la muerte del poeta español.

Te quiero.

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.

En 1961 el Mercure de France dedicó un número de homenaje a Pierre Reverdy, muerto hacía poco. Luis Cernuda escribió unas cuantas páginas, preciosas no tanto por lo que nos dicen sobre Reverdy como por lo que, indirectamente, revelan del mismo Cernuda: su identificación de conciencia poética y pureza ética, su gusto por la palabra esencial que contraponía, no siempre con razón, a lo que él llamaba la suntuosidad de la tradición española y francesa. Pero no recuerdo ese artículo a propósito de las afinidades del poeta francés y el español (aunque la influencia del primero sobre el segundo merecería un comentario) sino porque aquello que hace tres años escribió Cernuda sobre el destino de los poetas muertos parece hoy pensado y dicho sobre su propia muerte: "¿Qué país sobrelleva a gusto a sus poetas? A sus poetas vivos, quiero decir, pues a los muertos, ya sabemos que no hay país que no adore a los suyos." España no era una excepción. Nada más natural que las revistas literarias de la península publiquen homenajes al poeta: "puesto que Cernuda ha muerto, viva, pues, Cernuda"; nada más natural también que poetas y críticos, todos a una, cubran con una misma gris capa de elogios la obra de un espíritu que con admirable e inflexible terquedad no cesó nunca de afirmar su disidencia. Enterrado el poeta, podemos discurrir sin riesgo sobre su obra y hacerla decir lo que nos parece que debería haber dicho: ahí donde él escribió separación, leeremos unión; Dios donde dijo demonio; patria, no tierra inhóspita; alma, no cuerpo. Y si la "interpretación" resulta imposible, borraremos las palabras prohibidas (rabia, placer, asco, muchacho, pesadilla, soledad...) No quiero decir que todos sus panegiristas pretendan volver blanco lo que fue negro ni que lo hagan con entera mala fe. No se trata de una mentira deliberada sino de una sustitución piadosa. Tal vez sin darse cuenta, movidos por un sincero deseo de justificar su admiración por una obra que su conciencia reprueba, transforman una verdad particula y única (a veces insoportable y repelente, como todo lo que es de verdad fascinante) por una verdad general e inofensiva, aceptable para todos. Gran parte de lo que se ha escrito sobre Cernuda en los últimos meses se podría haber escrito sobre cualquier otro poeta. No ha faltado quien afirme que la muerte lo ha devuelto a su patria ("muerto el perro, se acabó la rabia"). Un crítico, que dice conocer bien su obra y admirarla, no teme escribir: "el poeta tenía un defecto trágico: la incapacidad de reconocer otra clase de amor que el amor romántico; por lo visto el amor conyugal, el paternal, el filial, todos era para Cernuda puertas cerradas." Otro hace votos por que el poeta "haya encontrado un mundo donde estén en armonía la realidad y el deseo". ¿Se ha preguntado ese escritor cómo sería ese paraíso y cuáles sus ángeles y divinidades?.
La obra de Cernuda es una exploración de sí mismo; una orgullosa afirmación, al fin de cuentas no desprovista de humildad de su irreductible diferencia. Él mismo lo dijo: "Yo solo he tratado, como todo hombre, de hallar mi verdad, la mía, que no será mejor ni peor que la de otros sino solo diferente." Servir a su memoria no puede consistir en levantarle monumentos que, como todos los monumentos, ocultan al muerto, sino ahondar en esa verdad diferente y enfrentarla a la nuestra. Solo así su verdad, justamente por ser distinta e inconciliable, puede acercarnos a nuestra propia verdad, ni mejor ni peor que la suya, solo la nuestra. La obra de Cernuda es un camino hacia nosotros mismos. En esto radica su valor moral. Pues aparte de ser un alto poeta -o, más bien: por serlo- Cernuda es uno de los poquísimos moralistas que ha dado España, en el sentido en que Nietzsche es el gran moralista de la Europa moderna y, como él decía, "su primer psicólogo". La poesía de Cernuda es una crítica de nuestros valores y creencias; en ella destrucción y creación son inseparables, pues aquello que afirma implica la disolución de lo que la sociedad tiene por justo, sagrado e inmutable. Como la de Pessoa, su obra es una subversión y su fecundidad espiritual consiste, precisamente, en que pone a prueba los sistemas de la moral colectiva, tanto los fundados en la autoridad de la tradición como los que nos proponen los reformadores sociales. Su hostilidad ante el cristianismo no es menor que su repugnancia ante las utopías políticas. No digo que sea necesario coincidir con él; digo que, si amamos realmente la poesía, hay que oír lo que realmente nos dice. No nos pide una piadosa reconciliación; espera de nosotros lo más difícil: el reconocimiento.
OCTAVIO PAZ, Cuadrivio