lunes, 6 de agosto de 2007

Alfonso X y la Escuela de Traductores de Toledo. 2

Para ello [convertir el romance en vehículo de comunicación], mientras en sus primero tiempos la Escuela de Traductores utilizaba el castellano, lengua común de clérigos, conocedores del latín, y de judíos, que dominaban las lenguas semíticas, como vehículo de transición entre el árabe o el hebreo y el latín, a partir del siglo XIII el castellano pasó a adquirir un papel preponderante y a ser el fin de la labor traductora.
Pero eso no podía lograrse sin una simultánea labor de normalización de los usos lingüísticos. Y la escuela alfonsí llevó a cabo la difícil tarea de fijación de un norma, de selección de unos usos y de unas formas, de creación de un vocabulario específico y de unos recursos sintácticos ágiles y complejos que permitieran trasladar a un romance, hasta entonces relegado a los límites del ámbito familiar, toda la riqueza y variedad de unos textos redactados en lenguas con amplia tradición literaria.
Es evidente que, en esa tarea normativa, el ejemplo del latín tuvo un papel decisivo. Pero no se trataba tanto de copiar directamente unos usos latinos, como de crear en romance unos usos equivalentes.
La labor traductora supuso, en efecto la incesante creación de un vocabulario acorde con las nuevas necesidades expresivas, un vocabulario técnico, científico, filosófico, literario, que trascienda los precarios límites de la comunicación interpersonal de uso cotidiano. Porque se trataban temas que nunca habían presidido las conversaciones familiares y, por consiguiente, no había palabras romances para referirlos. Pero no se trataba solo de un problema léxico, sino que había que inventar unas estructuras sintácticas capaces de expresar de forma suficientemente compleja la variedad de matices proposicionales que reflejaban los textos clásicos, tan alejados de la linealidad y de la simplicidad del lenguaje común, regido, además, por las reglas de la oralidad. Frente a la lengua hablada, en la que la presencia simultánea de los interlocutores y, por consiguiente, el conocimiento de un contexto situacional y sociocultural común permite obviar numerosos elementos, o aludir a ellos mediante procesos paralingüísticos (el gesto, la modulación, la intensidad, el tono, el timbre...), la lengua escrita solo dispone de medios lingüísticos con los que matizar, valorar, deshacer ambigüedades. Y para ello, hay que disponer de un amplio inventario de elementos de relación que permitan reflejar la variedad y complejidad de las relaciones oracionales.

COLOMA LLEAL, La formación de las lenguas romances peninsulares, 1990