domingo, 12 de agosto de 2007

Alfonso X y la Escuela de Traductores de Toledo. Y 3


Por ello, no servía [para convertir el romance en vehículo de comunicación] la experiencia de los textos literarios de transmisión oral (piénsese, por ejemplo, en el Cantar del Mio Cid, trasladado posteriormente a la modalidad escrita, cuando ésta había ya alcanzado suficiente maduración), aunque sin ellos difícilmente se habrían dado las condiciones necesarias para la creación de la nueva norma literaria. Como tampoco bastaba el ejemplo del latín, sometido a unas normas muy distintas de las que actuaban en el romance. Se hizo, pues, imprescindible inventar una lengua literaria. Porque, precisamente por la inexistencia de un cultivo literario, el romance se hallaba, por una parte, profundamente diversificado en una infinidad de variantes locales, próximas pero distintas, que ofrecían múltiples soluciones. Por ello, entre las diversas modalidades regionales y sociales del castellano, había que elegir una que funcionara como lengua común. Había que decidir cuál sería el castellano drecho. El escritorio alfonsí optó por una norma niveladora, construida a partir del castellano viejo, del castellano burgalés, pero eliminando de él todos aquellos rasgos considerados excesivamente localistas, e incorporando algunos rasgos cultos conservados en zona leonesa. Y, todo ello, lo pasó por el tamiz del castellano toledano, propio del nuevo centro político y cultural de Castilla, con claras tendencias conservadoras de origen mozárabe, pero con el empuje nivelador propio de las zonas de repoblación, con convivencia de elementos humanos heterogéneos. Pero, además, había que crear la norma literaria, porque ninguna de las variantes, por muy niveladora que fuera, era capaz de dar cuenta de todos los matices exigidos por el cultivo literario de la lengua. Fue así como, a partir de la norma toledana, se forjó la norma lingüística castellana, base de la lengua escrita, que permitiría la redacción de todo un corpus jurídico, institucional y literario. Se estructuró el castellano drecho que, en una constante relación dialéctica, modificaría y sería modificado por las variantes prestigiosas de la lengua hablada.
Esa norma, incipiente en los textos de principios del siglo XIII, iría consolidándose progresivamente, decidiéndose claramente por unas opciones, y, sobre todo, generalizándose entre los niveles cultos de la población castellana. A mediados del siglo XIV la lengua literaria estaba ya claramente configurada y las posteriores modificaciones consistirían en simples retoques o, sobre todo, en un reflejo de esa constante adaptación, depuración y asunción, por parte de la norma culta literaria, de las evoluciones que se dan en la lengua hablada.

COLOMA LLEAL, La formación de las lenguas romances peninsulares, 1990