martes, 28 de agosto de 2007

La frontera entre semántica y pragmática

"La idea de que las tres áreas principales de estudio en lingüística corresponden a tres disciplinas –la sintaxis, la semántica y la pragmática– está tan bien arraigada hoy en día que parece una obviedad. Sin embargo, esta división disciplinaria es relativamente joven: aparece en los años treinta del siglo XX y es corriente pensar que su primera formulación es la del filósofo pragmatista Charles Morris, que las considera como dimensiones distintas del fenómeno de la semiosis. Rudolf Carnap adoptó la triple distinción enseguida y la presentó en la forma de tres partes de la semiótica o ciencia del lenguaje. La gran difusión de los estudios de Carnap la popularizó definitivamente. Sin embargo, si bien muchos teóricos actuales estarían dispuestos a aceptarla, sería difícil conseguir un acuerdo general sobre las fronteras precisas que separan a las subdisciplinas de la lingüística. En esta charla me voy a ocupar de la frontera entre semántica y pragmática. La otra frontera, la que separa la sintaxis de la semántica, dista mucho de estar pacificada, pero no voy a decir nada sobre las disputas a que ha dado origen. Tal vez mi colega Manuel García-Carpintero lo haga en su conferencia. Yo me conformaré con describir algunos de los movimientos más importantes que esa demarcación sufrió durante la segunda mitad del siglo pasado, no mucho más tarde de que se plantease la existencia de las dos áreas. Puede decirse así que se trata de una frontera que ha estado en disputa durante casi toda su existencia.
Parece muy intuitivo distinguir por un lado el significado de las palabras, lo que decimos con ellas o la información sobre el mundo que transmiten o pueden transmitir, y por el otro lo que hacemos o podemos hacer con esas palabras, a menudo gracias a que significan lo que significan. Imaginemos un atraco a un banco, con unos cuantos rehenes muy atemorizados. De repente se oye una sirena a lo lejos. Un rehén le dice a otro: “Ya viene la policía”. Un atracador le dice al otro: “Ya viene la policía”. El rehén dice lo que dice para animar a su compañero. El ladrón dice lo mismo para avisar a su compinche. Las dos proferencias no difieren en significado, no difieren en semántica (ni en sintaxis), pero si en su uso: la diferencia es de tipo pragmático.
Aunque los teóricos reconocieran la dimensión pragmática del lenguaje y la posibilidad de una disciplina que se ocupara de ella, lo cierto es que se dejó de lado durante años. La pragmática parecía anárquica y poco susceptible de teorización. Aquellos pensadores filósofos sobre todo, que se ocupaban de semántica, eran teóricos de orientación lógico-matemática, poco dispuestos a penetrar en un terreno tan pantanoso.
La situación cambió tras la segunda guerra mundial. Un grupo de filósofos, en su mayoría profesores de la Universidad de Oxford, inspirados por las ideas del Wittgenstein maduro, alumbraron un pensamiento filosófico atento sobre todo a los usos del lenguaje. Gilbert Ryle, P.F. Strawson, J.L. Austin formaron la llamada ‘filosofía del lenguaje corriente’ (no ‘ordinario’, como se dice a veces) y publicaron libros con títulos tan explícitos como Cómo hacer cosas con palabras. Estos filósofos sostenían a la vez un punto de vista radicalmente pragmático sobre el significado. Siguiendo el dictum wittgensteiniano que decía que el significado es el uso, pensaron que todo lo que se podía decir del significado de una expresión es que esta es usada de tal y tal manera o es usable de tal y tal manera en tales y tales circunstancias. Conviene tener claro lo que defiende esta postura: todos estamos de acuerdo hoy en día en que el significado tiene que ver con el uso. Es el uso que los hablantes dan a las palabras lo que fija su significado. Si los hablantes del español dejasen de usar la palabra ‘conejo’ para referirse a los conejos y la usaran para referirse a los periquitos, ‘conejo’ entonces significaría lo mismo que ahora significa ‘periquito’. La postura pragmática va más allá. Según ella, hablar de significado es hablar de uso, no simplemente hablar de algo que viene fijado por el uso. Para ciertas expresiones este punto de vista parece perfectamente oportuno. ¿Cuál es el significado de ‘Adiós’? La única respuesta que parece adecuada se refiere a su uso: usamos ‘Adiós’ cuando queremos despedirnos. No hay nada más en el significado de ‘Adiós’. Se dice que Wittgenstein llegó a ese punto de vista cuando tras contarle al economista italiano Piero Sraffa su teoría de la proposición y su idea de que los enunciados de todo lenguaje posible compartían su forma lógica con la realidad representada, este le mostró un gesto napolitano (cualquier gesto expresivo que nos sea familiar sirve para ilustrar el ejemplo) y le preguntó: “¿Cuál es la forma lógica de esto?”. Es del todo claro que en estos casos no tiene sentido buscar la situación representada y que la única respuesta posible a una petición de significado de un gesto es una explicación de su uso adecuado. No obstante, no todas las expresiones son como ‘Adiós’ o como un gesto (napolitano o no). Para muchas expresiones parece adecuado considerar que el uso ha determinado una dimensión semántica y que esta ha posibilitado diversos otros usos. La palabra castellana ‘caracoles’ tiene un significado que viene dado por el uso que históricamente ha recibido y que tiene que ver con ciertos animales cefalópodos. Su uso ulterior habitual como exclamación de sorpresa no forma parte de su significado, creo. Estoy seguro de que ustedes mismos pueden encontrar algún otro ejemplo aún más convincente. Lo que debemos concluir es que, al menos en principio, no todo uso tiene pertinencia semántica. No está claro que Wittgenstein, pese a ser el autor del dictum, igualara significado y uso, sino que más bien lo que hizo fue sostener que el uso es una guía valiosa para llegar al significado. Pero los filósofos del lenguaje corriente sí lo hicieron. Esa posición extrema los hacía extraordinariamente sensibles a los matices y variaciones del uso de las expresiones, y los dejaba predispuestos a detectar en la falta de atención al uso real del lenguaje el origen de los problemas filosóficos. El filósofo era la mosca que se metía en la botella del mal uso del lenguaje. No hacía falta solucionar los problemas filosóficos, porque no eran reales. Había que disolverlos, enseñar a la mosca a salir de la botella, mostrar al filósofo de qué modo se había complicado las cosas y cómo desaparecían los problemas filosóficos si se atendía al uso real. Así Gilbert Ryle, en su The Concept of Mind, disolvía el antiguo y agudo problema del libre albedrío. Se puede plantear este problema como el de si hay acciones voluntarias. Dado que somos parte de un mundo natural sujeto a influencia causal, nuestros movimientos son tan voluntarios como los de cualquier otro cuerpo físico. Pero donde no hay voluntariedad no hay libertad ni responsabilidad moral. En consecuencia, nuestras ideas morales son inaplicables. Esto nos parece intolerable y ahí se genera el problema filosófico. No obstante, según Ryle, en su uso corriente, ‘voluntario’ e ‘involuntario’ sólo se aplican a acciones que no deben realizarse. Discutimos sobre la voluntariedad o involuntariedad de una acción cuando nos preocupamos de si algo ha sido culpa de alguien y tenemos un modo de responder a la pregunta en estos casos que no pone en cuestión ninguna convicción moral. Lo que crea un problema que parece insoluble es tan sólo el hábito de algunos filósofos de generalizar la cuestión a la totalidad de nuestros actos, y por lo tanto de aplicar la palabra ‘voluntario’ fuera de su uso legítimo. Una adecuada atención al uso disuelve el problema.
Otro filósofo de esta escuela, Strawson, consideró la lógica que Frege, Russell y el Wittgenstein joven habían discutido y su aplicación al lenguaje corriente, que estos autores daban por descontada. Strawson consideró una conectiva corriente como ‘o’, cuyo significado damos por resuelto muchos filósofos de tendencia lógica con su tabla de verdad (la que ustedes pueden ver en su hoja). ‘A o B’ es verdad cuando A, B o ambos lo son y falso en caso contrario. Ese es todo el significado de ‘A o B’. Sin embargo Strawson nos hace pensar en cómo usamos tal expresión. Si se nos pregunta, “¿A dónde ha ido María?” y respondemos, “al cine o a pasear”, nuestra respuesta sólo es adecuada si no sabemos a cuál de los dos sitios ha ido María y por lo tanto eso es lo que entenderá la audiencia. Esto muestra que la idea que muchos tenemos de que nuestra respuesta es verdadera si María ha ido a pasear aunque nosotros sepamos perfectamente que es ahí adonde ha ido no concuerda con el uso corriente y es por lo tanto errónea, para un filósofo del lenguaje corriente. Otro tanto detecta Strawson en los cuantificadores universal y existencial. Un lógico dirá que ‘Todos mis amigos tienen un Ferrari’ es verdadera si y sólo si no hay nadie que sea amigo mío y que no tenga un Ferrari, en particular en el caso de que yo no tenga amigos. Para Strawson, en ese caso no es adecuado proferir tal enunciado que por lo tanto no es verdadero. ‘Todos mis amigos tienen un Ferrari’ sólo es verdadera en caso de que tenga amigos (más de uno) y cada uno de ellos posea un Ferrari. Asimismo, de acuerdo con su elucidación lógica, “algunos alumnos han suspendido” es verdadera aunque hayan suspendido todos, mientras que Strawson no cree adecuado ese uso. Si un profesor dice “algunos alumnos han suspendido”, está diciendo también que algunos han aprobado. Strawson obtiene conclusiones fuertes sobre la pretensión de que la lógica vale para el lenguaje corriente: “el lenguaje corriente no posee una lógica precisa”, nos advierte. Los filósofos de tendencia lógica deforman el lenguaje al pretender que la lógica se le aplica. Un chiste puede ilustrar esta idea. Se dice que un lógico, o un filósofo de tendencia lógica, es una persona a la que se le pregunta: “¿Quiere usted café o te?” Y te responde: “Sí.”
En manos de los filósofos del lenguaje corriente la frontera entre semántica y pragmática se disuelve. Se podría decir que la pragmática ocupa el territorio completo. Es por ello notable que fuese un discípulo de esta escuela, Paul Grice, un practicante de este estilo de filosofía, quien devolviese a la demarcación su vigencia. Grice estaba de acuerdo en la importancia de estar atentos al uso lingüístico y en la posibilidad de equivocarnos grandemente si no le prestamos bastante atención. Pero también nos equivocaremos, opinaba, si nos centramos demasiado en el uso y confundimos los aspectos semánticos con los pragmáticos. Cómo esto sucede y cómo evitar caer en ese error es lo que vamos a ver a continuación.
Una observación obvia es que hay que distinguir entre la proposición (el contenido informativo, si se quiere) que una proferencia expresa y las muchas proposiciones que esa proferencia puede conducir y que un oyente de la proferencia puede obtener. Si tras de una noche rica en Valdepeñas mañana por la mañana me dirijo a la cafetería de mi hotel y le digo al camarero “Por favor, desearía un café y un Alka-Seltzer”, este pasará a creer, además de que yo quiero un café y un Alka-Seltzer, que soy catalán y que padezco resaca, pero es intuitivamente bien claro que eso no es lo que yo le he dicho, ni siquiera lo que he querido comunicarle. Esta abundancia de información, que sobrepasa lo que nuestras palabras dicen, puede ser usada en ocasiones con propósitos comunicativos para transmitir proposiciones diferentes a la expresada. Una anécdota famosa cuenta que Bernard Shaw, en la época en que era la conciencia literaria de Inglaterra, recibió la visita de un escritor en ciernes, que le entregó el manuscrito de una obra de teatro con el ruego de que le manifestara su opinión, tan valiosa. Al cabo de unos días volvieron a verse y Shaw devolvió el manuscrito al joven con el comentario: “La ortografía, magnífica.” A nadie le extraña que el joven autor quedara decepcionado, pues la proposición transmitida fue que la obra era mediocre. Pero notemos que esa no era la proposición expresada ni se seguía lógicamente de la proposición expresada. Así, que la obra era mediocre no lo decían las palabras de Shaw, pero parece natural pensar que eso es lo que querían decir o parte de lo que querían decir.
Parece pues que somos capaces de transmitir más de lo que nuestros enunciados dicen en un contexto determinado. Y somos capaces de entender eso de más que nos transmiten. Se trata de una capacidad curiosa, pero perfectamente común. Grice fue el primero en explicarla y abrió un camino proseguido por muchísimos estudiosos del lenguaje. Las ideas de Grice, sin embargo, continúan siendo las básicas.
Empecemos por lo que una proferencia dice (says). Esto está estrechamente ligado al significado convencional del enunciado emitido, pero en general va más allá de ese significado, porque algunos componentes de los enunciados tienen lo que llamamos un valor indéxico, es decir, refieren al contexto. El significado de ‘yo’ es perfectamente fijo y se refiere siempre al hablante, pero cuando yo digo ‘(yo) tengo hambre’ estoy diciendo que Ramon Cirera tiene hambre, mientras que si Pedro pronuncia las mismas palabras dice que Pedro Rojas tiene hambre. Un enunciado dice lo que dice en un contexto, gracias a su significado convencional y a cómo el contexto da valor a lo que los indéxicos buscan (el hablante, en nuestro ejemplo).
Más allá de lo que decimos (say) hemos visto que existe la manera de transmitir más cosas. Grice define así lo que queremos decir (mean): Un hablante H, al proferir el enunciado E quiere decir que p sólo si hay una audiencia A tal que H profiere E con la intención de que 1) A llegue a pensar que p, y 2) A se dé cuenta de que H tiene la intención de que se dé 1). Según esta definición Bernard Shaw quería decir que la obra del joven autor era mediocre, pues se cumplen 1) y 2). Por otro lado, el punto 1) excluye casos como el de mi petición de café y Alka-Seltzer, en el que yo no quería decir que tenía resaca. El punto 2) excluye casos de manipulación en los que se lleva a la audiencia a pensar algo, pero sin que se dé cuenta de ello. Como el ejemplo de Shaw muestra, muchas veces se quieren decir cosas que no se dicen, en los sentidos de decir y querer decir que acabamos de definir. Lo que se quiere decir, pero no se dice se implica conversacionalmente, según Grice. Así Shaw no dijo que la obra era mediocre: lo implicó conversacionalmente.
La implicatura conversacional es del todo distinta de la implicación lógica o en general de la implicación semántica. Nada semántico interviene en ella. Las convenciones del lenguaje no tienen nada que ver aquí. Se trata de una implicación meramente pragmática que tiene su raíz en la naturaleza de la situación en que se da: la conversación. Para Grice, la conversación es una empresa que se lleva a cabo mediante esfuerzos cooperativos y con un propósito común, que fijado o definido tácitamente de entrada y que puede ir evolucionando según el curso del intercambio a lo largo del tiempo. En general, la conversación viene regida por lo que Grice llama ‘el principio cooperativo’: “Haz tu contribución a la conversación de modo que cumpla con lo que exige, en el punto en que se encuentra, el propósito o la dirección aceptados del intercambio verbal en el cual estás involucrado.” En toda conversación se sigue implícitamente este principio. Bajo él, Grice distingue cuatro categorías de máximas más específicas: máximas de cantidad, de cualidad, de relación y de manera. Las de cantidad tienen que ver con la información suministrada. No se debe contribuir a una conversación con aportaciones mucho menos informativas ni mucho más informativas de lo que se espera. Si yo pregunto a alguno de ustedes a qué distancia queda Calatrava, no será una contribución adecuada a la conversación que me responda que a menos de cinco mil kilómetros, pero tampoco aportará una buena contribución alguien que me facilite la distancia exacta en milímetros. La categoría de cualidad exige no decir lo que creemos que es falso ni aquello que no tenemos razones para creer verdadero. Quien no tenga ni idea de donde queda Calatrava no debe soltar una cifra de kilómetros al azar como respuesta a mi pregunta. A su vez, la máxima de relación exige que seamos pertinentes en nuestra aportación, esto es, que no digamos algo que no tiene que ver con aquello de lo que hablamos. Decir “No hay vino como el de Valdepeñas” no parece una respuesta adecuada a mi pregunta anterior, aunque pueda ser cierto. Finalmente, las máximas de manera nos piden no ser obscuros, ni ambiguos, ni innecesariamente prolijos ni desordenados.
Dos observaciones son de rigor. En primer lugar, las máximas exigen cosas distintas en cada situación. La oscuridad, la ambigüedad y las razones para creer algo se verán de distinta manera en una conversación entre astrólogos que en una conversación entre jardineros. En segundo lugar, no se pretende que estas máximas sean todas las que estén en juego. Puede haber otras. Del mismo modo, no es necesario pensar que todas son igual de importantes. En ocasiones pueden entrar en conflicto y no se puede decir en general cómo este va a resolverse. Sin embargo, lo importante es que estas máximas, y quizás otras, se siguen en las conversaciones, porque este hecho da la clave para entender las implicaturas.
La idea básica es que se da una correspondencia sistemática entre lo que un hablante quiere decir y las suposiciones necesarias para preservar la idea de que observa el principio cooperativo y las máximas conversacionales. Tomemos de nuevo el caso de Bernard Shaw. Su afirmación presenta una clara violación de la máxima de relación: lo que dice no es en absoluto pertinente. Tal vez también de la de cantidad: Shaw da menos información de la necesaria. Un ejemplo más claro de vulneración de la máxima de cantidad sería el caso en que Shaw hubiese dicho en respuesta a la misma pregunta: “El primer párrafo, muy bien escrito.” En ambos casos, la audiencia se ve llevada a la conclusión de que Shaw quiere transmitir otra cosa que sí es pertinente y adecuadamente informativa. En la situación en que se da la conversación, si Shaw hubiese pensado que la obra era buena, lo habría dicho y por lo tanto se concluye que piensa que no lo es, pero no quiere decirlo (tal vez porque le resulta violento o desagradable o poco elegante). Así que no lo dice, pero lo implica conversacionalmente.
En general, un hablante implica conversacionalmente aquello que hay que suponer que quiere decir si se desea preservar la idea de que está respetando el principio cooperativo, si bien no al nivel de lo que dice, sí al de lo que se implica o quiere decir. Una violación en un nivel se compensa con un cumplimiento en el otro.
Notemos que nada de esto tiene por qué suceder. La suposición de que el hablante observa el principio cooperativo puede fallar por distintas razones: el hablante puede ser un mentecato que dice lo primero que le pasa por la cabeza sin ninguna intención. Una conversación así sería sólo un diálogo para besugos. No obstante, nunca llegamos ni a considerar tal posibilidad. Suponemos (si no hay motivos de peso para lo contrario) que el hablante es un individuo racional y metido en la conversación. Podemos suponer de más y llegar a implicaturas inexistentes a partir de un mero despiste. Inversamente, a veces las implicaturas no llegan a sus supuestos receptores: el hablante y el oyente pueden ver el contexto de modos distintos o pueden asignar peso distinto a las máximas conversacionales o simplemente el oyente es demasiado vago o inepto para calcular, esto es, para elaborar el razonamiento que le lleve a la implicatura. Muchas cosas pueden ir mal, pero con todo es impresionante la cantidad de veces en que todo va bien. Sucede tanto que hacemos moralmente responsables a nuestros semejantes no sólo de lo que dicen sino también de lo que implican conversacionalmente. En otros países con una tradición jurídica más arraigada, como Estados Unidos, las implicaturas generan también responsabilidad legal, lo que en muchos casos, como por ejemplo en publicidad, parece del todo adecuado.
He mencionado que el oyente debe calcular la implicatura. Esto es esencial. No se puede decir que hay una implicatura si no es verdad que un oyente podría llegar a ella razonando a partir de lo que el hablante dice y del contexto en que lo dice. Debería poder razonar de un modo como el siguiente: el hablante ha dicho que p; no hay motivo para pensar que no observa el principio cooperativo y no podría decir que p y observar el principio si no desease comunicar que q, esto es si no pensase que q, quisiese que yo pensase que q y que yo me diera cuenta de su intención de que yo pensase que q; no ha hecho nada para impedir que piense esto; así pues, está implicando conversacionalmente que q.
Hay todavía otra condición que debe darse para que haya una implicatura conversacional. Las implicaturas han de ser cancelables, esto es ha de ser posible hacer de modo explícito o implícito que no se den y ello sin caer en contradicción ni manifiesta irracionalidad. Esto las hace completamente distintas de las implicaciones lógicas o semánticas.
Consideremos estas últimas. Si un hablante dice que p y esto implica lógica o semánticamente que q, no puede negar q sin contradecirse. Por ejemplo, si yo les digo “Pasqual Maragall es un hombre soltero”, mi afirmación implica lógica y semánticamente que Maragall no está casado. Si ahora añado “Maragall está casado”, me estoy contradiciendo. En cambio, Bernard Shaw podía cancelar su implicatura añadiendo a su frase “La ortografía es magnífica” la coletilla “y además la obra es espléndida”. Ninguna contradicción se derivaría de las afirmaciones de Shaw.
La implicatura conversacional es un fenómeno ubicuo en nuestros intercambios lingüísticos. Siempre debemos calcularlas (y han de ser así calculables) y siempre ha de ser posible cancelarlas sin contradicción. Es muy importante darse cuenta de que no reposan en nada estrictamente lingüístico, sino en el hecho de que el uso del lenguaje en la conversación es una actividad racional y los principios que lo gobiernan son los que gobiernan la acción racional. Nada semántico más allá de lo que se necesita para entender lo que literalmente se dice nos ayuda en general a entender una implicatura.
El ejemplo de Shaw y muchos otros que ustedes pueden imaginarse constituyen casos de implicatura conversacional particularizada. Grice considera también implicaturas conversacionales generalizadas. La diferencia estriba tan sólo en el grado de dependencia del contexto. Las particularizadas dependen mucho del contexto, en el sentido de que sólo se dan en ciertos contextos muy determinados. En el caso de Shaw, si su comentario fuera sobre la redacción escolar de un niño, no podríamos inferir ninguna implicatura. Las implicaturas generalizadas en cambio valen en muchos contextos, porque las creencias sobre el contexto necesarias para llevar a cabo el cálculo son muy pocas, muy básicas y muy generales. Por otro lado, parecen más directas, porque muchas veces el hablante no desea trazar un contraste entre lo que dice y lo que quiere decir, pero no dice. Esto hace que parezcan implicaciones semánticas y no pragmáticas. Según Grice esta impresión es errónea: la distinción entre unas y otras es de grado, no de naturaleza.
Ejemplos de implicaturas generalizadas nos los ofrecen casi todos los dispositivos lógicos del lenguaje natural, aquellos que según los filósofos del lenguaje corriente anteriores a Grice no tenían nada que ver con los que la lógica definía. Consideremos los mismos que vimos al inicio, esto es el disyuntor ‘o’ y los cuantificadores. Hay problemas parecidos, que tal vez ustedes puedan plantearse, con las otras conectivas y cuantificadores. La idea era que el uso de la partícula ‘o’ en el lenguaje natural servía para decir algo más que lo que dice la tabla de verdad que la elucidación lógica le asigna: expresaba también una posición epistémica del hablante: este manifestaba ignorancia sobre cuál de los dos enunciados de la disyunción era verdadero. La respuesta de Grice es que esto no es así. La partícula ‘o’ no dice nada más que lo que la tabla de verdad le atribuye. No tiene otra función semántica que representar esa tabla de verdad: un enunciado disyunción de dos enunciados será verdad siempre que uno de los dos lo sea y falso en caso contrario. Pero, y ese es un pero importante, hay un buen motivo para no usar una disyunción cuando sé cuál de los dos enunciados disyuntos es verdadero. Hacerlo conlleva vulnerar el principio cooperativo a través de algunas de sus máximas. La de cantidad, por lo menos, y probablemente también la de pertinencia. Si me preguntan dónde está María y sé que está en un lugar determinado, digamos en el cine, una respuesta verdadera es que está en el cine o cultivando albaricoques en Sebastopol, ya que si es verdad que está en el cine, lo es que está ahí o en otra parte. Pero mi respuesta no es conversacionalmente adecuada, porque es menos informativa de lo necesario (para el objetivo conversacional). A la vez, podemos pensar que ofrecer esa otra posibilidad disyuntiva no es pertinente en muchos casos. El único modo de hacer que la respuesta sea adecuada y que cumpla con las máximas es pensar que la disyunción corresponde a la información que tengo y que, por lo tanto, por lo que yo sé María podría estar en cualquiera de los dos sitios. Eso es pues lo que se implica conversacionalmente. Notemos que la implicatura no se da en las ocasiones en que queda implícita o explícitamente cancelada. Imaginemos que la televisión entrevista al entrenador del F.C. Barcelona minutos antes del partido contra el Real Madrid. Tanto Saviola como Ronaldinho están en la lista, pero no es público quien va a jugar de salida y los periodistas se lo preguntan. “Jugará Saviola o Ronaldinho”, responde. Está claro que el sabe quien va a jugar. Lo que se implica conversacionalmente aquí es otra cosa, a saber, que no quiere decirlo
Veamos qué sucede con los cuantificadores. El cuantificador universal es más complicado, así que veremos el existencial. Supongamos que vemos al profesor de camino a colgar las notas de un examen y le preguntamos cómo ha ido. “Algunos alumnos han suspendido”, nos aclara. ¿Está diciendo que alguno ha aprobado? Según Grice no. Solamente dice que los hay que han suspendido y eso es compatible con que todos lo hayan hecho. Sin embargo, la proferencia del profesor implica conversacionalmente que también hay alumnos que han aprobado. La implicatura se calcula así: la proposición de que todo estudiante ha suspendido es informativa en ese contexto. Si el profesor piensa que es verdadera (notemos que el profesor tiene todos los exámenes corregidos, o sea que sabe si lo es), debe expresarla. De otro modo vulnera la máxima de cantidad (da menos información que la requerida) y de cualidad (es oscuro y ambiguo). Como que no la ha expresado, se puede inferir que no la cree o que no dispone de datos para afirmarla. Dado que esto último no se da, sólo queda concluir que no cree que todos hayan suspendido y que esto es lo que quiere decir, aunque no lo diga. Así, se implica conversacionalmente que alguno ha aprobado. Debe notarse que la implicatura no se da si el profesor no dispone de información suficiente, por ejemplo si sólo ha corregido unos cuantos exámenes.
Es importante notar asimismo que estas implicaturas son cancelables. No es contradictorio decir “María está en el cine o paseando. De hecho está en el cine”. Tampoco lo es decir “Algunos alumnos han suspendido. En realidad, todos.” La implicatura puede cancelarse también implícitamente. El profesor puede escenificar su mirada más cínica, dando a entender que no se compromete con nada más que con lo que literalmente dice, desarmando así la implicatura.
Resumamos lo que ha llevado a cabo Grice. Ha trazado con nitidez la frontera entre semántica y pragmática. El significado viene fijado por el uso en el sentido en que este depende de convenciones lingüísticas y estas se crean a partir de la conducta lingüística de los hablantes de una lengua. Pero el significado no es el uso en sentido laxo. Una vez las expresiones significan lo que significan, ese significado va a hacer posible que sean usadas de diversos modos. Esos usos no afectan al significado. Su estudio corresponde a la pragmática. Esta toma al lenguaje, con su significado, como una herramienta más de las que los seres humanos disponen para interactuar entre ellos y con el medio que les rodea, previsiblemente, o por lo menos principalmente, de modo racional.
Podemos agradecer al filósofo inglés Paul Grice que nos haya ayudado a trazar con firmeza una frontera conflictiva. Los resultados de Grice han sido y son discutidos, como todo resultado científico y todavía más como todo resultado de una ciencia sobre el lenguaje, tema resbaladizo como pocos. Pero en su esencia han sido generalmente aceptados. ¿Podemos quedarnos tranquilos y abandonar los puestos de vigilancia fronterizos?
Pues no. Las mismas ideas de Grice dan pie a una nueva incursión de la pragmática en tierra presumiblemente semántica. Recordemos que, según nuestra consideración anterior, lo que una proferencia dice tiene que ver con el significado convencional del enunciado proferido. Esto es verdad hasta cierto punto. Ya hemos advertido que el significado convencional no determina completamente lo que el enunciado dice más que en enunciados muy particulares, como ‘todo hombre es mortal’, enunciados que los filósofos denominan ‘eternos’. Los enunciados normales, cotidianos, necesitan atender al contexto para fijar lo que dicen. ‘Ayer llovió’ dicho hoy dice que el día 3 de diciembre de 2003 llovió. Dicho por el médico que atendía a Franco en el momento de su muerte dice que el 19 de noviembre de 1975 llovió. Esto es así porque ese enunciado contiene una palabra indéxica, ‘ayer’, que siempre remite al día anterior al de su proferencia. Luego hace falta acudir al contexto para saber lo que este enunciado dice, pero el modo de acudir a ese contexto viene convencionalmente (semánticamente) especificado. Forma parte del significado de ‘ayer’ que se refiera al día anterior al de su emisión.
Las cosas no son siempre tan sencillas, por desgracia. No siempre está tan claro que una palabra tiene un significado y que es este el que se usa para llegar a lo que se dice. Consideren el enunciado: Traje el libro de Pedro.Supongamos (lo que ya es mucho suponer) que ‘traje’, ‘el libro’ y ‘Pedro’ sean expresiones con un significado perfectamente claro y no ambiguo. ¿Qué sucede entonces con ‘de’? ¿Qué relación expresa? Puede que esté hablando del libro que Pedro escribió, del que es propiedad de Pedro, del que Pedro recomienda; las posibilidades son innumerables. Esto sólo nos dice que la preposición ‘de’ es ambigua, que tiene muchas posibilidades convencionales de significado. Pero cuál es concretamente el significado adecuado aquí sólo puede decirlo el contexto.
Se da un fenómeno más extremo con los cuantificadores. Imaginemos que Pedro, en un arrebato de amabilidad y para tenerme contento como conferenciante, me dice: Hoy han venido todos los estudiantes.Yo podría responderle: “Pedro, me estás mintiendo. Mi hija es estudiante y no ha venido. Acabo de hablar con ella y está en casa, en Barcelona.”
Mi réplica parecería absurda. Pedro no me estaba diciendo que todos los estudiantes del mundo han venido hoy aquí, sino que una cierta restricción de ellos ha venido. Los estudiantes del curso o de la asignatura. El contexto identifica la restricción, pero muy notablemente lo hace de un modo no guiado por los significados convencionales de las palabras. Este caso es mucho más drástico que el anterior, porque no puede explicarse a partir de distintos significados convencionales que hagan la expresión ambigua.
Notemos en qué situación estamos. Habíamos supuesto que era el significado de las expresiones el que determinaba lo que se decía (o lo que se podía decir, si la expresión era ambigua). El contexto era necesario a veces, pero el significado nos decía que había que tomar en consideración el contexto. A partir de ahí, de lo que se decía, encontrábamos lo que el hablante quería decir, determinado pragmáticamente por el contexto y las máximas de Grice. Pero ahora vemos que un mismo significado puede ser usado para decir cosas muy distintas (para expresar distintas proposiciones, podemos decir) de un modo que el significado no puede explicar (a diferencia de lo que pasaba con ‘ayer’, por ejemplo). Parece que nuestro modelo tiene huecos y que hacen falta más explicaciones de las que tenemos en este momento a mano.
Algunos autores han sugerido que el mismo aparato pragmático que Grice confeccionó para explicar las implicaturas conversacionales puede ser usado para explicar también lo que se dice, para salvar el vacío entre lo que el significado restringe sólo en parte y la proposición expresada. En el ejemplo anterior, el ámbito del cuantificador en ‘todos los estudiantes’ se interpreta de un modo que haga que la proposición expresada encaje con la suposición de que el hablante está diciendo algo verdadero, pertinente, etc.
Si eso es así, los procesos pragmáticos intervienen en dos puntos: en la constitución de lo que se dice y en la determinación de lo que se quiere decir aunque no se diga. Se ha llamado a estos dos procesos ‘procesos pragmáticos primarios’ y ‘procesos pragmáticos secundarios’.
Hay muchos posibles ejemplos de procesos pragmáticos primarios: cuando esta tarde llegué a Ciudad Real, Pedro me preguntó amablemente si deseaba comer algo. “Muchas gracias, ya he comido”, le respondí. Está claro que lo que le estaba diciendo era que ya había comido hoy, y así lo entendió Pedro. Imaginemos que un día quedo con un amigo para pasear por el parque. Media hora antes le telefoneo y le digo: “Dejémoslo estar. Está lloviendo.” Le estoy diciendo que llueve en nuestra ciudad, no en algún lugar del mundo.
En todos estos casos parece intuitivo que lo que se determina a partir del contexto de forma no reglada es lo que digo y no lo que implico conversacionalmente. Si fuese lo segundo, no habría que alterar para nada la teoría de Grice y la frontera semántica-pragmática quedaría en su sitio. Pero ¿puede ser que cuando digo “Ya he comido” esté diciendo literalmente que he comido alguna vez en la vida y sólo implicando conversacionalmente que eso ha sucedido hoy? Hay por lo menos dos motivos para pensar que no es así. En primer lugar, lo que se dice y no lo que se implica conversacionalmente es lo que tiene pertinencia a la hora de considerar la verdad de la proferencia. Cuando Shaw decía “La ortografía magnífica”, estaba diciendo la verdad si el autor joven no había escrito mal ninguna palabra ni pasado por alto ninguna concordancia, con independencia de que la obra fuese buena o mala. Comparemos esto con mi “Ya he comido”. ¿Estaría diciendo la verdad si estuviera en ayunas desde ayer? Mi intuición es que no.
En segundo lugar, está la conciencia que tenemos de lo que se dice. Lo habitual es que el hablante y el oyente sean conscientes de lo que se dice como distinto de lo que se implica conversacionalmente. Eso sucede claramente en el caso de Bernard Shaw. No obstante, no está en absoluto claro que eso suceda en todos los casos de implicatura conversacional y, si lo exigimos, algunas implicaturas dejan de serlo. No voy a profundizar más en este problema. Es un tema vivo de discusión y sería difícil de encajar en esta charla. Pero la conclusión a la que quería llegar ya está a la vista: Grice nos dio un modo mejor de entender las relaciones entre semántica y pragmática. Ese es un resultado cuasi-permanente, por lo menos en la medida en que los resultados filosóficos lo son. No obstante, la frontera entre las dos disciplinas continúa siendo disputada y no hay perspectiva inmediata de que deje de serlo. La aportación de Grice ha sido muy importante en la medida en que después de él no podemos mirar las cosas como antes: nuestra perspectiva es ahora más sabia. Por otro lado, es fácil que, como hemos visto, usemos las técnicas de Grice para enmendarle la plana a Grice. Esto viene a ser un homenaje paradójico.
El lenguaje es probablemente la capacidad más compleja que poseemos. Necesitamos abordar toda su dimensión con todas las herramientas. Que las fronteras entre las distintas disciplinas que estudian el lenguaje sean porosas no debe ser motivo de sorpresa ni de preocupación. Debemos estar abiertos a la comprensión de los fenómenos aunque eso nos lleve a reformular a veces nuestras nociones. Cualquier otro proceder no sería científico."

Ramon CireraDepartament de Lògica, Història i Filosofia de la CienciaUniversitat de Barcelona
Textos sobre pragmática lingüística