miércoles, 12 de septiembre de 2007

Nacimiento del teatro medieval


El teatro medieval ofrece un curioso ejemplo de repetición de un hecho literario, que que su origen y sus primeros tanteos se deben al mismo fenómeno que produjo el teatro en la antigua Grecia, o sea a una prolongación del culto religioso. En ello no existe ni sombra de actitud imitadora por parte de los que, inconsciente y conscientemente, atribuyeron al nacimiento del teatro. El caso esporádico de la monja Rosvita trasladando a Terencio a lo divino y los humanísticos ejercicios de los cultivadores de la llamada comedia elegíaca latina, son fenómenos literarios totalmente desligados de los orígenes y evolución del teatro medieval. Cuando en el siglo XII Honorio d'Autun afirma que la tragedia es un poema que trata de guerras al estilo de Lucano, la comedia es un canto nupcial al estilo de Terencio, la sátira un poema educativo y la lírica un poema laudatorio de dioses o de reyes, se advierte una real desorientación sobre los géneros de la literatura latina, confundidos entre sí y concebidos desde un punto de vista práctico.
El teatro medieval es un fenómeno cristiano nacido en la Iglesia como institución y en la iglesia como edificio. Desde un punto de vista puramente profano la Misa no es más que la reproducción conmemorativa del sacrificio de Nuestro Señor en la que intervienen el diálogo entre celebrante y acólitos y el gesto. Aun hoy día los oficios de Semana Santa, con sus partes dialogadas entre celebrantes y coro son una dramática representación de la Pasión, y el fiel que asiste a ellos siempre tiene algo de "espectador". En realidad, en aquellos momentos tan cargados de intensidad religiosa y de espiritualidad podemos presenciar el nacimiento de un género literario, como si por un milagro nos fuera dado oír al primer juglar que entonó un cantar de gesta. El diálogo entre pueblo y celebrantes se intensificó en la liturgia medieval con la intercalación de los tropos en los oficios divinos, fenómeno propio de la época carolingia. Los tropos, variedad del canto antifónico, exigían una alternancia entre las voces de los participantes a los oficios y con frecuencia tenían un marcado carácter dramático, como el famoso Quem quaeritis dialogado entre el ángel que guarda el sepulcro de Cristo y las tres Marías. Precisamente poseemos un texto de capital importancia sobre los aspectos dramáticos que adornaban el canto en este tropo gracias a un curioso pasaje de la Regularis concordia, obra escrita entre 959 y 979 por el obispo inglés Ethelwold de Winchester. El viernes Santo se disponía en una parte del altar a un hueco cubierto con un velo blanco, que representaba el Santo Sepulcro; tres diáconos se acercaban a él cantando antífonas y llevando una cruz que era envuelta en el lienzo y depositada en el hueco, como si enterraran a Nuestro Señor. El día de Pascua, antes de maitines, los sacristanes debían llevarse la cruz subrepticiamente y luego un sacerdote, disimulando lo posible, se acercaba al hueco y se sentaba a su lado con una palma en la mano, y otros tres, revestidos de dalmáticas y cantando, se aproximaban a él fingiendo que buscaban una cosa. Entonces, entre el primero, que desempeña el papel de ángel, y los otros tres, que desempeñan el de las tres Marías, tenía lugar el siguiente diálogo:

- Quem quaeritis in sepulchro, Christicolae?
-Iesum Nazarenum crufixum, o coelicolae.
- Non est hic, surrexit de sepulchro;
ite, nuntiale quia surrexit de sepulchro.

["- ¿A quién buscáis en el sepulcro, cristianos? - A Jesús Nazareno crucificado, ángel. - No está aquí, resucitó del sepulcro; id y anunciad que resucitó del sepulcro."] Los tres celebrantes se volvían hacia el coro y cantaban jubilosamente Alleluia!, resurrexit Dominus! El sacerdote que hacía de ángel se levantaba entonces y mostrando el sepulcro vacío de la cruz decía al pueblo: Venite et videte locum; todo el mundo cantaba la antifonía Surrexit Dominus de Sepulchro y luego el abad entonaba el Te Deum laudamos a cuyas primeras notas todas las campanas del templo eran echadas a vuelo.
He aquí una magnífica y emocionante representación sagrada del siglo X y una de las más antiguas manifestaciones de un dramatismo que no tardará en convertirse en teatro. A partir de este momento la evolución de la literatura dramática es un puro proceso de secularización y de alejamiento del altar. Sus primeras exteriorizaciones están estrechamente vinculadas a la liturgia, son en lengua latina, se desarrollan en el altar y son oficiadas por sacerdotes. Del altar pasará a la nave del templo, acrecentándose en elementos no litúrgicos, dando cierto paso a una lengua más familiar y a la colaboración de laicos. En una tercera etapa la representación tendrá lugar en la puerta del templo, con elementos inventados y cómicos y se encargarán de ella laicos que hablan en lengua vulgar. Cuando el teatro abandone el templo y se instale en la plaza o en un local apropiado, la secularización del teatro ya será definitiva y no tardarán en aparecer los representantes y profesionales, los cómicos, que se ganarán la vida divirtiendo al pueblo cuya masa, en esta ocasión, no se ha reunido en calidad de conjunto de fieles sino puramente de espectadores.

Martín de Riquer