martes, 29 de mayo de 2007

La sociedad medieval y la literatura


Para la comprensión del fenómeno literario en la Edad Media es conveniente destacar algunos aspectos que ofrece la sociedad en aquella época. Tras las invasiones germánicas que dieron fin al Imperio romano y en momentos en que Europa se ve amenazada por los mahometanos, por los normandos y por los pueblos nómadas de las estepas asíáticas, la cristiandad se estructura de un modo nuevo en comparación con las antiguas instituciones romanas. Se organiza como defensa y se jerarquiza como sociedad, con lentitud y paulatinamente, hasta quedar más o menos establecida a finales del siglo XI, época de gran interés para nosotros por darse en ella las primeras manifestaciones literarias romances conscientes y conocidas. Un mundo totalmente distinto al que poblaba el imperio romano se ofrece entonces a nuestra consideración; mundo cuyo concepto de la vida, cuyos ideales y cuyas costumbres no tan solo se reflejan en la obra literaria sino que la provocan y la explican.
La sociedad nos aparece dividida en tres estamentos: el de los que trabajan, el de los que rezan y el de los que guerrean, todos ellos conformes y compenetrados con su misión y conscientes de que lo único que les iguala es la muerte y la vida futura. En el estamento de los que guerrean surge una institución capital: la caballería. La Iglesia y la autoridad real consiguieron unir en un ideal y encauzar el vigor físico y la técnica guerrera de quienes habían escogido la violencia como medio de vida y habían constituido una especie de casta, formada principalmente por segundones "sin tierra". Una vez disciplinada y jerarquizada esta casta, y puesta al servicio de un ideal de justicia y de defensa de la cristiandad, la caballería se convierte en una poderosa organización con sus principios, sus deberes y obligaciones y su rito. Este último aspecto tiene un sentido religioso y simbólico, patente no tan solo en aquella especie de noviciado al que es sometido quien aspira a ingresar en la cabellería (palafrenero, paje, escudero), sino en las ceremonias de vela y bendición de las armas y de investidura de la orden, calcadas de los sacramentos de la Iglesia. La creación de las órdenes militares, de carácter mixto religioso y guerrero, pone la caballería al servicio de las grandes empresas de la fe, como son las cruzadas y la reconquista española. Se convierte así el caballero en el prototipo de hombre perfecto: vigoroso y diestro en las armas por un lado, justo y piadoso por el otro. Ello produce un nuevo modo de vivir y de sentir y un concepto heroico de la vida y de los valores espirituales e individuales, que en su aspecto exterior se traduce en la cortesía, otra adquisición de los tiempos medios y de la sociedad feudal.
En la clase de los que rezan destaca la figura del clérigo, el que atesora el saber intelectual. La pugna entre el clérigo y el caballero, que dio pie al más significativo de los debates medievales (pugna en el Renacimiento se intitulará "de las armas y de las letras"), llegará un momento que producirá un tipo humano híbrido, el gentilhombre cultivado que se idealiza en los héroes del roman courtois y que históricamente podemos representarnos en la figura de Ghilhem de Aquitania, el primer trovador conocido. Cuando ello ocurre la lengua vulgar ha triunfado plenamente sobre la latina en la expresión literaria culta y elaborada con conciencia de arte.
La jerarquización del mundo feudal, por otro lado, sufre una curiosa adaptación al plano sentimental y literario cuando los trovadores trasladan el espíritu y los conceptos de aquel a la poesía. Tal fenómeno es, junto con la caballería, la manifestación de un espíritu y de una actitud frente a la vida que no se conocía ni se podía sospechar en la Antigüedad y que caducaron en los tiempos modernos; por ello, precisamente, constituye una de las notas más distintivas de la Edad Media.

Martí de Riquer