miércoles, 20 de junio de 2007

Schopenhauer, 1851. El estado de la cultura

La abolición del latín como lengua culta universal y la introducción en su lugar y plaza de la pequeña burguesía de las literaturas nacionales ha sido para la ciencia de Europa una verdadera desgracia. Ante todo, porque la lengua latina aseguraba un público culto universal, al conjunto del cual se dirigía directamente cada libro que se publicaba. Pero hoy el número de los cerebros capaces de pensamiento y de juicio de la Europa entera es ya tan pequeño, que si se le mutila y dispersa su público por las fronteras de las lenguas, se debilita hasta el infinito su acción bienhechora. [...] ¡adiós entonces al humanismo, gusto noble y sentido elevado! La Barbarie volverá, a despecho de los ferrocarriles, de la electricidad y de los globos. [...] el patriotismo, si pretende afirmarse en el dominio de las ciencias, es un mezquino muy insolente, que es preciso poner en la puerta. En efecto, ¿qué hay más impertinente, cuando se trata de cuestiones pura y universalmente humanas y en las que la verdad, la claridad y la belleza deben ser los únicos factores que se pongan en juego, que pretender colocar en el platillo de la balanza vuestra predilección por la nación a la que os halagáis de pertenecer, y en virtud de esta consideración tan pronto hacer violencia a la verdad, como mostrarse injusto respecto a los grandes talentos de las naciones extranjeras, para preconizar los talentos inferiores de la propia nación? Ejemplos de este bajo sentimiento encuéntranse cada día en todos los escritores de la naciones de Europa.
[...]
La verdadera cultura humana exige, por el contrario, la universalidad y una mirada extensa, es decir, para un intelectual, en el sentido elevado de la palabra, un poco de polihistoria. Pero para ser completamente filósofo, es preciso reunir en el cerebro los polos más distantes del saber humano. De otro modo, ¿dónde podrían encontrarse?
Los talentos de primer orden jamás serán especialistas. La existencia, en su conjunto, se ofrece a ellos como un problema a resolver, y a cada uno presentará a la humanidad, bajo una u otra forma, horizontes nuevos. Solo puede merecer el nombre de genio aquél que toma lo grande, lo esencial, lo general, por tema de sus trabajos, y no el que pasa su vida en explicar alguna relación específica de cosas entre sí.

ARTHUR SCHOPENHAUER, "La erudición y los eruditos", Parerga y paralipomena, 1851