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domingo, 9 de septiembre de 2007

9 de septiembre de 1901. Muere Toulouse-Lautrec


Los títulos de las litografías se pueden consultar en:
Henri de Toulouse-Lautrec

sábado, 11 de agosto de 2007

11 de agosto de 1956. Muere Jason Pollock en un accidente automovilístico

Jackson Pollock. Uno (número 31, 1950), 1950
"[A menudo, cuando hablamos de arte] cada vez que algo está tan superlativamente bien hecho que olvidamos preguntar qué es, de tanto como admiramos el modo en que ha sido realizado. He sugerido que, cada vez más, ha sido esto lo que ha sucedido en pintura. Los acontecimientos posteriores a la segunda guerra mundial me han dado la razón. Si por pintura queremos decir simplemente la aplicación de pigmentos sobre lienzo, hay aficionados que admiran el modo en que se ha hecho esto sin tener nada más en cuenta. Incluso en el pasado, la manera en que un artista manejaba la pintura, la energía con que aplicaba las pinceladas o la sutileza de su toque eran aspectos apreciados, pero siempre dentro del contexto general logrado. [...] En China, concretamente, era donde se discutía y admiraba más la maestría de la pincelada. La ambición de los maestros chinos era adquirir tanta facilidad en el manejo del pincel y la tinta que pudieran escribir su visión mientras la inspiración estaba todavía presente, de un modo parecido a como el poeta anota su verso. Ciertamente, para los chinos escribir y pintar tienen mucho en común. Acabo de mencionar el arte chino de la caligrafía, pero lo que los chinos admiran en realidad no es tanto la belleza formal de los caracteres como la maestría y la inspiración que deben informar cada trazo.
Aquí, por tanto, habia un aspecto de la pintura que parecía estar por explorarse: la pura manipulación de la pintura, independientemente de cualquier motivo o propósito posterior. En Francia se llamó tachismo, de tache (mancha) a esta concentración sobre la marca o mancha del pincel. Fue sobre todo el artista estadounidense Jackson Pollock (1912-1956) quien suscitó interés por su modo de aplicar la pintura. Pollock se había sentido cautivado por el surrealismo, pero pronto abandonó las extrañas imágenes que poblaban sus lienzos, sustituyéndolas por ejercicios de arte abstracto. Impacientándose con los métodos convencionales, puso su lienzo en el suelo y vertió, goteó o lanzó su pintura formando configuraciones soprendentes. Seguramente recordaría las historias de los maestros chinos que habían utilizado estos métodos tan poco ortodoxos, así como cierta práctica de los indios americanos, que hacen pinturas en la arena con fines mágicos. El enredo de líneas resultante satisface dos exigencias opuestas en el siglo XX: el anhelo de la simplicidad y la espontaneidad de la infancia, que evocan la memoria de los garabatos en una etapa del crecimiento anterior incluso a la formación de imágenes; y, en el extremo opuesto, el sofisticado interés por la problemática de la pintura pura. Por todo esto, Pollock fue aclamado como uno de los iniciadores de un nuevo estilo llamado action painting (pintura en acción) o expresionismo abstracto. No todos sus seguidores usaron métodos tan extremos como Pollock, pero todos ellos creían en la necesidad de rendirse al impulso espontáneo. Al igual que la caligrafía china, estos cuadros deben ser realizados deprisa. No deben ser premeditados, sino proceder de un arranque de espontaneidad. Poca duda cabe de que, al inclinarse por este enfoque, artistas y críticos estaban influidos no sólo por el arte chino, sino también por el misticismo del Lejano Oriente, particularmente en la forma que se ha puesto de moda en Occidente que lleva el nombre de budismo zen."

E.H.GOMBRICH, La historia del arte

martes, 7 de agosto de 2007

La mujer sumisa. Dr. Talmey, O. Wilde, F.Khnopff y von Keller

"Un moderado grado de sumisión a los deseos y la voluntad del hombre que ama es [...] característico de la naturaleza femenina, y en absoluto anormal. Ni siquiera la total esclavitud sexual puede considerarse patológica, si es el medio de obtener o retener al hombre que manda. No es una perversión el que el temor a perderle y el deseo de tenerle siempre amigable, contento e inclinado al amor sean los motivos de la sumisión"
BERNARD TALMEY, Woman, 1908

"Me temo que las mujeres gustan de la crueldad, de la verdadera crueldad, más que de cualquier otra cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos. Nosotros las hemos liberado pero continúan siendo esclavas que buscan a sus amos, como si nada hubieran aprendido. Aman ser dominadas. Estoy convencido de que estuviste espléndido."
[Lord Wotton consuela de esta manera a Dorian de su sentimiento de culpa por el suicidio de la actriz Sibyl Vane]
OSCAR WILDE, El retrato de Dorian Gray, 1891

Fernand Khnopff (1858-1921). Un masque. 1899












































Albert von Keller (1844-1920). Die Tänzerin Madeleine. 1904

viernes, 3 de agosto de 2007

Francisco de Goya entrega las planchas a Carlos IV

"Excmo. Sr. : La obra de mis Caprichos consta de 80 láminas grabadas a Agua Fuerte por mi mano. No se vendieron al público más que dos días a onza de oro cada libro; se despacharon veinte e siete libros. Los extranjeros son las que más las desean y por temor a que recaigan en sus manos después de mi muerte quiero regalárselas al Rey mi Señor para su calcografía."

Francisco de Goya, Madrid, 7 de julio de 1803
Imagen: Dibujo preparatorio del Capricho 43


miércoles, 18 de julio de 2007

Georges Braque.



  • El arte está hecho para turbar. La ciencia tranquiliza.

  • En arte sólo hay una cosa que vale: la que no se puede explicar.

  • No hay que imitar aquello que se quiere crear.

  • La verdad existe; no se inventa más que la mentira.

  • Escribir no es describir; pintar no es representar.

  • El vaso da una forma al vacío y la música, al silencio.

Texto:
Georges Braque, Aforismos

Cuadros del slideshow:
Instrumentos musicales. 1908
Castillo en La Roche-Guyon. 1909
El portugués (El emigrante). 1911-1912
Frutero y vidrio. 1912
Bach todavía en vida. 1912
Todavía hay vida en la madera. 1914
Fruta en mantel con frutero. 1925
Pescado negro. 1942

Imágenes extraídas de:
O século prodigioso

domingo, 15 de julio de 2007

15 de julio de 1606. Nace Rembrandt van Rijn



El pintor más importante de Holanda, y uno de los mayores que han existido fue Rembrandt Van Rijn (1606-1669), que perteneció a una generación posterior a Frans Hals y Rubens y fue siete años más joven que Van Dyck y Velázquez. Rembrandt no anotó sus observaciones, al modo de Leonardo y Durero; no fue un genio admirado como Miguel Ángel, cuyos dichos se transmitieron a la posteridad; no fue un corresponsal diplomático como Rubens, quien intercambiaba ideas con los principales eruditos de su tiempo. Y sin embargo, nos parece que conociéramos a Rembrandt acaso más íntimamente que a ninguno de esos grandes maestros, porque nos dejó un asombroso registro de su vida, desde cuando era un maestro al que el éxito sonreía, elegante casi, hasta su solitaria vejez, cuando su rostro reflejó la tragedia de la bancarrota y la inquebrantable voluntad de un hombre verdaderamente grande. Estos retratos componen una autobiografía única.
Rembrandt nació en 1606, hijo de un acomodado molinero de la ciudad universitaria de Leiden. Se matriculó en la universidad, pero pronto abandonó sus estudios para hacerse pintor. Algunas de sus primeras obras fueron grandemente apreciadas por los eruditos contemporáneos, y a la edad de veinticinco años Rembrandt dejaba Leiden por el opulento centro comercial de Amsterdam; allí hizo una rápida carrera como pintor de retratos, se casó con una muchacha rica, compró una casa, coleccionó obras artísticas y curiosas y trabajó incesantemente. Cuando en 1642 murió su primera mujer, ésta le dejó una fortuna considerable; pero la popularidad de Rembrandt entre el público decreció, empezó a crearse deudas, y, catorce años después, sus acreedores ventideron su casa y subastaron su colección. Sólo la ayuda de su segunda mujer y de su hijo le salvó de la ruina total. Éstos llegaron a un arreglo mediante el cual él se convertía formalmente en empleado de su empresa de comercio de arte, y fue como tal que pintó sus últimas grandes obras maestras. Pero estos fieles compañeros murieron antes que él, y cuando su vida se extinguió en 1669, no dejó más bienes que algunos vestidos y sus utensilios de pintor. Sus últimos autorretratos no muestran un bello rostro, y Rembrandt no trató nunca, ciertamente de disimular su fealdad; se contempló con absoluta sinceridad en un espejo; y a esta misma sinceridad se debe el que dejemos de preocuparnos en seguida de la belleza o el aspecto exterior. Es éste el rostro de un verdadero ser humano; no hay en él el menor rastro de pose ni de vanidad, sino solamente la penetrante mirada de un pintor que escruta sus propias facciones, siempre dispuesto a aprender más y más acerca de los secretos del rostro humano. Sin esta comprensión profunda, Rembrandt no podría haber creado sus grandes retratos, tales como el de su mecenas y amigo Jan Six, quien más tarde llegó a ser burgomaestre de Amsterdam. Es casi injusto compararlo con el vívido retrato de Frans Hals, pues donde Hals nos proporciona algo parecido a una instantánea convincente, Rembrandt siempre parece mostrarnos a la persona en su totalidad. Al igual que Hals, gustaba de su virtuosismo, la pericia con que podía sugerir el lustre de un galón dorado o el juego de luz en los cuellos. Reinvidicó para el artista el derecho de dar un cuadro por acabado "cuando hubiese logrado su propósito", según sus propias palabras; y de este modo, dejó la mano enguantada meramente abocetada. Pero esto sólo contribuye a aumentar la sensación de vida que emana de su figura. Nos da la impresión de que conocemos a este hombre. Hemos visto otros retratos de grandes maestros, memorables por el modo de sintetizar el carácter de la persona, pero hasta los más sobresalientes de ellos pueden parecernos personajes de ficción o actores en un escenario; son imponentes y convincentes, mas percibimos que sólo pueden representar un aspecto de la complejidad del ser humano. Ni siquiera la Mona Lisa puede haber estado sonriendo siempre. Pero en los retratos de Rembrandt nos sentimos frente a verdaderos seres humanos, con todas sus trágicas flaquezas y todos sus sufrimientos. Sus ojos fijos y penetrantes parecen mirar dentro del corazón humano.
Me doy cuenta de que una expresión semejante puede juzgarse sentimental, pero no conozco otra manera de describir el casi portentoso conocimiento que parece haber poseído Rembrandt de lo que los griegos denominaron "los movimientos del alma". Al igual que Shakespeare, se diría ue fue capaz de introducirse bajo la piel de todos los tipos de hombres, y de saber cómo se habrían conducido en una situación determinada. Esta cualidad hace de las ilustraciones de escenas bíblicas realizadas por Rembrandt algo muy distinto de todo lo que anteriormente se había hecho. En tanto que devoto protestante, Rembrandt hubo de haber leído la Biblia una y otra vez, penetrando en el espíritu de sus episodios e intentando representar exactamente cada situación en la forma en que debió producirse y en la manera de aparecer y de reaccionar todos los personajes en tal momento. La imagen del señor con el siervo suplicante habla por sí misma.
Rembrandt apenas necesitó movimientos y actitudes para expresar el sentido íntimo de la escena; nunca es teatral. En La reconciliación de David y Abasalón, muestra un tema de la Biblia como seguramente nunca antes fue tratado: la reconciliación del rey David y su hijo réprobo Abasalón. Cuando Rembrant leía la Biblia y trataba de ver a los reyes y patriarcas de Tierra Santa con los ojos de su mente, pensaba en los orientales que había visto en el activo puerto de Amsterdam. Por ello vistió a David como un turco o un indio, con un gran turbante, y dio a Absalón un alfanje por espada. Sus ojos de pintor se sentían atraídos por la magnificencia de esos trajes y or la ocasión que le proporcionaba mostrar el juego de la luz sobre los preciados tejidos, así como el centelleo del oro y de las joyas. Podemos observar que Rembrandt fue tan gran maestro en la evocación de los efectos de esas resplandecientes calidades como Rubens o Velázquez, aunque empleó colores menos brillantes que los usados por ellos. La primera impresión que producen muchos de sus cuadros es la de una coloración parda oscura; pero esas tonalidades profundas comunican más vigor todavía a los contrastes de unos pocos matices claros y brillantes. El resultado es que la luz, en algunos cuadros de Rembrandt, parece casi cegadora; pero Rembrandt nunca empleó esos mágicos efectos de luz y sombra por sí mismos, sino para aumentar la intensidad de una escena. ¿Qué puede ser más emotivo que la actitud del joven príncipe bajo su orgullosos atavío, ocultando el rostro en el pecho de su padre, o que el rey David en su serena y penosa aceptación del sometimiento de su hijo? Aunque no vemos el rostro de Absalón, "sentimos" la expresión que ha de tener.
Al igual que Durero anteriormente, Rembrandt fue extraordinario no sólo como pintor sino también como grabador. La técnica que empleó no fue ya la del grabado en madera o cobre, sino un procedimiento que le permitió trabajar con mayor libertad y rapidez que las consentidas por el buril. Esta técnica se denomina aguafuerte; los principios en que se basa son muy sencillos: en lugar de hacer laboriosas incisiones en la plancha, el artista cubre ésta con barniz y dibuja sobre él con una aguja. En los trazos de la aguja desaparece el barniz y la lámina queda al descubierto; y ya no único que hay que hacer es introducir esta última en un ácido que atacará las partes libres de barniz, convirtiendo de este modo el dibujo en aguafuerte. Después, el aguafuerte puede imprimirse como otro grabado cualquiera. El único medio de distinguir un aguafuerte de una punta seca es considerar atentamente el carácter de las líneas. Existe una diferencia visible entre el lento y laborioso trabajo del buril y el libre y desembarazado de la aguja en el aguafuerte. En el grabado de otra escena bíblica, en el que Cristo predica entre pobres y humildes agrupados a su alrededor para oírle, esta vez Rembrandt buscó dos modelos de su propia ciudad. Durante largo tiempo vivió en el barrio judío de Amsterdam y estudió el aspecto y los trajes de los hebreos para introducirlos en sus escenas religiosas. Aquí están ellos en tropel, de pie o sentados, unos extasiados oyendo, otros meditando las palabras de Cristo, y alguno más, como el obeso personaje del fondo, tal vez escandalizado por el ataque de Cristo a los fariseos. Quienes están acostumbrados a los hermosos personajes del arte italiano se horrorizan cuando ven por vez primera los cuadros de Rembrandt, porque éste no parece haberse preocupado en absoluto de la belleza, y ni siquiera de haber tenido que huir de la fealdad sin ambages. En cierto sentido, esto es verdad. Al igual que otros artistas de la época, Rembrandt asimiló el mensaje de Caravaggio, cuya obra conoció a través de los holandeses que cayeron bajos su influjo. Como Caravaggio, estimó la verdad y la sinceridad por encima de la belleza y la armonía. El Cristo predicó entre pobres, hambrientos y tristes, y la pobreza, el hambre y las lágrimas no son bellas. Claro está que mucho depende de lo que nosotros consideremos belleza. Un niño a menudo encuentra más bella la bondadosa y arrugada cara de su abuela que las perfectas facciones de una estrella de cine, y ¿por qué no ha de serlo? Del mismo modo, puede decirse que el macilento anciano del rincón de la derecha del aguafuerte, agachado con una mano delante de la cara, mirando hacia arriba, completamente absorto, es una de las figuras más hermosas que se hayan dibujado nunca. Pero quizá no importen demasiado las palabras que nosotros empleemos para expresar nuestra admiración.
El procedimiento tan poco convencional de Rembrandt nos hace a veces olvidar cuánta habilidad y sabiduría artística empleó en la distribución de sus grupos. Nada más cuidadosamente equilibrado que la multitud que forma un círculo en torno al Cristo y que, sin embargo, permanece a una respetable distancia. En este arte de distribuir una muchedumbre en grupos aparentemente casuales, pero perfectamente armónicos, Rembrandt debió mucho a la tradición del arte italiano que en modo alguno desdeñó. Nada estaría más lejos de la verdad que suponer que este gran maestro fue un rebelde aislado, cuya magnitud no fue reconocida en la Europa de su tiempo. Es cierto que su popularidad como pintor de retratos disminuyó cuando su arte se volvió más profundo y libre de compromisos. Pero cualesquiera que fueren las causas de su tragedia personal y de su hundimiento, su fama como artista fue muy grande. La verdadera tragedia, entonces como ahora, es que la fama por sí sola no es suficiente para ganarse la vida.

Texto:
E.H. GOMBRICH, La historia del arte
Cuadros del slideshow:
  • Autorretrato, 1661-1662
  • Autorretrato. 1659
  • Jan Six. 1654. Óleo sobre lienzo
  • Siervo implorando ser perdonado. Pluma, tinta negra.
  • La reconciliación de David y Absalón. 1642. Óleo sobre tabla
  • Cristo predicando. 1652. Aguafuerte

sábado, 14 de julio de 2007

¿Qué es lo bello?




Pedro Pablo Rubens
Retrato de su hijo Nicolás
h. 1620
Lápiz negro y rojo sobre papel
























Alberto Durero
Retrato de su madre
1514
Lápiz negro sobre papel

sábado, 30 de junio de 2007

El Barroco. Bernini, columnata de la Basílica de San Pedro, 1657-1666



La arquitectura del siglo SVII pretendía impresionar. Los encargos principales eran para palacios e iglesias. Los reyes, príncipes y otros poderosos querían impresionarse los unos a los otros y someter a los demás a este poder. La Iglesia Católica -a la que se debe la edificación de casi todas las iglesias nuevas- quería proclamar el triunfo de la fe católica. Consideraba también que el edificio de la iglesia era la Casa de Dios, mientras que gobernantes, como Luis XIV de Francia, creían que gobernaban por derecho divino.Se pensaba que tanto palacios como iglesias debían ostentar el mismo esplendor. Todas las artes podían contribuir a ello y así lo hicieron. La escultura y la pintura solían jugar un papel importante. Deberíamos imaginarnos también los interiores de las iglesias y las salas de reuniones de los palacios como lugares apropiados para espléndidas ceremonias religiosas o cortesanas celebradas con trajes de ricos colores y con el acompañamiento de la música de compositores como Corelli, Scarlatti, Vivaldi y Purcell. Pero el primer impacto, siempre lo producía el marco arquitectónico, y ante este hecho se acabó dando la misma importancia al exterior de un edificio y a sus entornos inmediatos que a su interior. En las épocas clásicas se les había concedido una importancia similar, pero en la Edad Media, y hasta cierto punto incluso en el Renacimiento, los edificios tendían a dar la espalda al mundo exterior.
En ningún otro sitio puede observarse mejor este cambio de actitud que en la basílica de San Pedro de Roma. Michelangelo había pensado dar a la iglesia una bóveda simétrica cruciforme. La simetría perfecta de esta forma sólo variaría por la adición a un lado de un enorme pórtico de frontón como el del Panteón. Michelangelo probablemente pensaba que todos los edificios más viejos de los alrededores serían derribados cuando este proyecto estuviera terminado, para dejar la iglesia aislada, como algunas iglesias del siglo XVI parecidas, pero más pequeñas. Suponiendo que así fuera, el plan nunca se llevó a cabo. La nave construida por Maderna, más larga, sustituyó al pórtico proyectado. Se dotó a esta nave de una fachada amplia y ueva, no demasiado distinguida pero lo bastante alta como para tapar la bóveda principal que queda ahora detrás suyo a una considerable distancia. Frente a ella se extendía un espacio abierto de límites irregulares, con un antiguo obelisco erigido casi en el centro. Este espacio servía no sólo como acceso a la iglesia, sino también pra que se pudieran reunir grandes multitudes a recibir la bendición papal.
Bernini, con su acostumbrada brillantez, lo transformó en el más grandioso acceso imaginable, y al mismo tiempo compensó bastante los defectos de la fachada de Maderna. Alrededor del obelisco construyó dos grandes columnatas cubiertas. Cada columnata consta de cuatro filas de columnas gigantes que forman una curva continua a derecha y a la izquierda encerrando un gran óvalo: son dos brazos acogedores que abrazan el espacio, como dijo el propio Bernini. Estas columnatas se enlazaron luego mediante dos brazos rectos con los dos extremos de la fachada de la iglesia. Estos brazos son considerablemente más bajos que la fachada y están achaflanados en el plano hacia ella, y exageran su altura por simple contraste y parece que nos la aproximen. Para poder apreciar su escala y su carácter hay que pasear entre las columnas de las columnatas y por el vasto espacio central. Para quienes se dirigen a la iglesia, este espacio no es másq ue el preludio del deslumbrante interior, al cual tanto contribuye el baldaquino de Bernini y el marco de la Cátedra de San Pedro.

Extraído de:
MADELEINE Y ROWLAND MAINSTONE, El siglo XVII, Ed. Gustavo Gili, 1985

lunes, 11 de junio de 2007

Ética. Representación de la fortaleza en el arte


  1. BAMBAIA (Agostino Busti) (1483-1548). Virtudes no identificadas, posiblemente la esperanza y la fortaleza. (1582)
  2. SANDRO BOTTICELLI (1444-1510). Fortaleza. 1470
  3. ANÓNIMO. Carta del Tarot. Fortaleza
  4. RICHARD COSWAY (1742-1821), Retrato de un señor, su esposa y su hermana que representan la fortaleza presentando a la esperanza como compañía de la aflicción. 1775
  5. GIOTTO DI BONDONE (1267-1337). Las siete virtudes: fortaleza. 1306
  6. LUCA GIORDANO (1634-1705). Alegoría de la fortaleza. 1680
  7. PIETRO PERUGINO (1450-1523). La fortaleza y la templanza con seis héroes antiguos. 1497
  8. MARCANTONI RAIMONDI (1480-1534). Fortaleza. 1402 aproximadamente.
  9. G. SEPORTA (1652-1732). La Fortaleza. Siglo XVIII
  10. JAMES THORNHILL (1675-1734). Grupo alegórico que representa Londres, la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. 1708-1725
  11. JAMES THORNHILL. Fortaleza. 1725-27
  12. PAOLO UCELLO (1397-1495). Fortaleza. 1345

domingo, 27 de mayo de 2007

Lucrecia. Algunas de sus representaciones en el arte

Lucrecia era una noble romana casada con Colatino de la que se prendó el hijo del rey Tarquino; ante el rechazo de la joven a las solicitudes amorosas, el hijo del rey violó a Lucrecia. La patricia reunió a su padre, Lucrecio, a su esposo y a sus familiares para contarles lo que había ocurrido, acabando inmediatamente con su vida para lavar la afrenta. Bruto, presente en el suicidio, arrancó el puñal que Lucrecia había clavado en su corazón y juró venganza, en lo que sería el fin de la monarquía en Roma y la proclamación de la república en el año 510 a.C.

"Bruto, dejando al padre y al marido de Lucrecia inmersos en el dolor, extrajo el cuchillo de la herida de ésta, y manteniéndolo ante sí, aún lleno de sangre dijo: “ Por esta sangre tan pura antes de la ofensa real, juro, poniéndoos a vosotros dioses por testigos, que he de expulsar de Roma... a L. Tarquinio el Soberbio...” Llevaron entonces al foro el cuerpo de Lucrecia y excitaron los ánimos de las gentes.... Todos se lamentaban de la violencia criminal del rey... Los más ardientes de entre los jóvenes se presentaron armados como voluntarios. A estos les siguieron todos los demás. El rey recibió en el campamento estas noticias y se dirigió a Roma bajo el temor de esta revolución, para reprimir el movimiento... Este encontró las puertas cerradas, con lo que se le indicaba el camino del exilio....
En los comicios centuriados, convocados por el prefecto de la ciudad de acuerdo con las disposiciones de S. Tulio, fueron designados dos cónsules: L. Junio Bruto y L. Tarquinio Contatino." (TITO LIVIO, 59, 155)

sábado, 26 de mayo de 2007

Marcianos


Invaders from Mars (1953)

El misterio de los platos voladores ha sido, ante todo, totalmente terrestre: se suponía que el plato venía de lo desconocido soviético, de ese mundo con intenciones tan poco claras como otro planeta. Y ya esta forma del mito contenía en germen su desarrollo planetario; si el plato, de artefacto soviético se volvió tan fácilmente artefacto marciano, es porque, en realidad, la mitología occidental atribuye al mundo comunista la alteridad de un planeta: la URSS es un mundo intermedio entre la Tierra y Marte.
Sólo que, en su devenir, lo maravilloso ha cambiado de sentido, se ha pasado del mito del combate al del juicio. Efectivamente, Marte, hasta nueva orden, es imparcial: Marte se aposenta en Tierra para juzgar a la Tierra, pero antes de condenar, Marte quiere observar, entender. La gran disputa URSS-USA se siente, en adelante, como una culpa; el peligro, no es proporcionado a la razón. Entonces se recurre, míticamente, a una mirada celeste, lo bastante poderosa como para intimidar a ambas partes. Los analistas del porvenir podrán explicar los elementos figurativos de esta potencia, los temas oníricos que la componen: la redondez del artefacto, la tersura de su metal, ese estado superlativo del mundo representado por una materia sin costura; a contrario, comprendemos mejor todo lo que dentro de nuestro campo perceptivo participa del tema del Mal: los ángulos, los planos irregulares, el ruido, la discontinuidad de las superficies. Todo esto ya ha sido minuciosamente planteado en las novelas de ciencia-ficción, cuyas descripciones han sido retomadas literalmente por la psicosis marciana.
Lo más significativo es que, implícitamente, Marte aparece dotado de un determinismo histórico calcado sobre el de la Tierra. Si los platos son los vehículos de geógrafos marcianos llegados para observar la configuración de la Tierra —como lo ha dicho de viva voz no sé qué sabio norteamericano y como, sin duda, muchos lo piensan en voz baja— es porque la historia de Marte ha madurado al mismo ritmo que la de nuestro mundo y producido geógrafos en el mismo siglo en que hemos descubierto la geografía y la fotografía aérea. El único avance lo constituye el vehículo. Marte aparece como una Tierra soñada, dotado de alas perfectas, como en cualquier sueño en que se idealiza. Es probable que si desembarcásemos en Marte, tal cual lo hemos construido, allí encontraríamos a la Tierra; y entre esos dos productos de una misma Historia, no sabríamos distinguir cuál es el nuestro. Pues para que Marte se dedique al conocimiento geográfico, hace falta, por cierto, que también haya tenido su Estrabón, su Michelet, su Vidal de la Blache y, progresivamente, las mismas naciones, las mismas guerras, los mismos sabios y los mismos hombres que nosotros.
La lógica obliga a que tenga también las mismas religiones y en especial la nuestra, por supuesto, la de los franceses. Los marcianos, ha dicho Le Progres de Lyon, tuvieron necesariamente un Cristo; por lo tanto, tienen un Papa (y además el cisma abierto); de no ser así, no habrían podido civilizarse hasta el punto de inventar el plato interplanetario. Para ese diario, la religión y el progreso técnico, bienes igualmente preciosos de la civilización, no pueden marchar separados. "Es inconcebible, escribe, que seres que alcanzaron tal grado de civilización como para poder llegar hasta nosotros por sus propios medios, sean 'paganos'. Deben ser deístas, reconocer la existencia de un dios y tener su propia religión. "
Como se ve, esta psicosis está fundada sobre el mito de lo idéntico, es decir del doble. Pero aquí, como siempre, el doble está adelantado, el doble es juez. El enfrentamiento del Este y del Oeste ya no es más el puro combate del bien y del mal, sino una suerte de conflicto maniqueo, lanzado bajo los ojos de una tercera mirada; postula la existencia de una supernaturaleza a nivel del cielo, porque en el cielo está el Terror. En adelante, el cielo es, sin metáfora, el campo donde aparece la muerte atómica. El juez nace en el mismo lugar donde el verdugo amenaza.
Pero ese juez —o más bien ese supervisor— lo acabamos de ver cuidadosamente reinvestido por la espiritualidad común y, en consecuencia, diferir muy poco de una pura proyección terrestre. Porque uno de los rasgos constantes de toda mitología pequeñoburguesa es esa impotencia para imaginar al otro. La alteridad es el concepto más antipático para el "sentido común". Todo mito, fatalmente, tiende a un antropomorfismo estrecho y, lo que es peor, a lo que podría llamarse un antropomorfismo de clase. Marte no es solamente la Tierra, es la Tierra pequeñoburguesa, el cantoncito de pensamiento cultivado (o expresado) por la gran prensa ilustrada. Apenas formado en el cielo, Marte queda, de esta manera, alienado por la identidad, la más fuerte de las apropiaciones.


ROLAND BARTHES, Mitologías

Denis Diderot. Algunas de sus opiniones sobre el arte y la crítica

"Así pues, llamo bello fuera de mí a todo lo que contiene en sí algo con que despertar en mi entendimiento la idea de relación, y bello con relación a mí a todo lo que despierta esta idea.(...) La perfección es una cualidad que puede convenir a todos, pero no ocurre lo mismo con la belleza; sólo está en un pequeño número de objetos." (Investigaciones filosóficas sobre el origen y la naturaleza de lo bello)

"El dibujo es el que da la forma a los seres; el color es el que les da la vida, el soplo divino que los anima. Sólo los grandes maestros del arte son buenos jueces del dibujo, pero todo el mundo puede juzgar el color. Excelentes dibujantes no faltan, pero hay pocos grandes coloristas. Ocurre lo mismo en literatura: cien fríos lógicos por un gran orador; diez grandes oradores por un poeta sublime..." ("Mis ideas sobre el color", Ensayos sobre la pintura)

"Me gustaría saber dónde está la escuela en la que se aprende a sentir. (...) Sea cual sea su éxito, espere a la crítica. Si es usted un poco delicado, le afectará menos el ataque de sus enemigos que la defensa de sus amigos." (De la crítica)

"Cada edad tiene sus gustos. Unos labios rojos bien dibujados, una boca entreabierta y sonriente, unos bonitos dientes blancos, un libre modo de andar, la mirada resuelta, el pecho descubierto, unas bellas y anchas mejillas, una nariz respingona, me hacían galopar a los dieciocho años. Ahora que el vicio ya no es bueno para mí, y que yo no soy bueno para el vicio, la que me paraliza y me encanta es la muchacha de aspecto decente y modesto, que va muy bien arreglada, tiene la mirada tímida y camina en silencio al lado de su madre.
¿Quién tiene buen gusto? Yo, a los dieciocho años? ¿Yo, a los cincuenta? (...) Cada estado de la vida tiene su propio carácter y su expresión." ("Lo que todo el mundo sabe sobre la expresión, y algo que todo el mundo no sabe", (Ensayos sobre la pintura)

"Encontramos a los poetas en los pintores y a los pintores en los poetas. La visión de los cuadros de los grandes maestros es tan útil para un autor como la lectura de las grandes obras para un artista." ("Pensamientos sueltos sobre la pintura, la escultura y la poesía, para servir de continuación a los Salones. Del Gusto")


DIDEROT, Denis. Escritos sobre Arte. Madrid, Ediciones Siruela, 1994.

lunes, 7 de mayo de 2007

Paul Klee



[...]Los cubistas prosiguieron el camino allí donde Cézanne lo había dejado. En adelante, un número creciente de artistas dio por supuesto que lo que importa en el arte es hallar nuevas soluciones a lo que se llama el problema de la forma. Para estos artistas, tpues, la forma siempre se presenta primero, y el tema después.
La mejor describpición de este procedimiento la dio el pintor suizo (gran aficionado a la música a la vez) Paul Klee (1879-1940), que fue amigo de Kandinsky, pero que también quedó profundamente impresionado por los experimentos de los cubistas, que pudo presenciar en París, en 1912. Para Klee, estos experimentos no se encaminaban tanto a nuevos métodos de representar la realidad como a nuevas posibilidades de jugar con las formas. En una conferencia pronunciada en la Bauhaus, Klee explicó cómo empezó por relacionar líneas, formas y colores entre sí, agregando un acento aquí, quitándoselo allí, hasta lobrar ese sentimiento de equilibrio o adecuación tras el cual todo artista se afana. Describió cómo las formas, surgiendo bajo sus manos gradualmente, sugerían algún tema fantástico o real a su imaginación, y cómo prosiguió esta sugestión en caso de percibir que podía incrementar, y no ocultar, sus armonías si completaba la imagen que había "encontrado". Estaba convencido de que este modo de crear imágenes era mucho más fiel a la naturaleza que cualquier copia servil que pudiera hacerse. Pues la naturaleza misma, explicaba, crea a través del artista; es el mismo poder misterioso que creó las formas mágicas de los animales prehistóricos y el fantástico ámbito encantado de la fauna abisal el que se halla todavía activo en la mente del artista y desarrolla sus creaciones. Al igual que Picasso, Klee se recreó en la diversidad de imágenes que de este modo cabía producir. En realidad, es difícil apreciar el valor de sus fantasías en un solo cuadro. Pero la ilustración (la imagen que aparece en la 19ª posición del vídeo) nos da, al menos, una idea de su refinamiento y de su ingenio. La tituló El cuento de un enanito; en ella podemos observar la mágica transformación de un gnomo, pues la cabeza del hombrecillo puede verse también como la parte inferior de la cabeza de mayor tamaño situada más arriba.
No es probable que Klee hubiese premeditado este efecto antes de empezar a pintar el cuadro. Pero la libertad con que jugaba con las formas, casi como en un sueño, le llevó a la visión que entonces pudo completar. Podemos estar seguros, por supuesto, de que incluso los artistas del pasado se fiaron en ocasiones de la inspiración y de la suerte del momento. Pero aunque aceptaron tan afortunados accidentes, siempre procuraron dominarlos. Muchos artistas modernos, que comparten la confianza de Klee en la libertad creadora, consideran un error incluso la idea de proponer una finalidad deliberada. Creen que la obra debe crecer de acuerdo con sus propias leyes. Este sistema nos recuerda, una vez más, nuestros garabatos infantiles en el papel secante, cuando quedábamos sorprendidos ante el resultado de aquellos juegos al albur de la pluma, solo que para el artista puede llegar a tratarse de un planteamiento serio.

E.H. GOMBRICH, La historia del arte

domingo, 6 de mayo de 2007

La guerra.

Foto ganadora del Wordl Press Photo del 2006

Jóvenes libaneses conducen un coche deportivo por una calle de Heret Hreik, un barrio bombardeado en el sur de Beirut, Líbano, el 15 de agosto de 2006. Durante aproximadamente cinco semanas, Israel había tenido como blanco esa parte de la ciudad y otras poblaciones del sur del Líbano en una campaña contra los militantes de Hezbollah. Como se inició de manera gradual el alto el fuego el 14 de agosto, cientos de libaneses comenzaron la vuelta a sus hogares. Según el gobierno libanés unas 15.000 viviendas y 900 comercios fueron destruidos por la ofensiva israelí.
Word Press Photo

viernes, 27 de abril de 2007

Cine japonés. Sus inicios

Ozu, He nacido, pero..., (1932)

El cine japonés nació muy pronto de la mano de las Industrias Lumière. Como en Europa, también en Japón el cine arranca apoyándose en el teatro y más concretamente, en la peculiar situación de esa forma expresiva en aquel país, polarizada por el peso de la tradición (teatros kabuki y no) y por el intento de integrar las formas occidentales en las corrientes culturales propias. Lo más interesante de esta vinculación es la actitud de muchos cineastas japoneses por mantenerla, dejando en un segundo lugar (con frecuencia, en la marginalidad) las posibilidades específicas del lenguaje cinematográfico. Por supuesto, a finales del siglo XX esa tendencia tenderá a diluirse en beneficio de las corrientes de globalización, sensibles en Japón como en el resto del mundo.
No obstante, durante los primeros años (hasta los sesenta) el empeño en inclinar el cine con pretensiones de calidad hacia las fórmulas teatrales se manifestará no solo en los formatos visuales más comunes, sino también en una anécdota sumamente expresiva sobre el papel que ocupó el cine dentro de la cultura japonesa: la aparición del "narrador" (o charlatán, "benshi" o "katsuben"), que en tiempos del cine mudo tenía la función de explicar las películas en las salas de proyección, sobre todo, cuando estas no eran japonesas. E, incluso, la idea se amplió hasta el extremo de organizar pases en los que los actores profesionales aportaban su voz a los personajes de las películas mudas.
Tomo Uchida es uno de los primeros cineastas orientales en proponer el uso del cine como instrumento revolucionario, tal y como se estaba haciendo en la Unión Soviética. En esa línea realizó El zapato en 1927; más tarde rodó una adaptación de El pájaro azul de Maeterlinck, siguiendo una corriente occidental (y no solo el teatro) como fuente de inspiración. A Tomu Uchida se le considera creador del llamado "neorrealismo japonés", en cierto modo comparable al italiano, pero con un importante desfase cronológico. Las películas fundamentales de esa corriente son La ciudad desnuda (1936) y La tierra (1939). Durante la guerra de Manchuria desertó para unirse al ejército rojo y marcar el origen de la industria cinematográfica china. Terminada la guerra de Corea, regresó a Japón y realizó algunas películas históricas. En todo caso, es importante advertir que la tendencia al "realismo" es una corriente que también encontramos documentada en las primeras películas de Ozu, realizadas en este período, y en las de otros realizadores y de que nunca se alejarán demasiado los cineastas centrados en temáticas sociales.
Extraído de un artículo de Enrique Domínguez Perela

miércoles, 25 de abril de 2007

Entretenimiento

PABLO PICASSO, Júpiter y Antiope

"Hay un momento del día, cuando por la mañana has redactado tus escritos y por la tarde has despachado tu correspondencia, en que no tienes nada que hacer. Llega la hora en que estás aburrido; ese es el momento para el sexo." George Wells

miércoles, 18 de abril de 2007

Giotto





Las obras más famosas de Giotto son sus pinturas murales o frescos. Entre 1302 y 1305 cubrió los muros de una pequeña iglesia de Padua con temas extraídos de las vidas de la Virgen y de Cristo. Debajo, pintó personificaciones de las virtudes y los vicios, semejantes a las que ya habían sido colocadas en los pórticos de las catedrales nórdicas.
La fe (abajo) muestra la representación de la fe con Giotto como una matrona con una cruz en una mano y un pergamino en la otra. Es fácil observar la similitud de esta noble figura con las obras de los escultores góticos. Pero no es una estatua; es una pintura que da la sensación de estatua. Vemos el escorzo de los brazos, el modelado del rostro y del cuello, las profundas sombras en los flotantes pliegues del ropaje. No se había hecho nada semejante desde hacía mil años. Giotto redescubrió el arte de crear la ilusión de la profundidad sobre una superficie plana.
Para Giotto, este descubrimiento no fue solamente un recurso valedero por sí mismo. Le permitía cambiar todo el concepto de la pintura. En lugar de emplear los procedimientos de la pintura-escritura, podía crear la ilusión de que el tema religioso pareciese estar acaeciendo delante de nuestros mismos ojos. Para ello ya no bastó con mirar representaciones más antiguas de la misma escena y adaptar esos modelos venerados al nuevo empleo. Siguió más bien la opinión de los frailes que exhortaban al pueblo en sus sermones a que representaran en sus mentes lo que leían en la Biblia o en las leyendas de los santos como si lo estuvieran viendo, tal, por ejemplo, la Sagrada Familia del carpintero al huir a Egipto, o al Cristo clavado en la cruz. Giotto no descansó hasta haber desarrollado todo esto en sus frescos: ¿cómo aparecería un hombre, cómo se movería, cómo actuaría si tomara parte en un suceso de tal índole? Además, ¿cómo se mostraría tal ademán o movimiento a nuestros ojos?
El artista medieval no estaba interesado en representar la escena tal como pudo haber ocurrido. Se alteraba el tamaño de las figuras para que encajaran bien en la superficie delimitada y tampoco se preocupaba por el espacio: podían aparecer figuras amontonadas. Esta indiferencia respecto al espacio real en donde acaece la escena les llevaba, en ocasiones, a representar episodios diferentes dentro del mismo cuadro. El método de Giotto es por completo diferente. La pintura es, para él, algo más que un sustituto de la palabra escrita. Nosotros parecemos atestiguar el hecho real como si participásemos en la escena misma. En El entierro de Cristo (abajo) se pude observar el apasionado movimiento de san Juan, inclinándose hacia adelante, con los brazos extendidos. Si aquí tratamos de imaginar la distancia entre las figuras agachadas en el primer término y san Juan, inmediatamente nos damos cuenta de que hay aire y espacio entre ellas y que pueden moverse con holgura. Estas figuras del primer término revelan cuán enteramente nuevo era el arte de Giotto en cualquier aspecto. Recordemos que el arte cristiano primitivo volvió a la vieja idea oriental de que, para plasmar claramente un tema, era preciso que cada figura fuera mostrada íntegramente, casi como en el arte egipcio. Giotto abandonó este criterio, pues no necesitaba de semejantes artificios, mostrándonos tan convincentemente cómo se reflejaba en cada figura la aflicción por la trágica escena que hasta la advertimos en aquellas cuyos rostros se nos ocultan.
La fama de Giotto se difundió por todas partes. Los florentinos estaban orgullosos de él, se interesaban por su vida y referían anécdotas relativas a su ingenio y habilidad. Esto constituyó también una gran novedad, pues antes no ocurría nada parecido. Naturalmente que existieron maestros que gozaron de general estimación y que fueron recomendados de unos monasterios a otros, o de un obispo a otro. Pero, en conjunto, nadie pensaba que fuera necesario conservar los nombres de estos maestros para la posteridad. Eran para las gentes de entonces lo que para nosotros el ebanista o el sastre. Incluso los propios artistas no se hallaban muy interesados en adquirir fama o notoriedad. Por lo general, ni siquiera firmaban sus obras. Ignoramos los nombres de los maestros que realizaron las eculturas de Chartres, Estrasburgo o Naumburgo. Sin duda, fueron apreciados en su época, pero su gloria se la confirieron a la catedral para la que trabajaron. En este aspecto, también, el pintor Giotto inició un nuevo capítulo en la historia del arte. A partir de entonces, ésta, primero en Italia, y después en los demás países, es la historia de los grandes artistas.





















Giotto di Bondone, El entierro de Cristo, h. 1305
Fresco; capilla Dell'Arena, Padua

Giotto di Bondone, La fe, h. 1305
Detalle de un fresco;
Capilla Dell'Arena, Padua

Extraído de:
E.H. GOMBRICH, La historia del arte contada por Gombrich

domingo, 15 de abril de 2007

EN TORNO AL DOLOR EN EL BODY ART





El dolor es un tema recurrente para todos aquellos artistas que usan su propio cuerpo como soporte o elemento artístico. Aunque a primera vista, su comportamiento ciertamente pueda parecer excéntrico o, en ocasiones, exento de cualquier valor artístico, un examen detallado nos muestra cómo, sin embargo, tiene mucho que decir acerca del cuerpo y su lugar en la vida contemporánea. En este texto tan sólo se pretende una aproximación superficial al tema del arte corporal y el dolor, para lo cual dividiré el escrito en tres partes diferenciadas. La primera pretende esclarecer, a grandes rasgos, lo que sea el “Body Art”, la segunda examina el modo en que el dolor aparece en el Body Art de un modo descriptivo, y, por último, la tercera expone algunas reflexiones sobre ciertos problemas que se derivan del dolor en este tipo de arte.

Body Art: más allá de la especificidad
El término Body Art nació como una noción determinada para denominar un tipo exclusivo de comportamiento artístico, sintetizado por la revista Avalanche, llevado a cabo, entre finales de los sesenta y principios de los setenta en Estados Unidos, por artistas como Vito Acconci, Chris Burden, Bruce Nauman o Dennis Oppenheim. Sin embargo, actualmente, y aunque aún no hay un acuerdo tácito, los historiadores y críticos de arte no sólo utilizan “Body Art” en un sentido histórico, sino también en un sentido amplio e inclusivo, como una disciplina artística, una práctica o “modo de hacer” surgido de la confluencia de la danza, el teatro, la escultura y, al menos como reflexión, la pintura. Aquí, entenderé Body Art de este modo amplio, como una categoría inclusiva que incluiría a muchas otras, como happenings, performances, arte de acción, arte de comportamiento, body painting, etc. Se trata, por tanto, de concebir “Body Art” como un “género” artístico o una disciplina en el sentido en el que puede serlo la pintura o la escultura. Una evolución y una síntesis que tiene lugar entre varias artes desde finales de los cincuenta, si bien se consolida desde mediados de los sesenta y tiene su periodo de mayor esplendor durante la década de los setenta.
La principal diferencia entre el Body Art y el arte tradicional es el trabajo en el espacio real con el cuerpo real. Podríamos decir que utiliza formas y procedimientos de la danza y el teatro —el desarrollo del cuerpo en el espacio/tiempo real, si bien es una cierta realidad que no es la del mundo real, sino la del espacio fingido de la escena—, para expresar preocupaciones y reflexiones propias de la historia de la arte. Se trata de una fusión de las artes que nos da un arte no exclusivamente narrativo, ni representativo.
El surgimiento y desarrollo del Body Art camina en paralelo a todo un discurso filosófico que, subvirtiendo el sujeto-ojo cartesiano, introduce el problema del cuerpo real en el espacio y el tiempo real, una conciencia del cuerpo como lugar del placer y del sufrimiento. Un discurso que se ejemplifica sobre todo en el pensamiento francés de Bataille, Sartre, Merleau-Ponty o Jacques Laca. Por otra parte, tal y como ha señalado tanto Thomas McEvilley como Amelia Jones, no es menos palpable una influencia puramente artística como la recuperación de ciertas inclinaciones del surrealismo y el dadaísmo, en particular de Georges Bataille y de Marcel Duchamp. Éstos fueron dos figuras fundamentales
para la gestación de las neovanguardias (el minimal art, el pop art o el conceptual art) en el momento en que se cuestiona el estatus tradicional del arte, sobre todo la cuestión de la espeficidad de las disciplinas artísticas (pintura, escultura...), por lo que es posible el surgimiento de una especie de in-disciplina teatral alejada de los límites específicos predicados por Clement Greenberg y Michael Fried.

Sobre el dolor y el Body Art
A lo largo de las últimas décadas, en especial en la década de los setenta, los artistas del cuerpo han reflexionado sobre el dolor, sometiendo su cuerpo —y su mente— a situaciones y experiencias tremendamente dolorosas. Un rápido resumen: han realizado incisiones con cuchillas en sus antebrazos, párpados, vientres (como la artista francesa Gina Pane); se han hecho disparar, crucificar sobre un coche, colgar, encerrar (como el norteamericano Chris Burden); se han mordido, golpeado, mortificado (Vito Acconci); se han abofeteado, quemado, cortado, quitado trozos de la piel para trasvasarlos a otros lugares (Ulay & Marina Abramov); se han mutilado llegando incluso a la castración (como Rudolf Schwarzkogler o, más reciente, del norteamericano Bob Flanaghan); se han sometido a operaciones de cirugía estética (Orlan); o, incluso, han llegado a exhibir sus propias patologías (como el caso de Hannah Wilke, que se fotografió con el cuerpo hinchado a causa de un linfoma que le causaría la muerte).
Como se puede comprobar —y esto es tan sólo una muestra— han sido muchas las formas en que los artistas se han producido dolor o han reflexionado sobre éste de un modo explícito. Pero si las formas de inflingir dolor al cuerpo han sido de lo más variado, más aún lo han sido las motivaciones que han llevado a los artistas a este tipo de prácticas. Una de las mejores aproximaciones a este tipo de análisis sigue siendo la de Kathy O’Dell, quien, en Contract with the Skin: Masochism, Performance Art and the 1970, estableció semejanzas pero también diferencias sustanciales en trabajos como los de Chris Burden, Gina Pane, Vito Acconci y el equipo formado por Marina Abramovic y Ulay. Por lo tanto, escribir con cierta coherencia de la concepción del dolor en el Body Art requeriría entrar en detalle artista por artista y observar las peculiaridades de cada cual.
Habitualmente se frivoliza y demoniza a estas prácticas desde una perspectiva muy semejante a la de la prensa amarillas. La cuestión aquí es que sería necesario un estudio en profundidad para comprender al completo este tipo de comportamientos, ya que una lectura de superficie tan sólo nos muestra la cara más impactante y “espectacular” de la cuestión, nunca las verdaderas motivaciones. Como dice Arthur Danto, para entender una obra de arte, es necesario algo que el ojo no puede ver, algo que va más allá de la pura y simple contemplación.
Aunque se han producido dolor de manera semejante, independientemente de las técnicas que hayan utilizado, los artistas del cuerpo se han aproximado a la reflexión sobre el dolor desde concepciones diferentes. De hecho, casi nunca la reflexión sobre el dolor ha constituido un fin en sí mismo, sino que el dolor ha aparecido como metáfora o medio de denuncia. Podríamos decir que el dolor en el Body Art tendría que ver con una especie de “somatización” de otro tipo de cuestiones, por lo general políticas, raciales, identitarias, en ocasiones, religiosas, o, incluso, artísticas —cuestiones semejantes a las del cualquier tipo de arte contemporáneo—. Una de las bases de este tipo de arte se encontraría en la afirmación de la artista feminista Mary Kelly: “lo personal es político”. Una afirmación que, llevada al terreno del cuerpo, se podría transformar en: “lo corporal es político”.
Uno de los mayores centros de reflexión es, sin lugar a dudas, la problemática de género. Gran parte de las “acciones dolorosas” de Gina Pane, Mary Kelly, Ana Mendieta, Carol Schneeman, Hannah Wilke, Orlan, y un gran número de artistas corporales son “puestas en evidencia” de la objetualización y vilipendiación de la mujer en el sistema capitalista falocentrista. Las acciones de la francesa Gina Pane son quizá las más representativas. Cuando Pane, vestida de un blanco inmaculado, clava espinas de rosa en su antebrazo, mastica vidrios rotos, hace cortes en su vientre o en la planta de sus pies, cuando realiza Escalada no anestesiada y sube por una escalera cortante con sus pies desnudos; en realidad, pretende poner de manifiesto la consideración de la mujer como “herida”, como una herida sangrante y dolorosa que ha permanecido oculta y que es necesario “resaltar”, “herir”. Como observa François Pluchart, “ mediante el sufrimiento y el riesgo (…) el cuerpo se proyecta como conciencia del ser. Es pensamiento puro”. En un sentido semejante podría caminar mucho del “arte activista” gay, en el que el dolor aparece en ocasiones como provocación, como última salida (el caso de Robert Mapplethore), y, en otras, como una somatización de la enfermedad, como sucede en el caso de Ron Athey, performer norteamericano poseedor de HIV, que se causa dolor mediante cortes, tatuajes, piercing, entendiendo su cuerpo como una memoria y cartografía de la enfermedad, pero también como símbolo de la intransigencia religioso.
Aparte de la somatización de esta serie de cuestiones “de la diferencia”, propias de la sociedad postmoderna, gran parte del más interesante Body Art sobre el dolor, ha sido realizado por artistas que, aun partiendo de algunos de estos problemas (la identidad, el género...), han llevado al cuerpo a una reflexión sobre sus propios límites, no intentando tanto erigirse en metáfora de otras cuestiones, como en reflexión sobre el cuerpo en sí. Sus trabajos son, quizá, los más interesantes, puesto que responden a una novedosa toma de conciencia del cuerpo. Se trata de una exploración de los límites del yo, de una observación de hasta dónde el cuerpo puede llegar, para lo cual “el aprendizaje del dolor” es quizá uno de los elementos esenciales. Vito Acconci señaló su cuerpo con fuertes mordiscos, marcando el territorio al que podía acceder desde su boca; Dennis Oppenheim buscó los límites de la flexibilidad de su propio cuerpo sometiéndolo a una gran tensión entre dos superficies de terreno, llegando a arquear su cuerpo casi por completo; Chris Burden se hizo disparar en un hombro, crucificar sobre un Wolkswagen, se arrojó, envuelto en un saco, a una autopista… arriesgando siempre su vida, examinando la seducción del “riesgo”, una de las grandes pasiones de nuestro tiempo. Ahora bien, dentro de esta concepción del dolor como elemento de toma de conciencia del cuerpo, según mi punto de vista, las acciones más representativas han sido realizadas por el equipo compuesto por la eslava Marina Abramovic y el alemán Ulay. Sus acciones buscan llevar al cuerpo al límite, y, así, meditar sobre el límite. En Light /Dark (1977) se abofetearon uno a otro ininterrumpidamente y cada vez más fuerte durante veinte minutos; en (‘Interruption in Space’, 1977) corrían rápidamente hasta un muro, instalado en el centro de la galería, con el cual chocaban violentamente. Estos artistas también han realizado trabajos interesantes por separado. Una de las acciones más interesantes de Ulay es la realización de un tatuaje en su antebrazo y la traslación de su piel a un cuadro en la pared. Marina Abramovic ha sometido, asímismo, su cuerpo a todo tipo de experiencias límite. Una de las acciones más interesantes es Rythm 2 (1974), en la que Abramovic ingirió medicamentos psicoactivos frente al público, explorando y dando cuenta de los sus efectos.

Algunas aporías en la representación del dolor en el Body Art
Parece digno de mención uno de los momentos que más polémica ha suscitado: el grupo conocido como “accionismo vienés”. En este grupo, cuyos miembros más “activos” fueron Günter Brus, Otto Mühl, Hermann Nitsch y Rudolf Schwartzkogler, el dolor aparece en forma de automutilaciones, vejaciones y mortificaciones, todo ello revestido de una teatralidad ritual que lo hace más cercano a la estética simbolista esotérica propia de derivaciones romanticistas que a la propia reflexión corporal contemporánea.
Realidad y dolor. Una mirada de superficie hacia el arte contemporáneo muestra que la reflexión sobre el dolor, en todas sus vertientes, se ha erigido en uno de los temas y leitmotiv para los artistas, no sólo para el Body Art. Lo que ocurre es que, en el Body Art, al encontrarnos en el espacio real, esta reflexión se hace más explícita y escandalosa. Esto ha hecho que muchas veces se haya magnificado la inclinación dolorista del Body Art, llegando a confundirse una cosa con otra. La utilización del dolor en el Body Art no es un hecho aislado, sino fruto de una inclinación, de un zeitgeist o espíritu de época que sitúa a la contemporánea como una cultura del dolor.
Uno de los problemas esenciales, por tanto, es la cuestión de la realidad. Se trata de un arte donde se rompen las fronteras entre la vida y el arte, entre la representación y el mundo real. El dolor más que representado está presentado. Sin embargo ¿dónde se encuentran las fronteras entre representación y presentación? En el momento en que un artista se corta y se hace daño real en una representación ¿qué estatus adquiere ese dolor? ¿el de vida o el de arte, puesto que, aun siendo un dolor real, se ha producido en un contexto que no es completamente real?
En cierto modo, se podría decir que el dolor que se siente no es un dolor real, puesto que está implementado. El cuerpo-arte es un suplemento del cuerpo-real, por lo que quien siente no es el hombre concreto, sino el hombre-artista, es decir, un suplemento del hombre-real. Como comenta Amelia Jones, en la performance, la entidad “real” del artista desaparece, y éste actúa como símbolo en un contexto, se convierte en lenguaje. El dolor que se siente y se produce en dicho contexto es un dolor, aunque real, simbolizado, puesto en obra por medio de una serie de códigos adquiridos. Un dolor a medio camino entre lo real y lo simbólico.
Es característico del dolor precisamente su incomunicabilidad: el dolor expresado o comunicado nunca es el dolor vivido. Es más, el dolor es un fracaso del lenguaje: "suscita el grito, la queja, el gemido, los lloros o el silencio, es decir, fallos en la palabra y el pensamiento". Todo arte es un acto de comunicación. Las acciones corporales que pretenden comunicar el dolor no tendrían éxito como práctica comunicativa, dado que lo simbólico no puede abarcar la totalidad de lo real, y éstas acaban por ser obras de arte privadas, ya que gran parte de su significado queda para siempre incomunicable.
Siguiendo con los argumentos de David Le Breton, podríamos comparar el dolor en el Body Art con lo que él llama "dolor de laboratorio". El dolor de laboratorio es "un juego de sociedad, un simulacro que deja al individuo libre de retirarse de la escena en cualquier momento, e interrumpir la experiencia sin que sufra secuela alguna". Se trataría de un dolor sin miedo y sin sufrimiento. ¿En qué modo aparece el sufrimiento en estas obras? Como pregunta Le Breton: "¿Es posible, entonces, hablar del dolor cuando se elimina la ansiedad, el miedo, la sorpresa, el desmantelamiento duradero de la identidad del hombre sufriente?".
Aunque el dolor sea una sensación exclusivamente física, ésta va acompañada siempre de una reacción mental, de un sufrimiento. En el mundo real no hay dolor sin sufrimiento, es decir, sin significado afectivo que traduzca el desplazamiento de un fenómeno fisiológico al centro de la conciencia moral del individuo. El dolor físico trastoca el ser del individuo: una información dolorosa (sensory pain) implica una percepción personal (suffering pain). Ciertas prácticas de Body Art, en verdad, eliminan el sufrimiento que acompaña al dolor y se asemejan al dolor de laboratorio, como por ejemplo, algunas acciones de Chris Burden, Dennis Oppenheim, Marina Abramovic o Ulay. Sin embargo, en otras, en las producidas desde el activismo, parece que se invierte el proceso dolor-sufrimiento; y el dolor se convierte en una somatización de un sufrimiento concreto: el dolor aparece como consecuencia del sufrimiento y no como causa de éste. Las acciones de Gina Pane, Ron Athey o Pepe Espaliú, son mise en doleur de un sufrimiento interior.
Piel y visualidad. Con esto llegamos a otro de los problemas esenciales de la concepción del dolor en el Body Art. Si se observa bien, el dolor en el body art, salvo ejemplos muy concretos (quizá la ingestión de medicamentos de Marina Abramovic) tiene lugar, por lo general, sobre la superficie cutánea. Esto es algo que ha sido reseñado por James Elkins en referencia a toda la historia del arte. La piel es un criterio de identidad, constituye un yo en sí mismo. El Yo-Piel, teorizado desde ciertos lugares del psicoanálisis lacaniano —Didier Anzieu—, muestra que la piel es la envoltura del cuerpo, de la misma manera que la conciencia tiende a envolver el aparato psíquico. La piel es, por tanto, una especie de frontera o límite del cuerpo, lo que cierra el cuerpo. La mayoría de las experiencias dolorosas se concentran sobre la piel. La herida (ya sea como incisión, corte, punzada...) es una apertura del cuerpo, también una especie de intromisión del exterior dentro del cuerpo, casi una puesta en común del cuerpo que siempre aparece cerrado.
Pero, aparte de esta teorización sobre la apertura del cuerpo, el que casi el total de las acciones dolorosas se realicen sobre la piel, tiene mucho que ver con el carácter de la representación. Aquí se trata de un arte visual, por tanto es necesario la presencia de un dispositivo de visualidad, de “algo para ver”. Muchas de estas acciones se realizan en directo, con espectadores compartiendo el espacio, unos espectadores que establecen un “contrato simbólico” con el artista. Algunas de estas acciones se realizaron en privado y quedaron de ellas documentación fotográfica o videográfica. Pero incluso aquellas en la que el dolor no es sobre la piel, como pudiera ser el caso de la acción Rythm 2, de Marina Abramovic, lo que parece importar de la acción es cómo actúa esa interioridad al exterior, cómo cambia el rostro y el gesto de Marina... como eso “se da a ver”. Es arte visual.
Más allá del cuerpo cotidiano. En términos generales, tal y como ha reseñado Pedro A. Cruz, todas estas estrategias doloristas, tienen como objetivo "despertar al cuerpo" o mantenerlo despierto ante el adormecimiento en que lo sume la cotidianeidad. El dolor es quizá uno de los elementos de insomnio más acuciantes. Es necesario somníferos para poder dormir con un dolor terrible. El cuerpo cotidiano, el de todos los días —tal y como han intentado demostrar David Le Breton a lo largo de su ingente obra sobre el cuerpo moderno— se caracteriza por "un borramiento ritualizado del cuerpo": "podemos decir que la sociedad occidental está basada en un borramiento del cuerpo, en una simbolización particular de sus usos que se traduce por el distanciamiento". El arte del cuerpo, mediante la estrategia del dolor, pretende hacerlo presente, intensificando la conciencia de éste. Y uno de los mayores intensificadores es, sin duda, el dolor: el dolor acentúa la conciencia del cuerpo. Una conciencia que hace aparecer al “tacto” como sentido primordial, ya que, podríamos decir, el dolor es una sensación táctil.
El Body Art reacciona frente a la denigración del sentido del tacto en la cultura occidental. Según Jean-Luc Nancy, hay una alocución que caracteriza la conciencia corporal de occidente, Hoc est enim corpus meum —Este es Mi cuerpo—, un cuerpo sin espacio, siempre convocado, esperado, ausente. Frente a este cuerpo ausente, sin tacto (noli me tangere: el tacto es algo prohibido incluso en la modernidad, elevada sobre los privilegios de la vista y el oído (el espectáculo), pero nunca el tacto) diluido en sus acciones, el dolor actuará como señal, marca, reclamo, resalto…quiebra.
En este sentido, uno de los principales objetivos de este tipo de arte es también la contraposición a la lógica del espectáculo, subvirtiéndolo y, en ocasiones, llevándolo hasta la extenuación. El cuerpo que ofrece el espectáculo es un cuerpo aséptico, perfecto, sin dolor, sin restos. El dolor hace bajar al cuerpo del pedestal, tambalea su equilibro, rompe su ficción, llevándolo a lo Real y a la realidad. Una crítica, pues, hacia dos lugares: por una parte, despertar e intensificar el cuerpo-cotidiano, diluido en la rutina, y, por otra, desmontar el cuerpo-espectáculo, elevado sobre la hipertrofia de los argumentos de la modernidad.

[Este texto es una versión del publicado como Re-Presenting Pain in Body Art, en el catálogo de la exposición Pain. Passion. Compassion. Sensibility. Londres: Museo de la Ciencia, febrero-julio 2004.]

La imagen Pop Red es del artista Youri Messen-Jaschin

sábado, 7 de abril de 2007

¿Búsqueda de la inocencia o perversidad en el siglo XIX?


William Adolphe Bouguereau (1825-1905),
Cupido, 1981



















Lewis Carroll (1832-1898),
Mary Josephine MacDonald,
fotografía














Lewis Carroll,
Xie Kitchen, 1872,
fotofrafía











William Sergeant Kendall (1869-1938)
Child an a mirror, 1913














Edouard Toudouze,
Salomé triunfante, 1886,
óleo




















Paul Chabas (1869-1937),
Primer baño











Karl Larsson (1853-1919),
La habitación de las niñas,
hacia 1895











Matthew Maris (1839-1917),
Butterflies, 1873
















Léon Perrault (1832-1908),
Baco niño, 1897















Paul Chabas,
The Bathers








Paul Chabas,
Jovencitas jugando





William Sergeant Kendall (1869-1938),
Psyche




















"Miró a su amor dormido, cuyos brazos se entrelazaban con su cuello, expresando hasta en el sueño el tierno afán del amor. Yacía graciosamente como un niño, con la cara vuelta hacia él. Pauline parecía estar mirándole todavía y ofreciéndole su maravillosa boca, con los labios separados por su respiración pura y regular... Su actitud de gracioso abandono, tan confiada, se mezclaba con el encanto amoroso de los adorables atractivos de los niños que duermen. Incluso las mujeres más ingeniosas respetan, durante sus horas de vigilia, ciertas convenciones sociales que ponen límites a la libre expresión de sus almas; pero el sueño parece restaurar en ellas la espontaneidad que tanta belleza añade a la infancia. Como una de esas dulces criaturas venidas del cielo a quienes la facultad de razonar todavía no ha enseñado a contener sus gestos, ni la facultad de pensar en ocultar su mirada con secreta vergüenza, Pauline era incapaz ahora, de ruborizarse ante nada"

ÉMILE ZOLA, Piel de zapa




"En Gran Bretaña había una serie de editores como W. T. Stead de la Pall
Mall Gazette, Henry Labouchere del Truth y Ernest Parke del North London
Press, comprometidos cual cruzados en combatir las injusticias sociales
y quienes no temían usar sus periódicos como un vehículo para alcanzar
sus fines. Stead estuvo dispuesto, por ejemplo, a apoyar la lucha contra la
prostitución y el tráfico de niñas, y en julio de 1885 escribió una serie de
artículos en la Gazette bajo el título “The Maiden Tribute of Modern Babylon”
(“El virginal tributo de la Babilonia Moderna”), donde dejaba al descubierto
las duras realidades del tráfico sexual infantil. Los artículos relataron,
con detalles gráficos, la historia de una pequeña niña que había sido
prostituida y vendida en el extranjero; también atacaron la corrupción policial
y la hipocresía de los ricos y poderosos por hacer la vista gorda frente a
una tragedia que ayudaban a crear. Estos artículos fueron un éxito y contribuyeron
a aumentar la presión para que el Parlamento aprobara el Proyecto
de Reforma de la Ley Penal, que aumentaba la edad de consentimiento a los
dieciséis años y prohibía el secuestro con propósitos sexuales de niñas
menores de dieciocho."

Extraído del artículo de John B. Thompson, La transformación de la visibilidad

viernes, 6 de abril de 2007

Anne Brigman (1869-1950)


La dríade, 1905
Anne Brigman