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sábado, 13 de octubre de 2007

La oralidad y la escritura según Paul Valéry

"Por mucho, mucho tiempo, la voz humana fue la base y la condición de la literatura. [...] Todo el cuerpo humano, presente bajo la voz y apoyo, condición de equilibrio de la idea... Vino un día en que supimos leer con los ojos sin deletrear, sin oír, y la literatura cambió de cuajo."

PAUL VALÉRY, citado en GÉRARD GENETTE, Figuras II, 1969 (el subrayado es del autor)

viernes, 12 de octubre de 2007

Las relaciones entre el texto y el lector

Una diferencia evidente y significativa entre la lectura y todas las formas de interacción social es el hecho de que con la lectura no hay una situación cara a cara: un texto no puede adaptarse a cada lector con el que entra en contacto. En una interacción diádica, los participantes, pueden hacerse preguntas para averiguar hasta qué punto sus imágenes han llenado los vacíos creados por la no participación en las experiencias de uno y otro. El lector, no obstante, nunca puede saber cuán exactas o inexactas son las representaciones del texto que se ha hecho. Además, la interacción diádica sirve a propósitos específicos, de manera que la interacción siempre tiene un contexto regulador que funciona, frecuentemente, como un tertium comparationis, No existe tal marco de referencia que gobierne la relación texto-lector; por el contrario, los códigos que podrían regular esta interacción se encuentran fragmentados en el texto y se deben reunir o, en la mayoría de los casos, reestructurar antes de que pueda establecerse cualquier marco de referencia. Aquí, pues, en las condiciones y en la intención, encontramos dos diferencias básicas entre la relación texto-lector y la interacción social a dos. [...]
Por lo tanto, si la comunicación entre el texto y el lector va a tener éxito, está claro que la actividad del lector tiene que ser controlada de alguna manera por el texto. El control no puede ser tan específico como en una situación cara a cara y, del mismo modo, no puede ser tan determinado como un código social, que regula la interacción social. Sin embargo, los mecanismos de control qeu operan en el proceso de lectura tienen que iniciar la comunicación y controlarla. Dicho control no puede ser entendido como una entidad tangible que funciona con independencia del proceso de comunicación. Aunque utilizado por el texto, no está en el texto. [...] Lo que está ausente de las escenas aparentemente triviales, los vacíos emergiendo del diálogo, es lo que estimula al lector a llenar los blancos con proyecciones. Los sucesos lo atraen y le reclaman que supla lo denotado por lo que no está dicho. Lo dicho sólo parece tomarse en consideración en tanto que referencia a lo que no se dice; son las implicaciones y no las afirmaciones las que dan forma y amplitud al significado. Pero así como lo no dicho cobra vida en la imaginación del lector, así lo dicho se "expande" hasta adquirir más significación de lo que se pudiera suponer: incluso las escenas triviales pueden parecer sorprendentemente profundas.

Wolfang Iser


domingo, 30 de septiembre de 2007

Psicoanálisis y literatura


Para algunos autores, la influencia del psicoanálisis en el campo de lo literario ha sido tan decisiva que incluso ha llegado a alterar la manera de leer las obras literarias. Incluso se dice que las técnicas de interpretación psicoanalítica ayudan a la mejor comprensión del texto literairo y que suponen también una gran ayuda para la teoría y la crítica literarias. Aunque también se recuerda que la literatura ha sido una de las principales fuentes de interpretación del psicoanálisis. En cualquier caso, es obvia la relación entre teoría psicoanalítica y literatura. Ciertamente, el hecho de que la obra de Freud esté impreganada de cultura germánica hace que el psicoanálisis mantenga estrechos lazos con la literatura romántica del siglo XIX, en la que, como se sabe, el elemento irracional resulta decisivo. Además, autores románticos como Tieck y Schopenhauer defendieron antes que Freud el origen sexual del arte. Y notoriamente cercana a la concepción freudiana de los impusos perversos y autodestructivos se encuentra la fascinación como Baudelaire, Shelley o Poe por lo siniestro. Del mismo modo, puede decirse que la importancia del tema del sueño en los románticos encuentra su culminación en la obra de Freud. Por otra parte, para comprender muchos fenómenos literarios del siglo XX el psicoanálisis resulta determinante. Basta pensar en la "escritura automática" del Surrealismo y en ciertas técnicas narrativas como el flujo de la conciencia, recursos, ambos, basados en la técnica terapéutica de la asociación libre de ideas y, por tanto, en un claro intento de permitir que el inconsciente aflore directamente.
Según Carlos Castilla del Pino, la incidencia del psicoanálisis en la literatura se ha centrado en cuatro aspectos básicos:
  1. La dilucidación del proceso de creación.
  2. La significación del texto, es decir, de la obra, en tanto biografía "profunda" -oculta, inconsciente- del autor.
  3. Las significaciones y metasignificaciones -es decir, sobre la simbólica- del contenido del texto referidos a problemas genéricos del ser humano.
  4. La relación del tema del texto para el lector, incluido el hecho del goce estético.
Tras enumerar estos cuatro aspectos, Castilla del Pino añade una justificación para que se reconozca el interés que los puntos citados pueden tener para el ámbito de lo literario. Así escribe:


"El discurso literario es "objeto" que alguien aporta a la realidad empírica en donde están los presumibles lectores del mismo. Y es un "objeto", en efecto, por cuanto la obra, como resultado de la creación/elaboración queda objetivada y pasa a ser componente del mundo empírico, y además estable, y, además, autor y lector mantienen una relación singular con la obra, lo que se denomina relación objetal, o sea, relaciones objeto/sujeto, en la que ambos quedan involucrados no sólo como sujetos cognitivos sino también como sujetos desiderativos. Las relaciones con los personajes del autor y del lector conllevan procesos de identificación positiva, negativa o ambivalente [...]. De otra forma: autor y lector se involucran como sujetos en su totalidad, en sus formalizaciones lógicas conscientes y en las alógicas del inconsciente al establecer relaciones de y con el objeto."
Dentro de la línea crítica freudiana destacan, además de Charles Mouron, los representantes de la denominada crítica temática, entre quienes cabe destacar a Georges Poulet, a Jean Starobinski, a Jean-Pierre Richard, a Jean-Paul Weber (que fue quien primero habló de "crítica temática") y, en cierto modo, también a Roland Barthes. Este tipo de crítica se preocupa fundamentalmente por hallar el "tema" o "red organizada de obsesiones" que es central en la obra de un autor. En última instancia, se cree que cada autor tiene un tema único relacionado con algún acontecimiento olvidado que vivió en su infancia.
En cuanto a la línea crítica junguiana, hay que destacar sobre todo al suizo Charles Baudouin, a los franceses Gaston Bachelard y Gilbert Durand -máximos exponentes de la llamada "poética de lo imaginario"-, y al canadiense Northrop Frye, destacado representante del Myth Criticism, corriente basada en la creencia de que existen unos universales literarios (los mitos) en la base de toda obra concreta.

Extraído de:
DAVID VIÑAS PIQUER, Historia de la crítica literaria, Ariel



lunes, 17 de septiembre de 2007

Breve pero contundente: Harold Bloom menciona a T.S. Eliot

[Párrafo extraído del capítulo sobre John Milton]

"Cuando yo era joven El paraíso perdido no era bien visto porque a T.S. Eliot, el vicario de Cristo en las universidades, no le gustaba (mucho tiempo después Eliot permitió su regreso al canon). La mayoría de los críticos lo leían como si se tratara de un poema de C.S. Lewis, una épica elevada de "pura cristiandad"

HAROLD BLOOM, Genios

jueves, 6 de septiembre de 2007

Poética del Romanticismo

"La imaginación, más que la razón, es el camino para llegar a las más altas verdades, revelando sus poderes plenamente en la poesía más que en ningún otro lugar. Debe ser la poesía, por tanto -argumentan los románticos-, el instrumento supremo del conocimiento"

Hans Eichner, 1982

lunes, 6 de agosto de 2007

El verso, según Karl Vossler

"El verso es un Proteo: tal como Proteo surge tan pronto como el agua, tan pronto como fuego, tan pronto como culebra, tan pronto como buey, pero sin identificarse en ningún momento con el agua, el fuego, la culebra o el buey, así también puede surgir el verso ora con determinado número de sílabas, ora libre, ora con ritmo regular, ora con ritmo alterado, a veces ceñido en su sintaxis, otras con sintaxis entrecortada... y ninguna de estas propiedades señala su esencia más propia."

KARL VOSSLER, Formas poéticas de los pueblos románicos, 1960

viernes, 3 de agosto de 2007

La maestría en la narración según Mario Vargas LLosa

[el triunfo de la técnica novelesca es] "alcanzar la invisibilidad, ser tan eficaz en la construcción de la historia a la que ha dotado de color, dramatismo, sutileza, belleza, sugestión, que ya ningún lector se percate ni siquiera de su existencia, pues, ganado por el hechizo de aquella artesanía, no tiene la sensación de estar leyendo, sino viviendo una ficción que, por un rato al menos, en lo que al lector concierne, suplantar la vida."

MARIO VARGAS LLOSA, Cartas a un novelista, 1997

domingo, 29 de julio de 2007

Juan Benet o la novela pertenece al terreno de la estética, no al de la denuncia social


"Para quien no está obligado por su oficio a conocer toda la producción de una determinada rama de la cultura, tarde o temprano aquellos artículos que se conforman con su gusto se van imponiendo a aquellos que gozan de menos predilección. De esa suerte, el gusto -formado a partir de una selección de los conocimientos primeros- se convierte en una determinante principal del conocimiento, que acostumbra a progresar en cuanto aquél, no estando saturado, pueda presentar una vía abierta a la incitación. Me resulta incómodo opinar sobre una corriente literaria [la literatura comprometida política y socialmente] que, por aparejarse muy mal a mi gusto, sólo conocí muy superficialmente: quiero suponer que su mejor justificación está en el hecho de que en aquellos años apenas se podía hacer otra cosa. La situación cultural se hallaba dominada totalmente por la política, de suerte que el más tímido intento de independizar la cultura de la política había de empezar por las zonas fronterizas entre ambas, esto es -y por decirlo así-, las zonas propiamente menos cultas de la cultura. Así, pues, para buscar la independencia de juicio y de gusto era menester pasar a la oposición tanto de la literatura patriótica como de la neutra -fuera blanca, rosa o de acentuado color local-, para lo cual el cúmulo de iniquidades, arbitrariedad e injusticia de la vida social española ofrecía un campo inagotable. La desgracia de esa literatura fiscal es que ni siquiera podía hablar de la tragedia en toda su extensión; estaba casi amordazada, y lo que se leía en las novelas de la acusación era un pálido remedo de lo que pasaba en el país. En cuanto a información, suministraba mucha menos que lo que el hombre despierto podía recoger en la calle, y en cuanto al estilo, había hecho renuncia voluntaria de toda dificultad en gracia de la severidad y la sequedad de las sentencias. Y si bien me parece de poca utilidad establecer el balance cultural ateniéndose a cánones que entonces no eran posibles, es forzoso reconocer que el esfuerzo de aquellos hombres que alzaron su protesta colaboró no poco a una mayor independencia de la cultura y fue el acicate para una reacción que para ser duraredera ha de basarse en algo más que en la oposición a la primera tendencia.

Extraído de: Cuadernos para el diálogo, suplemento nº 19, "Literatura y política (en torno al realismo español), 1971

Algo de Juan Benet
Javier Marías habla de Juan Benet

miércoles, 25 de julio de 2007

La novela

"...Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo eso sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción."

Benito Pérez Galdós

"Mis dos ocupaciones más queridas son vivir y leer. Vivo para relacionarme con la realidad y leo novelas porque no conozco otra manera mejor de imaginar el mundo"

José María Guelbenzu

"... la novela nos abre la sensibilidad, y la inteligencia, al mundo de lo imaginario, es decir, de todo lo posible. Es una forma, inmediata, efectiva, de adentrarnos en otros tiempos, en otras almas, en otras conciencias y ánimos, y hacernos así partícipes de esa multiplicidad de vidas que nuestra limitada existencia no es capaz de vivir. Una utopía que sólo parcialmente llega a conseguir el actor, y que los lectores somos capaces de conquistar en un más alto grado. Leer para vivir, más intensa, más universalmente. Leer para vivir lo que no vivimos."

Ana María Navales

"No estoy seguro, pero creo que leo novelas porque he leído novelas. Quiero decir que las sigo leyendo porque en ellas me he encontrado con mucha gente (con John Silver, con Odette de Crecy, con Humbert Humbert, con Gregorio Samsa...) y porque entendería mucho menos mi propia vida sin toda esa gente, ya que, más o menos, la vida de cualquiera es una especie de castillo, y los castillos conviene que estén llenos de fantasmas."

Felipe Benítez Reyes

lunes, 23 de julio de 2007

Romanticismo. Jean Paul Ritchte. Cuando Dios muere por primera vez


La muerte de Dios abre las puertas de la contingencia y la sinrazón. La respuesta es doble: la ironía, el humor, la paradoja intelectual; también la angustia, la paradoja poética, la imagen. Ambas actitudes aparecen en todos los románticos: su predilección por lo grotesco, lo horrible, lo extraño, lo sublime irregular, la estética de los contrastes, la alianza entre risa y llanto, prosa y poesía, incredulidad y fideísmo, los cambios súbitos, las cabriolas, todo, en fin, lo que convierte a cada poeta romántico en un Ícaro, un Satanás y un payaso, no es sino respuesta al absurdo: angustia e ironía. Aunque el origen de todas estas actitudes es religioso, se trata de una religiosidad singular y contradictoria, pues consiste en la conciencia de que la religión está vacía. La religiosidad romántica es irreligión: ironía; la irreligión romántica es religiosa: angustia.
El tema de la muerte de Dios, en este sentido religioso/irreligioso, aparece por primera vez, según creo, en Jean-Paul Richter. En este gran recursor confluyen todas las tendencias y corrientes que más tarde van a desplegarse en la poesía y la novela del siglo XIX y del XX: el onirismo, el humor, la angustia, la mezcla de géneros, la literatura fantástica aliada al realismo y éste a la especulación filosófica. El célebre Sueño de Jean-Paul es el sueño de la muerte de Dios y su título completo es: Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios. Existe otra versión en la que, significativamente, no es Cristo, sino Shakespeare, el que anuncia la noticia. Para los románticos Shakespeare era el poeta por antonomasia, como Virgilio lo fue para la Edad Media; al poner en los labios del poeta inglés la terrible nueva, Jean-Paul afirma implícitamente algo que más tarde dirán todos los románticos: los poetas son videntes y profetas, por su boca habla el espíritu. El poeta desaloja al sacerdote y la poesía se convierte en una revelación rival de la escritura religiosa.
[...]
Dos temas se entrelazan en el Sueño: el de la muerte del Dios cristiano, padre universal y creador del mundo; y el de la inexistencia de un orden divino o natural que regule el movimiento de los universos. El segundo tema está en abierta contradicción con las ideas que la nueva filosofía había propagado entre los espíritus cultivados de la época. Los filósofos de la Ilustración habían atacado con saña al cristianismo y a su Dios hecho persona, pero tanto los deístas como los materialistas postulaban la existencia de un orden universal. El siglo SVIII, con unas pocas excepciones como la de Hume, creyó en un cosmos regido por leyes que no eran esencialmente distintas a las del entendimiento. Divina o natural, una necesidad inteligente movía al mundo y el universo era un mecanismo racional. La visión de Jean-Paul nos muestra exactamente lo contrario: el desorden, la incoherencia. El universo no es un mecanismo, sino una inmensidad informe agitada por movimientos que no es exagerado llamar pasionales: esa lluvia que cae desde el principio sobre el abismo sin fin y esa tempestad perpetua sobre el paisaje de la convulsión son la imagen misma de la contingencia.
Universo sin leyes, mundo a la deriva, visión grotesca del cosmos: la eternidad esá sentada sobre el caos y, al devorarlo, se devora. Estamos ante la "naturaleza caída" de los cristianos, pero la relación entre Dios y el mundo se presenta invertida: no es el mundo, caído de la mano de Dios, el que se precipita en la nada, sino que es Dios el que cae en el hoyo de la muerte. Blasfemia enorme: ironía y angustia. La filosofía había concebido un mundo movido, no por un creador, sino opr un orden inteligente; para Jean-Paul y sus descendientes la contingencia es una consecuencia de la muerte de Dios: el universo es un caos porque no tiene creador. El ateísmo de Jean-Paul es religioso y se opone al ateísmo de los filósofos: la imagen del mundo como un mecanismo es sustituida por la de un mundo convulso que agoniza sin cesar y nunca acaba de morir. La contingencia universal se llama, en la esfera existencial, orfandad. Y el primer huérfano, El Gran Huérfano, no es otro que Cristo. El Sueño de Jean-Paul escandaliza lo mismo al filósofo que al sacerdote, al ateo que al creyente.
El Sueño de Jean-Paul va a ser soñado, pensado y padecido por muchos poetas, filósofos y novelistas del siglo XIX y del XX: Nietzxche, Dostoievski, Mallarmé, Joyce, Valéry...

Extaído de:
OCTAVIO PAZ, Los hijos del limo
Imagen:
CASPAR DAVID FRIEDRICH. Cementerio del monasterio en la nieve. Óleo sobre lienzo. 1819

Texto de Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios, 1789



domingo, 22 de julio de 2007

Cortázar. La literatura como juego


"Digo juego con la gravedad con que lo dicen los niños. Toda poesía que merezca ese nombre es un juego, y sólo una tradición romántica ya inoperante persistirá en atribuir a una inspiración mal definible y a un privilegio mesiánico del poeta, productos en los que las técnicas y las fatalidades de la mentalidad mágica y lúdica se aplican naturalmente (como lo hace el niño cuando juega) a una ruptura del condicionamiento corriente, a una asimilación o reconquista o descubrimiento de todo lo que está al otro lado de la Gran Costumbre. El poeta no es menos "importante" visto a la luz de su verdadera actividad (o función, para los que insistan en esa importancia), porque jugar poesía es jugar a pleno, echar hasta el último centavo sobre el tapete para arruinarse o hacer saltar la banca. Nada más riguroso que un juego; los niños respetan las leyes del barrilete o las esquinitas con un ahínco que no ponen en la gramática"

JULIO CORTÁZAR, Último round.

miércoles, 18 de julio de 2007

Walter Benjamin. El surrealismo


"Un concepto tan radical de la libertad no lo ha habido en Europa desde Bakunin. Los surrealistas lo tienen. Ellos son los primeros en liquidar el esclerótico ideal moralista, humanista y liberal de libertad, ya que les consta que la libertad de esa tierra sólo se compra con miles de durísimos sacrificios y que por tanto ha de disfrutarse, ilimitadamente, en su plenitud y sin cálculo pragmático...
Cuando cuerpo e imagen se interpretan tan honradamente, que toda tensión revolucionaria se hace excitación corporal colectiva y todas las excitaciones corporales de lo colectivo se hacen descarga revolucionaria, entonces, y sólo entonces, se habrá superado la realidad tanto como el manifiesto comunista exige. Por el momento los surrealistas son los únicos que han comprendido sus órdenes actuales."

Texto:
WALTER BENJAMIN, Iluminaciones I
Imagen:
Caligrama de Guillaume Apollinaire.

jueves, 28 de junio de 2007

Carlos García Gual. Apuntes sobre la tradición de la literatura clásica


Toda tradición supone una previa valoración, una selección y una reinterpretación de lo que se transmite. En el anhelo de hacer perdurable un legado cultural, de salvar del olvido algunos textos, de transferir de una época histórica a otra ciertos conocimientos y ciertas obras como las creaciones más valiosas y los monumentos más representativos, entran en juego siempre retóricas y estéticas puntuales que definen lo que merece salvarse del naufragio del tiempo voraz. Y la tradición se constituye así en ese largo y variado empeño por transmitir lo más valioso, con un paralelo desprecio y descuido del resto, destinado al olvido, en un proceso valorativo de caracteres muy complejos. Esos criterios de valor varían, según ha destacado la estética de la recepción, a lo largo de los tiempos, como cambian las modas y los modos de sentir y pensar a lo largo del decurso histórico, es decir, según los textos se van inscribiendo en nuevos contextos y leídos en renovados horizontes y expectativas.
Así nos ocurre que podemos lamentar que la tradición haya dejado perderse obras que hoy nos encantaría poder leer, como sucede con los textos de poetas líricos griegos, mientras que nos ha conservado con todo cuidado otros que ahora nos interesan mucho menos, como, por ejemplo,tantas prosas y glosas retóricas de oradores y eruditos tardíos. Esa selección es muy peculiar, pues en ella han intervenido factores culturales muy diversos, ideológicos, pedagógicos, etc., como es notorio. La transmisión del antiguo legado ha decidido, con razones ligadas a sus varias épocas, entre alternativas según los contextos históricos y no por una consideración estética abstracta. Así textos de muy mediocre estilo literario, como las Crónicas troyanas de Dares y Dictis o la fabulosa Vida de Alejandro del popular Pseudocalístenes, han tenido una enorme repercusión e influencia en la Europa medieval, mientras que obras de mucho más valor literario, desde una perspectiva estética y crítica más universal, quedaban largo tiempo relegadas y marginadas.
Las obras y autores que la tradición ha estimado como dignos de perduran son, esencialmente, los calificados de "clásicos". Esas obras de "primera clase" son las que parecen ofrecer una lección perdurable, las que, por así decir, se definen como paradigmáticas e inagotables y, diríamos, parecen poder releerse infinitamente. El conjunto de esos textos clásicos es lo que forma el "canon" de la literatura. No vamos a extendernos mucho sobre un tema tantas veces tratado, pero sí recordar que la formación y la permanencia del canon tiene unas razones claras en la economía cultural. Se trata de presentar un programa de textos esencialmente memorables; pero, claro está, también esta nómina de afán perdurable depende de factores históricos. El canon de los clásicos del siglo XIII es muy distinto de los del siglo XVI, por ejemplo, y éste del de los clásicos del siglo XX, suponiendo que aún pueda fijarse tal lista canónica. Y, a la vez, algunos textos y autores persisten al margen del canon.
Conviene distinguir, entre los clásicos, a aquellos que podemos llamar "universales" de los que calificaremos de "clásicos nacionales". Entre los primeros, merecen estar, por ejemplo, Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes; entre los segundos, Milton, Lope de Vega y Corneille. Los clásicos nacionales tienen especial prestigio en su lengua y nación; los universales traspasan esas barreras. (Se trata de una distinción útil, funcional, y no vale la pena pararse a discutir ahora si tal o cual autor debe entrar en una lista u otra). En todo caso, los grandes clásicos griegos y latinos estarían en los del primer grupo. Homero, el primer autor de la literatura occidental, sigue encabezando nuestro canon. Los griegos y los latinos son los clásicos por excelencia de toda Europa (a menos de eliminar a los antiguos y reducir esa lista canónica a los autores modernos, como hace por ejemplo, Harold Bloom). Si la tradición de los clásicos arranca de los griegos, la idea misma del canon es también una idea helenística. Es en la época de la Segunda Sofística, en el siglo II d.C., cuando surge esa perspectiva diacrónica de una literatura griega clásica, modélica e inolvidable, en el marco de lo que podemos ver como un primer Renacimiento.
El valor ejemplar de los clásicos se ha discutido muchas veces, y de modo resonante en la famosa Querelle des Anciens et des Modernes, apasionada disputa de larga sombra. Al desdibujarse la visión de la literatura como mimesis, y al poner en un primer plano el valor de originalidad, la famosa ejemplaridad de los antiguos debe ser sustituida, en la óptica más moderna, por la de su atractivo y hondura. Recopiar la poesía de Homero o Virgilio es empresa desatinada, pero su vivaz belleza literaria nos sigue admirando y emocionando. Densidad y distancia son rasgos de la gran escritura clásica, y su actualidad o inactualidad son, a la vez, factores de su jovial pervivencia. Y la tradición atestigua cómo esos clásicos han seguido dando fuego a las antorchas de muchos otros. Porque, como escribió Ernst Rober Curtius: "El presente intemporal, rasgo constitutivo de la literatura, implica que la literatura del pasado puede actuar siempre en la literatura de cualquier presente... Para la literatura todo pasado es presente o puede hacerse presente".
Por otra parte, cada época ha de leer e interpretar a los autores del pasado desde su propio nivel histórico. Eso es un hecho obvio, subrayado por el historicismo. Y esa renovación incesante de las relecturas de los clásicos da a la tradición un especial interés. Por poner un ejemplo, leemos la Ilíada, tras las excavaciones de Troya y las investigaciones sobre su "composición oral", de modo muy distinto a como la leyeron los neoclásicos del siglo XVIII y los eruditos del XIX, que dudaban de la personalidad de Homero. Y, además, leemos esos textos antiguos en relación a otros modernos, en el juego de reflejos que se suscita en nuestra memoria de lectores. Así El asno de oro de Apuleyo invita a su contraste con las novelas picarescas o con La metamorfosis de Kafka, y no solo El asno de Luciano. No podemos evitar leer la literatura antigua desde nuestros actuales hábitos y conocimientos, lo que imprime un sello nuevo a las relecturas, reflejos e incluso pastiches.
Y un aspecto más que, desde luego, no deberíamos olvidar. Habitualmente, leemos esos textos griegos y latinos en traducciones actuales, renovadas versiones a la nuestra u otra lengua moderna, que revisten a los prestigiosos textos de un acento actual y a veces personal. "La Odisea, gracias a mi oportuno descubrimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorised Version de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la irónica novela de Samuel Butler", escribió Jorge Luis Borges. Borges leía a Homero en inglés y francés, notando los diversos tonos y matices de sus traductores, bastante famosos y de varias épocas. Es posible repetir la experiencia leyendo las varias versiones de la Ilíada (unas veinte) y la Odisea (unas doce) en castellano. Los traductores son los intermediarios en nuestro conocimiento de los clásicos. Cuando leemos sus versiones debemos contentarnos con sus palabras y sus estilos (a excepción de los filólogos, esos happy few, que pueden degustar los frescos textos originales). Una historia completa de la tradición clásica debería dar cabida ahora a esos traductores, modestos pero imprescindibles obreros en la reconstrucción de la gran tradición clásica, y a una perspectiva crítica de sus logros dentro del marco de la literatura.

Extraído de:
VVAA, Antiquae Lectiones. El legado clásico desde la Antigüedad hasta la revolución francesa, Cátedra, 2005


lunes, 25 de junio de 2007

El artista de minoría o entre la espada y la pared

Pedro Salinas, "Defensa de la minoría literaria", en El defensor. Intr. de J. Marichal. Madrid, Alianza Editorial, 1967, págs. 219-21

"Mucha gente hay, ingenuos y superficiales, que, embrollado el juicio por esas denuncias contra el artista de minorías, creen a pie juntillas que cualquier escritor por su libérrimo albedrío puede opatr entre ser un artista para todos o serlo para pocos. Se supone que el mozo enfrentado con su porvenir de creador se detiene cogitativamente ante las dos formaciones, literatura primaria y literatura de minoría, hasta que de pronto, alcanzado por el soplo divino, se alista en el ejército de los escritores universales, o encantado por el murmullo seductor de las sirenas de minoría se embarca con rumbo a la isla fatal. (Lo cual me recuerda una función de teatro de allá de mis mocedades en que dos caballeros, felices habitantes de dos armaduras de guardarropía y en una decoración de sala de homenaje, se decían: "Nosotros los hombres de la Edad Media...".)
El argumento es malicioso porque propende a arrojar sobre el capricho o la voluntad del escritor difícil la explicación de su modo de ser artista, presentándole como voluntario reo de minoritarismo y dejando de lado otros factores esenciales. La verdad es que el temperamento de cada quien, las circustancias en que vive, el vaivén de las fuerzas literarias de su momento, un mandato superior a la simple decisión particular son los que deciden por qué camino va a echar el artista. No, el escritor minoritario no es un jovenzuelo que una mañana se levanta y empujado por el ardor de su nueva vocación exclama jubiloso: "¡Voy a ser artista de minoría, voy a ser artista de minoría!".
Todas esas extraviadas presunciones se fundan en la ignorancia del fenómeno de la creación artística. El escritor honrado (queda aparte, claro, el buscón literario que se despepita picarescamente para darle por el gusto al público más sencillo y busca a las gentes las cosquillas donde quiera que las tenga con tal de sacarse unas pesetas más) al poner la pluma en el papel no está calculando cantidades de público, no piensa en sus lectores aritméticamente. Sin duda, detrás del acto de escribir tiene que sentirse como indispensable la presencia invisible del prójimo, de otras almas presentes y futuras; porque sólo cuando lo escrito se reaviva en ellas, alcanzará la evidencia de lo que ya es, de lo que existe por sí.
La faena del poeta es hacer comunicable a otros la experiencia de vida que constituye el poema. Ni piensa en docenas, ni se imagina millones. El poema es una soledad; abierta sí a todos en cuanto que es comunicable y convivible, pero cerrada en su origen, la intuición inicial del poema, donde un hombre solo, y en su resultado, las palabras inalterables, la forma única, distinta de todo lo demás, que toma para vivir. Su peculiaridad consiste en su hallarse en esa zona fronteriza entre insobornable soledad e inmensa compañía, entre el individuo que sintió a solas en el seno de su alma la voz de ángel, y el poeta que la convierte en una realidad participable a un número indefinido de gentes."

Extraído de:
JUAN MANUEL ROZAS, La generación del 27 desde dentro. Ed. Istmo, 1986

domingo, 24 de junio de 2007

Nabokov opina sobre Dostoievski

"Mi posición con respecto a Dostoyevski es curiosa y difícil. En todos mis cursos abordo la literatura desde el único punto de vista en que la literatura me interesa, esto es, el punto de vista del arte perdurable y el genio indi­vidual. Desde ese punto de vista, Dostoyevski no es un gran escritor, sino un escritor bastante mediocre; con destellos de excelente humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria.En Crimen y castigo Raskólnikov, no se sabe por qué, asesina a una anciana prestamista y su hermana. La justicia, en forma de comisario de policia in­exorable, le va cercando lentamente hasta conducirle al fi­nal a una confesión pública, y a través del amor de una noble prostituta se ve llevado a una regeneración espiritual que no parecía tan increíblemente banal en 1866, cuando se escribió el libro, como en nuestros tiempos, en que los lectores experimentados tienden a acoger a las prostitutas nobles con cierto cinismo. Mi dificultad, sin em­bargo, está en que no todos los lectores a quienes me dirijo en esta u otras clases son experimentados. Por lo menos en su tercera parte, me atrevería a decir, no saben distinguir entre literatura auténtica y pseudoliteratura, y para estos lectores Dostoyevski puede parecer más importante y más artístico que esas estupideces que son nuestras novelas históricas americanas o cosas tituladas De aquí a la eternidad y demás majaderías.
Ahora bien, yo voy a hablar con detenimiento de una serie de artistas verdaderamente grandes; y es en este nivel elevado donde hay que criticar a Dostoyevski. Tengo demasiado poco de profesor académico para dar clase sobre temas que no me gusten. Estoy deseoso de desmitificar a Dostoyevski. Pero me doy cuenta de que el sistema de valores que ello implica puede desconcertar a los lectores que no hayan leído mucho."
[...]
"Yo detesto el entrometimiento en las preciosas vidas de los grandes escritores, y detesto el asomarse a fisgar en esas vidas; detesto la vulgaridad del "elemento humano", detesto el frú-frú de faldas y risillas por los pasadizos del tiempo, y ningún biógrafo conseguirá jamás tener un atisbo de mi vida privada; pero una cosa sí he de decir. La refocilada compasión de Dostoyevski por el pueblo, su compasión hacia los humildes y los humillados, esa compasión era puramente emocional, y su personal y lúgubre manera de entender la fe cristiana no le impidió llevar una vida muy alejada de lo que predicaba. León Tolstói, en cambio, como su representante Liovin, era visceralmente incapaz de tolerar que su conciencia pactara con su naturaleza animal, y sufría mucho cada vez que esta última triunfaba por momentos sobre el lado positivo de su personalidad."

VLADIMIR NABOKOV, Curso de Literatura Rusa, Bruguera, B., 1984.

miércoles, 20 de junio de 2007

Schopenhauer, 1851. El estado de la cultura

La abolición del latín como lengua culta universal y la introducción en su lugar y plaza de la pequeña burguesía de las literaturas nacionales ha sido para la ciencia de Europa una verdadera desgracia. Ante todo, porque la lengua latina aseguraba un público culto universal, al conjunto del cual se dirigía directamente cada libro que se publicaba. Pero hoy el número de los cerebros capaces de pensamiento y de juicio de la Europa entera es ya tan pequeño, que si se le mutila y dispersa su público por las fronteras de las lenguas, se debilita hasta el infinito su acción bienhechora. [...] ¡adiós entonces al humanismo, gusto noble y sentido elevado! La Barbarie volverá, a despecho de los ferrocarriles, de la electricidad y de los globos. [...] el patriotismo, si pretende afirmarse en el dominio de las ciencias, es un mezquino muy insolente, que es preciso poner en la puerta. En efecto, ¿qué hay más impertinente, cuando se trata de cuestiones pura y universalmente humanas y en las que la verdad, la claridad y la belleza deben ser los únicos factores que se pongan en juego, que pretender colocar en el platillo de la balanza vuestra predilección por la nación a la que os halagáis de pertenecer, y en virtud de esta consideración tan pronto hacer violencia a la verdad, como mostrarse injusto respecto a los grandes talentos de las naciones extranjeras, para preconizar los talentos inferiores de la propia nación? Ejemplos de este bajo sentimiento encuéntranse cada día en todos los escritores de la naciones de Europa.
[...]
La verdadera cultura humana exige, por el contrario, la universalidad y una mirada extensa, es decir, para un intelectual, en el sentido elevado de la palabra, un poco de polihistoria. Pero para ser completamente filósofo, es preciso reunir en el cerebro los polos más distantes del saber humano. De otro modo, ¿dónde podrían encontrarse?
Los talentos de primer orden jamás serán especialistas. La existencia, en su conjunto, se ofrece a ellos como un problema a resolver, y a cada uno presentará a la humanidad, bajo una u otra forma, horizontes nuevos. Solo puede merecer el nombre de genio aquél que toma lo grande, lo esencial, lo general, por tema de sus trabajos, y no el que pasa su vida en explicar alguna relación específica de cosas entre sí.

ARTHUR SCHOPENHAUER, "La erudición y los eruditos", Parerga y paralipomena, 1851

domingo, 17 de junio de 2007

Nabokov opina sobre Borges

Dijo Nabokov (a "Time") acerca de Borges:

"En principio, Vera (su mujer) y yo nos deleitábamos leyéndolo. Nos daba la impresión de estar en un pórtico, pero luego advertimos que detrás del pórtico no había casa alguna".

Dámaso Alonso y T. S. Eliot. Una relación de intertextualidad


Todos los textos literarios conforman una tupida malla y descubrir la intersección de sus hilos no solo es un ejercicio filológico, sino también algo que enriquece nuestras lecturas y actualiza las obras más antiguas en sus relaciones con las posteriores. Los especialistas en teoría(s) de la literatura denominan a estas intersecciones de muchas maneras según sea su naturaleza: paratextualidad, hipertextualidad, metatextualidad, polen de ideas...
Con La tierra baldía, de T.S. Eliot y un poema posterior de Dámaso Alonso que forma parte de Hijos de la ira se puede señalar, como mínimo, dos de estas relaciones textuales. Es bien sabido que La tierra baldía es en sí misma, una obra que hunde sus raíces en diferentes obras de la tradición literaria para dar un fruto totalmente nuevo, a la manera que hizo Joyce con Ulises. Las referencias intertextuales más claras que se observan en la obra de Eliot provienen de la literatura medieval. El título hace referencia a la leyenda del Grial. También sugiere el paraíso perdido bíblico y al infierno dantesco. La obra está impregnada por la angustia que provoca la soledad del hombre, lo que no es una inquietud nueva pero sí, especialmente sentida después de la primera guerra mundial. La pérdida de la inocencia, de la que habló Blake y que luego es retomada por Baudelaire, es actualizada (con explícitas referencias a ambos escritores) por Eliot.
A su vez, Dámaso Alonso publica en 1944 Los hijos de la ira. Más de veinte años después que Eliot, pero la situación de posguerra en la que vive el español es igual de amarga que la posterior a la de 1914 en el resto de Europa. Dámaso Alonso, como Eliot, era un gran conocedor de la tradición literaria, tanto de la culta como de la folklórica. Su trabajo en universidades inglesas y norteamericanas le acercan todavía más a la literatura sajona. La obra de Eliot fue conocida por los poetas de la generación del 27 (de la que Alonso era uno de sus más jóvenes miembros) poco después de su publicación a través de una traducción francesa.
La angustia con la que ambos poetas dan origen a sus respectivas obras, su compartido bagaje cultural y los hechos históricos semejantes que ambos vivieron, da lugar, en este caso, a que los dos poemarios tengan similitudes en las ideas que de ellos se desprenden. Pero además, existen otros elementos que demuestra una relación hipertextual. A continuación he puesto un fragmento de la primera parte de La tierra baldía y uno de los poemas que componen Hijos de la ira donde se puede observar que a partir del verso de Eliot que dice

Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín

Dámaso Alonso desarrolla todo un poema en el que la figura clave es

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo
Dime, ¿qué huerto quiere abonar con nuestra podredumbre?

Ambos utilizan la pregunta retórica refiriéndose a una segunda persona en los versos finales. Por último, el título "Hijos de la ira" es una referencia a los siguientes versos de Eliot:

¿Cuáles son las raíces que se aferran, qué ramas crecen
de esta pétrea basura? Hijo de hombre,
no lo puedes decir, ni adivinar, pues conoces sólo
un montón de imágenes rotas, en que da el sol,
y el árbol muerto no da cobijo, ni el grillo da alivio,
ni la piedra seca da ruido de agua. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja...

A su vez, el último verso del fragmento del escritor norteamericano es el famosísimo verso de Baudelaire, que apela con complicidad y de manera burlona Au lecteur

Insomnio tiene su origen en una noticia publicada en los periódicos de que la población de Madrid había alcanzado la cifra de un millón. Para el poeta español la noticia estadística se transforma inmediatamente en una visión de Madrid como cementerio, lo que justifica la imagen de nicho. El poeta recurre a las consagradas imágenes románticas que acompañan las escenas dramáticas: el huracán, el ladrido de los perros y la luz de la luna (gran vaca amarilla). El horror que expresan se aplica al hombre mismo; es el horror de la existencia (podredumbre) humana de la que el poeta es partícipe. La imagen mítica de la luna: vaca se intensifica identificándose con la aungustia fluyente que aparece también en su otro poema Monstruos. Las últimas preguntas retóricas sugieren que Dios es responsable de la injusticia existencial humana.

INSOMNIO (Dámaso Alonso, 1940)

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

El entierro de los muertos (fragmento de La Tierra Baldía, T.S. Eliot, 1923)

Ciudad irreal,
bajo la niebla ocre de un amanecer de invierno,
una muchedumbre fluía sobre el Puente de Londres, tantos,
no tenía ni idea de que la muerte hubiera destruido tantos,
suspiros, cortos e infrecuentes, eran exhalados,
y cada hombre llevaba los ojos clavados un poco por delante de sus pies.
Fluían colina arriba y bajaban King William Street,
adonde Saint Mary Woolnoth daba las horas
con un sonido muerto en la última campanada de las nueve.
Allí vi a alguien que conocía, y le paré, gritando: "¡Stetson!
¡Tú que estuviste embarcado conmigo en Mylae!
Aquel cadáver que plantaste en tu jardín el año pasado,
¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?
¿O ha perturbado su lecho la helada repentina?
¡Manten al Perro lejos de aquí, ya que es amigo de los hombres,
o con sus uñas volverá a desenterrarlo!
¡Tú! hypocrite lecteur! - mon semblabe, - mon frère!

jueves, 14 de junio de 2007

Paul Valery. Las lecturas de un texto.

"No existe el verdadero sentido de un texto. Ni la autoría del autor. Sea lo que sea lo que haya querido decir, ha escrito lo que ha escrito. Una vez publicado, un texto es como un aparato que cada uno puede utilizar a su manera y según sus medios. No se puede asegurar que el constructor lo use mejor que otro. Por otra parte, en caso de que sepa bien aquello que quiere hacer, este conocimiento siempre enturbiará la percepción de aquello que ha hecho."

VALÉRY, Paul (1871-1945) Discurso posterior a la lectura de una tesis doctoral sobre El cementerio marino

Baudelaire. Su opinión sobre la crítica del arte

"Creo sinceramente que la mejor crítica es la que es amena y poética; no esa otra, fría y algebraica, que, bajo pretexto de explicarlo todo, no siente ni odio ni amor, y se despoja voluntariamente de toda clase de temperamento; por el contrario, al ser un cuadro bello la naturaleza reflejada por un artista, la crítica debe ser del cuadro reflejado por un espíritu inteligente y sensible. Así, la mejor reseña de un cuadro podrá ser un soneto o una elegía. (...) En cuanto a la crítica propiamente dicha, espero que los filósofos comprenderán lo que voy a decir: para ser justa, es decir, para tener razón de ser, la crítica ha de ser parcial, apasionada, política, es decir, hecha desde un punto de vista exclusivo, pero desde el punto de vista que abra el máximo de horizontes".

BAUDELAIRE, Charles (1821-1867) ¿Para qué la crítica?, Salón de 1846