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miércoles, 8 de agosto de 2007

Nebrija, la importancia de la gramática


"Esta [la lengua castellana], hasta nuestra edad, anduvo suelta e fuera de regla, y a esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças, porque si la queremos cotejar con la de oi a quinientos años, hallaremos tanta diferencia y diversidad cuanta puede ser maior entre dos lenguas. Y por que mi pensamiento y gana siempre fue engrandecer las cosas de nuestra nacion [...] acorde ante todas las otras cosas reduzir en artificio este nuestro lenguaje castellano, para lo que agora y de aqui adelante en el se escriviere pueda quedar en un tenor y estenderse en toda la duracion de los tiempos que estan por venir."

ANTONIO DE NEBRIJA, Grammatica castellana, 1492

sábado, 28 de julio de 2007

Gramática generativa. Y 2.


El lingüista pretende formular de modo explícito el conocimiento que el hablante tiene de su lengua. O dicho de otro modo: su objetivo consiste en construir un sistema de reglas que funcione como modelo de la gramática del hablante. Esta tarea podría parecer sencilla, dado que se trata únicamente de reproducir del modo más fiel posible la gramática adquirida por el niño sin aparente esfuerzo. Por desgracia, esta impresión está lejos de la realidad: los intentos realizados hasta la fecha por los estudiosos del lenguaje todavía no han conseguido dar como fruto la elaboración de una sola gramática que recoja en su totalidad el conocimiento que cualquier hablante muestra en el uso de su lengua.
Cuando se estudian con detenimiento, las lenguas naturales aparecen como sistemas de enorme complejidad formal. Y, sin embargo, cualquier niño es capaz de superar la dificultad que supone elaborar la gramática de su lengua a partir de la muestra fragmentaria (y, en buena parte, deformada) de enunciados a la que tiene acceso. Para Noam Chomsky, el único modo de explicar la rapidez y homogeneidad de la adquisición del lenguaje consiste en supone que en la herencia genética del ser humano están contenidos, como característica común de toda la especie, ciertos principios universales que delimitan la forma de las gramáticas, de modo que la tarea del niño resulta más accesible. Naturalmente, este enfoque presupone la existencia de universales lingüísticos que se cumplen en todas las lenguas naturales, a pesar de las obvias direrencias que éstas presentan entre sí. Los principios formales de carácter general limitarían el margen de variación de las gramáticas particulares. Éstas serían, según la concepción de Chomsky, muestras de un único esquema general: la gramática universal.
Por el momento, el afán de los lingüistas ha de centrarse en el análisis de los aspectos que todavía no han recibido un tratamiento formal satisfactorio para irlos integrando progresivamente en el modelo gramatical. Este procedimiento lleva implícita la idea del refinamiento continuo de la gramática propuesta por el lingüista. En este aspecto, la lingüística procede al modo de las ciencias empíricas (como la física o la química), elaborando hipótesis de trabajo que sólo serán sustituidas cuando se disponga de otras más generales y refinadas.


Ma. LLUÏSA HERNANZ y JOSÉ Ma. BRUCART, La sintaxis. 1. Principios teóricos. La oración simple, 1987
Biografía de Noam Chomsky
Arriba, fotografía de Noam Chomsky

jueves, 26 de julio de 2007

Juan de Valdés. La sencillez y la eficacia comunicativa en la escritura

"...que todo el bien hablar castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudiéredes, de tal manera que, esplicando bien el conceto de vuestro ánimo y dando a entender lo que queréis dezir, de las palabras que pusiéredes en una cláusula o razón no se pueda quitar ninguna sin ofender o a la sentencia della o al encarecimiento o a la elegancia."

JUAN DE VALDÉS, Diálogo de la lengua, 1535

jueves, 19 de julio de 2007

Gramática generativa. 1


Para abordar el análisis de cualquier disciplina, es necesario definir previamente con claridad el objeto de estudio. Uno de los supuestos básicos de los que parte el lingüista consiste en distinguir entre el sistema de principios que configuran la lengua y el uso que el hablante hace de ese sistema. Es evidente que ambas nociones están íntimamente relacionadas, pero conviene diferenciarlas porque existen ciertos márgenes de desajuste entre ellas. Llamaremos competencia al conocimiento que el hablante tiene de su lengua y por actuación entenderemos el conjunto de enunciados producidos por el mismo. La competencia del hablante equivale al conocimiento de la gramática de su lengua. Podemos caracterizar la gramática como un sistema de reglas que generan el conjunto de oraciones de una lengua. Una gramática de este tipo se denomina generativa, porque cualquier oración resulta de aplicar en un determinado orden algunas de las reglas del sistema.
En su uso cotidiano de la lengua, el hablante demuestra que ha interiorizado las reglas de la gramática. Se trata de un conocimiento inconsciente, que no ha precisado de instrucción previa. Durante el período de adquisición, el niño abstrae las reglas de la gramática a partir de los enunciados emitidos en su entorno y sin necesidad de recibir información gramatical explícita. Cuando en la escuela inicia sus primeros cursos de gramática, ya hace tiempo que se ha convertido en un usuario más de su lengua. Si acaso, deberá ser instruido en algunos aspectos que afectan sobre todo a la norma: conjugación de verbos irregulares (haya por haiga, cupe en vez de cabí), uso de los pronombres de tercera persona (le di un libro, no la di un libro), ordenación de los pronombres átonos (se me cayó por me se cayó), concordancias erróneas (había muchos libros en lugar de habían muchos libros), etc. En cambio, no habrá que dedicar ningún esfuerzo para corregir errores que afecten a las reglas generales de la gramática.
Interiorizar las reglas de la gramática resulta el procedimiento más económico y simple de aprender una lengua. De este modo, cualquier hablante que domine el vocabulario preciso estará en disposición de emitir y comprender oraciones que no haya oído previamente, dado que éstas habrán de ajustarse a las rglas gramaticales ya adquiridas. Conocer una lengua es, sobre todo, conocer su gramática.

Ma. LLUÏSA HERNANZ y JOSÉ Ma. BRUCART, La sintaxis. 1. Principios teóricos. La oración simple, 1987

miércoles, 18 de julio de 2007

La hijiénica << J >> y la blanducha << G >>. Por supuesto, Juan Ramón Jiménez

"Se me pide que esplique porqué escribo yo con la jota las palagras en "ge, gi"; porqué suprimo las "b", las "p", etc; porqué uso "sc" en vez de "x" en palabras como escelentísimo, etc.
Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla y no hablar, en ningún caso, como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante [...].
Mi jota es más hijiénica que la blanducha "g", y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la "x" se ha transformado en jota, para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo."

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Mis ideas ortográficas, en Política poética.

sábado, 24 de marzo de 2007

Sobre las formas de futuro en las lenguas romances


  • Latín clásico (sistema sintético): CANTABO > cantaré / DICAM > diré
  • Latín vulgar (sistema analítico): CANTARE + HABEO / DICERE + HABEO
El futuro sintético latino fue sustituido por las formas perifrásticas. En sus orígenes, el futuro analítico (verbo + HABEO) indicaba exclusivamente obligación. En las lenguas romances coexisten ambos modos del tiempo verbal futuro. Diversos autores han explicado las causas de la aparición del futuro perifrástico en el latín vulgar que luego heredaron sus diversos dialectos. Estas causas, según dichos autores, son, para unos, de naturaleza morfológica y, para otros, de naturaleza estilística o semántica. En el siguiente extracto de un artículo del lingüista Eugenio Cosseriu, se demuestra que ambas explicaciones son insuficientes para explicar la coexistencia de ambas formas de futuro, y añade una causa de naturaleza antropológica: un cambio de mentalidad.

Explicación morfológica: el futuro clásico se sustituyó por formas perifrásticas deido a la heterogeneidad y a las deficiencias materiales de las formas sintéticas; deficiencias que se volvieron intolerables sobre todo después de ciertos cambios fónicos ocurridos en el llamado "latín vulgar". El futuro sintético resultaba extraño, desde el punto de vista sistemático, por formarse de dos maneras distintas en las cuatro conjugaciones y por la coincidencia con el subjuntivo presente en la primera persona de las conjugaciones 3ª y 4ª. Por lo tanto, ya en el latín clásico, constituía un "punto débil" del sistema. Todo esto habría determinado la sustitución del futuro sintético por las perífrasis con habeo, debeo, volo, que resultaban inequívocas.

Explicación estilística-semántica: el futuro perifrástico se impuso debido al prevalecer de una particular actitud mental contrria a la idea meramente "temporal" del futuro y favorable, en cambio, a otros valores, modales y afectivos: lo determinante habría sido, pues, una necesidad expresiva para la que el futuro sintético del latín clásico resultaba inadecuado, no tanto por sus deficiencias formales como por su mismo contenido semántico.

Esta segunda causa ha sido defendida, sobre todo, por Karl Vossler, indicando que todo el concepto temporal del futuro era débil y se desvaneció, además que "el futuro nunca es muy corriente en el bajo pueblo. En la lengua popular el concepto de futuro se descuida, o se maltrata y oscurece de algún modo, pues el hombre común adopta frente a las cosas futuras una actitud de voluntad, de deseo, de esperanza o de temor, más bien que de contemplación, conocimiento o saber. Se necesita una conciencia siempre vigilante, una disposición filosófica y un hábito de pensar, para no dejar que la idea temporal del futuro se extravíe en los dominios modales del temor, de la esperanza, del deseo y de la incertidumbre. Estas condiciones habrían faltado en las grandes masas del pueblo romano. De esta manera, al desviarse tan fuertmente el sentido latino-vulgar del futuro hacia la dirección práctica de varios significados modales, las antiguas formas sintéticas se volvieron supérfluas, pues para esos significados modales, las antiguas formas sintéticas se volvieron superfluas, pues para esos significados existían otros modos expresivos más apropiados, que solo más tarde se habrían gramaticalizado, en parte, como nuevas formas de futuro, como sucedió con la construcción de infinitivo + habere en sardo, y con la de infinitivo + velle (lat. vulg. volere) en rumano.

Explicación según Cosseriu: La circunstancia históricamente determinada fue, sin duda, el cristianismo: un movimiento espiritual que, entre otras cosas, despertaba y acentuaba el sentido del a existencia e imprimía a la existencia misma una genuina orientación ética. El futuro latino-vulgar, en cuanto no significa "lo mismo" que el futuro clásico, refleja, efectivamente una nueva actitud mental: no es el futuro "exterior" e indiferente, sino el futuro "interior", encarado con consciente responsabilidad, como intención y obligación moral.

Que esta no es una simple ilación fundada apenas en la contemporaneidad entre el cristianismo y el latín "vulgar", lo demuestra el hecho de que, en efecto, el nuevo futuro es particularmente frecuente en los escritores cristianos. Y hay más aún: en un escritor cristiano que era también un gran filósofo -y, por lo tanto, era capaz de entender y revelar teóricamente esa neue Denkform que otros hablantes habrán adoptado de una manera espontánea e intuitiva- aparece en términos explícitos la idea de la "copresencia" de los momentos temporales. Se trata, naturalmente, de San Austín y de su famoso análisis del tiempo, tan distinto de todo lo que, sobre ese tema, no ha legado la antigüedad clásica. He aquí las palabras textuales del santo:

"Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella ya no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)...Luego no son aquellas sílabas, que ya no existen, las que mido, sino mido algo en mi memoria y que permanece en ella fijo." [SAN AGUSTIN: Confesiones, X1,20,26]

Este importante testimonio nos proporciona el necesario indicio extralingüístico de que la actitud de que se habla existía y era, precisamente, una actitud cristiana..

La renovación del futuro latino debe incluirse, pues, entre los muchos cambios lingüísticos motivados por las nuevas necesidades expresivas suscitadas por el cristianismo. De esta manera, al atribuirse la iniciativa del cambio a un movimiento espiritual históricamente determinado, se elimina también la vaguedad de todas aquellas explicaciones que lo atribuyen al modo de hablar del "pueblo". En general, el concepto de "pueblo" (cuando no equivale a 'comunidad hablante') es, en lingüística, un concepto ambiguo, cuyos límites nadie conoce. Pero, en el caso llamado "latín vulgar" se trata, además, de una petitio principii, pues significa dar por demostrado precisamente aquello que hay que demostrar. En efecto, un modo lingüístico cualquiera no es "popular" porque integra el 'latín vulgar' (que es, simplemente, el latín continuado sin interrupción por las lenguas romances), sino que, al contrario, el 'latín vulgar' es "popular" en la medida en que son "populares" los modos lingüísticos que lo integran.

Extraído de:
E. COSSERIU, Estudios de lingüística románica, Capítulo I

jueves, 22 de marzo de 2007

IGNACIO BOSQUE, Artículo sobre el género de los sustantivos

LA R.A.E., LAS PALABRAS Y LAS PERSONAS

IGNACIO BOSQUE. 5/12/2006. EL PAÍS.

En su artículo del martes 28 de noviembre en EL PAÍS, titulado La RAE y el lenguaje, doña Amparo Rubiales acusa a la RAE de defender el lenguaje sexista y de denominar ciertas realidades de forma diferente a como lo hacen las leyes y la sociedad. Los datos que aduce sobre la discriminación de la mujer son inobjetables, pero las conclusiones que obtiene no son correctas. Muchas personas parecen entender que, al igual que en el Congreso se hacen las leyes que regulan la convivencia entre los ciudadanos, en la Real Academia se crean las leyes del idioma. No es así. Las palabras no significan lo que significan porque lo diga el diccionario o porque así lo hayan decidido los académicos en conciliábulo. Los principios que articulan la estructura de la gramática tampoco son como son porque los hayan acordado los académicos, sea con la participación de las mujeres o sin ella. Las lenguas no son, en suma, el resultado de un conjunto de actos conscientes de los individuos. Critica la señora Rubiales a la RAE por defender el llamado empleo genérico del masculino, en lugar de aceptar que “el masculino no nos engloba a las mujeres”. Varias personas han propuesto que la RAE debería adoptar como norma el desdoblamiento generalizado (niños y niñas, españoles y españolas, diputados y diputadas, etc.). En la próxima Gramática que prepara la RAE, junto con las demás Academias de los países hispanohablantes, se va a proponer que el desdoblamiento se limite a las situaciones en las que su ausencia podría ser malinterpretada, como en la expresión Los españoles y las españolas pueden servir en el ejército. Entendemos que recomendar el desdoblamiento generalizado sería un error, y no solo por razones de economía lingüística, sino sobre todo porque los hechos demuestran que las mujeres no se sienten discriminadas por el uso del masculino en la mayor parte de los casos. Si la señora Rubiales le pregunta a una amiga suya a la que no ve desde hace tiempo cómo están sus hijos, esta no va a pensar que está discriminando a sus hijas. Ninguna de las dos entenderá, además, que la pregunta apropiada tendría que haber sido ¿Cómo están tus hijos y tus hijas?, y mucho menos (para evitar el desdoblamiento) ¿Cómo está tu descendencia? Estoy seguro de que la señora Rubiales no propone que la Organización de Consumidores y Usuarios pase a llamarse Organización de Consumidores, Consumidoras, Usuarios y Usuarias, o que el miércoles deje de ser el día del espectador para ser el día del espectador y la espectadora. Aunque diga en su artículo que “todos son solo ellos, y no lo somos nosotras”, estoy igualmente seguro de que no rechaza el uso del pronombre todos que hace el artículo 15 de la Constitución Española (Todos tienen derecho a la vida). Tan difícil de aceptar es el desdoblamiento generalizado, que la señora Rubiales no lo practica en su artículo. Usa la expresión “los propios académicos” sabiendo que entre nosotros hay tres prestigiosísimas mujeres (muy pocas, desde luego, pero este es asunto para otra ocasión). Lo hace sin la más leve sensación de que con esas palabras esté ofendiendo a las mujeres porque, en efecto, en su expresión no hay ofensa alguna. Existe el lenguaje sexista, pero no son discriminatorias expresiones como el nivel de vida de los peruanos o el horario de atención a los alumnos. En ellas no se menciona expresamente a las mujeres, pero están —obviamente— comprendidas. La señora Rubiales se sorprenderá al saber que un buen número de catedráticas y profesoras titulares de Lingüística y de Lengua de nuestras universidades entienden que en esas expresiones no hay discriminación, y este juicio no afecta en lo más mínimo a su compromiso con la defensa de los derechos de la mujer. Como es obvio, también se usa el hombre para designar al ser humano, o el oso para designar cierto plantígrado, sea cual sea su sexo. Podrían añadirse infinidad de ejemplos similares. En estos y en otros muchos casos las palabras no discriminan a las mujeres. Lo hacen, en cambio, las prácticas sociales y (todavía) algunas leyes. El uso del masculino como término no marcado puede ser insuficiente en ciertos contextos, pero de ahí no puede concluirse que “el masculino no engloba a las mujeres”. El problema ni siquiera tiene que ver con el género. No hay error en la expresión Pasé allí cinco días por el hecho de que no se diga … con sus correspondientes noches, ya que el término día tiene dos sentidos: abarca la noche en uno de ellos, y solo el tiempo en que el sol está sobre el horizonte en el otro (en cierta forma, como ocurre con los alumnos o los peruanos). La Academia describe los usos lingüísticos que surgen y se extienden, y recomienda los que entiende que se van asentando en la lengua culta. En ningún caso construye o crea el código lingüístico al que esos usos corresponden. Sobre la palabra jueza, que menciona en su artículo la señora Rubiales, dirá la próxima Gramática que es de uso común en la Argentina, Venezuela o Costa Rica, entre otros países, si bien no se ha extendido en México ni en España. ¿Debería decir otra cosa? Pregunta la señora Rubiales: “¿Cómo llamamos a la unión entre españoles y españolas del mismo sexo?”. Pues podemos llamarla matrimonio. Si este sentido cuaja y se empieza a generalizar, la RAE contará con suficiente documentación para añadir la acepción correspondiente a la próxima edición del Diccionario. Tampoco crea la RAE las reglas de la gramática. Es un error pensar que la expresión unos a otros es discriminatoria si se aplica a un grupo formado por hombres y mujeres, y no sería sensato pedir a la Academia que cambie las reglas de la concordancia de género y número del español, similares a las de las demás lenguas románicas. Carece de fundamento la visión de la RAE como una institución insensible a los cambios que marcan el progreso de la sociedad, y es profundamente injusto decir que “sigue defendiendo el lenguaje sexista”. La RAE no incorpora las palabras a su diccionario hasta que adquieren vida propia en la comunidad, pero no puede deducirse de ello que la Academia no sigue el compás de la sociedad. Dice la señora Rubiales que el poder ha sido siempre masculino y que las mujeres solo han alcanzado su condición de ciudadanas hace tres cuartos de siglo. Son verdades como puños, pero verdades ajenas al papel que corresponde a esta institución. Nadie negaría que una parte importante de la estructura de la sociedad se refleja en el lenguaje, pero las convenciones del código lingüístico con el que nos comunicamos no son reflejo directo de la sociedad. Para dirigirse a una directora general en Francia alternan Madame le directeur général y Madame la directrice générale. Muchas francesas prefieren la primera opción y no consideran discriminatorio ese tratamiento. Lo que sí consideran injusto es que no sea mayor el número de las mujeres a las que corresponde alguno de los dos.

Ignacio Bosque es miembro de la Real Academia Española y ponente de su Comisión de Gramática.

JAVIER MARÍAS, Artículo sobre el género de los sustantivos

NARICES CON POCO OLFATO

JAVIER MARÍAS 17/12/2006. EL PAÍS SEMANAL

Sí, ya he hablado de esto numerosas veces, pero si ellas insisten, también habrá que insistir en salirles al paso. En las últimas semanas ha habido una enésima ofensiva contra la Real Academia y en general contra la lengua española, por parte de la Directora del Instituto de la Mujer, de dos “expertas” con “sus últimos trabajos en contra del lenguaje sexista” (causa perplejidad que una de ellas sea nada menos que Decana de una Facultad de Filosofía y Letras), y de una Consejera del Consejo Consultivo de Andalucía, que además es profesora universitaria. Estas señoras no proponen nada no oído ya mil veces: que se diga cada vez “los españoles y las españolas”, o quizá “la españolía”, y “los niños y las niñas”, o bien “la infancia”; que prescindamos para siempre del uso del plural genérico, porque cuando oyen o leen “todos”, ellas no se sienten representadas, sino excluidas y discriminadas; que se emplee “jueza”, “cancillera”, “bedela”, “gerenta” y me imagino que “jóvena”, siguiendo a aquella pionera creativa, Carmen Romero; que la Academia “articule medidas para incorporar a más mujeres”, dando por descontado que las académicas presentes y futuras razonarían de manera tan ramplona como ellas por el mero hecho de ser mujeres (eso sí que es sexismo a ultranza), y olvidando que fue María Moliner quien, sin influencias varoniles, hizo el mejor diccionario de nuestra lengua sin incurrir en desvaríos.
A las señoras Rosa Peris, Mercedes Bengoechea, Eulàlia Lledó y Amparo Rubiales lo que les fastidia sobremanera es que esta lengua sea romance o neolatina. Lo que en ella ocurre con el plural genérico no es distinto de lo que ocurre en el francés y el italiano (y supongo que en el catalán, el portugués, el gallego, el rumano) y ya ocurría en el latín, por lo que deberían elevar sus quejas a las deidades romanas, o en su defecto a Séneca, Horacio, Virgilio, Tácito, Tito Livio, Juvenal y Ovidio. Pero es que además ese empeño que tantos tienen de imponernos el plural repetido es demagógico y falso, porque nunca nadie lleva la fórmula –como debería, para resultar sincero– hasta sus últimas consecuencias, ni continúa toda su parrafada, por tanto, con el insoportable y lerdo uso doble: “Los empleados y las empleadas madrileños y madrileñas están descontentos y descontentas por haber sido instados e instadas, y aun obligados y obligadas, a declararse católicos y católicas, o fielos y fielas a otros credos, o bien agnósticos y agnósticas o incluso ateos y ateas”. Nunca he oído a Ibarretxe, por mencionar a un duplicante conspicuo, ser coherente con sus “vascos y vascas” iniciales. Y no es de extrañar, porque si lo hiciera, como pretenden estas señoras, a buenas horas iba nadie a escucharle. En cuanto a la sustitución de “los niños” por “la infancia” y simplezas semejantes, iba a quedar muy natural en frases como “la infancia es que es muy traviesa” o “qué pesada se pone la infancia”. Tienen sentido de la lengua estas damas, sobre todo literario.
En su susceptibilidad extrema, ven machismo y sexismo por doquier, hasta donde no lo hay. Si en español se dijera “juezo”, “cancillero”, “bedelo”, “gerento” o “jóveno”, pase que se propiciaran sus correspondientes en femenino; pero es que no se dice, y no habría ningún problema, en consecuencia, en hablar de la juez, la canciller, la bedel, la gerente o la joven. También exigen que el vocablo “miembro” coexista con “miembra”, sin darse cuenta, una vez más, de que hay términos invariables que por su terminación en o o en a no indican género alguno. Llevando hasta el final su razonamiento (es un decir), al tratarse de varones habría que emplear “víctimo”, “colego”, “persono”, “poeto”, “preso del pánico” y “mendo lerendo”, entre otros horrores. Y lo mismo con los animales: a los varones no nos ofende decir “una tortuga macho”, en vez de convertir al pobre bicho en un “tortugo”, y a sus colegas en “hienos”, “focos”, “morsos”, “serpientos”, “boos”, “jirafos” y “zebros”.
Pero lo más grave es la ignorancia de estas señoras respecto a la función de la Academia, y el espíritu dictatorial que delatan. La Academia no ordena ni impone ni exige: tan sólo orienta, sugiere, recomienda, aconseja. No obliga, y la prueba la tenemos en las barbaridades que leemos y oímos en la prensa a diario, sin que se multe a nadie por ello. El Diccionario, a su vez, no dicta normas, sino que las recoge y las refleja. La señora Rubiales, sin embargo, se pregunta en un artículo: “¿Tiene derecho la RAE a denominar a las cosas de forma diferente de como lo hacen las leyes y la realidad española?” La realidad es subjetiva y variada, así que dejémosla, por inaprehensible. Lo que debería saber es que todos tenemos derecho a denominar a las cosas como nos venga en gana, menos las leyes, justamente. Ya es muy grave que en años recientes el Congreso se haya permitido decretar cómo hemos de escribir La Coruña, Gerona o Lérida … en castellano. Y sólo faltaría que por ley se nos dijera cómo hemos de hablar, o con qué vocabulario. Nada de eso compete a ningún político, por mucho que siempre quieran meter las narices en todo. Sería de agradecer que tampoco las metieran mucho estas señoras con poco olfato.

Javier Marías es escritor.

sábado, 10 de marzo de 2007

Significado de la palabra "sendos"

sendos, das.

(Del lat. singŭlos, acus. de -li).

1. adj. pl. Uno o una para cada cual de dos o más personas o cosas.


Ejemplos:
  • La Asociación de Padres y el claustro de profesores presentaron sendas propuestas para aumentar el número de horas dedicadas a gimnasia. (una cada uno)
  • Trueba, , Armendáriz y Amenábar han estrenado sendas películas este fin de semana. (una cada uno)
"Sendos-as" no significa "repetidos", "descomunales", "ambos" o "dos". Así son incorrectas oraciones como las siguientes:
  • *Epi encestó sendas canastas de espaldas. (correcto: ...dos...)
  • *La comisión ha rechazado sendas propuestas para aumentar el presupuesto destinado a la formación de los trabajadores. (correcto: ...dos propuestas...)
Bibliografía:
DRAE
ESTRELLA MONTOLÍO (coord.), Manual práctico de escritura académica, vol I, Ariel