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lunes, 5 de mayo de 2008

Séneca. Diálogo con los mejores

"Sólo aquellos gozan de quietud, que se quedan libres para dejar lugar en su espíritu a la sabiduría, y sólo ellos son los que viven; porque no sólo aprovechan su tiempo, sino que le añaden todas las edades, haciendo propios suyos todos lo años que han pasado; porque si no somos ingratos, es forzoso confesar que aquellos clarísimos inventores de las sagradas ciencias nacieron para nuestro bien y encaminaron nuestra vida: con trabajo ajeno somos adiestrados en el conocimiento de cosas grandes, sacados de las tinieblas a la luz. Ningún siglo nos es prohibido, a todos somos admitidos; y si con la grandeza de ánimo quisiéramos salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana, habrá mucho tiempo en que poder espaciarnos. Podremos disfrutar con Sócrates, discutir con Carneades, agitarnos con Epicuro, vencer con los estoicos la inclinación humana, adelantarla con los cínicos, y andar juntamente con la naturaleza en compañía de todas las edades. ¿Cómo, pues, en este breve y caduco tránsito del tiempo no nos entregamos de todo corazón en aquellas cosas que son inmensas y eternas y se comunican con los mejores?... Sólo aquellos, podemos decir, están detenidos con verdaderas ocupaciones, que se precian de tener continuamente por amigos a Zenón, a Pitágoras, a Demócrito, a Aristóteles y Teofrasto"

domingo, 14 de octubre de 2007

Platón. La escritura

Pues eso es, Fedro, lo terrible que tiene la escritura y que es en verdad igual a lo que ocurre con la pintura. En efecto, los productos de ésta se yerguen como si estuvieran vivos, pero si se les pregunta algo, se callan con gran solemnidad. Lo mismo les pasa a las palabras escritas. Se creería que hablan como si pensaran, pero si se les pregunta con el afán de informarse sobre algo de lo dicho, expresan tan sólo una cosa que siempre es la misma. Por otra parte, basta con que algo se haya escrito una sola vez, para que el escrito circule por todas partes lo mismo entre los entendidos que entre aquellos a los que no les concierne en absoluto, sin que sepa decir a quiénes les debe interesar y a quiénes no. Y cuando es maltratado o reprobado injustamente, constantemente necesita de la ayuda de su padre, pues por sí solo no es capaz de deferenderse ni de socorrerse a sí mismo.

PLATÓN, Fedro

domingo, 12 de agosto de 2007

El giro copernicano con el que Immanuel Kant revolucionó la filosofía

Ahora bien: ¿a qué obedece que no se haya podido aún encontrar aquí [la Metafísica] un camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes asuntos? Y aún más: ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón si, en una de las partes más imortantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si sólo es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más felices que lo han sido otros antes?
Me parece que los ejemplos de la matemática y de la ciencia natural, las cuales se han convertido en lo que son ahora gracias a una revolución repentinamente producida, son lo suficientemente notables como para hacer reflexionar sobre el aspecto esencial de un cambio de método que tan buenos resultados ha proporcionado en ambas ciencias, así como también para imitarlas, al menos a título de ensayo, dentro de lo que permite su analogía, en cuanto conocimientos de razón, con la metafísica. Se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocer debe regirse por los objetos. Sin embargo, todos los intentos realizados bajo tal supuesto con vistas a establecer a priori, mediante conceptos, algo sobre dichos objetos -algo que ampliara nuestro conocimiento- desembocaban en el fracaso.
Ensáyese, pues, una vez si no adelantaremos más en los prolemas de la metafísica admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posiblidad de un conocimiento a priori de dichos objetos que establezca algo sobre ellos antes que nos sean dados. Ocurre aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico. Este, viendo que no conseguía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores resultados haciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo .
En la metafísica se puede hacer el mismo ensayo, en lo que atañe a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la naturaleza de los objetos, no veo cómo podría conocerse algo a priori sobre esa naturaleza. Si, en cambio, es el objeto (en cuanto objeto de los sentidos) el que se rige por la naturaleza de nuestra facultad de intuición, puedo representarme fácilmente tal posibilidad. Ahora bien, como no puedo pararme en estas intuiciones, si se las quiere convertir en conocimientos, sino que debo referirlas a algo como objeto suyo y determinar éste mediante las mismas, puedo suponer una de estas dos cosas: o bien los conceptos por medio de los cuales efectúo esta determinación se rigen también por el objeto, y entonces me encuentro, una vez más, con el mismo embarazo sobre la manera de saber de él algo a priori; o bien supongo que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia, única fuente de su conocimiento (en cuanto objetos dados), se rige por tales conceptos.
En este segundo caso veo en seguida una explicación más fácil, dado que la misma experiencia constituye un tipo de conocimiento que requiere entendimiento y éste posee unas reglas que yo debo suponer en mí ya antes de que los objetos me sean dados, es decir, reglas a priori. Estas reglas se expresan en conceptos a priori a los que, por tanto, se conforman necesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que deben concordar. Por lo que se refiere a los objetos que son meramente pensados por la razón -y, además, como necesarios-, pero que no pueden ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experiencia, digamos que las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene que ser posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de toque de lo que consideramos el nuevo método del pensamiento, a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas.
(...)

IMMANUEL KANT, Crítica de la razón pura, 1781, prólogo a la segunda edición (1787)

jueves, 9 de agosto de 2007

Giner de los Ríos. Los fines de la Institución Libre de Enseñanza


"La Institución no pretende limitarse a instruir, sino cooperar a que se formen hombre útiles al servicio de la humanidad y de la patria... Sólo en esta suerte, dirigiendo el desenvolvimiento del alumno, en todas direcciones, puede aspirarse a una acción verdaderamente educadora en aquellas esferas donde más apremia la necesidad de redimir nuestro espíritu: desde la génesis del carácter moral, tan flaco y enervado en una nación indiferente a la ruina; la severa obediencia a la ley contra el imperio del arbitrio; el amor al trabajo, cuya ausencia hace de todo español un mendigo del estado... En fin, el espíritu y la equidad y tolerancia contra el frenesí de exterminio que ciega entre nosotros a todos los partidos, confesiones y escuelas."


FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS, Ensayos
Noticia relacionada publicada en El País el 9 de agosto de 2007

Imagen: Residencia de Estudiantes
Institución libre de enseñanza
Krausismo

viernes, 27 de julio de 2007

Albert Camus. El hombre en rebeldía


Ante este mal, ante la muerte, el hombre pide justicia desde lo más profundo de sí mismo. El cristianismo histórico sólo ha respondido a esta protesta contra el mal con el anuncio del reino, y luego de la vida eterna, que exige la fe. Pero el sufrimiento gasta la esperanza y la fe y se queda solitario y sin explicación. Las multitudes de trabajadores, cansadas de sufrir y morir, son multitudes sin dios. Nuestro puesto está, entonces, a su lado, lejos de los doctores antiguos y nuevos. El cristianismo histórico deja para más allá de la historia la curación del mal y del crimen que, no obstante, se sufren en la historia. El materialismo contemporáneo cree también que responde a todas las preguntas. Pero, como servidor de la historia, aumenta el dominio del asesinato histórico y lo deja al mismo tiempo sin justificación, como no sea en el porvenir que exige asimismo la fe. En ambos casos hay que esperar y durante este tiempo el inocente no cesa de morir. Desde hace veinte siglos no ha disminuido en el mundo la suma total del mal. Ninguna parusia, ni divina ni revolucionaria, se ha cumplido. Todo sufrimiento implica una una injusticia, hasta el más meritorio en opinión de los hombres. Sigue gritando el largo silencio de Prometeo ante las fuerzas que lo abruman. Pero Prometeo ha visto entre tanto a los hombres volverse también contra él y escarnecerle. Cogido entre el mal humano y el destino, el terror y la arbitrariedad, sólo le queda su fuerza de rebelión para salvar de la muerte a lo que puede serlo todavía, sin ceder al orgullo del blasfemo.
Se comprende, por lo tanto, que la rebelión no puede prescindir de un amor extraño. Quienes no hallan descanso ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para quienes, como ellos, no pueden vivir: para los humillados. El movimiento más puro de la rebelión se corona entonces con el grito desgarrador de Karamázov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo [...]. Esta es la loca generosidad de la rebelión, que da sin demora su fuerza de amor y rechaza sin dilación la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada y distribuir todo en la vida presente a sus hermanos vivientes. Así se muestra pródiga con los hombres futuros. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en dárselo todo al presente.
La rebelión demuestra con ello que es el movimiento mismo de la vida y que no se puede negarla sin renunciar a vivir. Cada vez que resuena su grito más puro hace que se levante un ser. Es, por lo tanto, amor y fecundidad, o no es nada. La revolución sin honor, la revolución del cálculo que, prefiriendo un hombre abstracto al hombre de carne, niega al ser todas las veces que es necesario, pone justamente al resentimiento en el lugar del amor. Tan pronto como la rebelión, olvidando sus orígenes generosos, se deja contaminar por el resentimiento, niega la vida, corre a la destrucción y hace que se levante la cohorte burlona de esos pequeños rebeldes, simiente de esclavos, que terminan ofreciéndose actualmente, en todos los mercados de Europa, a cualquier servidumbre. No es ya rebelión ni revolución, sino rencor y tiranía. Entonces, cuando la revolución, en nombre del poder y de la historia se convierte en ese mecanismo mortífero y desmesurado, se hace sagrada una nueva rebelión en nombre de la mesura y de la vida. Estamos en ese extremo. Al término de estas tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que adivinamos ya y que sólo tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben.

ALBERT CAMUS, "Más allá del nihilismo" en El hombre en rebeldía. 1951

miércoles, 25 de julio de 2007

Miguel de Unamuno. La intrahistoria

Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del "presente momento histórico", no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizadas así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la Historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido, sobre la inmesa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar en el pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.

MIGUEL DE UNAMUNO, En torno al casticismo, 1905

jueves, 21 de junio de 2007

Fichte, 1807. No a la universidad en la era de la información

"Tal repetición [la explicación oral cuando existen bibliotecas] -ante todo superflua y además funesta es sus consecuencias- de lo que se encuentra de manera harto mejor bajo otra forma [la de los libros], no debería existir hoy día bajo ningún concepto; las universidades, si no pueden llegar a ser algo distinto, deberían, en consecuencia, ser suprimidas, y aquellos que experimentaran la necesidad de algún tipo de enseñanza deberían ser remitidos al estudio de los escritos existentes [...] Cualquier cosa que aspira a poseer el derecho a existir debe ser y producir algo que no pueda llegar a ser y a producir nada fuera de esa misma cosa, garantizando al mismo tiempo la perseverancia en su ser y en su continuidad imperecedera: este es el deber de la universidad o, para usar la palabra en su forma antigua, el caso de las Academias; y si la universidad no acepta esto, entonces es mejor que desaparezca."

JOHANN GOTTLIEB FICHTE, Plan deductivo de un establecimiento de enseñanza superior que debe fundarse en Berlín y se hallaría en íntima relación con una Academia de las Ciencias, 1807

miércoles, 20 de junio de 2007

Schopenhauer, 1851. El estado de la cultura

La abolición del latín como lengua culta universal y la introducción en su lugar y plaza de la pequeña burguesía de las literaturas nacionales ha sido para la ciencia de Europa una verdadera desgracia. Ante todo, porque la lengua latina aseguraba un público culto universal, al conjunto del cual se dirigía directamente cada libro que se publicaba. Pero hoy el número de los cerebros capaces de pensamiento y de juicio de la Europa entera es ya tan pequeño, que si se le mutila y dispersa su público por las fronteras de las lenguas, se debilita hasta el infinito su acción bienhechora. [...] ¡adiós entonces al humanismo, gusto noble y sentido elevado! La Barbarie volverá, a despecho de los ferrocarriles, de la electricidad y de los globos. [...] el patriotismo, si pretende afirmarse en el dominio de las ciencias, es un mezquino muy insolente, que es preciso poner en la puerta. En efecto, ¿qué hay más impertinente, cuando se trata de cuestiones pura y universalmente humanas y en las que la verdad, la claridad y la belleza deben ser los únicos factores que se pongan en juego, que pretender colocar en el platillo de la balanza vuestra predilección por la nación a la que os halagáis de pertenecer, y en virtud de esta consideración tan pronto hacer violencia a la verdad, como mostrarse injusto respecto a los grandes talentos de las naciones extranjeras, para preconizar los talentos inferiores de la propia nación? Ejemplos de este bajo sentimiento encuéntranse cada día en todos los escritores de la naciones de Europa.
[...]
La verdadera cultura humana exige, por el contrario, la universalidad y una mirada extensa, es decir, para un intelectual, en el sentido elevado de la palabra, un poco de polihistoria. Pero para ser completamente filósofo, es preciso reunir en el cerebro los polos más distantes del saber humano. De otro modo, ¿dónde podrían encontrarse?
Los talentos de primer orden jamás serán especialistas. La existencia, en su conjunto, se ofrece a ellos como un problema a resolver, y a cada uno presentará a la humanidad, bajo una u otra forma, horizontes nuevos. Solo puede merecer el nombre de genio aquél que toma lo grande, lo esencial, lo general, por tema de sus trabajos, y no el que pasa su vida en explicar alguna relación específica de cosas entre sí.

ARTHUR SCHOPENHAUER, "La erudición y los eruditos", Parerga y paralipomena, 1851

lunes, 11 de junio de 2007

Ética. Representación de la fortaleza en el arte


  1. BAMBAIA (Agostino Busti) (1483-1548). Virtudes no identificadas, posiblemente la esperanza y la fortaleza. (1582)
  2. SANDRO BOTTICELLI (1444-1510). Fortaleza. 1470
  3. ANÓNIMO. Carta del Tarot. Fortaleza
  4. RICHARD COSWAY (1742-1821), Retrato de un señor, su esposa y su hermana que representan la fortaleza presentando a la esperanza como compañía de la aflicción. 1775
  5. GIOTTO DI BONDONE (1267-1337). Las siete virtudes: fortaleza. 1306
  6. LUCA GIORDANO (1634-1705). Alegoría de la fortaleza. 1680
  7. PIETRO PERUGINO (1450-1523). La fortaleza y la templanza con seis héroes antiguos. 1497
  8. MARCANTONI RAIMONDI (1480-1534). Fortaleza. 1402 aproximadamente.
  9. G. SEPORTA (1652-1732). La Fortaleza. Siglo XVIII
  10. JAMES THORNHILL (1675-1734). Grupo alegórico que representa Londres, la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. 1708-1725
  11. JAMES THORNHILL. Fortaleza. 1725-27
  12. PAOLO UCELLO (1397-1495). Fortaleza. 1345

viernes, 27 de abril de 2007

Thomas R. Malthus (1766-1834). Crecimiento demográfico y economía


"Si una persona se toma la molestia de hacer cálculos verá que si fuera posible conseguir, sin ninguna limitación, los alimentos necesarios para la vida, y si el número de personas se duplicara cada veinticinco años, la población que para el día de hoy habría podido reproducirse de una sola pareja humana, a partir de la Era Cristiana, habría sido suficiente únicamente para llenar por completo de habitantes la tierra, a cuatro personas por vara cuadrada, incluso para llenar todos los planetas de nuestro sistema solar en esta misma proporción, y no únicamente los de nuestro sistema solar, sino todos los planetas que giren alrededor de las estrellas y que son visibles a simple vista, dando por supuesto que cada una de estas estrellas tenga tantos planetas en su sistema como los que tiene nuestro sol [...]
Si tomamos el conjunto de la tierra, y suponiendo que la población actual sea de mil millones de habitantes, la especie humana irá creciendo con los números 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256 y los alimentos crecerán con 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. En el transcurso de dos siglos la población se encontraría, respecto a los medios de subsistencia en la proporción de 259 a 9; en tres siglos la proporción sería de 4.096 a 13, y en dos mil años la diferencia sería incalculable [...]
El hambre parece ser el último y más temible recurso de la Naturaleza [...]. La capacidad de crecimiento de la población supera de tal manera a la capacidad de la tierra para proveernos de alimento, que es forzoso que la raza humana se vea sujeta, de una u otra forma, a la muerte prematura. Los vicios de la Humanidad son otros tantos agentes activos y eficaces de la despoblación. Pero si estos agentes fracasan en esta guerra de exterminio, avanzan entonces en terrible séquito las enfermedades periódicas, las epidemias, la peste y toda clase de enfermedades, barriendo miles y decenas de miles de vidas humanas. Si a pesar de esto no se consigue el éxito completo, vienen por la retaguardia las hambrunas gigantescas y fatales, y de un solo golpe igualan los niveles de la población y de los alimentos del mundo."

THOMAS R. MALTHUS

domingo, 11 de marzo de 2007

LUCRECIO, De rerum natura


[El amor]
Se excita en nosotros aquel semen de que antes hablamos, tan pronto la edad viril robustece los miembros. Pues cada ser es conmovido por una causa distinta, y al semen de un hombre solo le excita la influencia de una persona humana. Expulsado a penas de las partes donde tiene su sede, el semen se retira del resto del cuerpo y, atravesando miembros y órganos, concéntrase en una determinada región de los nervios y excita al momento las partes genitales del cuerpo. Irritadas éstas, se hinchan de semen, y surge el anhelo de expulsarlo contra el objeto del violento deseo, y el cuerpo busca aquel cuerpo que ha herido el alma de amor.
Pues, por lo general, el herido cae del lado de la herida, y la sangre brota en dirección al lugar de donde el golpe nos vino, y si el enemigo está cerca, el rojo chorro le alcanza. Así, el que es herido por los dardos de Venus, tanto si los dispara un mancebo de miembros mujeriles como una mujer que respira amor por todo su cuerpo, tiende hacia aquel que lo hiere, se afana en unirse a él y descargarle en el cuerpo el humor que emana del suyo; pues el mudo deseo le presagia placer.

[Peligros del amor]
Esto es Venus para nosotros; de aquí Amor tomó su nombre; así Venus empieza a destilar en nuestro corazón aquella gota de dulzura, a la que sigue el cuidado glacial. Pues aunque el ser amado esté ausente, a mano están sus imágenes, y su dulce nombre resuena en nuestro oídos. Pero conviene huir de tales imágenes, evitar lo que da pábulo al amor y volver la mente a otras ideas: descargar el humor acumulado contra un cuerpo cualquiera, antes que retenerlo y guardarlo para un único amor, y procurarse así cuitas e inevitable dolor. Pues la llaga se aviva y se hace crónica si la alimentas, y la locura crece de día en día y se grava la pena, si no borras la primera herida con nuevos golpes y no la curas de antemano, mientras es reciente, con el trato de Venus vagabunda, o no puedes desviar tu espíritu hacia otros objetos.
Mas no se priva de los frutos de Venus el que evita el amor, antes elige los placeres que están libres de pena. Pues no hay duda de que el goce es más puro para el sano que para el aquejado de pasión. En el momento mismo de la posesión el ardor de los amantes flutúa incierto y sin rumbo, dudando si gozar primero con las manos o los ojos. Apretujan el objeto de su deseo, infligen dolor a su cuerpo, a veces imprimen los dientes contra los labios amados y los lastiman a fuerza de besos; porque no es puro su placer y un secreto aguijón les instiga a hacer sufrir aquello mismo, sea lo que fuere, de donde surgen estos gérmenes de furor. Pero en el acto amoroso, Venus suspende suavemente el tormento, y la blandura del goce que con él se mezcla refrena los mordiscos. Pues hay la esperanza de que el cuerpo que encendió el fuego de la pasión sea también capaz de extinguir su llama. Pero la Naturaleza protesta, objetando que ocurre todo lo contrario; y este es el solo caso en que, cuanto más tenemos, más se enciende el corazón en deseo furioso. Pues comida y bebida son absorbidos dentro del cuerpo, y como pueden ocupar en él lugares fijos, se hace fácil saciar el deseo del agua y de pan. Pero de la cara de un hombre y de una bella tez nada penetra en nosotros que podamos gozar, fuera de tenues imágenes, que la mísera esperanza trata a menudo de arrebatar del aire.
Como un sediento que, en sueños, anhela beber y no encuentra agua para apagar el ardor de su cuerpo; corre tras los simulacros de fuentes y en vano se afana y sufre sed en mitad del turbulento río en el que intenta beber; así en el amor Venus engaña con imágenes a los amantes; ni sus ojos se sacian de contemplar el cuerpo querido, ni sus manos pueden arrancar nada de los tiernos miembros, que recorren inciertos en errabundas caricias. Finalmente, cuando, enlazados los miembros, gozan de la flor de la edad y el cuerpo presiente el placer que se acerca y Venus se aplica a sembrar el campo de la mujer, entonces se aprietan con avidez, unen sus bocas, el uno respira el aliento del otro, los dientes contra sus labios; todo en vano, pues nada pueden arrancar de allí, ni penetrar en el cuerpo y fundirlo con el suyo; pues esto dirías que pretenden hacer, y que tal es su porfía. Con tal pasión están presos en los lazos de Venus, mientras se disuelven sus miembros por la violencia del goce.
Por fin, cuando el deseo concentrado en los nervios ha encontrado salida, hácese una breve pausa en su violenta pasión. Vuelve luego la misma locura y el mismo frenesí, y porfían en conseguir el objeto de sus ansias, ni pueden descubrir artificio que venza su mal; así, en profundo desconcierto, sucumben a su llaga secreta.

Añade a esto que derrochan sus fuerzas y la fatiga los consume; añade que pasan la vida sujetos al capricho de otro.