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domingo, 30 de septiembre de 2007

Giovanni Francesco Loredano: siempre nos queda la tipografía...

"Lector Amigo, y no Juez, piadoso y no Censor. Siendo el estar quexosos de la fortuna natural propensión en todos, podrán encontrar ESTAS BURLAS el gusto de algunos, y en ellas desencantada la felicidad con los tesoros del desengaño. A quien no agadare, conténtese con lo material de la Impressión, que es el fin porque sale a la luz"

GIOVANNI FRANCESCO LOREDANO, "Al lector" en Burlas de la fortuna en afectos retóricos, 1688

domingo, 29 de julio de 2007

Chrétien de Troyes. Perceval o el Cuento del Graal


La obra cumbre de Chrétien de Troyes es su Perceval o Cuento del Graal, escrito entre 1180 y 1190 e inacabado por la muerte de su autor. Perceval (en las versiones alemanas Parsifal) es la figura más perfecta de cuantas imaginó Chrétien, y el obsesionante misterio del graal una de las ficciones literarias más poéticas de todos los tiempos. Se inicia con una escena delicadísima por su ternura y sentido: el niño Perceval vive como un salvaje en un bosque, junto a su madre, que lo retiene apartado de la convivencia humana para que no sepa qué es la caballería, ya que tanto su esposo como sus otros hijos murieron ejerciéndola. El pequeño salvaje ve llega a un grupo de caballeros y queda extasiado ante la belleza de sus vestidos y de sus armas y sostiene con ellos un ingenuo diálogo. La fuerza de la sangre hace que Perceval decida irrevocablemente ir a la corte del rey Artús para ser armado caballero, y a pesar de los ruegos de su madre, allí se encamina. En seguida realiza una notable hazaña, y tras recibir enseñanzas de un viejo caballero, se convierte en el mejor de los del rey Artús.
Sus amores con la hermosa Blancafort, mezcla de ingenuidad y sensualismo, dan sentido a las empresas de Perceval; pero éste está destinado a la más alta y misteriosa de las aventuras. Cierto día se encuentra en un castillo que ha surgido como por encanto ante su vista: es el castillo del rey Pescador, que acoge amablemente a Perceval y lo sienta a su lado en una lujosa sala. Por una puerta entra un paje que lleva una lanza de la que gotea sangre, y tras él, una doncella que lleva el graal, cuya luminosidad eclipsa las antorchas. Perceval no se atreve a preguntar el significado de estos dos objetos, y éste es su gran error. Al día siguiente el castillo está desierto de habitantes y al salir Perceval de él desaparece tan misteriosamente como había surgido. Perceval se enterará luego de que, si hubiese preguntado el significado de la lanza y qué era el graal, el rey Tullido, padre del Pescador, hubiera sanado y se hubiera desencantado. Este rey Tullido, sabe luego, era un tío suyo que vivía sin tomar comida alguna, alimentado solamente por una hostia que hay en el graal. Perceval y otros caballeros del rey Artús emprenden la busca del castillo del graal, sin dar con él: Chrétien deja inacabada la novela sin que sepamos exactamente qué sentido quería dar al relato.
El Cuento del graal es una novela que impresiona por cierto tono de misterio y por su impenetrable simbolismo. De hecho es una especie de arte de caballería en el que el autor ha tomado como punto de partida un hombre en estado salvaje e inculto y lo ha hecho ascender gradualmente al conocimiento del manejo de las armas, lo ha hecho educar en el espíritu caballeresco y cortés, le ha hecho conocer el amor y luego el misterio de la fe. Parece totalmente demostrado que la lanza y el graal (nombre que se daba a los recipientes que se empleaban en la mesa y que tenían forma de copa con pie muy largo) son dos elementos capitales de la Pasión de Jesucristo; la lanza con la que fue herido en el costado (por el soldado ciego Longinos, según una viejísima tradición) y el vaso sagrado en el que se recogió su preciosísima sangre, ya que la doncella que lleva el graal es un símbolo de la Iglesia nueva o cristiana que, en oposición a la Sinagoga, se representa en manifestaciones plásticas de la época de Chrétien y antes aún. El graal es, pues, un vaso sagrado cristiano en el que se lleva una sagrada forma al rey Tullido, el cual con este solo alimento mantiene su vida, al estilo de los tan sabidos casos, antiguos e incluso actuales, de personas que milagrosamente viven de la Eucaristía. Lo que no sabemos, por haber dejado Chrétien su obra inacabada, es qué hubiera ocurrido si Perceval hubiese formulado las preguntas al presenciar el cortejo de los dos símbolos. Es posible que este misterioso castillo, en el que hay reyes sin fuerza ni poderío, uno de ellos paralítico, pero asistido por la Iglesia misma, confortado por la Eucaristía y la lanza de la Pasión, sea un trasunto del reino cristiano de Jerusalén, en plena decadencia bajo Baldovinos IV, el rey leproso y que en 1187 caía bajo el dominio de Saladino. Chrétien, con esta ficción novelesca, especie de alegoría de un hecho contemporáneo, hubiera escrito en pro de la tercera Cruzada. Lo cierto es que Chrétien de Troyes murió sin acabar su maravillosa e intrigante novela y se llevó el misterio de la lanza y del graal del mismo modo que el marinero del romance castellano del conde Arnaldos se hace a la mar sin decir su canción.
En el Cuento del graal hay una escena de sorprendente belleza, la de Perceval absorto ante tres gotas de sangre de alondra caídas sobre la nieve. El héroe se extasía en su contemplación, en la que el rojo de la sangre y el blanco de la nieve le sugieren el color de la carne de enamorada Blancafort. Chrétien insiste en un largo pasaje de un intacto e irreal sentido poético y se complace en la minuciosa descripción de esta escena, uno de sus mayores aciertos del artista. Otra escena inolvidable es la que tiene lugar entra Gauvain, el sobrino del rey Artús, y la Pucele as Petites Manches (la doncella de las mangas pequeñas), niña de pocos años, ingenuamente encariñada con el caballero. Chrétien ha sabido recoger delicadas notas de ternura infantil, tan raras en los escritores medievales, al dar un ligero y marginal papel a esta simpática figura.
Chrétien de Troyes es un maestro de la narración. La conduce con gran seguridad y sin tropezones. Cuando el interés de la acción está en su punto más elevado, acostumbra interrumpirla y pasar a otro tema (por ejemplo las aventuras de un caballero distinto), para luego ir reuniendo hábilmente los diversos asuntos. Este procedimiento, que se hará normal en la novela, está tomado de los consejos de los preceptistas retóricos y lejanamente deriva de la Poética de Aristóteles. Son notables sus atisbos psicológicos, principalmente en los personajes sujetos al amor; describe su pasión, sus ilógicas reacciones, sus noche de insomnio, su timidez y sus angustias con detallada detención y siguiendo más o menos las enseñanzas de las obras teóricas de Ovidio sobre el amor que tradujo en su juventud. Es prolijo en la descripción de combates, aspecto de primordial interés para el público de cortesanos para quien escribe, y también en la de adornos y vestidos femeninos, concesión a las damas que escuchaban sus novelas, principalmente las que hoy llamaríamos "provincianas", que así se enteraban de las modas de la corte. Su estilo es sencillo y conciso, con notas personales muy características; y por encima de todo Chrétien de Troyes es el gran creador de personajes literarios que han llegado hasta nosotros con toda su emoción.

Martín de Riquer
Imagen: GABRIEL DANTE ROSSETTI, El Santo Grial. 1860

sábado, 14 de julio de 2007

domingo, 8 de julio de 2007

Pandora. La esperanza, el peor de los males


Zeus estaba furioso. Prometeo se había burlado de él, robando el fuego del Olimpo para llevárselo a los hombres. Pero nadie se burla impunemente de Zeus.
El castigo de Prometeo fue terrible. Encadenado al Cáucaso, todos los días un águila le devoraba con su pico el hígado, que todas las noches volvía a crecer.
-¡También los hombres deben ser castigados!-tronó Zeus-. Les daré un mal con el que todos gocen en su corazón, mientras abrazan su propia ruina.
Y Zeus creó a la mujer.
Rompió a reir el padre de los hombres y los dioses y ordenó a Hefesto que mezclase tierra y agua. Con ese barro debía formar un cuerpo virgen, hermoso y adorable, parecido a las diosas inmortales, con la voz y la fuerza de un ser humano.
Mandó que Atenea la instruyese en sus labores, en el tejido y las tareas femeninas. Mandó que la dorada Afrodita circundase de gracia su frente y ciñese su cintura, imprimiéndole el doloroso deseo y las ansias que devoran los miembros. Las Gracias y la Persuación colgaron collares de oro alrededor de su cuello. Y las Horas la adornaron con guirnaldas de flores.
A Hermes, el mensajero, le encargó que infundiese en la mujer espíritu de perra y corazón ladino. Y el mensajero forjó en su pecho mentiras y palabras falaces. Por último la dotó de la palabra y la llamó PANDORA, por ser un regalo de todos los dioses (Pan: todos; dora: regalo).
Una vez terminado el señuelo fatal, irremediable, Zeus mandó que Hermes le llevara a Epimeteo ese maligno regalo de los dioses.
Prometeo le había advertido a su hermano Epimeteo que jamás aceptara un regalo de Zeus, que debía devolverlo a su origen para evitar que el mal se extendiera entre los mortales.
Pero la tentación fue demasiado grande. Epimeteo no pudo resistirse al divino atractivo de Pandora.
En esas lejanas épocas, la humanidad vivía libre del mal. En una vasija bien cerrada había guardado Prometeo todas las desdichas de la humanidad, diciéndole a Epimeteo que se guardara jamás de abrirla.
Sin embargo, la curiosidad de la mujer pudo más que todas las advertencias. Pandora levantó la tapa del vaso y salieron de él, como monstruosos insectos, la dura Fatiga y las Enfermedades, el Dolor y la Vejez, la Tristeza, la Muerte y la Desdicha, la Locura, el Vicio y la Pasión. En forma de nube volaron fuera de la vasija y atacaron a Epimeteo y a Pandora, hiriéndolas por todas partes y luego atacaron a la raza de los mortales, esparciéndose por el mundo.
Desde entonces, son incontables los males que vagan entre los hombres: llena está la tierra de males, llena está la mar. Los morbos caen sobre los hombres de día o los visitan por la noche en silencio el prudente Zeus les quitó la voz, para que el hombre no tenga modo de advertirlos y esquivarlos.
Sólo quedó, en el fondo, retenida por Pandora, que apenas atinó a volver a tapar el frasco, la Esperanza Engañadora. Y gracias a ella los hombres pueblan todavía este mundo de pesares, gracias a ella, o tal vez por su culpa, no se han quitado todavía la vida para dejar de sufrir: cada día la Esperanza los vuelve a disuadir con sus mentiras.

Texto:
HESÍODO,
Los trabajos y los días
Imagen:
GEORGE FREDERIC WATTS, Hope. 1886

sábado, 9 de junio de 2007

Jean Rhys, Ford Madox Ford y Neus Canyelles


En poco menos de un mes y medio, por azar, llevé a cabo un ejercicio de algo parecido a la intetextualidad. Leí la novela L'alè del búfal a l'hivern de la escritora mallorquina Neus Canyelles. Traduzco la contraportada:

"Al final de su vida, la escritora Gwen Rees vive su vida retirada en una isla del Mediterráneo, donde comienza a escribir la autobiografía de una trayectoria vital agitada y turbulenta: nacida en las Antillas y emigrada a Inglaterra, ha hecho de corista de cabaret, ha malvivido en lugares inhóspitos y ha resistido numerosos desamores, siempre empecinada en escribir... Cuando todo el mundo la da por muerta, Esther March, una joven escritora obsesionada por la figura de Rees, parte a su encuentro y pasa todo el invierno con ella."

La novela es preciosa y Canyelles dibuja un personaje fascinante de la anciana y torturada escritora. Leerla me proporcionó unos momentos deliciosos y, por supuesto, despertó mi curiosidad sobre Gwen Rees de la que no había oído hablar nunca. La escritora fue una mujer que desde su infancia se sintió desamparada, necesitaba sentirse protegida y nunca lo consiguió, ni con sus varios matrimonios ni con sus muchos y efímeros amantes. Su obsesión era mantenerse hermosa ya que la belleza era la única baza con la que creía contar para encontrar un hombre que la hiciera sentirse segura. Necesitaba un marido o un amante (no sé si le importaba que fuera una u otra cosa) que le diera lo que ella necesitaba: una cálida y bonita habitación que la resguardara del mundo que tan hostil se le presentaba. Para ella escribir era como una maldición que no la dejaba en paz, de la misma manera que su alcoholismo. Gwen escribía bajo el pseudónimo de Jean Rhys. Fue reconocida como una de las mejores escritoras británicas vivas, pero cayó en el olvido a la vez que seguía descenciendo por una espiral de autodestrucción.

Un golpe de suerte (ya que compré el libro sin saber qué me iba a encontrar) me llevó a conocer otra novela con la que disfruté muchísimo: El buen soldado de Ford Madox Ford. Dos parejas de "gente bien" se hacen amigas durante el período comprendido entre las dos guerras europeas del siglo XX. Los cuatro son los perfectos viajeros adinerados que pasaban largas temporadas en balnearios, de modales exquisitos y expresión distante, la que caracteriza a aquellos que, por su educación, están inmunizados contra las pasiones y otros bajos sentimientos. A través de la narración de uno de sus personajes nos adentramos en la vida íntima de estos cuatro amigos, y con una prosa y estructura narrativa magistral, nos muestra hasta qué punto las apariencias engañan.

Volvía a no tener nada qué leer, y encontré en la librería un libro de Jean Rhys Ancho Mar de los Sargazos, así que lo cogí de la estantería como con temor a que me lo fueran a arrebatar. Es una edición de la colección "Letras universales" de Cátedra. Me metí en un bar a tomar un café y empecé a leer el prólogo, el apartado de la biografía de Gwen, con una curiosidad creo que morbosa. Lo que iba leyendo se ajustaba perfectamente a la novela de Neus Canyelles, pero cuál no sería mi sorpresa cuando llegué al párrafo en que se dice que Ford Madox Ford fue su amante. ¡Así que es este Mr. Ford al que Gwen llamaba pidiendo protección, ya en su vejez, en medio de sus borracheras en la novela de la mallorquina!

Esta es la pequeña historia que quería contar. A través de estas tres novelas sentí que mi papel no era solo el de lectora, sino también de expectadora de una historia ya antigua de desamor y soledad.

NEUS CANYELLES, L'alè del búfal a l'hivern
JEAN RHYS, Ancho Mar de los Sargazos
FORD MADOX FORD, El buen soldado

miércoles, 18 de abril de 2007

MARGARET ATWOOD, El asesino ciego


"Ayer fui al médico por lo de los mareos. Me explicó que mi corazón estaba bastante deteriorado, como si yo no lo supiera. A pesar de todo, parece que no voy a vivir para siempre; cada vez me encogeré más y me pondré más gris y polvorienta, como el genio de la lámpara. Hace mucho tiempo murmuré 'Quiero morir', y de pronto me doy cuenta de que ese deseo se verá irremediablemente cumplido, y más pronto que tarde. No importa que haya cambiado de idea al respecto"

"El cementerio tiene una puerta de hierro forjado con una voluta en arco encima y una inscripción: 'Aunque camine por el valle en sombras de la muerte no temeré el mal, porque Tú estás conmigo.' Desde luego, parece más seguro siendo dos; pero 'Tú' es un personaje escurridizo. Cada Tú que he conocido tiene su propia manera de esfumarse. Desaparecen del mapa o se vuelven pérfidos, o caen como moscas y entonces, ¿dónde te encuentras?
Pues exactamente aquí."

miércoles, 11 de abril de 2007

Una novela con Glenn Gould como personaje


THOMAS BERNHARD, El malogrado

A Bernhard, el escritor, no le gusta el lenguaje, de la misma manera que al violinista no le gusta su violín. O que a Glenn Gould su piano. No puede prescindir de él, debe pasar por él, lo que es diferente. No reinvindica su destreza, pero Bernhard se siente como el ignorante y el demente sacrificado al arte. Al arte como hacer y no como placer. Se convierte en instrumento del lenguaje. De ahí un lenguaje carente también de cuerpo, descarnado, que no cuenta nada más que relaciones. Tantos nombres abstractos, que son los verdaderos personajes de Bernhard: la helada, el transtorno, la corrección, el origen, la costumbre... Del mismo modo que desea una lengua cuyas palabras estén hueras de sentido por medio de su repetición abrumadora, puras resonancias, palabras convertidas en sonidos ("las palabras que junto, las frases que construyo, las coloco en su justo lugar... según un desarrollo musical"), aspira a una música cuyas notas no serían más que signos legibles inequívocos, no cuerpos sonoros que hacen temblar la carne.

Sería un error confinar a Bernhard en las tinieblas (la muerte) donde afirma permanecer, y tomarlo por un desesperado. Misántropo, es como todo melancólicos un enamorado del lenguaje, decepcionado engañado, pero incorregible, lamentándose de la imposibilidad de comprender nada o a nadie, pero sin renunciar nunca a hacerse oír. "En la oscuridad todo se vuelve claro. No solo las apariciones, que pertenecen a la imagen, no, la lengua también. Es preciso imaginar páginas completamente negras en las que la palabra se ilumina."

El malogrado es la única novela de Bernhard entermante dedicada a la música. Tres personajes; Glenn Gould, "el más clarividente entre los locos", Wertheimer, "el malogrado", que renuncia al piano cuando Gould abandona los escenarios, y luego se suicida poco tiempo después de haber abandonado la vida: "Naufragaba siempre sin interrupción", y finalmente el narrador, "el filósofo", que recuerda a sus dos amigos. Personajes suficientemente locos en sí mismos y cuyo trío es imposible (el piano es también eso, bastarse a sí mismo, no soportar a los demás pianistas, no poder acercarse a ellos sino al precio de mucho estilo indirecto, a partir del recuerdo: "Dice: recuerdo que Wertheimer decía de Gould...").

No se sabe si el malogrado es la renuncia a la música, o la música misma. Un día, cada día, uno se dice: "Se acabó el piano, no soy un intérprete, un artista que reproduce", pero luego la frase melancólica se empobrece, se trunca. Dice: "No soy un artista", y luego todavía: "No soy". y acaba por no decir absolutamente nada, por morir, como el piano desterrado, entregado, revendido. Aunque se posea un magnífico Steinway, como "el filósofo", es absolutamente necesario regalárselo a la obtusa hija de un maestro de escuela, para que lo deteriore y se pueda llegar más lejos en la ruina. Ambos amigos, Wertheimer y el narrador, después de haber seguido con Gould los cursos de Horowitz en Salzburgo, aturdidos por "el concepto de música" de Gould, deciden renunciar a la interpretación. Supongo que Bernhard profesaba hacia Horowitz, que representaba todo lo que le asqueaba: el virtuosismo, el afán de agradar, el actor, un odio tan inflexible como a Salzburgo, ciudad a la que dedicó cantidad de invectivas recurrentes (pero, como sucede siemrpe con el odio, Bernhard quiere borrar una parte de sí mismo, el cronista mundano que fue durante un tiempo, el gacellitero del Festival, el virtuoso de encargo). Aunque semejantes ficciones solo sirvan para asentar la figura del pianista que renuncia al piano. Por ambiguas que sean, la renuncia al teclado de Wertheimer, que se dedica a las ciencias humanas y la del narrador, que se inclina por la filosofía, son las perfectas encarnaciones bernhardianas del músico.

En cuanto a Gould (el pianista real que tanto fascinaba a Bernhard, por su rechazo del pianismo e incluso del piano), encarnaba esa pureza loca que el escritro busca con una especie de rencorosa melancolía en la música. Una música sin cuerpo, un "concepto" de música. La música excenta de la suciedad de tocarla un día tras otro. Una música que no provenga más que del pensamiento, no del oído. Ideal fuera de todo alcance, por fortuna, pero que todo músico contempla de vez en cuando.

En esta historia hay, sin embargo, un reverso a esa renuncia, a ese repudio de la misma música, y no únicamente del virtuosismo, de la vida de pianista de concierto, rechazada por el narrador como caricatura indigna de lo que la música debería ser. Los músicos de La fuerza de la costumbre son artistas de circo, y Gould hablaba del "circo" de los conciertos. La música en sí, para Bernhard, es la que se toca sin que nadie pueda oírla, encerrado en sí mismo, malogrado por su propia ruina. Tras haber renunciado, Gould (el personaje) "había sido poseído por su arte hasta el punto de que nos veíamos obligados a suponer que no se podría mantener mucho tiempo en tal estado y no tardaría mucho tiempo en morir". Es posible, en efecto, que no se toque impunemente música con la locura que ponía en ella Gould (el real, no el personaje), muerto el 4 de octubre de 1982 de una embolia pulmonar. Pero por razones de coherencia literaria en el sistema de Bernhard el pianista, dado que es "el mejor de su siglo", no puede tocar el piano sino a muerte. Para Bernhard, el arte es una enfermedad, y la enfermedad un arte. Gould "hablaba de su enfermedad pulmonar como si hubiera sido su segundo arte". Es necesario, pues, que el narrador de Bernhard, aunque el verdadero Glenn Gould no haya renunciado nunca al piano, le preste su propia enfermedad (pulmonar) y esta otra enfermedad: considerar el arte como portador de muerte. "Glenn no sucumbió a la enfermedad pulmonar, pensaba yo. Lo que lo ha matado es la situación sin salida a la que su interpretación le había arrastrado." El narrador (que no es Bernhard, como tampoco su Gould es Glenn Gould, aunque los cuatro padecieron una enfermedad pulmonar) da voz a la concepción trágica de la música según Bernhard.

No hay que buscar en ello ninguna verosimilitud. Todo es inversímil en El malogrado, por ejemplo, la supuesta oposición de los padres de Gould a la música (se sabe que su madre fue su profesora), o el calificativo de "el más importante pianista virtuoso del siglo", como si Bernhard definiera sus personajes por lo que en realidad les era más ajeno. Horowitz fue todo salvo profesor, y Gould lo contrario de un virtuoso. Pero todo es verdadero. Verdadero por ejemplo que, para el músico, tocar ya no es oír a los suyos, poner su instrumento entre uno mismo y los otros (sus padres, en primer lugar). La música es baluarte, en el sentido también de protección: parapetarse en ella, hundirse en ella. "El Steinway era mi forma contra ellos, contra el mundo, contra el embrutecimiento de la familia y el mundo." Verdadera, la idea de que Gould era un virtuoso de la técnica pianística, no en el sentido de alarde de estrado, sino de la destreza más eficazmente rigurosa. Gould, de hecho, se irritaba mucho cuando se evocaba a Horowitz en su presencia. "¿Por qué se habla siempre de la técnica de Horowitz? Mi técnica es mejor que la suya." Y, por supuesto, era cierto. Verdadera, sobre todo, en Bernhard y encarnada en Gould, pianista y personaje, la idea de la música como monstruosidad. Gould al teclado era un monstruo, como si el piano fuera él y él el piano, centauro que masculla con voz cascada el canto que su gran cuerpo oscuro hacía resonar. Qué exacta esta descripción de Gould: "Acababa de sentarse al piano y ya se había sumergido en sí mismo, pensaba yo, parecía un duende, pero visto de más cerca, se parecía al hombre sutil y hermoso que había sido."

Se trata casi del recorrido inverso al que cabría hacer: no intentar averiguar en qué refleja o traiciona al personaje de Bernhard al verdadero Glenn Gould, sino mostrar cómo muchos personajes de Bernhard, antes de El malogrado, antes de la muerte de Gould, ya eran gouldianos, en su rechazo al contacto, su odio por la carne de la música, su deseo de una música sin dedos, de una vida sin cuerpo, su deseo de un pensamiento casto.

El agotamiento

De hecho, ningún íntimo de Gould (y ser íntimo de Gould, como Bernhard, no es posible sin distancia, repudio, odio en algunos momentos, y exige experimentar su extrañeza, ser afectado por ella), se sorprendió al leer El malogrado, un retrato de Gould según la pluma del autor de Corrección. Gould figuraba desde hace mucho tiempo en nuestro imaginario como un personaje bernhardiano, una especie de retrato del artista como solitario demente. Pero la comparación debe ser más precisa. Es estética, más que psicológica. Se sabe que el abandono de Gould de las salas de concierto por el estudio de grabación se debió a razones diversas, entre otras la posibilidad de interrupción y de recomienzo que solo la grabación le ofrecía. Eso lo convertía en un creador, más que en un intérprete, un recreador. Aquí resuenan las palabras de Bernhard: "No debe haber nada entero, hay que pulverizarlo. Lo que está logrado, lo que es bello se vuelve siempre sospechoso. Hay que interrumpir un camino, si es posible, en un momento imprevisto [...] nada más falso que terminar realmente eso que se llama un capítulo. Y nada más falso que escribir un libro hasta el final. Es la falta más grave que pueda cometer un autor". En ese repudio de la finitud hay una postulación infinita: ser no el demiurgo, sino sencillamente Dios, que no recrea. Esa infinita potencia del creador adquiere la forma de la demolición, más que de la construcción: "Soy un demoledor de historias", proclama Bernhard, que incluso escribe, con un juego de palabras intraducible, que "la creación no es otra cosa que un inmenso agotamiento". Pero eso no resta nada a su carácter de exaltación omnipotente: Bernhard pensó durante un tiempo convertirse en director de orquesta, y Gould, trabajando en sus montajes radiofónicos de conversaciones entreveradas, se igualaba por un instante al Dios que lo oye todo.

Como el personaje de Corrección ("Continuamente corregimos y nos corregimos a nosotros mismos, sin el menor miramiento [...] Pero la corrección propiamente dicha (el suicidio), la vamos demorando sin fin"), Gould corregía y se corregía despiadadamente. Así, realizó treinta y una ediciones corregidas de un comentario radiofónico de dos minutos y cuarenta y tres segundos dedicada a Richard Strauss.

Texto extraído de: MICHEL SCHNEIDER, Músicos nocturnos. El lado oculto del lenguaje musical. Ed. Paidós

Thomas Bernhard

Glenn Gould

lunes, 9 de abril de 2007

Kafka en 1912

"Las personas que mantienen su naturaleza alejada de la comunidad no necesitan en absoluto ser defendidas, ya que la incomprensión no les puede afectar porque son abstrusas y, en ellas, el amor encuentra trabas por todas partes; tampoco necesitan tonificantes porque, si de verdad quieren subsistir, solo pueden hacerlo nutriéndose de ellas mismas. Así, pues, no se les puede ayudar sin que se les perjudique."

Franz Kafka, extracto de una recensión aparecida en la revista Hyperion en 1912

jueves, 5 de abril de 2007

Piropos


Digo, pues, que todas, de cualquier estado que fueren, color, edad, ley, nación y condición, grandes y chicas, mayores y menores, jóvenes y viejas, feas y hermosas, enfermas y sanas, las cristianas como las judaicas y las moriscas, negras y morenas, rubias y blancas, cabales y estropeadas, gibosas, parleras y mudas, libres y cautivas, cuantas viven, cualesquiera que sean, creen cosa de verdad todo lo que sueñan; hacen proceso mental de lo que no ven, sin oír la parte ni la defensa; se pronuncian por sola presunción; y sentencian, como sobre cosa de verdad, en lo que de cierto no saben.
Se dan gusto mintiendo; varían siempre; no ríen nunca sin fingir; ríen y lloran por amaño; claman que se sienten morir, cuando más sanas están; si tienen tercianas*, lejos de cuidar su mal, suelen fingir que están dolientes para disimular sus propósitos. Si se las reprende, rehúyen todo género de enseñanza o corrección; pero saben excusar muy bien sus vicios amados y especulan sobre pecados ajenos y aun llegan a atribularse por ellos cuando se confiesan: no dejan de manifestar ninguna circunstancia de los mismos, por los que experimentan ansias, sin empero dolerese de sus propios pecados.
Manifiestan querer lo que menos les agrada: atienden a lo azul y compran de color granate; piden uvas, cuando lo que anhelan son granadas; pero nunca se engañan en cuanto se trata de tomar; su placer es gastar pródigamente, darse tono y elevarse siempre más arriba. [...]

Relatar todas sus maldades sería cosa muy larga: no bastaría la noche entera para hacerlo; he referido algunas solamente para moverte. Quiero concluir de esto que son altaneras, vanas, inhumanas y llenas de vileza. En mil hombes no se halla uno vil, y si en el millar se encuentra algún villano, hácele serlo su cónyuge; le mancilla cualquier mujer, madre inclusive, y de ello saca muy bonito nombre, muy considerado en corte: cornudo, borde, bastardo, malnacido, afeminado, alegrote, mujeriego, bujarrón, concubinario, fornicario y mozo gazapón. No hay hombre ninguno al que se pueda tachar de vicioso, o reputar de zafio, villano y malvado, sino al que ama, desea o tiene alguna participación con cualquiera de ellas.

*Terciana, med., calentura intermitente que se repite cada tres días

Extracto de:
JAUME ROIG, Llibres de les dones o Spill





domingo, 25 de marzo de 2007

BLOOM, HAROLD, El canon occidental


Elegía al canon

Poseemos el canon porque somos mortales y nuestro tiempo es limitado. Cada día nuestra vida se acorta y hay más cosas que leer. Desde el Yahvista y Homero hasta Freud, Kafka y Beckett hay un viaje de casi tres milenios. Puesto que este viaje pasa por puertos tan infinitos como Dante, Chaucer, Montaigne, Shakespeare y Tolstói, todos los cuales compensan ampliamente una vida entera de relecturas, nos hallamos en el dilema de excluir a alguien cada vez que leermos o releemos extensamente. [...]

El estudio de la literatura, por mucho que alguien lo dirija, no salvará a nadie, no más de lo que mejorará a la sociedad. Shakespeare no nos hará mejores, tampoco nos hará peores, pero puede que nos enseñe a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos. [...]
Si fuésemos literalmente inmortales, o si nuesta vida doblara su duración hasta alcanzar los ciento cuarenta años, podríamos abandonar toda discusión acerca de los cánones. Pero solo poseemos un intervalo, y a continuación dejamos de ocupar nuestro lugar en el mundo; y no me parece que la responsabilidad del crítico literario sea llenar ese intervalo con malos textos en nombre de cualquier justicia social. [...]
Aquellos que se indignan antes lo cánones sufren un complejo de culpa elitista basado en la apreciación, bastante exacta, de que los cánones siempre sirven indirectamente a los intereses y objetivos sociales y políticos, y ciertamente espirituales, de las clases más opulentas de cada generación de la sociedad occidental. Parece claro que el capital es necesario para el cultivo de los valores estéticos. Píndaro, el último campeón supremo de la lírica arcaica, componía sus odas a cambio de grandes sumas, y los ricos, a cambio de su generoso apoyo financiero, obtenían una espléndida exaltación de su divino linaje. Esta alianza de sublimidad y poder financiero y político nunca ha cesado, y presumiblemente nunca lo hará ni podrá hacerlo. [...]
El cánon occidental, a pesar del idealismo ilimitado de aquellos que querrían abrirlo, existe precisamente con el fin de imponer límites, de establecer un patrón de medida que no es en absoluto político o moral. Soy consciente de que ahora existe ua alianza encubierta entre la cultura popular y lo que se autodenomina "crítica cultural", y en nombre de esa alianza la propia cognición puede, sin duda, adquirir el estigma de lo incorrecto. La cognición no puede darse sin memoria, y el canon es el verdadero arte de la memoria, la verdadera base del pensamiento cultural. Dicho con la mayor llaneza, el canon es Platón y Shakespeare; es la imagen del pensamiento individual, ya sea Sócrates reflexionando durante su propia agonía, o Hamlet contemplando esa tierra ignota. La mortalidad se une a la memoria en la conciencia de poner a prueba la realidad a que induce el canon. Por su misma naturaleza, el canon occidental nunca se cerrará, pero nuestras animadoras no pueden abrirlo por la fuerza. La fuerza sola puede abrirlo, pero ha de ser la fuerza de un Freud o un Kafka, persistente en sus negaciones cognitivas.[...]
En la práctica, los términos "poder" y "autoridad" poseen significados opuestos en el ámbito de la política y en lo que todavía deberíamos llamar "literatura de imaginación". Si nos cuesta ver esa oposición, puede que sea debido a ese ámbito intermedio que se denomina a sí mismo "espiritual". El poder espiritual y la autoridad espiritual también se funden, de una manera notoria, tanto en la política como en la poesía. De este modo debemos distinguir el poder y la autoridad estéticos del canon occidental de cualquier tipo de consecuencia espiritual, política o moral que pueda haber favorecido. Aunque la lectura, la escritura y la enseñanza son necesariamente actos sociales, la enseñanza posee también un aspecto solitario, una soledad que solo dos pueden compartir, en palabras de Wallace Stevens. Gertrude Stein sostenía que uno escribía para sí mismo y para los desconocidos, una magnífica reflexión que yo extendería a un apotegma paralelo: uno lee para sí mismo y para los desconocidos. El canon occidental no existe a fin de incrementar las élites sociales preexistentes. Está ahí para que lo leas tú y los desconocidos, de manera que tú y aquellos a quienes nunca conocerás podáis encontraros con el verdadero poder y autoridad estéticos de lo que Baudelaire (y Erich Auerbach después de él) llamaba "dignidad estética". Uno de los ineluctables estigmas de lo canónico es la dignidad estética, que es algo que no se puede alquilar. [...]
Todos los cánones, incluyendo los contracánones tan de moda hoy en día, son elitistas, y como ningún canon está nunca cerrado, la tan cacareada "apertura del canon" es una operación bastante redundante. Aunque los cánones, al igual que todas las listas y catálogos, tienen tendencia a ser inclusivos más que exclusivos, hemos llegado al punto en que toda una vida de lectura y relectura apenas nos permite recorrer todo el canon occidental. De hecho, ahora es virtualmente imposible dominar el canon occidental. No solo significaría asimilar perfectamente trescientos libros, muchos de los cuales, si no la mayoría, presentan auténticas dificultades cognitivas e imaginativas, sino que las relaciones entre estos libros son más controvertidas a medida que se alargan nuestras perspectivas. También tenemos las enormes complejidades y contradicciones que constituyen la esencia del canon occidental, que ni mucho menos es una unidad o estructura estable. Nadie posee autoridad para decirnos lo que es el canon occidental. No es, no puede ser, exactamente la lista que yo doy, ni la que pueda dar ningún otro. Si así fuera, eso convertiría dicha lista en un mero fetiche, en una mercancía más. [...]
El tema central es la mortalidad o inmortalidad de las obras literarias. Donde se han convertido en canónicas, han sobrevivido a una inmesa lucha en las relaciones sociales, pero estas relaciones tienen poco que ver con la lucha de clases. El valor estético emana de la lucha entre textos: en el lector, en el lenguaje, en el aula, en las discusiones dentro de una sociedad. Muy pocos lectores de clase obrera pintan algo a la hora de determinar la supervivencia de los textos, y los críticos de la izquierda no pueden leerlos en nombre de la clase obrera. El valor estético surge de la memoria, y también (tal como lo vio Nietzsche) del dolor, el dolor de renunciar a placeres más cómodos en favor de otros mucho más difíciles. Los obreros ya tienen suficientes angustias, y prefieren la religión como alivio. Su certeza de que la estética es, para ellos, simplemente otra angustia nos ayuda a aprender que las grandes obras literarias son angustias conquistadas, y no una liberacion de esas angustias. También los cánones son angustias conquistadas, no pilares unificados de moralidad, ya sean occidentales u orientales.

Enlaces:

Texto extraído de la primera parte del libro
Breve biografía de Harold Bloom
Algo sobre el concepto e historia del canon literario occidental

AKIRA KUROSAWA, Rashômon


Una ilustración del escepticismo

Japón, siglo XII. Bajo las puertas del derruido templo de Rashomon, en la antigua Kioto, se guarecen de la torrencial lluvia un leñador, un sacerdote budista y un peregrino. Los tres discuten sobre el juicio a un bandido, acusado de haber dado muerte a un señor feudal y de violar a su esposa. Los incidentes son narrados desde el punto de vista del ladrón, la mujer, el asesinado -con la ayuda de un médium- y del leñador, único testigo de los hechos.


Enlaces:
IMBD
Cuentos en los que está basada la película
Algo sobre Rynusuke Akugawa
Sinopsis extraída de FilmAffinity

jueves, 22 de marzo de 2007

STEVEN RUNCIMAN, La caída de Constantinopla


Más guerra, es la madera

La notable colección del Reino de Redonda acaba de publicar uno de los clásicos más estimulantes de la moderna historiografía, La caída de Constantinopla, de Steven Runciman. El director de la colección es alguien que sabe de literatura. Más específicamente, alguien que conoce las novelas como el mejor cardiólogo pueda conocer el corazón humano y sus válvulas. En un epílogo que le ha añadido al libro, dice Javier Marías que aún siendo un indudable libro de historia, se lee como la mejor de las novelas. Es totalmente cierto. Es una de las mejores novelas que he leído en mi vida.

Como bien expone Marías, el arte de Runciman, el cual adivina el peligro de novelizar sobre un asunto tan dramático como el derrumbe del imperio oriental, el fin de Bizancio, la desaparición del mundo clásico, le aconseja neutralizar al máximo todos los recursos figurativos y poéticos, de modo que es justamente esa neutralidad, esa desnudez, la prosa sobria y eficaz, lo que otorga una evidente calidad literaria al relato. Y concluye Marías con esta frase:

“Lo literario, la cualidad literaria, a fin de cuentas no reside en el tema ni en el punto de vista ni en la intención de conseguirla ni en la proclamación de su consecución. Una vez más se nos aparece el misterio de la invisibilidad de los confines: podríamos preguntarnos, tal vez, si en realidad los hay”.

Está muy bien dicho. Marías, que por cierto puntúa como yo, con más intención musical que gramatical, se pregunta si deben respetarse unos confines a fin de cuentas invisibles. Si en el panteón literario inglés figura Gibbon, ¿Por qué no Runciman? ¿O acaso es preciso esperar a que la “historia” sea declarada obsoleta para incluirla en la región literaria, como las historias de Herodoto? ¿Debemos esperar a que los libros de Burkhardt o de Michelet sean totalmente superados por historiadores posteriores para incluirlos entre las mejores narraciones del romanticismo?

Cuando yo daba clases de literatura a alumnos ingleses insistía mucho en que, al llegar al siglo XVIII, leyeran sin falta el informe en el expediente de la Ley Agraria, de Jovellanos. A los sensatos estudiantes británicos les parecía una extravagancia que incluyera un texto considerado técnico en un programa literario. Sin embargo, puedo decir sin esnobismo alguno que lo tengo por uno de los mejores textos literarios del XVIII español, junto con la admirable descripción del castillo de Bellver. Confines invisibles.

Observen ustedes con qué arte concluye Runciman su capítulo V.

“A fines de marzo, cuando el ejército turco marchaba por Tracia, Constantino mandó buscar a su secretario Frantzés y le pidió que hiciera un censo de todos los hombres de la ciudad –incluidos los monjes- capaces de portar armas. Cuando Frantzés finalizó su tarea, vio que había únicamente cuatro mil novecientos ochenta y tres griegos útiles y algo menos de dos mil extranjeros. Constantino se quedó aterrado ante la cifra y rogó a Frantzés que no la divulgara. Pero los testigos italianos llegaron a idéntica conclusión. Contra el ejército del sultán de unos ochenta mil hombres y sus hordas de tropas irregulares, la gran ciudad, con sus veintitrés kilómetros de murallas, habría de ser defendida por menos de siete mil hombres”

Y a continuación titula su capítulo VI: “Comienza el asedio”. Es algo estupendo.

Por cierto que algunos lectores del blog habrán observado que el censo se hizo exclusivamente entre hombres, incluidos los monjes, siendo así que las mujeres tenían prohibido participar en la guerra. Por fortuna, un atavismo semejante ha sido ya corregido gracias a la lucha de las feministas contra el poder masculino y en la actualidad muchas mujeres independientes y libres participan en las guerras como soldados profesionales. Y cada vez son más numerosas y aguerridas.

Félix de Azúa


ÍNDICE

La mayor tragedia de todos los tiempos (Nota previa)
por Antony Beevor

The Greatest Tragic Drama of All Time (Prefatory Note) by Antony Beevor

LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA 1453

Prefacio

I. El ocaso de un imperio

II. Auge del sultanato

III. El emperador y el sultán

IV. El precio de la ayuda occidental

V. Preparativos del asedio

VI. Comienza el asedio

VII. La pérdida del Cuerno de Oro

VIII. Las esperanzas se desvanecen

IX. Los últimos días de Bizancio

X. La caída de Constantinopla

XI. El destino de los vencidos

XII. Europa y el conquistador

XIII. Los supervivientes

Apéndice I. Principales fuentes para una historia de la caída de Constantinopla

Apéndice II. Las Iglesias de Constantinopla tras la conquista

Bibliografía

El terreno sin confines (Epílogo)

por Javier Marías

APÉNDICES

Appendix I/ Apéndice I: M P Shiel's and John Gawsworth’s Redonda/ La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/ puesta al día 2006)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson's Redonda/ La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/ puesta al día 2006)

Appendix III/ Apéndice III: Javier María's Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/ puesta al día 2006)


Fuentes:

Comentario de Félix de Azúa extraído de El Boomeran(g)

Índice extraído de El blog de Javier Marías




miércoles, 14 de marzo de 2007

DAVE EGGERS (ed), Lo mejor de McSweeney's




















"En algún momento debería definir con claridad y audacia el criterio estético que ofrece McSweeney's, o determinar incluso una serie de requisitos estrictos acerca de lo que se ajusta o no a nuestra línea de trabajo dentro de la narrativa de ficción. Y aunque es posible que hayamos mostrado ciertas tendencias a lo largo de los años, en general opinamos que no hay nada más eficaz para despojar de vida al arte que establecer un criterio estético rígido o algún tipo de manifiesto del que incluso los propios escritores que lo suscriben acaben aburridos en cuestión de meses."

DAVE EGGERS (2004), Prólogo del primer volúmen

McSweeney's

sábado, 10 de marzo de 2007

JULIAN BARNES, Arthur & George


En Great Wyrley, un pequeño pueblo de Inglaterra, alguien mata caballos y ganado, y escribe anónimos en los que anuncia el sacrificio de veinte doncellas. Hay que encontrar un culpable, y George, abogado, hijo del párroco del pueblo, es el principal sospechoso. ¿Quizá porque él y su familia son los negros del pueblo? El padre de George es parsi, una minoría hindú, convertido al anglicanismo. George es condenado, pero la campaña que proclama su inocencia llega a oídos de Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, quien emprende su propia investigación sobre el caso. Arthur es, además, el reverso del opaco George Edalji, quien sólo quiere ser muy inglés y cree en las leyes. Arthur ya es un escritor famoso, deportista y tiene una mente abierta, incluso al espiritismo. Es un feliz moderno de su época. El caso de Edalji y la intervención de Arthur Conan Doyle, ambos verdaderos, han inspirado esta novela, sostenida por una exhaustiva investigación y por una imaginación vívida.

INGMAR BERGMAN, Secretos de un matrimonio y Saraband


En 1972, Bergman empezó a escribir una obra dramática sobre un hombre que va a abandonar a su mujer, pero «antes de darme cuenta tenía seis diálogos sobre el amor, el matrimonio y todo lo demás. Johan y Marianne o Marianne y Johan [los protagonistas] se habían permitido mostrarse valientes, cobardes, alegres, tristes, enfadados, amorosos, desconcertados, inseguros, satisfechos, astutos, desagradables, pueriles [...], malvados, desamparados, en pocas palabras, como seres humanos». Esos seis diálogos sobre el amor y el desamor se convertirían al año siguiente en Secretos de un matrimonio –miniserie televisiva y versión cinematográfica–. Bergman añadía un comentario que dice mucho sobre la íntima relación que guardan en su caso vida y obra: «Tardé dos meses en escribir estas escenas y toda una vida en experimentarlas»

En 1972, Bergman empezó a escribir una obra dramática sobre un hombre que va a abandonar a su mujer, pero «antes de darme cuenta tenía seis diálogos sobre el amor, el matrimonio y todo lo demás. Johan y Marianne o Marianne y Johan [los protagonistas] se habían permitido mostrarse valientes, cobardes, alegres, tristes, enfadados, amorosos, desconcertados, inseguros, satisfechos, astutos, desagradables, pueriles [...], malvados, desamparados, en pocas palabras, como seres humanos». Esos seis diálogos sobre el amor y el desamor se convertirían al año siguiente en Secretos de un matrimonio –miniserie televisiva y versión cinematográfica–. Bergman añadía un comentario que dice mucho sobre la íntima relación que guardan en su caso vida y obra: «Tardé dos meses en escribir estas escenas y toda una vida en experimentarlas».

Treinta años después, un Bergman ya octogenario vuelve sobre los personajes como si recuperara el hilo de una conversación interrumpida: Marianne y Johan se reencuentran en la elogiada película Saraband. Ahora se enfrentan no sólo al desgarro de la impostura o la incomunicación, sino también a la ausencia de seres queridos, a un fin que saben próximo. Con la aparición del hijo y la nieta de Johan, los personajes se encuentran de dos en dos, como en la zarabanda –danza lenta y grave en la que las parejas se hacen y deshacen–. Se abren y cierran heridas, afloran tensiones sin resolver, y asoman esperanzas, nostalgias.

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Treinta años después, un Bergman ya octogenario vuelve sobre los personajes como si recuperara el hilo de una conversación interrumpida: Marianne y Johan se reencuentran en la elogiada película Saraband. Ahora se enfrentan no sólo al desgarro de la impostura o la incomunicación, sino también a la ausencia de seres queridos, a un fin que saben próximo. Con la aparición del hijo y la nieta de Johan, los personajes se encuentran de dos en dos, como en la zarabanda –danza lenta y grave en la que las parejas se hacen y deshacen–. Se abren y cierran heridas, afloran tensiones sin resolver, y asoman esperanzas, nostalgias.

SHOHEI OOKA, Hogueras en la llanura


En la isla filipina de Leyte, a punto de finalizar la segunda guerra mundial, el ejército japonés se desintegra hostigado por los desembarcos y el avance de las tropas estadounidenses. El soldado japonés Tamura, enfermo y hambriento, se ve obligado a abandonar el hospital y a deambular por la selva, por la que también vagan otros compañeros de armas. Quebrado todo vínculo con la sociedad y convertido en un paria, Tamura se verá enfrentado a sí mismo en un lugar donde sólo cabe sobrevivir y donde el asesinato y el canibalismo simplemente suceden. Solo y aterrorizado, Tamura perderá las ganas de vivir y casi la razón; en la soledad de sus alucinaciones consigue encontrar una guía moral que le permitirá recuperar la cordura.
Shohei Ooka también fue un soldado abandonado a su suerte al que capturaron las tropas estadounidenses. En Hogueras en la llanura, su novela más conocida, plasmó su experiencia de la degradación del hombre en la guerra. El apabullante horror que provocan los inhumanos acontecimientos que narra no oculta su esperanzada visión sobre el ser humano.

WILLIAM MAWELL, Vinieron como golondrinas


Para el niño de ocho años Bunny Morison su madre es una presencia angelical sin la cual nada parece tener vida; para su hermano mayor, Robert, su madre es alguien a quien debe proteger, especialmente desde que la gripe ha comenzado a asolar su pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano; para su padre, James Morison, su mujer Elizabeth es el centro de una vida que se desmoronaría sin ella. A través de los ojos de estos tres personajes, Maxwell retrata a una familia y a la mujer sobre la que ésta se sostiene. Recreando con maestría el ambiente de la clase media estadounidense de principios de los años veinte, Vinieron como golondrinas muestra esas necesidades veladas de amor y comprensión que nos acompañan durante toda nuestra vida. Con esta novela, en la que el autor se enfrenta por primera vez con el recuerdo de la muerte de su madre, Libros del Asteroide emprende la publicación en castellano de la obra de William Maxwell, uno de los más exquisitos autores norteamericanos del siglo XX, y el editor de escritores de la talla de Salinger, Updike o Cheever.

ELISABETH SANXAY HOLDING, La pared vacía


Es una noche de mayo cargada de lluvia y tristeza, una de esas noches en que nadie debería estar solo. Corren los peores años de la Segunda Guerra Mundial y Lucia Holley, sentada en su habitación, escribe cartas afectuosas y aburridas al marido que está en Europa luchando. Abajo, en el salón, andan Bee y David, sus dos hijos adolescentes, y el padre de Lucia. Esa estampa típica de una familia americana de mediados del siglo pronto se verá trastocada por el asesinato de un hombre que intentaba seducir a Bee. De repente los hechos se precipitan, y Lucia, ama de casa y madre ejemplar, será víctima de un extraño chantaje, una mezcla insólita de violencia y ternura a manos de un hombre que finalmente la obligará a replantearse su vida entera. La acción se desarrolla de una manera trepidante, y otras muertes se añaden a la lista de Lucia Holley hasta llegar a la resolución final del misterio. Sin embargo, cuando acabemos de leer, poco nos va a importar saber quién mató a quién: lo que de verdad plantea La pared vacía es el porqué de ciertas cosas, de ciertas emociones oscuras que viven detrás de la pared blanca y lisa de una casa americana que parecía encerrar a la mejor de las familias.

ARTO PAASILINNA, El bosque de los zorros



Oiva Juntunen ha decidido ser gángster, sobre todo cuando consigue que los golpes los den otros que, lógicamente, serán quienes paguen las penas. Posee cuatro lingotes de oro sustraídos al Banco Nacional de Noruega y se dedica a disfrutar de la vida en su lujoso apartamento de Estocolmo, hasta la llegada de una alarmante noticia: sus cómplices serán liberados y acudirán a recoger su parte del botín. Oiva se ha aficionado demasiado a su oro para pensar en separarse de él. No, mejor esconderlo en lo más profundo de la tundra. Y en la cabaña de los leñadores del monte de Kuopsu, junto al inquietante Bosque de los Zorros, casualmente Juntunen se reencuentra con sus lingotes de oro, con Sulo Remes, comandante alcoholizado en período sabático, y con Naska Mosnikoff, vigorosa nonagenaria escapada del asilo. La huida es siempre el destino de los protagonistas de Paasilinna, la inmensidad de la naturaleza nórdica el lugar en el que suceden sus desopilantes aventuras, libertad total donde las normas de la sociedad civil revelan su limitación.

YASUNARI KAWATA, Primera nieve en el monte Fuji



JOSÉ MARÍA GUELBENZU 10/03/2007

Se traduce del japonés Primera nieve en el monte Fuji, de Kawabata. El Nobel reúne aquí una serie de relatos de gran sensibilidad, inteligencia y belleza sobre temas en torno a la realidad, el deseo, la vejez y la muerte.

Primera nieve en el monte Fuji es una antología de relatos de Yasunari Kawabata (1899-1972) realizada por él mismo en el año 1958, diez antes de recibir el Premio Nobel de Literatura. Kawabata es uno de esos autores para los que parece especialmente creado el calificativo de maestro. Su fascinante escritura, perfectamente ajustada a su visión del mundo, se despliega con toda coherencia de la primera a la última de sus narraciones. Este libro que comentamos, además, viene traducido directamente del japonés, es decir, obviando el paso intermedio por el inglés que ha caracterizado a la mayoría de sus traducciones; pero hay que decir que, a pesar de pasar por otra lengua antes de llegar al español, la magia de su literatura se mantuvo. Quizá sea un privilegio de los narradores verdaderamente grandes.

El lector de estos relatos percibirá enseguida que no parecen tener principio ni fin definidos según los cánones clásicos de la literatura occidental; por el contrario, la sensación al leerlos es la de haber entrado por una escena en marcha y salir por otra que bien pudo continuar sin límite. Esto puede hacer pensar que Kawabata es un autor de viñetas, de pinceladas (qué japonés suena eso), de escenas y personajes tomados al vuelo. Nada más incierto: los relatos de Kawabata y sus narraciones en general no tienen principio ni fin porque ni interesa ni hace falta ya que lo que tienen es centro. Un centro perfecto que se manifiesta bajo una aguada o una acuarela en la que todos los elementos remiten a su eje y donde el juego de veladuras es, hagamos una trasposición literaria, el juego de sugerencias que logra mostrar a la vez tanto el asunto de fondo como el misterio que lo sostiene.
El primero de los relatos (por

abrir por el inicio) plantea un juego de sentimientos cruzados de cuatro personajes en torno a las ensoñaciones de una mujer casada; ésta ha leído una noticia sobre un intercambio de parejas y se permite fantasear y actuar a la vez en un terreno personal por donde pasan amores, celos, encuentros y desencuentros, todo ello en un abrazo entre realidad y deseo donde la línea entre lo que sucede y lo que puede suceder queda trazada con una impecable sutileza y un delicado equilibrio entre las diversas actitudes de los personajes y, en fin, acaba por ofrecer una lección de cómo implicar a un lector en un texto. En varios de estos relatos aparecen temas de su época final, sobre todo la muerte, la vejez y la pérdida de las facultades. En el pensamiento de Kawabata la pérdida no se aplica como concepto existencial, a lo occidental, sino como pérdida de capacidad para apreciar o producir belleza. Por esa senda camina su idea de la vejez y la extinción. El vacío en la memoria del protagonista de Un pueblo llamado Yumiura le crea una duda casi fantasmagórica que le hace pensar que la mujer que habla con él y él mismo "estaban tan separados como están los vivos de los muertos". La relación entre los fantasmas de mujeres de El crisantemo y la roca y de Sin palabras con, respectivamente, el narrador del primero y el silencio del viejo escritor paralizado por un derrame del segundo, nos muestra una percepción singular del lado incógnito de las cosas y las vidas y de su apariencia real.
Su escritura es tan sencilla y

tan intensa y profunda a la vez, tan poliédrica también, que no teme a las repeticiones, las cuales a menudo utiliza con leves alteraciones de contenido como modo expresivo (por ejemplo: las constantes referencias a la nieve y una fotografía en el cuento que da título al libro). A la vez, sus personajes se toman siempre el tiempo necesario para contemplar algún momento, gesto o espacio de belleza; la naturaleza es una presencia constante y sutil, selectiva, vital. Un personaje puede incluso desviarse de su camino simplemente porque "mi amigo me había hablado de la belleza de las dunas y de los atardeceres de ese lugar".

En fin: inteligencia, serenidad, hondura, gusto... La literatura de Kawabata lo tiene todo. Sin duda su vida solitaria (a los catorce años había perdido padres, abuelo y hermana, toda la familia desaparecida en forma de desgracias escalonadas desde los tres años) contribuyó a exacerbar su sensibilidad y a afinar su maravillosa escritura. Llegada la hora en que consideró que no merecía la pena seguir en el mundo, lo abandonó con la misma elegancia con que lo había vivido.

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