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jueves, 26 de julio de 2007

domingo, 1 de julio de 2007

sábado, 9 de junio de 2007

Kevin Schwantz

En días como estos, en que disfruto viendo las carreras de moto GP, y cuando considero a Rossi el mejor piloto en muchísimos años, no puedo dejar de recordar otro gran piloto, que también hizo que vibrara de emoción con su manera de conducir. Recuerdo que vi la carrera del vídeo de abajo a las tantas de la madrugada y a pesar de la hora, ni pensaba en el sueño porque estaba viendo una carrera de aquellas que hace que te cueste mirarla sentada en el sofá.

domingo, 20 de mayo de 2007

Batalla naval. Historia de la Copa América


El País. Cayetano Ros 11/05/2007

La historia de la 'Jarra de las 100 guineas' está plagada de traiciones, armadores arruinados y reglamentos violados por los patrones más astutos. Todo ha valido a lo largo de más de 150 años con tal de acariciar su plata.

Cualquier aficionado a la vela recordará siempre dónde estaba y qué hacía ese día: 26 de septiembre de 1983. La BBC interrumpe sus emisiones para contar lo que está pasando en el puerto de Newport (Estados Unidos), a pesar de que no hay en liza ningún equipo inglés. Un revolucionario barco, el Australia II, se bate con el campeón más antiguo, Estados Unidos, que ha preservado la corona durante 132 años. Hay que deshacer el empate a tres. El defensor juega en casa y lo dirige Dennis Conner, conocido años después como Mr. America's Cup. El Liberty de Conner toma una ventaja que parece definitiva: 55 segundos a falta de la última vuelta. En un campo de regatas lleno de roles y una ligera brisa, muchos periodistas vuelven al puerto para anunciar los primeros la victoria estadounidense. Grave error. Tras la última izada del spinaker, el Australia II, capitaneado por John Bertrand, recorta tiempo y se pone en cabeza. Es una lucha feroz. La batalla más igualada. La más épica. Vence Australia por 41 segundos. Vence la tecnología. Escondida bajo las lonas que cubren el casco del Australia II, los aussies guardan un arma secreta: una quilla con alas, un diseño radical que da a la embarcación de 12 metros una velocidad superior en cualquier rumbo. Vence la psicología. Mientras iba avanzando en la Louis Vuitton (la selección del mejor desafiante), los australianos escondían cada día su nave. Ganaba y no lo veían. El defensor se asusta. Vence el deporte.

Abrumado por la victoria, casi avergonzado, el australiano John Bertrand murmura cuando ve llegar a Conner para felicitarle: "Dennis, no sé qué decir. Vaya regata, ¿no crees?". Secándose las lágrimas con un gran pañuelo rojo, Conner replica: "Lo hice lo mejor que pude, no puedo hacerlo mejor". Australia se lanza a la calle y su primer ministro, Robert James Lee Hawke, advierte: "Un jefe que despida a alguien por no trabajar hoy es un estúpido". Ha sido un shock comparable al día en que Maradona le marcó el gol del siglo a Inglaterra, el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México. O a cuando Mohamed Alí recuperó el título mundial de los pesos pesados ante George Foreman en Kinshasa (Zaire) el 30 de octubre de 1974.

Lo advirtió en su día el barón Bich: "Si quieres ganar a los americanos, tienes que actuar como un gánster atracando un banco". Su discípulo Bruno Troublé, fundador de la Copa Louis Vuitton, presenció en directo el atraco. "Me divertí mucho. Yo era capitán del equipo francés y, cuando lo eliminaron, pasé a trabajar para los australianos en su segundo barco", recuerda. "Ellos empezaron 3 a 1, sólo necesitaban una victoria, y Conner conocía perfectamente las aguas. Había ganado en 1977 y en 1980. Pero decidió jugársela. Arriesgó y perdió". Para Troublé, el genio del Australia II no fue su capitán, sino el diseñador, Ben Lexcen, inventor de la quilla alada. En realidad, Lexcen se llamaba Bob Miller, pero, tras un enfrentamiento con un socio en la empresa Miller and Whiworth, decidió cambiarse el nombre: Ben era el mote de su perro, y Lexcen, el primer apellido que encontró al azar en un listín telefónico.

"Britain rules the sea". Así fue durante siglos. El Imperio Británico gobernó en el mar hasta una tarde del 22 de agosto de 1851. Entre las brumas de la isla de Wight y la costa del sur de Inglaterra, una goleta adelanta la proa de un navío de la Armada británica. La reina Victoria otea el horizonte. La goleta que acaba de derrotar a lo más selecto de la marina real se llama América. La reina, que no ve al perseguidor, pregunta por el segundo, y la respuesta pasa a la posteridad: "Majestad, no hay segundo". Lo único que vale es ganar. El yate América, en representación del Club de Yates de Nueva York, ha desafiado al viejo mundo y se ha llevado las 100 guineas del Royal Yacht Squadron, el club de Cowes que dio la salida a esta primera regata. El trofeo pone rumbo a la joven democracia. Es el triunfo del Nuevo Mundo sobre el Imperio Británico. Así nace la Copa del América, que lleva el nombre de la goleta victoriosa, y no el del país vencedor. Los armadores del vencedor son jóvenes banqueros de Nueva York que venden su nave a un irlandés y regresan a casa convertidos en héroes.

O al menos así consta en la versión oficial. Luis Sáenz Mariscal, experto de la Copa y abogado español del Luna Rossa, entiende que los desafiantes estadounidenses regresaron a casa fracasados. ¿Por qué? Porque más que la gloria, lo que perseguían eran bolsas de dinero. Pretendían apostar grandes sumas con los ingleses, que se negaron tras haber visto cómo volaba el América. Y no habrían competido de no ser porque los estadounidenses se valieron de la prensa para llamar "gallinas" a los británicos y obligarles así a aceptar el reto.

En todo caso, la verdadera Copa del América no comenzó hasta 1887. Hasta entonces había sido "una regata de tres al cuarto", según Mariscal. Pero el 24 de octubre de ese año, el único armador superviviente del América, George L. Schuyler, decidió desempolvarla. "La Copa estaba muerta de risa en un armario, sus amigos se habían muerto todos, y a Schuyler se le ocurrió la genial idea de donarla con la condición de preservarla como desafío perpetuo para la competición amistosa entre naciones extranjeras", apunta Mariscal. Se trataba de una donación fideicomisaria: cedía la posesión, pero no la propiedad. Schuyler redactaba la versión definitiva del Deed of Gift, un documento de apenas dos páginas que establece las reglas del torneo. Y que incluye una frase convertida en infalible señuelo: cualquier club de yates del mundo podría retar al defensor. Éste se encargaría de organizar las regatas, por lo que arrebatársela sería una proeza. La única condición que ha perdurado hasta hoy es que el barco desafiante ha de ser construido en su país de origen. Schuyler donó la Copa al Club de Yates de Nueva York, del que era miembro, y designó a la Corte Suprema de Nueva York como árbitro en caso de disputas con el Deed of Gift.

Pasaron 100 años antes de que la Corte fuera requerida para mediar. Fue en 1988, y el aspirante neozelandés Michael Fay trató sin éxito de evitar que su monocasco aspirante, de 133 pies, se tuviera que enfrentar al ligero catamarán de Dennis Conner, del Club de San Diego. Una encerrona.

La brevedad del Deed of Gift ha sido una fuente interminable de interpretaciones. El primer desafiante, el inglés James Ashbury, fue obligado en 1870 a correr contra 14 yates de Nueva York. Toda la flota a por Ashbury, que luchó durante años hasta que logró, en 1871, que la pelea fuera barco contra barco (match race). Casi un siglo después, el 10 de agosto de 1964, se produjo la primera selección de los aspirantes de diferentes clubes en un formato parecido al que se mantiene hoy. Un paso fundamental que culminó el Australia II en 1983.

La Copa nació con un espíritu universal: el América ganó en 1851 con seis regatistas ingleses a bordo. Las restricciones nacionales son recientes. En 1958, el Club de Nueva York estableció que los diseñadores fueran del país de origen del barco. Y en 1980 se ordenó que los regatistas también fueran nacionales. No obstante, como la nacionalidad podía ser adquirida con apenas un caballo o un apartamento disponible, la regla tenía poca eficacia. Así que, cuando el Alinghi ganó la Copa, en Auckland 2003, retiró estas costosas limitaciones para diseñadores y tripulación. Y eso abrió el abanico a los participantes. Alemania, China y Suráfrica se han estrenado en Valencia.

Tras la derrota de 1983, la cabeza de Dennis Conner debería estar "cortada y puesta en el pedestal correspondiente al trofeo ausente", bromea Marcus Hutchinson, otro especialista entusiasta del trofeo. Lejos de eso, Conner volvió a competir en Perth en 1987 para recuperar la Jarra con el Star & Stripes de San Diego. Fue la gran revancha. Ronald Reagan recibió en la Casa Blanca a los tripulantes, aclamados por las calles de Nueva York. Conner se convertiría así, con cuatro triunfos, en el Señor de la Copa del América. Pero en el imaginario romántico de los aficionados está por detrás de Charly Barr, vencedor en 1899, 1901 y 1903. Hamish Ross, el historiador del Alinghi, retrata a Barr como un capitán escocés que se marchó a Estados Unidos, se nacionalizó y se enfrentó al establishment de los patrones norteamericanos. "Era bajito, pero muy agresivo. Corría muchos riesgos y murió joven, a los 46 años".

En la vela contemporánea, el mito más potente es Peter Blake, asesinado por unos piratas en el Amazonas el 5 de diciembre de 2001, mientras desempeñaba, con 53 años, exploraciones medioambientales en las aguas de Brasil. Blake fue un carismático aventurero ?ganó una Vuelta al Mundo y un Trofeo Julio Verne? antes de conquistar la Copa del América gracias a sus dotes organizativas. Lo demostró en 1995, cuando ganó la Jarra para un país de tres millones de habitantes, Nueva Zelanda, con un cuarto del presupuesto de su rival: el estadounidense de Conner. El Black Magic venció por goleada: 5-0. "A la caña, el trabajo de equipo de Russell Coutts fue brillante", evoca Bob Fisher, periodista presente en 13 ediciones. "Los regatistas contribuyeron al diseño y consiguieron dos barcos muy rápidos. Iban mejorando uno y otro, sucesivamente", añade. No sólo eso: Blake defendió la Copa en 2000, batiendo al Prada también por 5-0. También con Coutts en el timón. Fue la primera vez que un país distinto a Estados Unidos retenía el trofeo. Se disparó la celebridad de Blake y él prefirió marcharse a vivir con su mujer, Pippa, al país de ésta, Inglaterra, donde fue nombrado caballero del Imperio Británico. Blake se quedó con la gloria mientras el joven Coutts (Wellington, 1962) eligió el dinero. El que le ofreció Ernesto Bertarelli, magnate farmacéutico suizo, que desmanteló al campeón neozelandés, fichó a los mejores y asió el trofeo en Auckland 2003. La primera vez que lo lograba un club europeo. Vencedor de tres Copas consecutivas (1995, 2000 y 2003), Coutts pasó a ser el gran traidor de Nueva Zelanda. Fue antes de pelearse con Bertarelli y de que éste le cerrara las puertas para participar en Valencia 2007.

La Copa ha sido una vieja dama que ha atraído a los magnates y a la tecnología. Entre 1934 y 1937, el aviador y fabricante de aviones inglés Thomas Sopwith (1888-1989) lideró tres desafíos con sus yates Endeavour I y II, introduciendo avances científicos. Su contemporáneo Harold Vanderbilt (1884-1970), rey del ferrocarril en Estados Unidos, que capitaneó con sus propios barcos tres victorias en los años treinta. Antes, el físico italiano Guglielmo Marconi (1874-1927) fue el primero en retransmitir una crónica a través de ondas electromagnéticas para el New York Herald. El dueño del periódico, James Gordon, le ofreció 5.000 dólares para que emitiera por radio la Copa. Marconi desarrolló un sistema de antenas en dos barcos de vapor y, el 16 de octubre de 1899, los datos de la victoria del Columbia, patrocinado por J. P. Morgan, sobre el Shamrock de sir Thomas Lipton viajaron a través del espacio. En 1907, Marconi obtuvo el Premio Nobel de Física por su invento. Otro avanzado de las ondas, Ted Turner, fundador de la CNN, timoneó al ganador de 1977, el Courageous, y se presentó borracho en una conferencia de prensa.

La Copa sedujo a gentes del ferrocarril, los aviones, la televisión y, por supuesto, la informática. Larry Ellison, la segunda mayor compañía de software y novena fortuna mayor del planeta, sigue obsesionado con la Jarra. A tal fin destina el presupuesto más alto de la presente edición: 120 millones. Desde la goleta América, en 1851, hasta la botadura del Sui 100, del equipo Alinghi, han pasado 156 años y cientos de cambios tecnológicos. Los sextantes dejaron paso a la telemetría, y la madera, al carbono. Sólo una condición no ha variado en todo este tiempo: el caprichoso gobierno del viento.

El perdedor simpático

Thomas Lipton (1848-1931) fue el mejor de los perdedores, el más persistente de los aspirantes. Un escocés de origen norirlandés hecho a sí mismo que aprovechó su popularidad en Estados Unidos para expandir sus negocios del té. Después de más de 20 años intentándolo, Lipton consiguió un acuerdo con el Club de Nueva York por el que los barcos se construirían bajo las mismas reglas de diseño. El acuerdo supuso la aparición de la ostentosa clase J, que reflejaba la riqueza de los armadores. La II Guerra Mundial frenó la opulencia. Competir con la gigantesca clase J (1930-1937) era prohibitivo. Algunos miembros del club pensaban que la Copa era una reliquia. Afortunadamente, hubo líderes más progresistas que optaron por recuperar las pequeñas embarcaciones de 12 metros, que compitieron entre 1958 y 1983. Ya no era necesario que los veleros navegaran desde su lugar de origen, abriendo la participación a los más remotos países. Un desafío de Australia fue botado el 28 de abril de 1960 y la Copa dejó de ser solamente angloamericana. Desde entonces, las embarcaciones han tenido una base de diseño común, con excepción de la controvertida edición 27ª, en la que un clase J compitió contra un catamarán.

Bolígrafos, carreras y puñetazos

Marcel Bich (1914-1994), inventor e industrial francés, hizo fortuna con los bolígrafos que llevan su nombre. Y entre 1967 y 1980 lanzó cuatro desafíos franceses con escaso éxito. Invirtió 10 millones de dólares. En su afán por participar, promovió la aparición de la selección de desafiantes. Fue un millonario excéntrico recordado con cariño por quienes navegaron a sus órdenes. Paolo Martinoni, del Luna Rossa, estuvo entrenándose con él en octubre de 1979 en Newport. El barón Bich viajaba en un Rolls-Royce rosa acompañado de una secretaria rubia. Organizaba una gran fiesta por semana en su casa con candelabros de plata. Entonces, el barón cogía el micrófono y contaba historias divertidas. Una de ellas la vivió en persona Martinoni. En el entrenamiento del día anterior había habido una pelea furibunda entre el capitán Bruno Troublé y el táctico Marc Bonduel, después de un choque entre sus barcos.

A la mañana siguiente, Bich mandó construir un ring en el muelle y ordenó que Troublé y Bonduel se vistieran de púgiles y se golpearan hasta que vio derramarse la primera gota de sangre.

Pasiones de ?Il Avvocato?

Gianni Agnelli también se sintió cautivado por la Copa en 1983. Il Avvocato (1921-2003), fundador de Fiat, patrocinó el primer desafío italiano (el barco Azzurra) junto a Karim agá Jan, el príncipe heredero de una rama del islam, filántropo e hijastro de la actriz estadounidense Rita Hayworth. Entre Agnelli y el agá Jan atrajeron a un enjambre de empresarios. También se interesó John Fitzgerald Kennedy, amigo de Il Avvocato. El resultado fue la popularización de la Copa en Italia, enamorada de sus regatistas y de sus barcos. Sobre todo desde que Il Moro di Venezia, patroneado por el carismático francoamericano Paul Cayard, ganó la Copa Louis Vuitton en San Diego en 1992. Italia vivió las noches de las regatas pegada al televisor. Un éxito multiplicado ocho años después, en Nueva Zelanda. El Luna Rossa de Francesco di Angelis venció al América I de Paul Cayard, esta vez frente a los italianos, en lo que fue definido por Bruno Troublé como ?una pelea callejera? que acabó 4-3 para los latinos. La cultura velística había prendido definitivamente en Italia, el país, junto a Nueva Zelanda, más apasionado por la Copa.

martes, 3 de abril de 2007

El catch

Sobre el ring, los luchadores de catch son dioses,
porque, durante algunos instantes, son la llave que abre la naturaleza, el gesto
puro que separa al bien del mal y revela la figura de una justicia finalmente
inteligible.


La virtud del catch consiste en ser un espectáculo excesivo. En él encontramos un énfasis semejante al que tenían, seguramente, los teatros antiguos. Además, el catch es un espectáculo de aire libre, pues lo que constituye lo esencial del circo o de la arena no es el cielo (valor romántico reservado a las fiestas mundanas), sino el carácter compacto y vertical de la superficie luminosa; desde el fondo de las salas parisienses más turbias, el catch participa de la naturaleza de los grandes espectáculos solares, teatro griego y corrida de toros: aquí y allá, una luz sin sombra elabora una emoción sin repliegue.
Hay personas que creen que el catch es un deporte innoble. El catch no es un deporte, es un espectáculo; y no es más innoble asistir a una representación del dolor en catch, que a los sufrimientos de Arnolfo o de Andrómaca. Su público sabe distinguir muy bien el catch del boxeo; sabe que el boxeo es un deporte jansenista, fundado en la demostración de una superioridad; se puede apostar por el resultado de un combate de boxeo; en el catch, no tendría ningún sentido.
La función del luchador de catch no consiste en ganar, sino en realizar exactamente los gestos que se espera de él. Se dice que el judo contiene una parte secreta de simbolismo; aun dentro de la eficiencia, se trata de gestos retenidos, precisos pero cortos, dibujados con justeza pero con trazo sin volumen. El catch, por el contrario, propone gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación. En el judo, un hombre que cae, trata de no permanecer en tierra, rueda sobre sí mismo, se sustrae, evita la derrota o, si es evidente, sale inmediatamente del juego; en el catch, si un hombre cae se queda exageradamente ahí, llena hasta el extremo la vista de los espectadores con el espectáculo intolerable de su impotencia.
Esta función enfática es igual a la del teatro antiguo, en el cual la fuerza, la lengua y los accesorios (máscaras y coturnos) concurrían a la explicación exageradamente visible de una necesidad. El gesto del luchador de catch vencido, al significar al mundo una derrota, que lejos de disimular, acentúa y sostiene a la manera de un calderón, corresponde a la máscara antigua encargada de significar el tono trágico del espectáculo. En el catch, como en los antiguos teatros, no se tiene vergüenza del propio dolor, se sabe llorar, se tiene gusto por las lágrimas.
Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala. Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no. Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. Nadie le pide al catch más verdad que al teatro. En uno y en otro lo que se espera es la mostración inteligible de situaciones morales que normalmente se mantienen secretas. Este vaciamiento de la interioridad en provecho de sus signos exteriores, este agotamiento del contenido por la forma, es el principio mismo del arte clásico triunfante. El catch es una pantomima inmediata, infinitamente más eficaz que la pantomima teatral, pues el gesto del luchador de catch no precisa de ninguna imaginación, de ningún decorado, de ninguna transferencia —dicho en una palabra— para parecer auténtico.
Cada momento del catch es, pues, como un álgebra que devela, instantáneamente, la conexión de una causa con su efecto manifiesto. Por cierto, entre los aficionados al catch existe una suerte de placer intelectual en ver funcionar tan perfectamente la mecánica moral: ciertos luchadores, grandes comediantes, divierten igual que un personaje de Moliere, porque logran imponer una lectura inmediata de su interioridad: un luchador de carácter arrogante y ridículo (de la misma manera que se dice que Harpagón es un carácter), Armand Mazaud, siempre alegra a la sala con el rigor matemático de sus transcripciones cuando lleva el dibujo de sus gestos al extremo de su significación y cuando da a su combate el arrebato y la precisión de una gran disputa escolástica, en la que está en juego, a la vez, el triunfo del orgullo y la inquietud formal por la verdad.
Lo que se libra al público es el gran espectáculo del dolor, de la derrota y de la justicia. El catch presenta el dolor del hombre con la amplificación de las máscaras trágicas: el luchador que sufre bajo el efecto de una toma considerada cruel (un brazo torcido, una pierna acuñada) ofrece la imagen desbordada del sufrimiento; como una Pietá primitiva, se deja mirar el rostro exageradamente deformado por una aflicción intolerable. Es comprensible que en el catch el pudor esté desplazado, pues es un sentimiento contrario a la ostentación voluntaria del espectáculo, a esa exposición del dolor que es la finalidad misma del combate. Todos los actos generadores de sufrimiento son particularmente espectaculares, como el gesto de un prestidigitador que muestra bien en alto sus cartas.
Pero el catch se ocupa, fundamentalmente, de escenificar un concepto puramente moral: la justicia. En el catch es esencial la idea de "saldar cuentas"; el "Hazlo sufrir" de la multitud significa, ante todo, "Haz que las pague". Se trata, por supuesto, de una justicia inmanente. Cuanto más baja es la acción del "canalla", más se alegra el público por el golpe que se aplica con justicia: si el traidor —un cobarde naturalmente— se refugia detrás de las cuerdas y subraya su falta con una mímica descarada, es despiadadamente atrapado allí mismo y la multitud celebra al ver la regla violada en provecho de un castigo merecido. Los luchadores de catch saben muy bien halagar el poder de indignación del público proponiéndole el límite del concepto de justicia, esa zona extrema del enfrentamiento donde basta con salirse apenas de la regla para abrir las puertas de un mundo desenfrenado. Para un aficionado al catch, nada es más hermoso que el furor vengativo de un combatiente traicionado que se lanza con pasión, no sobre un adversario feliz sino sobre la imagen viva de la deslealtad. Naturalmente, lo que importa es el movimiento de la justicia, más que su contenido: el catch es, sobre todo, una serie cuantitativa de compensaciones (ojo por ojo, diente por diente). Esto explica que los vuelcos de situaciones posean, a los ojos de los amantes del catch, una suerte de belleza moral: los cambios bruscos son gozados como un acertado episodio novelesco y cuanto mayor es el contraste entre el éxito de un golpe y el cambio de la suerte, la caída de la fortuna de un combatiente está más próxima y el mini-drama es juzgado más satisfactoriamente. La justicia es el cuerpo de una trasgresión posible; porque existe una ley, adquiere todo su valor el espectáculo de las pasiones que la desbordan. Lo que busca el público es la construcción progresiva de una imagen eminentemente moral: la del canalla perfecto. Se va al catch para asistir a las aventuras renovadas de una gran primera figura, personaje único, permanente y multiforme como Guignol o Scapin, creador de imágenes inesperadas y a la vez, siempre fiel a su papel.
¿Qué es, entonces, un canalla para ese público compuesto en parte, pareciera, de informales? Esencialmente un inestable que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Es un hombre imprevisible, por lo tanto asocial. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia y la traiciona cuando le es útil hacerlo; unas veces niega el límite formal del ring y continúa golpeando a un adversario protegido legalmente por las cuerdas, otras restablece ese límite y reclama la protección de lo que un instante antes no respetaba. Esta inconsecuencia, mucho más que la traición o la crueldad, pone al público fuera de sí: lastimado en su lógica más que en su moral, considera la contradicción de los argumentos como la más innoble de las faltas.
Una finalidad tan precisa exige que el catch sea ni más ni menos lo que el público espera de él. Los luchadores, hombres de gran experiencia, saben dirigir perfectamente los episodios espontáneos del combate hacia la imagen que el público se forma de los grandes temas maravillosos de su mitología. Un luchador puede irritar o disgustar, pero jamás decepciona, pues siempre realiza hasta el final, por una consolidación progresiva de los signos, lo que el público espera de él. En el catch, nada existe si no es totalmente, no hay ningún símbolo, ninguna alusión, todo se ofrece exhaustivamente; sin dejar nada en la sombra, el gesto elimina todos los sentidos parásitos y presenta ceremonialmente al público una significación pura y plena, redonda, a la manera de una naturaleza. Este énfasis es, justamente, la imagen popular y ancestral de la inteligibilidad perfecta de lo real. El catch, pues, simula un conocimiento ideal de las cosas, la euforia de los hombres, elevados por un tiempo fuera de la ambigüedad de las situaciones cotidianas e instalados en la visión panorámica de una naturaleza unívoca, donde los signos, al fin, corresponderían a las causas, sin obstáculo, sin fuga y sin contradicción.

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