miércoles, 30 de mayo de 2007

Teoría literaria. Una opinión sobre ella

"Aquellas cosas útiles y necesarias para la vida que se encuentran en los poetas [...] son expresadas por ellos claramente y no requieren ciencia de la literatura, y aquellas que requieren ciencia de la literatura [...] son inútiles"

Sexto Empírico

martes, 29 de mayo de 2007

La sociedad medieval y la literatura


Para la comprensión del fenómeno literario en la Edad Media es conveniente destacar algunos aspectos que ofrece la sociedad en aquella época. Tras las invasiones germánicas que dieron fin al Imperio romano y en momentos en que Europa se ve amenazada por los mahometanos, por los normandos y por los pueblos nómadas de las estepas asíáticas, la cristiandad se estructura de un modo nuevo en comparación con las antiguas instituciones romanas. Se organiza como defensa y se jerarquiza como sociedad, con lentitud y paulatinamente, hasta quedar más o menos establecida a finales del siglo XI, época de gran interés para nosotros por darse en ella las primeras manifestaciones literarias romances conscientes y conocidas. Un mundo totalmente distinto al que poblaba el imperio romano se ofrece entonces a nuestra consideración; mundo cuyo concepto de la vida, cuyos ideales y cuyas costumbres no tan solo se reflejan en la obra literaria sino que la provocan y la explican.
La sociedad nos aparece dividida en tres estamentos: el de los que trabajan, el de los que rezan y el de los que guerrean, todos ellos conformes y compenetrados con su misión y conscientes de que lo único que les iguala es la muerte y la vida futura. En el estamento de los que guerrean surge una institución capital: la caballería. La Iglesia y la autoridad real consiguieron unir en un ideal y encauzar el vigor físico y la técnica guerrera de quienes habían escogido la violencia como medio de vida y habían constituido una especie de casta, formada principalmente por segundones "sin tierra". Una vez disciplinada y jerarquizada esta casta, y puesta al servicio de un ideal de justicia y de defensa de la cristiandad, la caballería se convierte en una poderosa organización con sus principios, sus deberes y obligaciones y su rito. Este último aspecto tiene un sentido religioso y simbólico, patente no tan solo en aquella especie de noviciado al que es sometido quien aspira a ingresar en la cabellería (palafrenero, paje, escudero), sino en las ceremonias de vela y bendición de las armas y de investidura de la orden, calcadas de los sacramentos de la Iglesia. La creación de las órdenes militares, de carácter mixto religioso y guerrero, pone la caballería al servicio de las grandes empresas de la fe, como son las cruzadas y la reconquista española. Se convierte así el caballero en el prototipo de hombre perfecto: vigoroso y diestro en las armas por un lado, justo y piadoso por el otro. Ello produce un nuevo modo de vivir y de sentir y un concepto heroico de la vida y de los valores espirituales e individuales, que en su aspecto exterior se traduce en la cortesía, otra adquisición de los tiempos medios y de la sociedad feudal.
En la clase de los que rezan destaca la figura del clérigo, el que atesora el saber intelectual. La pugna entre el clérigo y el caballero, que dio pie al más significativo de los debates medievales (pugna en el Renacimiento se intitulará "de las armas y de las letras"), llegará un momento que producirá un tipo humano híbrido, el gentilhombre cultivado que se idealiza en los héroes del roman courtois y que históricamente podemos representarnos en la figura de Ghilhem de Aquitania, el primer trovador conocido. Cuando ello ocurre la lengua vulgar ha triunfado plenamente sobre la latina en la expresión literaria culta y elaborada con conciencia de arte.
La jerarquización del mundo feudal, por otro lado, sufre una curiosa adaptación al plano sentimental y literario cuando los trovadores trasladan el espíritu y los conceptos de aquel a la poesía. Tal fenómeno es, junto con la caballería, la manifestación de un espíritu y de una actitud frente a la vida que no se conocía ni se podía sospechar en la Antigüedad y que caducaron en los tiempos modernos; por ello, precisamente, constituye una de las notas más distintivas de la Edad Media.

Martí de Riquer

domingo, 27 de mayo de 2007

Lucrecia. Algunas de sus representaciones en el arte

Lucrecia era una noble romana casada con Colatino de la que se prendó el hijo del rey Tarquino; ante el rechazo de la joven a las solicitudes amorosas, el hijo del rey violó a Lucrecia. La patricia reunió a su padre, Lucrecio, a su esposo y a sus familiares para contarles lo que había ocurrido, acabando inmediatamente con su vida para lavar la afrenta. Bruto, presente en el suicidio, arrancó el puñal que Lucrecia había clavado en su corazón y juró venganza, en lo que sería el fin de la monarquía en Roma y la proclamación de la república en el año 510 a.C.

"Bruto, dejando al padre y al marido de Lucrecia inmersos en el dolor, extrajo el cuchillo de la herida de ésta, y manteniéndolo ante sí, aún lleno de sangre dijo: “ Por esta sangre tan pura antes de la ofensa real, juro, poniéndoos a vosotros dioses por testigos, que he de expulsar de Roma... a L. Tarquinio el Soberbio...” Llevaron entonces al foro el cuerpo de Lucrecia y excitaron los ánimos de las gentes.... Todos se lamentaban de la violencia criminal del rey... Los más ardientes de entre los jóvenes se presentaron armados como voluntarios. A estos les siguieron todos los demás. El rey recibió en el campamento estas noticias y se dirigió a Roma bajo el temor de esta revolución, para reprimir el movimiento... Este encontró las puertas cerradas, con lo que se le indicaba el camino del exilio....
En los comicios centuriados, convocados por el prefecto de la ciudad de acuerdo con las disposiciones de S. Tulio, fueron designados dos cónsules: L. Junio Bruto y L. Tarquinio Contatino." (TITO LIVIO, 59, 155)